‘Parásito’, la película que lanza unos dardos que duelen

‘Parásito’, la película que lanza unos dardos que duelen

La cinta del surcoreano Bong Joon-Ho, es una cacería implacable en la que se pasa de reír a llorar.

Parásito

La actriz So-dam Park y Woo-sik Choi ofrecen una interpretación impactante en ‘Parásito’.

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Cine Colombia

Por: Karim Quiroga*
23 de enero 2020 , 11:25 p.m.

La cinta 'Parásito', del célebre director surcoreano Bong Joon-Ho, me recordó la pericia narrativa del escritor japonés Yasunari Kawabata, en 'La casa de las bellas durmientes', que embriaga casi de inmediato. Bong Joon-Ho provoca ese mismo estado. Solo que, a diferencia de Kawabata, el delirio no llega a través de una bebida sino de flechas, las mismas que utiliza en sus juegos el niño Da-song en la cinta, esta vez, envenenadas.

Se trata de una cacería implacable en la que los dardos primero te dan risa, para luego provocarte llanto. A la salida del cine te sientes herido, de muerte, repentinamente, y te enfrentas a un monumento de realidad ilusoria, la puerta de salida de emergencia te conduce por un canal oscuro que te recibe con luz artificial y almacenes llenos de objetos que gritan “llévame”.

El tema de fondo de la cinta, más allá de las diferencias sociales, entre los evidentes privilegios de una familia adinerada frente al servilismo y astucia de la contraparte pobre, que producen hilaridad porque las reconocemos casi de inmediato, apela, no obstante, al espíritu humano en su vulnerabilidad y la extendida banalidad que hemos logrado construir con mucho esfuerzo a través de los años.

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La genialidad de Bong Joon- Ho radica en conducirnos a través del humor y la profundidad, en hacernos caer en cuenta de la estupidez humana en su total plenitud.

En esa grieta de profundidad, la cinematografía oriental nos lleva milenios de ventaja; esta producción logra conducir al espectador mar adentro para abandonarlo en la mitad del océano. A su suerte.

La cinematografía oriental nos lleva milenios de ventaja; esta producción logra conducir al espectador mar adentro, para abandonarlo a su suerte en la mitad
del océano

'Parásito' es sofocante, e incómoda a ratos, te hace sentir, al igual que el joven Ki- Woo, la no pertenencia. Observar esta cinta, reproducida mientras tus compañeros del cine se atiborran de palomitas de maíz, perros calientes o sándwiches, mirando detenidamente la pantalla, mientras sientes ese contraste, no sabes si es real el guion de 'Parásito' o melodrama el que vives junto a los adoradores de las papas fritas.

Renunciamos como humanos a la sencillez, este es un mensaje puramente oriental, para arrojarnos a la vanagloria. Los dardos de Bong Joon-Ho ahora empiezan a doler.
Nos lleva a una familia tradicional que comparte tiempo de calidad, ya sea regodeándose de comida chatarra, en baratos restaurantes de choferes de autobús y más adelante, bebiendo licores finos a expensas de la familia Park, en donde los Ki, luego de menudos engaños, comienzan a trabajar.

Por su parte, los Ki viven en un apartamento bajo el andén de un barrio periférico, desde cuya ventana hacia la calle se avizora a los transeúntes ebrios que se detienen precisamente frente a ellos, para orinar. Esta es una familia funcional que hace planes junta, y se miran a los ojos, aún, en estos tiempos, y además de comer se reúnen para repasar el libreto de los engaños.

La familia Ki inicia entonces una elaborada pieza teatral en la que cada miembro realiza un papel protagónico, se cambian de identidad, falsifican certificados académicos y laborales y empiezan una parodia del absurdo, para ser contratados en el hogar de los Park; un juego magistral que el público celebra con hilaridad, sin comprender tampoco cómo podrían ser descubiertos, y allí vuelve Joon-Ho a sacar lo más visceral y retorcido de su tradición, para ensañarse allí, donde ya sientes algún dolor.

En Occidente, desde la propuesta del cine, la riqueza alude a traficantes de drogas, explotadores sexuales, corrupción política y otras fuentes de origen perverso

El problema con nosotros, los que no tenemos los ojos rasgados, es que reducimos a Oriente a un lugar de denominación de cosas y objetos de mala calidad; con una sutil advertencia, no olviden que, además de bombas atómicas, también hacemos buen cine.

Sorprende, asimismo, que los ingresos de la familia Park provienen de la tecnología, un negocio lícito; en Occidente, desde la propuesta del cine, la riqueza alude a traficantes de drogas, explotadores sexuales, corrupción política y otras fuentes de origen perverso.

La profundidad de la mirada se condensa en algún punto en el que Ki-taek, el padre y chofer de la familia Park, está representando el papel de indio nativo americano, ¿piel roja?, con el ornamento en la cabeza y la bonificación por participar en la fiesta infantil. Esa mirada es, sin duda, reveladora de secretos, ¿de cuáles? ¿De qué tipo? El alma humana se condensa en esa mirada, en esos ojos rasgados, atemorizados de quien está a punto de perderlo todo, de quien se juega la vida a cambio de sus ¿honorarios?, de quien debe fingir (servir a otros) para vivir.

Ahora, Bong Joon–Ho ya no apela a los dardos sino al puñal, a la destilación de la ira, la rabia, el odio; el espíritu humano, en plenitud, en la urgencia de pertenecer o vengarse.

Llegados a este punto, 'Parásito' escarba en el universo y la perversión sensorial; porque cualquiera puede disfrazarse de rico usando ropa de marca o cambiando de identidad (¿o nacionalidad?), pero del olor de la procedencia no tienes escapatoria, y huele según la cinta, a transporte público, a detergente barato, a rábano podrido, a trapo hervido... Y ese olor transpira, o hiede, a fumigación gratuita de los barrios marginales o de inmigrantes, o de mercados o escuelas públicas, o fumigado directamente en el aire acondicionado de las fábricas que producen toda la mierda que los occidentales consumimos a diario.

Presenciamos un mundo de amos y sirvientes, de dueños y esclavos, que hacen contacto a través de la servidumbre que implica un salario y la obediencia que consiste en una retribución para poder poner la comida en la mesa. Entonces, desde ese contexto, es conveniente abrirse paso aun por encima de los demás, quitarle el puesto a otro, sin mayor remordimiento, más allá de la sobrevivencia; no hay defensa del honor, ¿cuál? El honor es una virtud que la humanidad perdió hace años, a cambio del estatus de vida, o a fuerza de alcanzar una más alta posición social a cualquier precio.

Las diferencias económicas producen gracia porque las reconocemos, las hemos vivido, y por ello la cinta es un gran pretexto para reírnos de ellas, desde la ridiculez o el lugar común de los Park o los Ki, pero Bong Joon-Ho utiliza ese pretexto, esos pececitos ornamentales, de ofrecernos la realidad con humor negro, para que en algún punto la historia que nos relata no produzca risa, sino lágrimas.

KARIM QUIROGA
*PARA EL TIEMPO

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