Werner Herzog, el aventurero del cine

Werner Herzog, el aventurero del cine

Conversación con Gorbachev y otras de las hazañas que ha hecho el mítico cineasta alemán.

Werner Herzog, cineasta alemán

Werner Herzog, cineasta alemán.

Foto:

Stephane de Sakutin / AFP

Por: Gabriel Meseth - El Comercio (Perú) - GDA
23 de septiembre 2018 , 09:08 p.m.

“Amo la selva, pero la amo contra mi sano juicio”. Cerca de cuatro décadas después de pronunciar esta frase recogida en el documental ‘El pesar de los sueños’, la voz cavernosa que resuena hoy vía Skype la atribuye al delirio que fue el rodaje de ‘Fitzcarraldo’. Werner Herzog ya no percibe una tierra inacabada, aún prehistórica, cuya naturaleza circundante se rige por la armonía del asesinato colectivo. No ve una maldición suspendida sobre este paisaje, que amenaza con caer sobre quienes se asomen a sus profundidades. Un país que Dios —si existe— ha creado en un arrebato de furia.

“Lo que prevalece es que amo la selva”, sentencia Herzog. “Mi alma le pertenece al Perú, es así de simple”. Un llamado que lo exhorta a seguir regresando. Bien sea para saltar por las piedras del río Urubamba en ‘Mi mejor enemigo’, donde evoca su turbulenta amistad con el actor Klaus Kinski; para filmar el trance del protagonista de ‘My Son, My Son, What Have Ye Done?’ en las alturas de Machu Picchu; o para rastrear en el documental ‘Alas de esperanza’ las huellas del infierno padecido por Juliane Koepcke, única sobreviviente del fatídico vuelo Lansa 508, el cual Herzog estuvo a punto de abordar en los días de la filmación de ‘Aguirre, la ira de Dios’.

El cinesta y Perú

La historia del director con Perú se remonta a cuando él llegó a Lima a finales de 1971, poco después de rodar ‘También los enanos empezaron pequeños’ y ‘Fata Morgana’, que registra los espejismos del estrecho de Mesina (Italia). Llevaba a cuestas la reputación de cineasta de culto y de equipaje: latas con sus películas y las de colegas como R. W. Fassbinder y Werner Schroeter, para organizar en el colegio Champagnat una retrospectiva del nuevo cine alemán. “No había unidad en mi generación, a diferencia del ‘cinema novo’ en Brasil o del neorrealismo italiano. Éramos muy diferentes en cuanto al estilo, temáticas y visiones. Pero es una fabricación de los medios esto de las generaciones. No las busquen, las buenas películas pueden surgir en cualquier lugar y momento”, aconseja Herzog.

Por entonces había ganado un concurso de la televisión alemana para rodar una película sobre don Lope de Aguirre, el conquistador español que traicionó a la Corona para liderar su propia expedición en busca de El Dorado. ‘Aguirre, la ira de Dios’ expondría el carácter de Machu Picchu desde la secuencia inaugural, en la cual incas y colonos descienden por la montaña como una fila de hormigas antes de ser poseídos por los sueños de fiebre latentes en la Amazonia. Sería un éxito en París, donde se exhibió por más de dos años. Truffaut llamaría a Herzog el mejor cineasta vivo. A cambio, Herzog instaló a Perú en la historia del cine.

Llevaba a cuestas la reputación de cineasta de culto y de equipaje: latas con sus películas y las de colegas para organizar en el colegio Champagnat una retrospectiva del nuevo cine alemán

La vida del barón del caucho Carlos Fermín Fitzcarrald sería germinal para la segunda incursión de Herzog en el país. Un detalle lo embrujaría, como recuerda en el prólogo de ‘Conquista de lo inútil’, diario de rodaje de ‘Fitzcarraldo’: “Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña”.

Los cuatro años de rodaje que tomó Fitzcarraldo corresponden a una aventura trastornada, irrepetible. Una obra creada al borde del despeñadero, confrontada a un escenario agreste y condenada a la megalomanía de su estrella, Kinski.

Tanto en ‘Aguirre’ como en ‘Fitzcarraldo’ se vivirían situaciones límite que forjaron en su director una resistencia frente a la adversidad, un método de trabajo que hasta hoy lo envuelve en un halo de leyenda. “Luciremos como ‘gangsters’, pero en nuestro interior llevamos la sotana de un monje”, dijo.

Distintas anécdotas lo constatan: desde permisos de navegación falsificados, con la rúbrica del presidente Belaúnde estampada por el propio Herzog, hasta la vez que fingió ser un veterinario para incautar los monos frailecillos que aparecen en la escena final de ‘Aguirre’. “Uno tiene que hacer estas cosas”, alega. “No le hago daño a nadie. El cine no es algo fácil y la burocracia es su enemigo natural. Uno tiene que recurrir a acciones que están en el borde o fuera de la legalidad para engañar a la burocracia”.

En Perú cultivó amistades férreas. Menciona a José Koechlin, pionero del ecoturismo y fundador de Inkaterra. También habla del camarógrafo Jorge Vignati, compañero de sus rodajes en la selva, la Patagonia, la Nicaragua sandinista y las montañas de Gasherbrum. “Jorge forma parte de mi alma”, asegura Herzog. “Falleció, pero no lo considero muerto”.

También abundan las evocaciones, como su encuentro con Mario Vargas Llosa para discutir la posibilidad de que colaborase en el guion de ‘Fitzcarraldo’. El Nobel no se embarcaría en la aventura, estaba investigando la guerra de Canudos para ‘La guerra del fin del mundo’. “Hoy es uno de los gigantes de la literatura, pero desde esa época ya lo percibía de esa manera. Fue hace casi 40 años, pero me fascinó conocerlo. Recuerdo pasearme por su biblioteca; podías serpentear por los estantes con libros del piso hasta el techo”, dice. “Hay una cosa que le sigo diciendo a los cineastas jóvenes. Tienen que leer, leer, leer. Si no leen, harán películas, pero a lo mucho estas serán mediocres”.

Para la eternidad

Quien difuminara los límites entre ficción y documental para ir en busca de la verdad extática, transita por uno de los períodos más prolíficos de una trayectoria que acumula más de 70 obras. Dos de las más recientes, ‘Queen of the Desert’ —su primera colaboración con Nicole Kidman—, una exploración de la belleza de la religión del islam a través de los viajes de la escritora Gertrude Bell; y ‘Salt and Fire’, ‘thriller’ ecológico rodado en la vastedad del salar de Uyuni. Trabajó en simultáneo el documental ‘Lo and Behold: Reveries of the Connected World’, acerca del nacimiento y auge del internet. Y una producción para Netflix, ‘Into the Inferno’, una travesía por volcanes activos que le permitió ingresar a Corea del Norte para filmar el monte Paektu, que, según el mito, es del que surge la dinastía Kim. “Estuve en una zona muy sensible, militarizada, pues los refugiados pasan por ahí para cruzar la frontera con China. Pero fui muy respetado allá, aunque suene extraño”, recuerda.

A mediados de septiembre de este año se estrenó ‘Meeting Gorbachev’, un documental en torno a la figura de Mijaíl Gorbachov. “Filmamos juntos en varias oportunidades en Moscú; creo que nos llevamos bien. O digámoslo así, creo que le caí bien. Sabía que yo no soy un periodista, no tengo papeles, ni un catálogo de preguntas, solo tenía una conversación con él. Pero claro que es una conversación que profundiza sobre los aspectos históricos y geopolíticos del tiempo en el que estuvo en el poder”, detalla Herzog.

La actual crisis entre dos potencias no compromete su trabajo. “Siempre hay crisis, pero no creo que sea un conflicto tan profundo como se ve en la superficie. Rusia y Estados Unidos han sido más aliados naturales. Histórica, económica y culturalmente”.

Los cuatro años de rodaje que tomó Fitzcarraldo corresponden a una aventura trastornada, irrepetible. Una obra creada al borde del despeñadero, confrontada a un escenario agreste

¿Qué representa Gorbachov para los tiempos que corren? Herzog resopla: “Si me das 48 horas para hablar sobre él quizá me acerque a una respuesta acertada. No solo fue importante para Rusia, lo fue para toda la raza humana, y, sobre todo, para la eliminación de armamento nuclear. Eso es algo grande. Él le quitó peligro al mundo… y eso me parece fascinante”.

La dimensión pública de Herzog, que lo retrata como un desafiante de la muerte, parece confirmarse en el documental ‘La Soufrière’, en la que escala un volcán en erupción, o ‘Lecciones en la oscuridad’, donde sobrevuela los pozos ardientes de Kuwait. Y, sin embargo, no la considera exacta. “Mido el riesgo. Vivo en este mundo y tengo que surcar todas sus complicaciones. Para tener la capacidad de transformar el mundo en cine hay que tener sabiduría callejera”.

Ha sabido parodiar su propia mitología, encarnando al villano en una franquicia de Tom Cruise, prestando su voz a ‘Los Simpson’, o haciendo de sí mismo en el falso documental ‘Incidente en el lago Ness’, que lo muestra tras la pista del monstruo escocés. “Hago cosas que me gustan. Todo lo que tenga que ver con el cine, desde dirigir hasta actuar, lo hago con amor. Y lo hago bien, o al menos lo intento”.

Pronto hará una breve aparición en la saga de Marvel Comics, ‘The Avengers’. “Aún no la veo, pero presté mi voz y con una nueva tecnología sensible a los movimientos faciales puedo ser un dragón, un león”, anticipa Herzog. “Es, de algún modo, el futuro del cine. Me siento fascinado por ver cómo lo hacen y qué está pasando”. Lo dice quien ha filmado en 3D el arte paleolítico en la cueva de Chauvet, y cuyo documental ‘From One Second to the Next’, sobre los peligros de chatear manejando, fue estrenado con enorme éxito a través de YouTube.

Siempre me he sentido muy curioso por la realidad virtual. Se están dando cambios muy grandes. La llegada del fuego o la electricidad, o los inicios de la era mecánica se comparan con este momento y quiero conocerlo. Me siento como si tuviera 15 cuando exploro estas cosas”. No obstante, la indagación de universos desconocidos es una tarea ardua. Lo coteja el documental ‘Into the Abyss’, que retrata sus encuentros con presidiarios sentenciados a muerte. “El editor y yo empezamos a fumar de nuevo mientras montábamos, por la intensidad del material”. ¿Cada película deja un fantasma? “Nunca regreso a mis películas”, determina. “Siempre voy hacia adelante”.

Aquel impulso lo testifica en ‘Tokyo-Ga’, documental de Wim Wenders que muestra a Herzog deambulando por el mirador de un rascacielos japonés. Habla de la necesidad de buscar imágenes puras a través del cine, una quimera que lo ha llevado a recorrer todos los continentes del planeta y que lo haría viajar al espacio exterior si la Nasa lo invitara. “Creo que ya estoy viejo para una misión espacial, reclutan a gente más joven. Claro que iría, pero solo si me dejasen viajar con una cámara”. ¿Seguirá buscando esa pureza en el Perú? “Por supuesto”, responde. “Si tuviera una historia, estaría allá mañana mismo”.

GABRIEL MESETH
EL COMERCIO (Perú) - GDA

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