Édgar Negret: artista global

Édgar Negret: artista global

Viaje por la vida y obra de este gran escultor, a propósito de los 100 años de su nacimiento.

Edgar Negret

El maestro Édgar Negret con algunas de sus obras. Falleció en el 2012, el 11 de octubre (día de su cumpleaños), en Bogotá.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: EDUARDO SERRANO (*) - Para EL TIEMPO
18 de octubre 2020 , 09:21 a. m.

No obstante los numerosos comentarios acerca del centenario de un grupo de artistas colombianos de primera línea, muy escasas han sido las precisiones sobre sus logros. Poco se sabe, por ejemplo, de las contribuciones del maestro Édgar Negret al desenvolvimiento no solo del arte colombiano, sino del arte internacional, del arte moderno, de la historia global del arte del siglo XX, aun cuando su nombre está inapelablemente unido a muchos de los aportes que permitieron su evolución y que han incidido en su relato.

En Popayán, su ciudad natal, realizó sus primeras esculturas en yeso, piedra y otros materiales utilizados en esta modalidad en el país. Pero la ambición creadora de Negret iba mucho más allá, y en algunas piezas son reconocibles los vestigios de sus herramientas sobre las superficies, y en otras, hendiduras que traspasan la solidez volumétrica e indican su temprana valoración de los aportes de Rodin y Henry Moore a la escultura moderna.

Por otra parte, a mediados de los años cuarenta llegó a Popayán el escultor vasco Jorge Oteiza, quien se convirtió en su mentor y lo enteró de las nuevas tendencias artísticas en Europa. Sus apreciaciones resultaron de gran importancia para Negret, cuya producción empezó a simplificarse y a liberarse de la horma naturalista.

En 1948 viajó a Nueva York, donde se contagió del espíritu experimental y se identificó con la idea de que la nobleza de los materiales se encuentra realmente en la imaginación del escultor.

Experimentación

En 1948 viajó a Nueva York donde se contagió del espíritu experimental de la escena artística y se identificó con la idea de que la nobleza de los materiales se encuentra realmente en la imaginación del escultor. Y por esa vía conceptual se abrieron paso en su obra las láminas de hierro, las varillas de acero y los alambres, los cuales colaboraron a la definición de su lenguaje y en su devoción por la modernidad.

El artista asumió así mismo nuevos procedimientos escultóricos como el ensamblaje y la soldadura. Y, armado con estos elementos y sistemas, superó definitivamente los métodos de la escultura tradicional produciendo trabajos como Rostro de Cristo que traslucen su avidez de contemporaneidad.

En 1950 viajó a París, donde se relacionó con los escultores Brancusi y Tinguely, pasó luego a Barcelona para analizar la obra de Gaudí, su sistema modular, la manera como el arquitecto articulaba los mismos elementos consiguiendo una ilusión de multiplicidad formal. Visitó Madrid, donde produjo algunas esculturas, en homenaje a Gaudí, y se trasladó a Mallorca, donde la atenta observación de los barcos en el puerto le proveyeron la certeza de que forma y color pueden constituir un todo cohesionado y armónico.

El logro

En 1956 regresó a Nueva York y allí encontró los componentes y procedimientos con los cuales alcanzó sus aportes más definitivos al arte de la escultura. A diferencia del estadounidense David Smith y del británico Anthony Caro, quienes trabajaban en hierro, escogió el aluminio, un metal que seguía teniendo una connotación industrial y que, además de ser maleable, ligero e inoxidable, no demandaba para su manipulación complicadas maquinarias.

Las máquinas, que aparecen
por todas partes en la metrópoli,
se convirtieron en referente
para el artista, que las toma
como símbolos del mundo contemporáneo, como esperanzas de bienestar.

Después de algunos ensayos con remaches tomó la determinación de utilizar tuercas y tornillos a la vista para ajustar los distintos elementos. Encuentra de esta manera un recurso seguro y coherente con las implicaciones mecánicas del aluminio, y un procedimiento indicativo del proceso constructivo de sus obras. Hace más enfática la geometría y más notorio el color –negro, gris, azul, rojo, blanco–, lo cual llevó al destacado pintor estadounidense Barnett Newman a afirmar que Negret había logrado fabricar la escultura a base de una cinta de color.

Las máquinas, que aparecen por todas partes en la metrópoli, se convirtieron en referente para el artista, que las toma como símbolos del mundo contemporáneo, como esperanzas de bienestar, logros de la inteligencia y factores importantes para el progreso de la humanidad. Y se aproxima a estas, pero no para destacar su carácter materialista, sino con ánimo poético y para valorar las posibilidades estéticas de su morfología.

Sincretismo

Una beca de la Unesco para dirigirse al oeste norteamericano a investigar el protagonismo de los chamanes en la expresión visual de los indígenas pueblo y navajo llevó a Negret a reconsiderar las fuerzas de la magia y el espíritu como ingredientes fundamentales de su producción. El artista ya se había interesado en Colombia por las culturas aborígenes y el arte colonial, no siendo extraño que hubiera comenzado a combinar su interés por la máquina con la consideración de argumentos espirituales, creando así una de las simbiosis más elocuentes acerca de las convicciones y circunstancias que se produjeran en la escultura moderna. Tanto las Máscaras –elemento fundamental en los rituales primitivos– como los Aparatos mágicos son claro ejemplo de este iluminante sincretismo.

Su devoción por las curvas, las diagonales y el acentuado contraste entre luz y sombra, son reminiscentes del estilo barroco, y por extensión, de Popayán.

Los módulos coinciden con su impulso constructivo tanto en los relieves como en las obras exentas, pero les adosa un pedestal que, al igual que su devoción por las curvas, las diagonales y el acentuado contraste entre luz y sombra, son reminiscentes del estilo barroco, y por extensión, de Popayán.

Durante esta permanencia en la urbe norteamericana, Negret estableció una cercana amistad con Robert Indiana, Ellsworth Kelly, Agnes Martin, Louise Nevelson y Jack Youngerman, artistas de importante figuración en el arte moderno con quienes participó en algunas exposiciones, entre ellas, la influyente ‘Geometría y borde preciso, nuevo clasicismo’, presentada en el MOMA de Nueva York, en la cual se planteaba una coherente impugnación a los propósitos y procedimientos del expresionismo abstracto, movimiento que se hallaba entonces en pleno apogeo.

La obra de Negret y la de sus compañeros representa un rechazo a la espontaneidad y una revaloración de la estructura, así como la reintroducción de la forma y la recuperación del control y de la precisión como valores expresivos; contribuciones de honda significación en el desarrollo del modernismo plástico. Una exposición del MamBo en 1985 reunió las obras de estos artistas veinticinco años después de su participación en la acreditada muestra.

El arqueo del aluminio

En 1963 regresó a Colombia, de donde solo volvería a alejarse por breves lapsos y donde las obras cobraron una volumetría claramente inspirada por las cordilleras. Para lograrlo, Negret toma una decisión que representa otra histórica contribución al arte de la escultura. El artista arquea el material, lo curva y lo sujeta de los bordes, ideando de esta manera un tipo de escultura que permite apreciar simultáneamente las áreas internas y externas, tal como lo habían soñado todos los escultores modernos.

La gran cascada.Édgar Negret

Obra 'La gran cascada', del maestro Édgar Negret, ubicada desde el año 2000 en el parque de El Virrey, en Bogotá.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Con este sistema se hace explícita su concepción del espacio, no tanto como una esencia susceptible de ser delimitada, sino como un componente fundamental de la escultura. De ese momento en adelante, el espacio fluirá por entre las secciones de las obras, al tiempo que los efectos de la pintura –que oculta no solo el brillo y la dureza del aluminio, sino también su temperatura y sobre todo su peso– les conceden una ligereza tal que pareciera que pueden elevarse.

El trabajo de Negret continúa proyectando en Colombia la ingeniosa síntesis de referencias tecnológicas, orgánicas y espirituales, a través de obras como los Acoplamientos, Cohetes, Navegantes y Vigilantes, piezas prolijas en sugerencias de movimiento que concuerdan con sus evocaciones de artefactos espaciales. Poco después empezó la producción de Puentes, Edificios, Templos, Escaleras y Fortalezas, las cuales parecen concebidas para subrayar el contraste entre las obras de evocación cósmica y aquellas relacionadas con la arquitectura y, por ende, sujetas al suelo.

En los años 80 (...) se hace
más evidente que sus trabajos
no apuntaban solo al mundo industrial, sino también a leyes
de crecimiento orgánico (...) con Soles, Árboles, Flores,
Cascadas...

Naturaleza e historia

En los años ochenta se hace más evidente que sus trabajos no apuntaban solo al mundo industrial, sino también a leyes de crecimiento orgánico. Para ese entonces, el desencanto con ciertos parámetros del modernismo como la pureza y la lógica había comenzado a ser más notorio en el pensamiento de los jóvenes, e inclusive de artistas bien establecidos, pero en alerta intelectual y socialmente como Negret, quienes ya no asumían que la vanguardia y la originalidad eran las únicas prioridades de la plástica. Y al tiempo que añade el amarillo a sus colores, inicia la construcción de Soles, Lunas, Árboles, Flores, Cordilleras, Cascadas, y matas de maíz, haciendo palpable su interés en el entorno y en la vida.

En la última etapa de su producción Negret se interesó por la historia y por el mundo prehispánico. Volvió a visitar sitios arqueológicos en Colombia, México y el Perú, y comenzó la construcción de piezas recordatorias de objetos y construcciones inca, maya, y de los hipogeos de Tierradentro. El color explotó entonces en una policromía sin antecedentes en la escultura moderna, y aumentaron los detalles, semejando decoraciones murales, elementos ceremoniales o textiles, lo cual coincidió con su inclinación por lo barroco.

Édgar Negret se reconoce internacionalmente entre los más perceptivos innovadores del trabajo tridimensional después de la Segunda Guerra Mundial.

Es decir, su obra pasa del espacio sideral a la naturaleza terrenal con el fin de expresar su conciencia ecológica. Entre sus más recientes trabajos públicos se cuenta la Gran mariposa, pieza ubicada en la plaza de San Victorino en Bogotá, alusiva a un animal sagrado en algunos pueblos precolombinos y cuyas formas simétricas habían sido una constante fuente de admiración para el artista. La obra aporta una nota de color y alegría a un sector céntrico de la capital.

Édgar Negret se reconoce internacionalmente entre los más perceptivos innovadores del trabajo tridimensional después de la Segunda Guerra Mundial, y su producción se cuenta entre los más valiosos aportes latinoamericanos al arte de la escultura.

(*) Eduardo Serrano es crítico, curador, gestor e historiador del arte colombiano.

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