Un conductor borracho me arrebató al amor de mi vida

Un conductor borracho me arrebató al amor de mi vida

Esa noche, una llamada le cambió la vida a la escritora de esta entrega de #MensajeDirecto.

Mensaje directo

Lo cierto es que cuando lo vi, supe que necesitaba su amor.

Foto:

Ilustación Juan Camilo Melo

Por: Ana María Meza
21 de noviembre 2018 , 08:33 a.m.

Lo conocí un lunes cualquiera. Normalmente, odio los lunes pero ese en especial, como si supiera que la vida me iba a cambiar, me desperté con ganas de comerme el mundo. Con una sonrisa de esas que se contagian. Lo vi por primera vez en una estación de TransMilenio. Era la misma por la que pasaba todos los días, pero siempre iba distraída y aburrida.

Ese lunes mi sonrisa contagiosa llegó a él y como si el arco de mis labios fuera una flecha de Cupido, lo hizo venir casi corriendo hacia mí. Recuerdo que me asombré de lo efectiva que podía ser una sonrisa y me prometí hacerlo más seguido. Después de todo, llevaba varios años sola, sonriéndole únicamente a Maggie, mi perrita. La vida me estaba llevando por delante. Todos decían que ya era hora de buscar “el amor”, ¡como si yo sola no fuera suficiente!

Lo cierto es que cuando lo vi, supe que necesitaba su amor. Me sentí ridícula porque yo era de las que sentía ganas de vomitar con aquellas promesas de amor eterno. Me había burlado del amor a primera vista desde los 14 años. Ahora que lo pienso, creo que en el fondo de mi dormido corazón sabía que yo no estaba del todo hecha para esto. Así que me dejé llevar. Después de todo ¿qué tan malo podía ser? En ese momento yo no sabía que entregar el corazón y el alma podía resultar siniestro.

Esa primera vez lo vi caminar en la estación de la calle 100. Era las 7:30 a.m. y había una multitud. Estábamos todos tratando de tomar un bus. Gente que caminaba de un lado para el otro.

Traté de mantener la compostura pero su mirada era penetrante. Me tenía nerviosa y logró que mi mente empezara a colapsar. Siempre supe que lo mío no era coquetear y sentí mucho miedo cuando lo vi caminar directo hacia mí. Escuché, de su voz varonil y atractiva, algo vergonzoso: “tienes la falda metida entre las medias veladas”.

Mi mente y mi cuerpo casi nunca se ponen de acuerdo, así que mientras la primera trataba de calmarme, mis dedos se movían de prisa para arreglar el desastre.

No sé cómo, pero logré poner la falda en su puesto, pero el desastre no acababa. Olvidé que tenía el bolso abierto, así que mientras mis torpes manos seguían organizando mi ‘outfit’, todas mis cosas empezaron a caer entre los pies de la gente. Eran cosas inútiles, pensé en ese momento. Me reproché tenerlas en mi cartera porque nada de eso lo usaba realmente.

Con las rodillas y las manos apoyadas en el piso, trataba de moverme rápido para alcanzar a recoger todo. Cuando por fin lo logré, sentí mi cabello completamente desordenado. Traté de solucionarlo pero no sé cuántos minutos después recuperé mi estabilidad para levantarme.

Hice una larga respiración para que en mis pulmones, además de aire, entrara toda la dignidad que había perdido, pero al parecer no funcionó tan rápido y todas las miradas seguían sobre mí. Le rogué a Dios con todas mis fuerzas que ese hombre no estuviera todavía ahí, pero lo primero que vi al azar la vista fueron sus ojos. Me miraba curioso y serio, pero con picardía.

Imaginé que tendría unos 27 años. Era alto, de cabello castaño, tez blanca y ojos casi verdes. Tenía la pinta de ser un tipo perfecto. Ignoré mis mejillas rojas que casi estaban por explotar y sonreí sutilmente. Pero como mi cuerpo rara vez me hace caso, empecé a reír con mucha fuerza. Solo pensaba en el desastre andante que soy y reía aún más fuerte. Él se unió a mi risa y entonces, pronto, fueron dos carcajadas. Uno frente al otro, disfrutando de lo más sencillo que puede haber en el mundo.

Empezamos a hablar con timidez. No recuerdo bien las preguntas que me hacía. Mi mente estaba en blanco, pero escuchaba mi voz a lo lejos respondiendo con amabilidad. Lo único que recuerdo es el momento en que tenía su teléfono en mis manos y luego cuando yo estaba anotando mi número en su celular.

Recibí un mensaje esa tarde. Apenas dos días después, nos vimos para seguir con las carcajadas y ahí empezó nuestra historia. Hoy lloro al recordar esa alegría que nos duró cuatro años.

Nunca fuimos perfectos, pero así nos veíamos el uno al otro. Él nunca me criticó y yo nunca intenté cambiarlo. Nuestra felicidad era caminar juntos por Bogotá, recorrer las galerías más olvidadas de la ciudad y comer donas de chocolate en cada esquina. No concebíamos la idea de buscar la felicidad sin nosotros. Bastaba su mano, un café, el cielo y la sonrisa.

Yo había aprendido a funcionar con él y por él. Mi mundo giraba si él estaba conmigo y de un momento a otro, con la noticia que nunca esperé, todo cayó al suelo y sigo sin sentir el fondo. Él era el hombre con el que yo quería pasar el resto de mi vida. Yo siempre lo seguía sin preguntar.

Esa noche, una voz fría al otro lado del teléfono sentenció que ese futuro que yo me imaginaba se había acabado. A mi celular había llegado un mensaje una hora antes: “Mar, voy en camino, espérame despierta; tengo buenas noticias”. Hace una hora estabas vivo. Venías para mi apartamento, pero no llegaste.

Alex, te fuiste porque te llevaron. Te fuiste porque un hombre tomó más de 10 cervezas y no le importo mezclarlas con gasolina. Nunca me imaginé que el tiempo se nos estaba acabando. Me faltaron tantas cosas por decirte. Me faltó contarte de mis miedos. Pude haberte dicho más veces cuánto te amaba, gritarle al mundo lo felices que éramos tú y yo. Me faltó dejar de hacer planes y empezar a cumplir nuestros sueños.

Ha pasado más de un año desde su funeral y aún no puedo sonreír como lo hacía con él. Es un llanto del alma porque me quedé sin lágrimas. Lo extraño hasta morir. El amor me salvó en esa estación y me mató con una llamada. Desde ese primer día pasaron cuatro años exactamente, sin un día más ni un instante menos. Se fue sin despedirse y sin nunca romperme el corazón.

Recibí la llamada a las 10:56 de la noche y mi mirada quedó clavada en tu foto sobre mi mesita de noche. No supe nada de mí, ni siquiera me acuerdo cómo terminó esa llamada.

¿Quién se creía ese borracho para matarnos? ¿Quién era para acabar con nuestros sueños y nuestro amor? Si a él no le importaba su vida, se la hubiera quitado. Pero ¿por qué tú? Tú eras bueno, no merecías esto. Es verdad que me sentí mal por alegrarme de la muerte de ese hombre. El dolor me llevaba a desear que hubiera alguien que sufriera más que yo.

Seguí mirando tu foto, pasmada, callada. Solo sentía las lágrimas infinitas cayendo. El dolor que salía por mis ojos. Fue la primera vez que me hiciste llorar en cuatro años. Hoy ya perdí la cuenta de cuántas veces van. No fue tu culpa, aunque también me dejaste muerta al irte.

Los siguientes días no fueron más que protocolo. Vestir de negro, usar gafas gigantes de sol, tener un pañuelo en la mano y agradecer las visitas. La verdad es que yo solo quería estar en mi cama, pensarte, sentirte y hablarte. La vida fue pasando lento. La gente se empezó a olvidar de ti y de mí. Los recuerdos se vuelven cada vez más borrosos, así que he pasado este año luchando por darles nitidez.

Nunca me enseñaste realmente cómo era vivir sin ti, pero he aprendido otras cosas. Aprendí a llevarte en el corazón y en la mente. Siento cómo tomas mi mano para cruzar las calles. También dejé la cerveza. Lo hice como si esperara que eso te trajera de nuevo a mí.

Sé que tu magia me revive. Estoy segura de que aún nos queda la firme promesa de un reencuentro aún más loco que el de ese lunes en el TransMilenio. ¡Amor mío, al final solo depende de mí volver a estar bien! Mándame tú la fuerza y te prometo que yo me encargo de sonreír como cuando te vi.

Ana María Meza

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