‘Comida’ de avión / El condimentario

‘Comida’ de avión / El condimentario

Comemos en los aviones con desgano y por obligación, para pasar el tiempo y no morir de inanición.

Margarita Bernal.

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Margarita Bernal

25 de agosto 2018 , 10:00 p.m.

No conozco la primera persona que se antoje, disfrute o sienta placer por la comida de avión. Me refiero a ese que estimula la dopamina y por ende los sentidos. Ese que es similar al de una primera cita, un beso o una caricia. Comemos en los aviones con desgano y por obligación, especialmente en los vuelos largos para pasar el tiempo y no morir de inanición. Confieso que me engullo cada bocado con el temor de que piensen que, si no como es porque soy una mula, cosas que se oyen en las noticias.

Dicen que en primera clase es ‘gourmet’ y que hace parte del plus por pagar exorbitantes precios por un tiquete en dichas sillas. Falso, sigue siendo espantosa, es mejor su descripción que la realidad que sirven. Nada peor que generar falsas expectativas.

Me da miedo el avión y cuando llega la hora de los alimentos, pienso que pronto será el final del viaje y es un alivio, que dura poco. Más susto me da abrir la cajita hirviendo con pasta o pollo, las dos opciones más populares, que gentilmente y hasta de forma entusiasta ofrece la azafata.

Lo que en las aerolíneas llaman “comida” se podría comparar con la famosa obra surrealista de Magritte 'Esto no es una pipa',
ya que lo que sirven es una mera idea de lo que en realidad es. Así como esa pipa pintada es una suma de líneas y trazos la supuesta pasta con queso es un mazacote indescriptible e incomible. Ni hablar del pollo, duro, seco insípido, con sabor a nevera y con textura similar a la de los cubiertos de plástico, que no es pollo, no es nada. ¡Guaca!

Los acompañamientos no se quedan atrás, la ensalada con un tomate cherry entero, imposible de capturar con el tenedor, tres hilos de zanahoria seca rallada y lechugas marchitas, para que el menú sea balanceado según los estándares nutricionales. Del postre y el pan prefiero ni hablar, no ameritan ni una sola letra. Pero hablemos del café, ay el café, que sabe a todo menos a ese suculento grano. En mi caso, lo camuflo con crema en polvo y mucha azúcar, es la única vez que lo endulzo. Y ese sobrecito es imposible de abrir, no hay diente que sirva, puedo durar el resto del vuelo intentándolo, lo veo como un entretenimiento para pasar las horas, no tengo ni que ver películas. Me ha pasado que cuando por fin logro romperlo, explota en una nube de polvillo que cae sobre todo, menos en la bebida, que ya está helada, incluido el vecino de silla. Nada que se caliente y recaliente en microondas puede tener un final feliz. Por eso he optado, como dice Antonio Caballero, por llevar comiso y lo aconsejo. Un sanduchito, una chocolatina, una manzana, un paquete de maní y una barra de granola. He notado que hasta me miran con envidia, porque como decía un viejo comercial: “es mejor despertarla que sentirla”. Buen provecho. De postre, una autopromoción: el 3 de septiembre se estrena mi programa de televisión 'Hoy… legumbres', por el canal Gourmet. Ahí nos vemos.

MARGARITA BERNAL
En Twitter: @margaritabernal
www.elcondimentario.com

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