25 años del autogol más triste de la historia

25 años del autogol más triste de la historia

El 2 de julio de 1994 fue asesinado a tiros Andrés Escobar, un futbolista querido y respetado.

Andres escobar

En el minuto 35 del encuentro contra Estados Unidos, en USA 94, Andrés Escobar intentó sacar el esférico, pero terminó enviándolo a su propia puerta ante la impotencia de Óscar Córdoba. 

Foto:

AFP

Por: Armando Neira
02 de julio 2019 , 07:19 a.m.

La foto parece haber sido tomada en un velorio. Los futbolistas Andrés Escobar y Faustino Asprilla están sentados, cabizbajos; las manos de cada uno sostienen su respectivo mentón y en el ambiente gravita un sentimiento de aflicción que muestra la ausencia de fuerzas para levantarse. Fue tomada el jueves 23 de junio de 1994 en Fullerton, California, tras la derrota de la selección ante Estados Unidos (2-1), resultado que supuso su eliminación de la Copa del Mundo.

“Para mí es una pena mayor por la jugada desafortunada que terminó en el primer gol de Estados Unidos. Nunca me ocurrió ni como aficionado ni como profesional, y justamente se presenta en el momento más importante para el fútbol colombiano”, escribió el defensor en EL TIEMPO en una columna que él había bautizado ‘Andrés Escobar: La selección por dentro’.

Además de jugar maravillosamente bien al fútbol, Escobar escribía con talento, era culto al hablar, buen lector, respetuoso en la cancha y, fuera de ella, simbolizaba lo bueno de un país que en simultánea es capaz de lo mejor y de lo peor.

Él, por ejemplo, días atrás había llegado a Estados Unidos integrando un equipo al que la multitud vitoreaba por su halo de favorito para ganar el torneo y a la semana de la instantánea sería asesinado de seis disparos en la soledad de un parqueadero y entre las burlas humillantes de sus verdugos.

¿Por qué lo matarían? La explicación que se dio en su momento fue que apostadores le quitaron la vida en represalia por una fortuna que él les había hecho perder con el autogol. Lo cierto fue que su crimen sumió el país en un dolor inigualable y coincidió con el destape de uno de los casos judiciales más estremecedores en la historia: el ingreso de dineros de la mafia a la campaña que eligió presidente a Ernesto Samper Pizano.

En efecto, en un breve tiempo, Colombia cayó del cielo al infierno dejando unas heridas que aún no han sanado por completo. En ocasiones mirar el pasado provoca una enorme desazón por lo que pudo haber sido y no fue. Las páginas de EL TIEMPO de ese sábado 18 de junio auguraban lo mejor.

Ese sábado, la selección Colombia debutaría en la Copa del Mundo USA 94 con el rótulo de favorita, y el candidato liberal Ernesto Samper Pizano invitaba al país a elegirlo presidente con la promesa de hacer un acuerdo de paz y llevar el Estado a las tierras del olvido en donde los ilegales imponían sus leyes a punta de los fusiles. A pesar de que las encuestas pronosticaban un voto finish con su rival Andrés Pastrana Arango, Samper seducía por su propuesta social.

Nunca me ocurrió ni como aficionado ni como profesional, y justamente se presenta en el momento más importante para el fútbol colombiano

Un equipo para soñar

Pero, ¿sí era posible que Colombia ganara el Mundial? Ese equipo era dirigido por Francisco Maturana, llegaba impulsado por la gloriosa victoria en Buenos Aires ante Argentina (5-0) –en la ronda de clasificación– y su nómina era realmente envidiable: Óscar Córdoba, Luis Fernando Herrera, Luis Carlos Perea, Andrés Escobar, Wilson Pérez, Gabriel Jaime Gómez, Leonel Álvarez, Freddy Rincón, Carlos Valderrama, Adolfo Valencia y Faustino Asprilla.

Además, el equipo llegaba con el aval del mítico Pelé, que la daba como fijo para el título. Igual pensaban otros aristócratas del fútbol como Arrigo Sacchi y Roberto Baggio. En el congreso de la Fifa del año anterior, Colombia había sido condecorada como la revelación mundial. Por si fuera poco, gran parte de los vaticinios se inclinaban a favor de que Asprilla sería el mejor jugador del torneo y la peluca que imitaba la melena de Valderrama copaba los estadios.

El mazazo recibido no pudo ser más demoledor. Esa tarde, Rumania destrozó a Colombia 3-1 con goles de Raducioiu (minutos 15 y 89) y Hagi (minuto 34) ante 91.856 espectadores en el estadio Rose Bowl de Pasadena. El sueño de ganar un mundial empezaba a disiparse.

Como en cualquier deporte, en el fútbol se gana o se pierde, y la vida continúa. En este caso, sin embargo, la selección entró en una vorágine de violencia que devoró hasta el resultado. Al corazón de la sede de la concentración llegaron amenazas de bombas y muertes que quebraron la alineación del equipo.

En las horas previas al encuentro de la segunda fecha, con Estados Unidos, el técnico sentía que el corazón se le salía del pecho. “No puedes jugar ‘Barra’ ”, le dijo bañado en lágrimas Francisco Maturana a Gabriel Jaime, un curtido volante de contención, hermano del asistente técnico, Hernán Darío Gómez. “Llamaron a amenazarme con bombas en nuestras casas si te alineo”, le explicó.

‘Barrabás’ se retiró sin esperar siquiera el encuentro, y los jugadores colombianos ingresaron al Rose Bowl de Pasadena temblando. Que los violentos terminen modificando la alineación de un equipo era no solo un hecho inédito para una Copa del Mundo sino que naturalmente haría trizas cualquier propuesta táctica en la cancha. Atrapados por el miedo, los jugadores, sin embargo, salieron a la grama del Rose Bowl de Pasadena ante los 93.689 aficionados que aplaudían ajenos a semejante situación.

El minuto de la fatalidad

En el minuto 35, John Harkes cruzó el balón para Earnie Stewart. Su trayectoria fue desviada por Escobar, quien se había lanzado con la intención de rechazarlo. El portero Óscar Córdoba cayó impotente. A pesar del esfuerzo por reponerse, el equipo no lo logró. Dos partidos jugados, ambos perdidos. Colombia quedó eliminada. La imagen de Escobar y Asprilla tomada ese mismo día refleja en toda su dimensión el dolor. “Personalmente, jamás esperé un hecho de esta índole, verse derrotado, liquidado, sin poder reaccionar”, reflexionó Escobar.

Con el eco de las amenazas de muerte de ese explosivo coctel de mafia y apostadores, la selección regresó al país, donde cada uno de los jugadores partió para sus casas. Escobar había podido irse de vacaciones para Estados Unidos, donde lo esperaban personas de sus afectos, pero él quería tomar distancia del país en donde había marcado el autogol.

Además, tenía un secreto que aún no era el momento de revelar. “Vamos a adelantar la boda porque vamos para Italia”, le había dicho a su novia, Pamela Cascardo. El motivo era que el Milán había pensado en él para sustituir al veterano Franco Baresi.
En Colombia, entre tanto, las acusaciones de Andrés Pastrana contra Samper de haber recibido dineros del cartel de Cali para financiar su campaña ya habían desplazado casi por completo las noticias deportivas, incluida la Copa del Mundo de la que la selección llegó a ser favorita.

Jardín y luego Italia

Ya en Medellín, Escobar salió a distraerse junto con un par de amigos. Ese viernes 1.º de julio de 1994, por una decisión de la que aún años después no tiene respuesta, su esposa le dijo que prefería quedarse. “Duérmete, mi amor que mañana nos vamos para Jardín y, luego, a Italia”. Los padres de ella le dijeron que tenían un mal presentimiento y preferían que él no saliera. “No se preocupen”, les contestó.

Salió y tomó varias cervezas; se lo vio tranquilo en los lugares que estuvo. Contó algunas anécdotas de lo vivido en el mundial con quienes departió. Ya en la madrugada del sábado 2 de julio, le dio hambre y fue a un restaurante de Las Palmas a comer algo. Al salir, a las 3 de la madrugada, Humberto Muñoz Castro, un secuaz de Santiago Gallón Henao, le disparó una y otra vez. Hasta que vació el cargador de su pistola. Los testigos contarían que ellos se habían cruzado con el futbolista en el restaurante El Indio y que desde ese momento se habían dedicado a ofenderlo.

Gallón era un hombre temido porque meses atrás, su hermano, Luis Guillermo Gallón, había sido detenido por el delito de lavado de dólares, y las autoridades les seguían la pista por tráfico de narcóticos. Eran mencionados como los herederos del cartel de Medellín que hasta el año anterior había controlado con mano de hierro el capo Pablo Emilio Escobar Gaviria.

Personalmente, jamás esperé un hecho de esta índole, verse derrotado, liquidado, sin poder reaccionar

El ‘caballero del fútbol’, como se le llamaba al central del Atlético Nacional, se había cruzado con sus victimarios en el parqueadero cuando se disponía a regresar a casa. La prepotencia asesina del narcotráfico había acabado con la vida de un deportista disciplinado, serio y respetuoso.

Muñoz Castro fue condenado a 43 años de prisión, rebajados posteriormente a 23. Abandonó la cárcel en octubre de 2005. Los hermanos Gallón Henao, acusados de encubrimiento, quedaron en libertad a los pocos meses de entrar en prisión.

Su novia quedó viuda sin haberse casado. “Él iba a ser mi esposo, él iba a ser el papá de mis hijos”, diría años después. “Lo que queda es el amor, el amor que él le dio a este país, el amor que me dio a mí”. Un país que lloró en conjunto como pocas veces lo había hecho. La imagen del autogol era repetida sin cesar en todas las televisiones del planeta.

En Colombia, el dolor se fue diluyendo por el escándalo creciente del proceso 8.000. En su último artículo para EL TIEMPO, Escobar escribió en medio de la desazón: “Hasta pronto, porque la vida no termina aquí”.

ARMANDO NEIRA
Editor de Cultura
@armandoneira

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