‘Trabajo la palabra con la conciencia del artesano’

‘Trabajo la palabra con la conciencia del artesano’

Pablo Montoya, premio Rómulo Gallegos (2015), presenta una nueva edición de 'La sed del ojo'. 

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Pablo Montoya escritor colombianoPablo Montoya escritor colombiano
Pablo Montoya, escritor, hizo parte del grupo de invitados del Hay Festival.

YOMAIRA GRANDETT. EL TIEMPO

Por: Armando Neira
12 de febrero 2019 , 02:45 p.m.

Es llamativo que un escritor del talento suyo maneje un perfil tan bajo. ¿Por qué?

Mi obra no se inscribe en lo que se denomina literatura comercial, así algunos de mis libros estén publicados por la editorial Random House. Por los contenidos entre eruditos e históricos y la forma poética como están escritos, mis libros no buscan al mero comprador sino a un exigente lector.Tras la obtención del Premio Rómulo Gallegos, por ‘ Tríptico de la infamia’, en 2015, y el premio José Donoso, en 2016, recibió una enorme atención mediática. ¿Eso lo incomoda?



En absoluto. Aunque este reconocimiento me cayó como un baldado de agua fría, del todo inesperado ya que llevaba más de veinte años trabajando en una suerte de silenciosa invisibilidad, me alegró mucho haberlo obtenido. Entendí que, por fin, se premiaba mi trabajo.


Vive en El Retiro, Antioquia, como Tomás González, en Guatapé. ¿Estamos ante figuras que huyen de las urbes y se refugian en la naturaleza? ¿Por qué?

No podría hablar en nombre de Tomás. Supongo, sin embargo, que en él hay motivos que tienen que ver con su larga vivencia en Nueva York y sus inclinaciones budistas. En cuanto a mí, se trata de una huida voluntaria del ruido y la contaminación que hoy aquejan a Medellín.

¿No se amañó en Medellín?

Medellín sufre además, desde 2002, de una epidemia que me abruma: el uribismo y los males que se derivan de él. Especialmente, el modelo social anclado en el paramilitarismo y el narcotráfico, que es como su carta de presentación.

Usted nació en Barrancabermeja, lo llevaron a Medellín, se fue a Tunja y, luego, a París. ¿Literariamente, esos sitios tan disímiles están en su obra?

Aparecen en algunos de mis libros. Medellín y su violencia están en Cuentos de Niquía, Réquiem por un fantasma, El beso de la noche y Los derrotados. Creo que esa es la marca que una ciudad como esta me ha dejado. Como en Tunja estudié música y estando allí publiqué mis primeros textos, he dedicado una novela, La escuela de música, a esos aprendizajes juveniles. De París, donde viví años cruciales, me ocupo en La sed del ojo, Cuaderno de París y Tríptico de la infamia.

Su obra es una exaltación de la música. ¿Por qué?

Mi llegada a la literatura la hice de la mano de la música. Lo primero que publiqué fueron los programa de mano de una serie de conciertos que se dieron en Tunja. Desde entonces he tratado de no olvidarme de la que considero el arte supremo por excelencia. Luego habrían de venir mis intereses en la pintura y en la fotografía, a las que también invité a mis libros.

¿No será que en el fondo usted es un músico frustrado?

Fui flautista durante diez años. Toqué en muchas agrupaciones de Tunja, Medellín y Bogotá. En mi labor de intérprete musical, por lo tanto, no hubo mayores desengaños. Lo que soy, más bien, es un compositor frustrado. Y puede que en mis libros, quien escribe es alguien que siempre está evocando esta limitación.

¿Al escribir de música, debe hacer un esfuerzo mayor para que el lector encuentre el tono y el ritmo?

En realidad, no escribo pensando en los lectores. Lo que me impulsa a escribir son mis propias obsesiones. Escribo sobre asuntos musicales porque soy sensible a ese arte y me gusta leer sobre música y escucharla. Y como sucede con la literatura, ya no estoy buscando las nuevas voces, sino que me recojo en lo que he leído y he escuchado.

Pero, en sus libros se escucha la música...

Reconozco, por lo que me han dicho algunos lectores, que en mi escritura siempre hay algo que se enlaza con la música. Ese algo tiene que ver con la factura de las oraciones, con su ritmo, su cadencia, pero también con los contenidos propiamente musicales.

Lo que soy, más bien, es un compositor frustrado. Y puede que en mis libros, quien escribe es alguien que siempre está evocando esta limitación.

¿Siente que es más que un escritor?

Más que un escritor, siento que soy un artista –y lo digo sobre todo porque trabajo la palabra con la conciencia del artesano y porque ando medio obsesionado con el asunto de la perfección y belleza estéticas–, pues en lo que escribo aparece una exaltación continua de estas disciplinas. Pero no ignoro que esta exaltación está llena de brumas, de incertidumbres.

A pesar de eso, en el trasfondo siempre está la violencia.

Buena parte de eso que llamo bruma en tal exaltación tiene que ver con la violencia. ¿Cómo desprenderse de ella?, me pregunto. ¿Cómo forjar una obra literaria desde un país como Colombia y dejar a un lado su atávica brutalidad? Es más, ¿cómo separarse de ella cuando vivimos una época llena de adelantos pasmosos de la tecnología y la ciencia, pero atravesada de cabo a rabo por la intemperancia humana?

Entonces, ¿cree que los escritores en Colombia están obligados a abordar la violencia?

No estoy diciendo que el deber de un escritor de ahora, y particularmente de un escritor colombiano, sea abordar exclusivamente la violencia. Nuestro primer deber –me apoyo así en una consideración de García Márquez– es escribir bien. Pero sí estoy seguro, y esa constatación puede notarse desde el primer libro que publiqué –Cuentos de Niquía-hasta la novela que actualmente escribo dedicada a los desaparecidos de la Escombrera en Medellín, que lo mío está marcado por esa circunstancia. Lo que pasa es que he enfrentado esa violencia en mis libros apertrechado en el arte.

Es inevitable que a cualquier escritor en Colombia lo comparen con García Márquez. ¿Por qué usted es diferente a él? En sus trabajos no hay rastro de realismo mágico. ¿Usted decidió romper de tajo con esa “escuela”?

La diferencia reside en los temas que tratamos y la forma como lo hacemos. Él, preocupado por la cultura popular del Caribe. Yo, por la música, la pintura, la fotografía desde una perspectiva acaso más cosmopolita. Los dos, inmiscuidos en la violencia de nuestro país. Ambos, formando parte de una misma tradición literaria, que es la colombiana y la latinoamericana. Él, oxigenándola por su lado, y yo por el mío.

Como Gabo, usted ganó el Rómulo Gallegos. ¿Cuándo se lo dieron pensó: ‘He igualado un poquito al nobel’?

Su pregunta me hace recordar un sueño que tuve en Tunja. Vivía en un apartamento en Los Muiscas, un barrio periférico de esa ciudad. Soñé que alguien tocaba la puerta del apartamento. Me levanté de la cama y abrí la puerta. Era un Gabo sonriente que me abría los brazos. Y me decía que saliera afuera para que me diera cuenta de algo. Me dispuse a salir, pero fue cuando desperté. Eso fue la víspera del día en que me dieron la noticia de que me había ganado un concurso nacional de cuento en Bogotá.

No estoy diciendo que el deber de un escritor de ahora, y particularmente de un escritor colombiano, sea abordar exclusivamente la violencia. Nuestro primer deber es escribir bien.

¿Cómo interpreta ese sueño?

Acaso ese sueño fue la primera premonición del Rómulo Gallegos que me habrían de dar veintidós años después. Mejía Vallejo, Fernando Vallejo, William Ospina y yo estamos en esa lista de los laureados colombianos de uno de los premios más prestigiosos de la lengua española, y por ello nos igualan con García Márquez. Pero en lo demás, él es sencillamente inalcanzable.

En sus años de juventud coqueteó con la guerrilla del Epl, pero eligió consagrarse al arte. ¿Eran las únicas opciones?

El destino de muchos colombianos, como dice José Eustasio Rivera, ha sido jugarle sus vidas al azar y reconocer que la violencia se las ha ganado. En el caso mío sucedió, por mi inveterado rechazo a todas las formas de la guerra, que mi vida se la jugué al arte. Pero eso no significa que la violencia no me haya signado.

¿Por qué?

A mi padre, que era un médico del todo ajeno a la política, lo asesinó una célula urbana del Eln en 1985, en un atraco que él presenció accidentalmente. En acontecimientos de esta índole es que reside la gran contradicción de mi juventud. Albergar cierta simpatía con grupos armados que terminaron por incendiar más el país. Esto, por supuesto, no me hace prosternar ante las fuerzas militares del Estado. En verdad, todos esos ejércitos, los legales y los ilegales, me producen un rechazo visceral.

Este mes llega a las librerías ‘La sed del ojo’, su nueva novela. Brevemente, ¿cómo la definiría?

En realidad, es mi primera novela que publicó, en 2004, el Fondo Editorial Eafit. Su tiraje entonces fue mínimo y el libro pasó totalmente desapercibido. Se trata de una novela policíaca, a su modo, que recrea los inicios de la fotografía erótica en el París del segundo imperio. En ella se tratan las deliciosas perversiones del voyerista.

Se le ve realmente feliz por esta publicación. ¿Por qué?

La edición que ha hecho Random House es suntuosa. En ella aparecen más de cuarenta daguerrotipos obscenos de la época. No solo están algunos de los que realizó Auguste Belloc, el fotógrafo protagonista de la novela, sino otros de los grandes fotógrafos de entonces. Es un libro, en definitiva, precioso. Ha quedado tal como lo imaginé cuando lo escribí. Y sé que el lector hallará en sus páginas el secreto placer de lo prohibido.

¿Cómo vislumbra su futuro?

Me veo escribiendo y viajando. Me veo acompañado de mi esposa, Alejandra, y de mis hijas, Sara y Eloísa. Me veo dando charlas y clases. Me veo gozando la amistad que me prodigan los pocos amigos que tengo, y el excelente arte y la sabrosa comida y el buen vino que la vida ofrece. Pero me veo también indignado ante las injusticias del mundo.

ARMANDO NEIRA@armandoneira

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