Harvey Weinstein y las líneas grises que dificultan combatir el acoso

Harvey Weinstein y las líneas grises que dificultan combatir el acoso

María Molina relata sus encuentros con el productor acusado de ser un depredador sexual.

María Molina

Esta foto fue tomada en una reunión en Venecia, durante un festival en el que la autora entrevistó a Weinstein.

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Cortesía María Molina

Por: María Molina
20 de octubre 2017 , 08:32 p.m.

Harvey Weinstein me dijo alguna vez que nunca olvidaría el día que me pudo haber cambiado la vida, pero decidí rechazar a Harvey Weinstein. Tenía razón: no lo he olvidado.

Miles de mujeres en el mundo hoy se sienten inspiradas para levantar la mano a causa del escándalo del hasta hace poco ‘rey Midas’ del cine. Si Angelina Jolie lo vivió y tuvo miedo de contarlo, qué se podría esperar del resto de las mortales. Eso ahora ha cambiado.

He contado que yo tuve la experiencia de encontrarme en varias oportunidades con esta persona. Pasé una noche en Venecia hablando con el señor Weinstein durante una cena con otras personas. Antes de retirarse del encuentro, me dijo que con gusto él aceptaría darme una entrevista al día siguiente y que luego pasara a despedirme de él.

La entrevista fue fantástica. Él arrancó diciendo que yo lo tenía secuestrado y amarrado en un sótano. Muy al “colombian style”, según él. ¿El Weinstein style? pienso hoy. Lo de la despedida fue muy corto, porque yo tenía mucho afán y poco interés, como para pasar a despedirme a su hotel. Amén.

Meses después lo volví a ver en una fiesta, y me retiré con educación cuando me propuso irme a su casa a tomar un trago. De ahí la frase que hoy cito. Anoto que Weinstein no era aún conocido como un acosador, presunto violador y depredador de mujeres.

Mirando atrás, me doy cuenta de que los abusadores no vienen vestidos de abusadores

Llevo varios días recordando aquella noche. Pero no porque el señor haya abusado de mí, ni más faltaba –en realidad, fue queridísimo–, sino porque tuve una de las conversaciones más interesantes y divertidas de mi vida. Hoy, mirando atrás, me doy cuenta de que los abusadores no vienen vestidos de abusadores.

He llegado a dos conclusiones principales. La primera es que todos rechazamos con vehemencia el acoso, nos unimos con hashtag y cadenas, y hemos visto cómo no es un tema de Angelinas y Harveys, sino de seres humanos. Mire usted a la persona que tiene a su lado, y es posible que tenga una historia atragantada. Si es mujer, sus posibilidades aumentan dramáticamente.

La segunda es que no tenemos ni idea de cómo definir el acoso. Y ese es, en mi opinión, el principal problema. ¿Cómo vamos a castigar o a cambiar algo que no podemos definir? Las líneas del acoso son grises. No logramos ponernos de acuerdo en qué es reprochable y qué no; qué constituye un irrespeto a nuestra integridad y qué es una simple exaltación de nuestra belleza; qué es un hombre coqueteando a una mujer–o viceversa– y qué es un depredador aniquilando a su víctima.

Para mí, el acoso se presenta cuando una persona en situación de poder invita a otra a darle una satisfacción sexual a cambio de ayudarle a lograr un propósito. O en su defecto, que le quita esa posibilidad, si sus pretensiones no son cumplidas. ‘Cambis cambeus’.

El problema es que esto solo se puede denunciar si sucede de una forma violenta, o excesiva, como en el caso de la actriz que denunció que Weinstein la obligó a mirarlo bañarse mientras ella leía el guion. Pero si la cosa no pasa a mayores, ¿qué es lo que debe hacer la actriz, o el resto de las personas? ¿Ir a la policía a decir que un sujeto no le dio la entrevista, o el papel, o la información; no le subió el sueldo o no la escogió en el trabajo porque no salió a comer con él? ¿Es en serio? Pruébelo, le dirían. ¿Y se denuncia ante quién? ¿Ante la policía en donde hasta podría suceder lo mismo?

¿Acaso Cara Delevingne podía denunciar que Weinstein le propuso hacer un trío? ¿Eso realmente es un delito? Porque si es así, tengo a varios para meter a la cárcel. Ahora bien, si alguno me hubiese gustado, y lo de los tríos me hubiese llamado la atención, pues otra sería la historia. ¿Entonces dónde está la línea?

De alguna forma tuvieron que empezar los muchos romances en Hollywood. ¿O podría la actriz Jennifer Lawrence denunciar a su ahora novio, el director Darren Aronofsky? Porque, en ese caso, me imagino que no la conquistó a punta de exaltarle sus ideas políticas. Algo de fuego habrá, me imagino.

El problema del acoso son estas líneas grises. Pero lo que más me preocupa de todo esto es que, mientras discutimos si los piropos son o no un abuso, hay algún ser humano acosando o violando a otro. Y lo peor es que será nuevamente algo que se quede en la oscura memoria de la víctima a quien le dará vergüenza contar lo que le pasó, porque, al fin y al cabo, ¿quién la mandó a estar en ese hotel? Porque en este caso, como en los otros que he expuesto, es libre la interpretación. Siempre le quedará el hashtag, pero qué bueno sería agregarle el nombre del presunto abusador.

¿Vale la pena la medida radical de prohibir los piropos, en vez de concentrar los esfuerzos en que las aproximaciones de Weinstein y sus similares sean debidamente entendidas y sancionadas?

MARÍA MOLINA
Especial para EL TIEMPO

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