Francisco José de Caldas, el científico que orquestó la independencia

Francisco José de Caldas, el científico que orquestó la independencia

Una exposición en el Museo Nacional revela datos desconocidos sobre la vida del sabio Caldas.

Caldas

Ella es Regina Varona, sobrina en sexto grado del ‘sabio’ y directora de Fundacaldas, entidad que creó en el 2008 para mantener vivo el legado de su antepasado.

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Archivo particular

Por: Sophia Rodríguez Pouget
02 de enero 2019 , 10:33 a.m.

La estatua más emblemática del sabio Francisco José de Caldas es obra del escultor francés Charles Raoul Verlet, y de ella existen tres iguales en Colombia. Las dos primeras fueron instaladas en 1910 –con motivo del primer centenario del Grito de Independencia– en la plazoleta de las Nieves de Bogotá y en el parque central de Popayán, y la tercera fue ubicada en Manizales, en 1916, en homenaje al prócer payanés cuyo nombre se asignó, en 1905, a la recién creada región del Viejo Caldas.

La de Popayán tiene el privilegio de presidir su ciudad natal: se alza en el centro de su parque tutelar. Algunos cuestionan si posee las facciones del sabio, pero es una estatua de especial expresión y realismo que refleja varias de sus cualidades. En ella, porta en su mano derecha una pluma de escritura que eleva hacia el mentón en actitud reflexiva mientras sostiene, en la otra, un bastón de caña y un ejemplar de El Semanario –primer periódico científico que fundó y dirigió–, símbolos de su vasta producción intelectual y de sus infatigables expediciones por los Andes.

También lleva su característica ropa: camisa de pliegues frontales y puños acampanados, pantalón ajustado, chaleco, botas altas y un abrigo de amplias solapas triangulares, bolsillos de tapa espesa y gruesa botonadura. Está plasmado con expresión circunspecta, pero a la vez febril e impetuosa, como de alguien que avanza con arrojo y convicción en sus ideas. Y es que así se ve Caldas en ese monumento: caminando, dando un paso hacia adelante.

Su abanderada

En Popayán vive Regina Varona, sobrina en sexto grado del sabio y directora de Fundacaldas, entidad que creó en el 2008 para mantener vivo el legado de su antepasado. Impacta el parecido con su ilustre ancestro, de quien tiene la estatura, el color de piel, la forma de la nariz, el arco de las cejas, la frente amplia y unos grandes ojos de expresión cálida y melancólica. “Soy tataranieta de una sobrina nieta del Sabio –comenta, mientras tomamos café cerca del parque Caldas–. De Caldas no nos quedan familiares por línea directa, pues de los cinco hijos que tuvo con su esposa, dos murieron niños, dos no tuvieron hijos, y la cuarta solo tuvo una que falleció durante el embarazo”.

Regina desciende de Lino Rafael, uno de los 14 hermanos Caldas y Thenorio. El sabio era el quinto y mayor de los hombres, a quien Regina evoca como si fuera su pariente más cercano. “Cuando tenía cinco años, mi papá me hablaba de Caldas. Y quedé fascinada por él. Quería seguir sus huellas. Por eso estudié Derecho como él, trabajé en Familia e Infancia como él, y hasta abandoné la abogacía, como cuando él se dedicó a su vocación de hombre de ciencia. En mi caso, me dediqué a investigar su vida y mantener su legado”.

Precursor de la libertad

Francisco Joseph de Caldas y Thenorio nació en Popayán, el 4 de octubre de 1768, y desde niño su genialidad fue visible. A los veinte años viajó a Santafé a estudiar Derecho, pero su vocación ganó la partida y, tras graduarse, se dedicó de forma autodidacta a la física, la matemática, la astronomía y la botánica. Ante la ausencia de instrumentos científicos, fabricó varios con ayuda de artesanos payaneses y levantó una torre de observación astronómica en su casa, con enormes piedras que aún se conservan. Hizo mediciones geográficas, cartográficas, y publicó en 1801 su estudio ‘Observaciones sobre la altura del cerro de Guadalupe’ en el Correo Curioso de Santafé, que marcó su ingreso a la comunidad ilustrada de la Nueva Granada.

Así llegó a oídos de José Celestino Mutis la notoriedad de Caldas, a quien hizo nombrar director de astronomía de la Real Expedición Botánica y, luego, director del primer Observatorio del continente. Caldas aportó investigaciones determinantes sobre quina, flora y fauna, mapas del Virreinato y constituyó el herbario más extenso de su época.

A la par con sus labores científicas, fue uno de los cerebros de la Independencia. Hizo parte de la generación de jóvenes neogranadinos que, inconformes con la manera como España gobernaba, querían instaurar una república, inspirados en la Revolución francesa y la traducción que Nariño hizo de Los derechos del hombre. Su exterminio se produjo cuando, ante las revueltas en América, Fernando VII envió a Pablo Morillo a “pacificar” la Nueva Granada. Ahí apresaron, juzgaron y fusilaron, uno a uno, al grupo de patriotas que murió sin ver la gesta libertadora de Bolívar ni libres las colonias de América, tres años después.

Caldas era en extremo singular para su época. Trabajaba mucho, dormía poco. Le fascinaban el chocolate, los quesos, el dulce. Le tocó la escritura apasionada y rimbombante del romanticismo, y el despertar ferviente de la Ilustración.

Su amigo y alumno Lino de Pombo lo describió como “de complexión robusta, rostro redondo, frente espaciosa, ojos melancólicos, pelo negro y lacio, cuello corto, andar desembarazado”, que solía “portar una levita o sobretodo de paño oscuro, que abrochaba y desabrochaba sin cesar cambiando de solapa, de manera que duraban muy poco sus botones” y que, entre otras características, era “de trato afable, carácter franco, índole pacífica y sin ambiciones materiales”.

“La gente lo imagina siempre serio, absorto estudiando –dice Regina–, pero también era sociable, gran amigo, tomador de pelo y excelente conversador. Tenía el repentismo payanés, ese humor fino e inteligente. También le pasaban cosas graciosas en las expediciones, como una vez que los sorprendió la creciente en un río y salieron todos revolcados muertos de la risa. Le fascinaba escribir y dejó todo narrado. Es uno de los colombianos que escribió más cartas”.

Sufría de perlesía o debilidad muscular, y de policitemia, un aumento en los glóbulos rojos que enrojecía sus mejillas, asociada a fuertes jaquecas, que sufrió toda su vida.

En contraste, era asombrosa su resistencia a la altitud. Para la Expedición escaló sin agotarse las cumbres más altas de los Andes, incluido el Chimborazo, de más de 6.000 metros.

Genio visionario

Caldas fue una mente vanguardista, de gran erudición y carácter visionario en tiempos de aislamiento y precariedad. Visualizó conectar los dos océanos, la riqueza del Amazonas y el valor de la arqueología de San Agustín.

De los personajes de Colombia es al que más apelativos acompañan su nombre, pues, siendo abogado, ejerció como astrónomo, geógrafo, matemático, físico, botánico, geólogo, químico, naturalista, topógrafo, cartógrafo, ingeniero, militar, catedrático de filosofía y matemática, así como tratadista en arquitectura, antropología, etnografía, meteorología, zoología, óptica, geodésica, taxonomía, además de pasar a la historia como el inventor del hipsómetro, que logró al relacionar altitud, presión atmosférica y temperatura de ebullición del agua.

Eso le mereció el apelativo de sabio. Además fue de los primeros periodistas y escritores neogranadinos con vocación política y liderazgo intelectual. Su labor en las estrategias del ejército patriota fue esencial al fortificar caminos, diseñar fábricas de pólvora y artillería, mapas estratégicos. En Antioquia alcanzó el grado de ingeniero general y fundó la primera Academia de Ingenieros.

Pasó a la historia como precursor de la investigación científica en América.
“Dicen que hasta compuso una polka –comenta Regina–. Era un hombre del Renacimiento”.

Nuevos hallazgos

Para completar, acaba de salir a relucir su talento artístico por una serie de cuadros que pintó de perfiles de los Andes, cartografías, dibujos botánicos, tramos del río Magdalena y vías que proyectó, revelados y exhibidos en España en el Museo de Pontevedra.

Durante dos siglos, las obras reposaron inéditas hasta ser cedidas por el Centro Geográfico del Ejército, el Observatorio de la Armada de San Fernando y el Real Jardín Botánico de Madrid. Las obras, con más de 40 documentos inéditos del Sabio, constituyen el mayor descubrimiento reciente de originales por su calidad, importancia y variedad, incluido el mapa de mayor dimensión que hizo del centro de Colombia y un perfil fitogeográfico que sería el primero del mundo.

“Cuando Caldas fue fusilado –explica Regina–, la Corona española le confiscó absolutamente todo. Su esposa e hijos quedaron sin nada. Le incautaron libros, documentos, obra, producción inédita. Incluso, la ropa, objetos personales, enseres de su familia. Por eso en Colombia no hay casi nada de él”.

Regina trabaja con Fundacaldas para crear un documental del Sabio, impulsar un jardín botánico en Popayán, seguir fomentando su memoria y recuperar para el museo un molino de trillar que él diseñó en Paispamba y que subsiste muy deteriorado. “La ayuda pública y privada es esencial para todo esto”, comenta.

De regreso a Bogotá, visito la estatua del parque de las Nieves. A pocos pasos, un artista vestido de Caldas y en la pose de Caldas, arrebata la atención de los transeúntes.

Le pedí que habláramos. La ‘estatua’ tardó unos segundos en reaccionar, separó la mano de su mentón, incorporó el ejemplar de El Semanario a su torso, y lentamente se dispuso a bajar de su pedestal. “Sergio Bermúdez”, me dijo extendiendo su mano de bronce.

Cuando estuvo en el suelo, vi con mayor sorpresa su parecido con las facciones finas, alargadas y melancólicas del Sabio. Tiene 29 años. “Vengo del teatro comunitario, de las localidades. Practico estatuismo hace diez años. Una vez me pidieron hacer de Caldas para una obra. Tardé un mes en alistarlo, investigar su vida, hacer la vestimenta. Me identifico con Caldas en su pasión por las ciencias, en perseverar aun sin tener los recursos, en apostarle a la verdadera vocación. Cuando la gente no lo reconoce, les cuento su vida y obra. Es un personaje que debemos conocer”.

Terminada la conversación, se giró sonriente, ciñó su desgastado ejemplar de El Semanario contra su pecho, tomó su pedestal y su bastón de caña, me dio la mano, hizo una leve inclinación y se fue caminando en silencio hacia el fondo de la calle.
Luego se perdió sereno y circunspecto en la oscuridad de la noche, entre un ligero chasquido de sus botas y el destello plomizo de su traje metálico.

SOPHIA RODRÍGUEZ POUGET
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