En defensa del postre / El Condimentario

En defensa del postre / El Condimentario

El cuerpo no solo pide buena alimentación, sino que el cerebro reclama su dosis mínima de dicha.

Margarita Bernal.

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Cortesía Margarita Bernal

Por: Margarita Bernal
22 de febrero 2020 , 10:40 p.m.

En nada es más hipócrita la gente que en el postre. Pocos aceptan que se mueren del antojo por algo dulce, pero todos se le suman al valiente que se atreve a pedirlo.

Cuando el mesero recoge los platos y pregunta: ‘¿Desean un postre?’, la respuesta inmediata de la mayoría de comensales es: ‘No gracias, tráigame la cuenta’. He notado que lo anterior no ocurre cuando hay un infante o un adulto mayor que sin remordimientos, como debe ser vivida la vida, esperan con entusiasmo el dulce final.

Pero cuando el audaz en cuestión se anima y ordena su merecida recompensa, los demás acompañantes, perdiendo todo rubor y culpa, no dudan en pedir una cuchara adicional porque solo quieren darle una probadita. ¡Cobardes!

Cocinar nos hizo humanos. Dominar el fuego para cocer los alimentos nos diferencia del resto de los animales. Desde la prehistoria nos alimentamos por necesidad fisiológica, y en el camino encontramos el gusto. Pero el postre es otro cantar ya que cumple con funciones para el alma, los sentimientos y la satisfacción. El último recuerdo que queda de una comida. Es el beso de despedida y debe hacer vibrar de emoción cucharada tras cucharada. Una de las más bonitas formas de dar y recibir amor. Estimula la serotonina, la hormona de la felicidad. Besos azucarados creados para dar placer y reconfortar en momentos difíciles.

No se trata de hacer una apología al azúcar, ni más faltaba, en especial ahora que somos conscientes de la importancia de los hábitos alimenticios saludables. Se trata de encontrar el equilibrio en todo lo que comemos y entender que en el disfrute del paladar cabe el ‘pecadillo con queso’. El cuerpo no solo pide buena alimentación, sino que el cerebro reclama su dosis mínima de dicha.

Pertenezco al club de las extrañas criaturas en estos tiempos modernos de dietas y prohibición que no se sienten satisfechas si no terminan la comida con algo dulce. La variedad es enorme, desde una fruta madura, un helado, un bizcocho, una confitura casera, un trozo de chocolate o tantos otros que con creatividad, pasión y talento crean los pasteleros, a quienes les profeso admiración y respeto. Decía el gastrónomo francés Marie-Antoine Carême: “Las bellas artes son cinco: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura, cuya rama principal es la pastelería”. Tengo como norma que, si voy a pecar, debe ser con un bocado de la mejor calidad. No busco saciar mi antojo goloso con cualquier cosa. Basura repleta de endulzantes y grasas saturadas es lo que más se encuentra hoy en los mercados. Hay que ser cuidadoso, selectivo y exigente, como en el amor.

Si cree que no le cabe y va a explotar de la llenura, recuerde esta bella frase popular: ‘Siempre hay lugar para el postre, porque este no va al estómago, va directo al corazón’, sea feliz y dese el gustico. Buen provecho.

De postre: un postre, la clásica milhoja de crema pastelera de Joyce, cubierta de azúcar. No pasa de moda.

MARGARITA BERNAL
Para EL TIEMPO

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