‘The Smiling Lombana’, un documental que sorprende

‘The Smiling Lombana’, un documental que sorprende

Se estrenó en 6 ciudades y en 15 salas de Cine Colombia el segundo trabajo de Daniela Abad Lombana.

The Smiling Lombana

Cuando Daniela indagó en su familia sobre su abuelo, el escultor Tito Lombana, del que hablaban muy poco, tomó la determinación de no aceptar evasivas.

Foto:

Cortesía película

Por: Myriam Bautista
18 de enero 2019 , 07:21 p.m.

The Smiling Lombana lo titula, porque así llamaron a su abuelo materno. El intertítulo del documental reafirma ese sobrenombre: ‘Sonríe y reinarás’. Daniela, directora y guionista, descubre al cartagenero Tito Lombana, escultor, poco conocido, creador de los famosos, esos sí, Zapatos viejos de Cartagena, destruida por su hermano Héctor, escultor de trayectoria, que los rehízo para colocarle su rúbrica.

Daniela no sabía mucho de su abuelo materno, a quien conoció adolescente, en Medellín, cuando él estaba muy enfermo de un cáncer de próstata que lo llevó a la tumba, a los 65 años. En esa oportunidad, el siempre sonriente y proteico Tito la acarició y le entregó un sobre con dólares. Para él, una pequeña herencia a su desconocida nieta y para ella, una fortuna que le regalaba un amable pero achacado señor, extraño a su entorno.

Antioqueña más que nada

Aunque Daniela ha pasado la mayor parte de su vida fuera de Medellín, su fuerte acento paisa no la abandona y con la estadía de estos últimos años se le ha acentuado. Nació en Italia. Su madre, Laura, hija de Tito Lombana, se casó con el escritor Héctor Abad Faciolince. Al año, la pareja decidió residenciarse en Medellín, y justo en ese nefasto 1986 asesinaron a su abuelo paterno. Entonces, por problemas de seguridad, se devolvieron a Italia. A los cinco años volvió a Medellín, en donde vivió hasta los 12. Regreso a Europa. A los 20 años quiso recoger el legado de su abuelo paterno y se matriculó en la Universidad CES de Medellín para estudiar Medicina, pero dos años después empacó maletas, esta vez con destino a Barcelona para estudiar cine. Volvió a los 27 años. Esas estadías en Europa no fueron radicales. La extensa familia de su padre, los Abad Faciolince, y su abuela y tía por el lado materno, residentes en Medellín, la jalaron para no capar temporada de vacaciones.

Firme y segura

De estatura muy baja, simpática, aguda, inteligente, sincera y con ganas de retratar este país, su país, de frente, sin esguinces, tal vez el rasgo más prominente de Daniela es su dulzura. Suavidad en su manera de hablar y en su expresividad. A la hora de las decisiones y los propósitos, no da su brazo a torcer. Es segura y osada.

Tal vez por ello, cuando comenzó a indagar sobre su abuelo Tito Lombana, de quien se hablaba muy poco en su familia, no aceptó respuestas evasivas. Y aquellas que no eran del todo claras intentó, por distintos medios, dilucidarlas para que no quedaran ni etapas ni situaciones ambiguas de la vida de un hombre que, además de encantador de serpientes, fue totalmente hermético en cuanto a su intimidad.

Característica personal que lo distinguió desde su infancia en Cartagena y con la cual se fue a la tumba. A sus hermanos y padres dejó de frecuentarlos por años sin ningún reparo. Ya casado, se dividió entre el marido alegre y enamorado de su mujer italiana, el padre amoroso y juguetón y uno de los decoradores más buscados por los mafiosos y excéntricos de Medellín, que terminó emulando a sus clientes por la ambición desmedida y por otros motivos que nunca se sabrán.

No logró Daniela del todo descubrir ese abuelo, aun cuando rastreó con sagacidad todas las pistas que fue encontrando de esa vida doble. Después de los 84 minutos, duración de la cinta, que pasan muy rápido por la cantidad de información que la directora entrega, los pendientes que quedan sin resolver son varios.

En la mayoría de las grandes películas está la huella de lo que el director ha vivido

Los inicios de la historia

Su documental Carta a una sombra (2015) fue una casualidad. Estaba todavía estudiando cuando en unas vacaciones en Medellín la conectaron unos cineastas holandeses que querían hacer una película sobre el premiado y vendido libro en varios países El olvido que seremos, escrito por su padre, Héctor Abad Faciolince. Les ayudé a hacer contactos con mis tías y a moverse por Medellín. Luego me devolví a Barcelona a continuar mis estudios, cuando un día me llamó Miguel Salazar, dueño de la productora La Esperanza, director del reconocido y premiado documental Ciro y yo, y me propuso que retomáramos el proyecto que los holandeses abandonaron. Acepté. Me pareció buena oportunidad para empezar a dirigir documentales, ya que estudiaba cine de ficción. También porque en el transcurso de ese trabajo sentía que las entrevistas que hacían los holandeses a mi familia eran rarísimas. No había empatía entre los unos y los otros”.

Daniela regresó a Colombia. Consiguieron financiación de Caracol Televisión, coproductor mayoritario. Con Miguel Salazar fueron codirectores y coproductores. Fue éxito de taquilla: 25.000 espectadores. Se ha pasado en horario triple A por el canal Caracol.

El recuento estrictamente familiar sobre la vida del salubrista público, profesor universitario y valeroso defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en Medellín, marcó el ingreso al cine de Daniela de manera especial. La voz en off de su padre y de su abuelo, en cartas-casetes que se cruzaron hijo y padre, despierta la sensibilidad de casi todos los espectadores que oyeron la noticia pero que no les afectó. Fue una muerte más, como pasa ahora con los asesinatos de líderes y lideresas sociales.

La tesis de grado

Para graduarse, Daniela tenía que presentar un corto.

“Los cortometrajes son anécdotas cerradas. Son como los cuentos, historias con inicio, desarrollo y final. Me puse a pensar y descubrí que indagar sobre el abuelo materno podría ser el objeto de mi trabajo. Lo poco que sabía prometía ser una gran historia. Máxime si la mayoría de los personajes que convivieron con Tito estaban vivos. Así que comencé a bombardear con preguntas, muy ingenuas al comienzo y luego muy retadoras, a mi abuela y a mi tía, que viven en Medellín, y a mi madre”.

En las primeras sesiones no hubo inconvenientes, pero cuando supieron que ese material era para publicar hubo tormenta. Sobre todo por parte de madre y abuela. A la tía Mónica, que es el retrato vivo de la convivencia alegre y pacífica, le parecía que estaba muy bien que se sacara a la luz pública una situación que gran parte de las familias antioqueñas ‘bien’ vivieron, viven y que se tapa con enorme hipocresía.

Mi papá siempre me apoyó, y mi familia paterna tampoco ha expresado reparos. Es una tendencia del documental, y del cine en general, que cuando una está empezando relate historias cercanas. En la mayoría de las grandes películas está la huella de lo que el director ha vivido”, explica Daniela con convicción.

Certeza que muy pronto se transforma ante un personaje como el escultor. “Es raro lo que uno siente por Tito. Me sedujo cinematográficamente hablando. Pero sus acciones lo convierten en un ser contradictorio. Tiene las características de un antagonista y de un protagonista. Su conducta plantea preguntas éticas de hondo calado. No quería satanizar sus decisiones. Me ha generado muchas dudas si debería haber hecho o no la película. Me puso en jaque. No sé hasta qué punto esa historia sí me pertenecía. En fin, ya la hice, y la hice en contra de mi abuela y de mi madre. Creo que este documental contribuye a abrir un debate que sigue sin darse, y eso es muy importante. El cine debe servir como punto de reflexión. Tito es el retrato vivo de la ambición y el desafío al peligro que tantos hombres y mujeres practican en este país casi a diario”.

Material fílmico único

Los abuelos maternos de Daniela Abad, Laura y Tito, tenían una cámara de 8 mm con la que grababan su cotidianidad para enviar con regularidad a la familia italiana, que hacía lo propio. De ese archivo fílmico, en super-8, se acordaba Daniela.

Mi mamá nos mostraba, a mi hermano y a mí, esas películas en sesiones que se interrumpían cada cinco minutos porque estaban en muy mal estado. Después de la investigación oral, me gané una beca FDC, de Proimágenes, y me fui a Italia a reconstruir las cintas, que quedaron perfectas”.

Y, sí, una de las grandes virtudes de The Smiling Lombana es ese archivo familiar que da cuenta de una época lejana y de unas personas felices que viven en una hacienda, con gran piscina, en las afueras de Medellín, muy confortablemente y que se muestran muy cómodas ante la cámara.

A ese archivo fílmico familiar se unen las entrevistas con hermanos de Tito, algunos conocidos y amigos, archivo de prensa y la voz en off de la abuela, el hilo conductor del documental.

“Muchas personas no quisieron ni hablarme. Había temor a involucrarse o a que se relacionara a otras personas con un Lombana que terminó siendo proscrito por una sociedad que lo admiró y lo alabó y convivió orgullosa con él”.

Daniela no hará más películas familiares. “Abrí una productora con amigos de Medellín, como Laura Mora, la premiada directora de Matar a Jesús, que bautizamos como La Selva. Haremos ficción.

Su documental, es seguro, será amado por unos y denostado por otros. Pero es seguro que se la califique como una directora valiente.

Cuando se lo digo ríe a carcajadas. “No. Soy cobarde para muchas cosas. Siento que soy sobre todo honesta. Quise presentar una situación que nos es familiar a muchas personas en Medellín, Cali, Pereira”.

Y que dejará más dudas que certezas de ese rocambolesco rompecabezas que fue la vida de Tito Lombana.

MYRIAM BAUTISTA
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