El hombre que revoluciona los vinos de Rioja

El hombre que revoluciona los vinos de Rioja

Telmo Rodríguez habla de los fuertes vientos de cambio que soplan hoy en la viticultura española.

Telmo Rodríguez, experto en vinos

Telmo Rodríguez se negó a subirle el precio a su vino Las Beatas cuando obtuvo los 100 puntos Parker.

Foto:

Cortesía Compañía de vinos Telmo Rodríguez

Por: Víctor Manuel Vargas Silva
22 de septiembre 2018 , 10:17 p.m.

Telmo Rodríguez es un tremendo referente en el mundo del vino español. Y no solo por la gran calidad y originalidad de lo que hace, sino también porque es uno de los personajes más admirados y seguidos dentro de esa gran revolución que se está viviendo hoy en la viticultura española.

De Cataluña a Rioja, de Málaga a Galicia, por todos los rincones de la España del vino retumban hoy los ecos de un alzamiento que encabezan algunos productores –unos muy famosos, otros muy jóvenes– y que viene sacudiendo los cimientos de las denominaciones de origen más poderosas a partir de enarbolar una bandera tan simple como potente: ‘España no ocupará jamás el lugar que merece en el mundo del vino si sigue concentrada en los llamados vinos industriales’. Los “vinos fórmula”, como los llama Telmo Rodríguez.

Junto con su socio, Pablo Eguzkiza, Rodríguez lleva más de dos décadas (desde 1994) rescatando viñedos, terruños y formas ancestrales de hacer el vino con un solo objetivo en mente: tratar de que los distintos parajes donde trabaja –unas 80 hectáreas de viñedos repartidas en 355 parcelas en nueve zonas productoras de España– recuperen su voz, su verdadera identidad.

Es un rescatador de patrimonios vitivinícolas por años olvidados y un férreo activista en contra de la idea de que el futuro está en el volumen y en la estandarización. Por eso hace cosas como vinificar sus vinos como antaño, sin separar las uvas de cada paraje, y sin detenerse mucho a pensar qué hay allí, sino poniendo toda su atención en tratar de escuchar y entender lo que ese paraje le quiere comunicar a través de esas uvas y en cómo puede él ayudar a que ese mensaje se exprese de la forma más sublime posible.

Y este año su tesón y convicción fueron premiados al más alto nivel: su tinto Las Beatas, una producción de apenas 1.500 botellas que nace en un rudo terreno de viejas terrazas en una colina de Labastida, en Rioja, recibió los codiciados 100 puntos de Robert Parker. Un “vino perfecto”, en palabras de Luis Gutiérrez, el calificador del crítico estadounidense para España, que tiene tempranillo, graciano, garnacha, garnacha blanca y otras cuatro variedades de la zona, todas provenientes de un viñedo que no llega a las dos hectáreas.

Telmo Rodríguez –55 años, amante del surf y educado enológicamente en Francia– recibió a EL TIEMPO en su finca de Remelluri (Rioja), donde expuso generosa y apasionadamente su visión sobre la disyuntiva en la cual está hoy la España del vino.

Es un rescatador de patrimonios vitivinícolas por años olvidados y un férreo activista en contra de la idea de que el futuro está en el volumen y en la estandarización

Suele repetir que ‘el pasado es el futuro’. ¿Qué quiere decir con esto?

Es parte de nuestro ADN. En la Compañía de Vinos Telmo Rodríguez llevamos más de 20 años explorando el pasado e intentando aprender de él. Rioja, por ejemplo, tiene una larga y muy vieja historia de vinos, sumamente interesante. Y hacer vinos aprendiendo de nuestro pasado y de nuestros ancestros es, primero, una forma de respeto hacia años y años de conocimiento y, luego, una forma de acercarnos a lo que nos interesa: alejarnos del ‘vino fórmula’, para regresar a las expresiones más auténticas del terruño. El consumidor culto lo que busca es cosas originales, expresiones auténticas. Pasa en la música, en la pintura y en el vino también. Por eso, nosotros hacemos vinos auténticos, respetuosos con nuestro pasado y fieles a la expresión de nuestros terruños. Nos interesa mucho que la gente sepa y sienta que cuando están consumiendo un vino nuestro se están bebiendo un paraje y están ayudando a recuperar un patrimonio al que antes ni mirábamos. España es un país donde se ha destruido mucho, y hoy necesita restaurarse.

¿Qué es el vino para usted?

Fundamentalmente, emoción. El vino no puede ser algo matemático. Un gran chef dijo que la gran cocina no es nunca la receta, sino el talento y el conocimiento detrás de una receta. Y creo que esto se aplica al vino.

¿Se considera un ‘niño terrible’ del vino, como le han dicho por ahí?

Somos artesanos del vino a la búsqueda de cosas que puedan emocionar. Gente honesta y justa, que simplemente intenta hacer lo mejor. El vino es una cosa muy convivial, y se ha bebido siempre de forma muy sencilla. Por eso no me gusta esto del esnobismo en torno al vino.

¿Cómo ve el futuro de las denominaciones de origen, un tema que desata tormentas hoy en España? ¿Ve posible un cambio de rumbo, o gente como usted son todavía esfuerzos muy aislados?

Yo creo en el principio de la denominación de origen, porque cuando hay una cosa excepcional hay que protegerla, conservarla. En lo que no creo es en las denominaciones de origen que se convierten en una marca y se concentran en luchar por esa marca en vez de proteger ese gusto especial y esa calidad que dieron origen a esa denominación. Y cuando digo proteger, hablo de los distintos gustos del vino de Rioja, y de hablar de ellos. Y si por las razones que sean si utilizan técnicas que te alejan de ese gusto o gustos, o los diluyen, no hay que permitirlo. Lo que hay que proteger, en toda su diversidad y riqueza, es el carácter de una zona.

¿Cómo lee que grandes bodegas se hayan retirado de denominaciones de origen tan importantes como Rioja, Cava y otras?

Que de Rioja se vaya una bodega como Artadi es un problema para el Consejo Regulador, porque quiere decir que no están amparando a algunos de los mejores productores de su zona. Y si eso sucede, el Consejo Regulador tiene que reaccionar. Hemos llegado al momento en el cual España tiene que hacer otro camino.

Se habla mucho de que España vive hoy una gran revolución en materia vitivinícola. ¿Lo ve así?

Sí, especialmente porque ha surgido una nueva generación. Y eso lo vemos claramente con fenómenos como el auge de los vinos naturales. Esto es muy bueno porque pone bajo los reflectores a una serie de vinos muy interesantes y auténticos, y a unos productores que rápidamente se dan cuenta de que no encajan en un sistema que es demasiado genérico. Y esto nos va a llevar a un contexto en el cual lo natural es que intentemos ir más lejos.

¿Qué tan lejos?

España vive hoy una enorme excitación por mostrar que es uno de los países más ricos y diversos en materia de vino que existen en el mundo. Y esto es muy positivo, porque te obliga a profundizar en lo que eres. Yo, por ejemplo, estoy comprando cada vez más vino de mi país, porque veo que cada vez hay más gente que hace cosas muy interesantes. Y creo que lo que procede para las denominaciones de origen es ser muy sensibles a esto y adaptarse.

Hablamos entonces de un gran alzamiento contra la homogeneización del vino español…

Hace dos años hicimos una reunión en Madrid bajo el título ‘Reflexiones sobre el gran viñedo español’. Nos gastamos un día conversando, y eso se tradujo en el Manifiesto Matador, que terminó dándole la vuelta al mundo. ¿Y qué decía este manifiesto? Básicamente, que España había trabajado mucho para ser el mayor viñedo del mundo, pero que nunca nos habíamos dado cuenta de que podíamos ser el mejor viñedo del mundo. Y que era una pena que no hubiéramos tenido esa sensibilidad. Luego advertíamos que estaba pasando un tren por nuestro país, que es el tren de la calidad, al que mucha gente ya se había subido; que nunca se había visto en España a tanta gente junta queriendo hacer los mejores vinos del mundo. Y lanzamos un mensaje a las denominaciones de origen para que ellos también se subieran a ese tren. Hay viñedos excepcionales en España, y esta gente que comienza a trabajarlos merece ser ayudada, porque eso nos va a revelar un nuevo país en términos de vinos.

Somos artesanos del vino a la búsqueda de cosas que puedan emocionar. Gente honesta y justa, que simplemente intenta hacer lo mejor

¿Le ve futuro a esta nueva apuesta?

Desde luego, y es muy excitante. Pasó con Ferran Adrià, que dándoles de cenar a 40 personas una vez al día, logró transformar la imagen gastronómica de este país. España pasó de ser un país que se consideraba de gastronomía vulgar a estar en la punta de la gastronomía mundial. E influenciando hasta a los cocineros franceses. Esto es sin duda un muy buen ejemplo para la gente del mundo del vino: porque con la cantidad de buenos viñedos, variedades e historia que tenemos, si trabajamos bien, nos podemos convertir en un gran país para el vino, uno que genere mucho placer a los amantes del vino. Y más en un momento en el que los grandes borgoñas y burdeos no se pueden beber, porque son carísimos, y hay mucha gente buscando vinos de emoción. Tenemos ese potencial y hay que explotarlo.

¿Hay que dejar de lado el vino masivo?

No, no hay que luchar contra el vino masivo. Se va a seguir haciendo vino a 40 céntimos de euro en La Mancha, y está bien. Pero España debe presumir de sus talentos. Es como si en un equipo de basquetbol tienes a Pau Gasol y lo dejas sentado en el banco. Está genial esto de vender millones y millones de botellas, pero para ser un gran país del vino, y para que la gente te reconozca como tal, tienes que tener grandes jugadores y ponerlos a jugar.

¿Cómo se puede conseguir que la imagen de España en esta materia empiece a cambiar?

La clave de todo esto es el consumidor. Y parto de la base de que la cultura te da placer: cuanto más sabes, más disfrutas. Por eso, la clave es tener ‘consumidores iluminados’, como dicen los franceses, consumidores que además de entender que están recibiendo placer saben que están ayudando a cuidar cosas importantes. Como decía Émile Peynaud: “El consumidor es el que hace que los vinos sean mejores o peores”. Si solo consumimos lo que está de moda, estás matando la riqueza del vino, su diversidad, terruños enteros. Hemos abierto una puerta, ha sido difícil, pero creo que estamos en un momento genial. El otro día estuve con una chica que venía de La Palma (Canarias), hace solo 10.000 botellas, pero a mí me ha puesto la piel de gallina con su energía, sus ganas, su vino, su trabajo honesto y bonito. España está toda por descubrir. Es como un palacio que ha estado cerrado por muchos años, lleno de sábanas y telarañas, y a medida que vas abriendo habitaciones te vas deslumbrando cada vez más y más. Esto apenas comienza, y es un trabajo muy excitante: alumbrar cosas que han estado allí, olvidadas por años y años, para que vuelvan a brillar. ¡Más emocionante, imposible!

¿Hay algún peligro de que las grandes bodegas de España, las que producen volumen y dominan los mercados, en algún momento traten de estrangular este movimiento alternativo?

Los grandes productores deberían ponernos un monumento, porque nosotros trabajamos para ellos. Nadie puede dudar de que La Tâche, por poner un ejemplo, es un tremendo impulso para todas las bodegas de la Borgoña. Nosotros trabajamos para darle nobleza al nombre de Rioja, y de eso se benefician las grandes operaciones que hacen millones de botellas con el nombre de Rioja. El mismo nombre que usamos nosotros. Además son vinos que no les compiten, porque van a segmentos totalmente diferentes. En síntesis: el pequeño productor no es un enemigo del gran productor, es un aliado. Y no solo eso, es un tremendo aliado. Y si alguien ve a este movimiento por la calidad como una gran amenaza, sin duda que tiene una visión muy poco inteligente.

VÍCTOR MANUEL VARGAS SILVA
Editor de Domingo
En Twitter: @vicvar2

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