El humorista Iván Marín reescribe los clásicos infantiles

El humorista Iván Marín reescribe los clásicos infantiles

Su versión de Caperucita Roja está en 'Cuentos que ni pa' qué le cuento', de Intermedio Editores

Libro Iván Marín Cuentos que ni pa' qué le cuento

El comediante y guionista Iván Marín salta a la literatura, en clave de humor, para festejar sus 20 años de carrera profesional.

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X-tian

Por: CULTURA
18 de abril 2019 , 12:25 a.m.

Hace mucho tiempo existió una mamá soltera. Bueno, aún siguen existiendo muchas mamás solteras. Pero esta en particular, Bernarda Rojas, tuvo una hija a la que decidió bautizar como Caperucita. La abuela de la niña nunca estuvo de acuerdo con el nombre, decía que la estaban condenando a convertirse en trovadora paisa. No obstante, Bernarda se empeñó en su capricho y así fue registrada: Caperucita Rojas. 

Como quedó comprobado con el nombre de la niña, Bernarda era una mujer supremamente terca, motivo por el que ella y su mamá chocaban constantemente, así que la señora prefirió irse a vivir al otro extremo del bosque, lejos de ella.

Los años pasaron y Bernarda nunca pudo rehacer su vida junto a ningún hombre. Tuvo varias relaciones, pero nadie se la aguantaba, tal como ocurrió con su propia madre. Aun así, lograba sacar adelante a la niña con el producto de una tienda que puso en el barrio.

Su clientela le era bastante fiel, pues supo cultivarla desde un principio. Mientras otras tiendas exhibían en sus vitrinas el aterrador letrero ‘Hoy no fío, mañana sí’, ella ofrecía la facilidad de crédito mensual que siempre quedaba registrado en su popular cuaderno de los fiados.

Transcurrieron doce años durante los cuales, si bien no vivió con su mamá, siempre mantuvo contacto telefónico con ella. Semanalmente le enviaba cosas de la tienda, pues la anciana se negaba a comprar en el supermercado aledaño a su casa: “La fruta siempre está manoseada y el queso no tiene nada de campesino, es todo procesado”, se quejaba la señora.

El mercado lo llevaba Efraín, el mensajero de la tienda, pero en una ocasión se cayó de la bicicleta mientras llevaba un domicilio, por lo que tuvo que ser incapacitado durante varios días. Entonces, Bernarda ordenó a su hija llevar la canasta a casa de la abuela esa semana.

—¡¿Estás loca?! –exclamó, alarmada, Caperucita–. Apenas tengo doce años y piensas enviarme sola por el bosque. ¿Es que nunca ves noticias?


—No pasa nada –se justificó Bernarda–.

Los conjuntos residenciales de los barrios finos se llaman siempre Bosques del Marqués, Bosques de Hato Grande... ¿Por qué? Porque los bosques son lugares seguros.

—Está bien, yo voy –aceptó, a regañadientes, la niña–. Pero ¿por qué carajos me obligas a vestirme con una caperuza roja? ¿No es suficiente castigo mi nombre como para tener que vestirme con él también?

—Ya mismo deje de contradecirme y llévele esta canasta a su abuelita o se olvida de la tablet que le está pidiendo al Niño Dios.

Fue así como Caperucita, roja de la rabia, debió partir rumbo a casa de su abuela, vestida como detestaba hacerlo, llevando consigo tan solo la canasta para defenderse ante cualquier amenaza. “Si el Instituto de Bienestar Familiar supiera que mi mamá me expone de esta forma, seguro tomaría cartas en el asunto” era el pensamiento de Caperucita mientras caminaba por el bosque.

De repente, una lejana algarabía la arrancó de sus reflexiones para traerla de nuevo a la realidad. Se trataba de un grupo de barristas, hinchas del equipo de fútbol azul de la ciudad, famosos por su conducta irracional ante la presencia de un color distinto al suyo.

Caperucita entró en pánico, pues de inmediato fue consciente del riesgo que corría. Miró a su alrededor, buscando un sitio para ocultarse, pero un grito proveniente del grupo le hizo advertir que era demasiado tarde.

—¡Miren! ¡Alguien vestido de rojo! –bramó quien parecía ser el líder de la horda.

—No, Brayan Chayanne, ¿ya va a empezar a agredir a los demás? –exclamó uno de ellos, intentando llamar a la sensatez, pues algunos sí son hinchas y no gamines disfrazados–. Sigamos para el estadio a ver el partido.

—¡Partido es el que me está resultando usted, maricón! –vociferó Brayan Chayanne–. Nosotros somos barras bravas. Qué bravas, digo, barras emputadas es lo que somos. No somos de esos pendejitos que van al estadio dizque a animar al equipo cantando. Nosotros somos hinchas de verdad, de los que se encargan de vengar al equipo cuando pierde, porque con él no se mete nadie.

—Pero ¿qué tiene de malo que alguien apoye a un equipo distinto del nuestro? –El hincha de antes siguió intentado llamar a la razón.

—¡Todo! –gritó, abriendo los ojos, Brayan Chayanne–. ¡A todos les tiene que gustar lo mismo que a nosotros! ¡Si somos hinchas azules, todos tienen que serlo! ¡Si nos gusta el jugo de guayaba, pues todos toman jugo de guayaba!

Dicho esto, hizo un gesto y todos se lanzaron hacia Caperucita, quien salió a correr a mayor velocidad que ellos, pese a su corta edad. Huía rápidamente cuando tropezó con un hombre que, al verla tan asustada, le preguntó qué ocurría.

—Me persiguen unos ñeros con camiseta azul que me odian solo por usar caperuza roja.

—Tranquila, mamita, que a esos vergajos yo los atiendo como se debe –dijo el hombre, llevándose una mano al cinturón, debajo de la camisa, donde evidentemente ocultaba algo.

Se trataba de un hombre muy particular. Mordía un palillo de dientes al hablar, usaba lentes oscuros, botas de cuero, pantalón de paño, camisa de seda roja sin abotonar en la parte superior, permitiéndole exhibir su pecho peludo, y dos cadenas del mismo oro que su reloj y anillos. Mejor dicho, el tipo era tremendo lobazo.

—¿Se les perdió algo, mis amores? –dijo sin dejar de morder el palillo de dientes.
—¡Nosotros somos los azules y estamos aquí para acabar con todo lo rojo hijueputa! –dijo Brayan Chayanne mientras seguía jadeando por la carrera.

—Primero que todo –empezó a decir el Lobo sin alzar la voz, pero en tono firme–, donde volvás a decir una grosería enfrente de la niña, te arranco ese pedazo de lengua y te la meto culo arriba.

Segundo, si lo que quieren es acabar con todo lo rojo, con mucho gusto les colaboro quebrándolos, o ¿de qué color creés que tienen la sangre, pues, güevón? Porque vos tenés cara de todo menos de ser un príncipe, pa’ que me digás que sos de sangre azul. Así es que cuento hasta tres y se me pierden de acá, porque me está empezando a dar un tic en el dedo índice y solo se me calma jalando el gatillo. Uno… dos…

En este punto del conteo, los pandilleros habían corrido tan rápido que ya iban llegando al estadio.

—¡Así me gusta! ¡Que les haga bombas la camisa! –gritó hacia ellos el Lobo, antes de girarse hacia Caperucita–. ¿Y usted cómo está, mi amor? ¿Me le alcanzaron a hacer algo?

—No, muchas gracias –respondió, aliviada, Caperucita–. Afortunadamente, nadie me ha hecho nada.

—¿Nadie? –preguntó el Lobo, mostrando interés–. ¿O sea que mamacita está cero kilómetros?

—¿Cómo así? –preguntó Caperucita sin comprender.

—Tranquila que yo me entiendo. –El Lobo sonrió, complacido–. ¿Y para dónde va tan solita?

—A la casa de mi abuela. Vive al otro lado del bosque y le estoy llevando esta canasta.

—¿Y la abuelita vive sola?

—Sí.

—¿Y vos cómo te llamás, mamacita?

—Caperucita Rojas.

—Vean a esta tan remilgada. Si no me querés decir tu verdadero nombre, entendámonos solamente por los alias. Mucho gusto, podés decirme Lobo Feroz.

—Mucho gusto, señor don Lobo.

—Mirá, te voy a mostrar un camino por el que podés llegar a casa de tu abuelita. Es un poquito más largo, pero te garantizo que es un sendero completamente seguro. Por ahí no te vas a encontrar con nadie en absoluto.

—¿Y cómo sabe que con nadie?

—Ah no, es que es yo tengo un mapa de rutas secretas pa’ mandar cositas al otro lado y coronar sin que nadie se interponga.

De esta manera, el Lobo indicó a Caperucita una ruta más larga de la habitual para él poder tomar un atajo y llegar primero a la casa de la abuela. Al estar allí, se presentó como un amigo de la familia.

Ella, como buena mujer que ha pasado mucho tiempo sola, aprovechó la oportunidad de tener con quien conversar e invitó a pasar al Lobo. Después de todo, quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de volver a recibir una visita.

El Lobo, como es habitual entre los hombres de su ramo profesional, sentía una malsana debilidad por las jovencitas inmaculadas como Caperucita, pero sorprende que entre los de su oficio rompía el molde en otro aspecto: no era partidario de satisfacer sus instintos por medio de intimidación o violencia, como tampoco de ofrecimientos económicos.

Su satisfacción estaba en conseguir que se entregaran a él de manera voluntaria, despertando interés genuino en la mujer, aunque debiera recurrir a alguna treta.

Así planeaba hacerlo con Caperucita, y para ello debía comerse primero a la abuela. Es importante precisar que hacemos uso del verbo comer como metáfora sexual, no de la horrible forma literal que era empleado en los cuentos clásicos. Nos sentimos conmocionados ante la aceptación social de tal canibalismo.

Aclarado este punto, el Lobo procedió a seducir a la abuela con la intención ya mencionada. La verdad sea dicha: no le tomó demasiado esfuerzo, pues ella, como buena mujer que ha pasado mucho tiempo sola, aprovechó la oportunidad de tener con quien desfogar su larga abstinencia. Después de todo, quién sabe cuánto tiempo pasaría antes de volver a recibir una visita.

Libro Iván Marín

‘Cuentos que ni pa’ qué le cuento’ 222 páginas $ 43.000

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Consumado el acto, el Lobo le ofreció a la abuela un té preparado con gotas de valeriana. Una vez dormida, la recostó en su cama, cerró con llave la puerta de la habitación y procedió con el plan de conquista más extraño en la historia de la humanidad: se vistió con las prendas de la abuela y aguardó la llegada de Caperucita.

La niña tocó a la puerta y escuchó una voz ronca, respondiendo desde el interior: “Sigue, está abierto”. Caperucita entró y, en medio de la penumbra y las cortinas cerradas, distinguió una sombra que le hablaba sentada desde el sofá.

—Nietecita, ¡cómo estás de grande!, ¡cuánto tiempo sin verte! –dijo el Lobo, esforzándose por sonar como la abuela.

Caperucita se detuvo para detallar a su abuela y, en medio del asombro y extrañeza, preguntó:
—Señor don Lobo, ¿usted es travesti?

—¡¿Lobo?! ¿Cuál lobo? –intentó disimular, preocupado, el Lobo–. Soy tu abuelita. Hace tanto tiempo no nos veíamos que me encuentras muy cambiada. ¿No quieres preguntarme, por ejemplo, por qué tengo los ojos tan grandes?

—Está bien, don Lobo –dijo Caperucita, siguiéndole el juego, resignada–. Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!

—Son para verte mejor.

–Ay, don Lobo, con todo respeto, quien está viendo mejor soy yo y estoy viendo lo idiotas que nos vemos en estas. Póngase serio, ¿por qué está vestido como mi abuelita?

—¿Cómo me descubrió, mamacita? –preguntó, con tristeza, el Lobo–. Yo me imaginé esto de manera muy distinta. La idea es que yo terminara comiéndomela.

Caperucita estalló en carcajadas:
—¡¿Es en serio?! Ja, ja, ja, ja.

—No se ría así, no hay por qué ser crueles –exclamó el Lobo, herido en sus sentimientos. (...)

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