Ramiro D. No futuro

Ramiro D. No futuro

Entrevista con el protagonista de la icónica película colombiana nominada a la Palma de Oro en 1990.

Rodrigo D No Futuro

Fotograma de la película ‘Rodrigo D. No futuro’, protagonizada por Ramiro Meneses y dirigida por el antioqueño Víctor Gaviria.

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Archivo El Tiempo

Por: Alejandro Marín*
23 de mayo 2020 , 11:07 p.m.

Se cumplen 30 años de la llegada de Rodrigo D. No futuro a Cannes. Desde esa exposición mundial, la película instaló un tipo de cine y un personaje que encarnó el sentir de una generación en el actor Ramiro Meneses.

Han pasado treinta años luego del debut de Rodrigo D. No futuro en el Festival de Cine de Cannes. La película –dirigida por Víctor Gaviria– es el primer largometraje en la historia del cine colombiano en alcanzar dicha presencia internacional y es, desde la música que salió en su banda sonora, el primer disco recopilatorio no solo de las canciones hechas para la cinta, sino también de la juventud medellinense a través del punk, un género que a su vez fue el rey de una sensibilidad que tocó a la capital antioqueña –como a muchas otras grandes ciudades– en épocas de desilusión, terror y la derrota de la clase obrera a manos de la economía liberal.

Ramiro Meneses, que comenzó su porvenir como actor en este filme, fue su protagonista. El antioqueño conversa sobre este fascinante objeto de culto de la cultura pop colombiana en una charla que lo devuelve a sus inicios en la actuación, su pasión por la batería y el origen de un personaje que encarnó el espíritu de una generación azotada por la pobreza, el narcotráfico, y apasionada desde entonces por el metal y el punk.

¿Cuánto tiempo lleva viviendo en Bogotá?

Desde 1987. 

¿Por qué y cómo llegó a Bogotá?

Llegué a Bogotá a consciencia de que quería trabajar en la televisión, no sabía muy bien en qué. La primera opción fue trabajar como asistente de algo: de luces, de sonido, de cámara... Pero también estaba la posibilidad de estudiar algo que tuviera que ver con el arte dramático y terminar actuando en televisión. Finalmente, en las otras actividades no tuve tanto éxito, pero a los 15 o 20 días de haber llegado apareció un primer trabajo como actor. En la primera escena me fue fatal, el director se quería arrancar los pelos de la rabia... Más adelante terminó dándome besos y abrazos, diciéndome que debía ser su protagonista.

¿Quién era el director?

Se llama Juan Camilo Jaramillo, un tipo muy exitoso. En ese entonces, la mayoría de los directores escribían sus historias; por lo tanto, esta historia en la que trabajé era escrita por él. Recuerdo que lo conocí en una rumba, hubo empatía y me dijo: “Voy a escribir un personaje para ti, en 15 días te estarán llamando”, y efectivamente, me llamaron, fui y me fue como un culo.

¿Cómo era el personaje? ¿De qué se trataba?

Era un personaje bastante fácil. Aquí tenían la idea del punk asesino, no del punk músico. Quien tuviera una chaqueta, un corte o una cadena relacionada con el punk era un delincuente. Este personaje era esa idea del ‘punketo’.

¿Cómo llega usted al punk?

A los doce o trece años empecé a oír rock; luego, rock pesado; después, heavy metal... Más adelante llegaron nuevas tendencias, como el thrash metal y el punk. El punk ya había llegado cuando yo escuchaba rock, pero no había mucha información. Los discos que llegaban eran muy pocos, y era algo tan nuevo que no le gustaba a todo el mundo. Un tiempo después, hubo una gran apertura a las bandas de punk. Yo trataba de entender el metal, pero musicalmente no vibraba con él. Con el punk, sí. Sus letras me parecieron interesantes, eran toda una vaina medio revolucionaria, de cambio, no de queja, y pues era la contraposición de la parte hippie, que todavía no terminaba de gustarme. Como esa cosa tan ‘floriscienta’, tan amorosa... Me daba mucha desconfianza el jipismo. El punk me daba una alternativa para decir cosas de una manera mucho más contestataria.

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¿En qué año empezó a oír punk y cuáles fueron las primeras cosas que oyó? ¿Eran en inglés o en español?

Había de las dos a finales de la década de 1970, comenzando 1980. La primera banda que yo oí fue The Clash, luego oí a Ramoncín, que tenía dos himnos icónicos en esa época: El rey del pollo frito y Marica de terciopelo; este último es un blues rock muy bien logrado.

Es el momento en el que estalla el punk...

Es un momento importante; desafortunadamente, no había mucha información y tocaba conformarse con un pedacito de algo que te contaran en los periódicos. La radio no hablaba del punk, pero se sabía que había una corriente que estaba llegando muy fuerte, que tenía unos personajes como los Sex Pistols, y lo que se sabía era mito. Cuando se hablaba de Sid Vicious, todos terminábamos copiando una información que de pronto era más desinformación.

Empezamos a oír rock pesado
y a necesitar otras maneras de decir la vuelta. El amor no estaba funcionando. Lo único que se veía en Medellínera miseria y desesperanza

Menciona a los Sex Pistols y The Clash. El punk británico se alimentó de la desesperanza posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se lee que el punk fue una respuesta de la juventud a un futuro que no se les cumplió, y es curioso que se haya cumplido esa premisa del punk en la llegada a Medellín.

Lo que pasa es que estamos hablando de mundos obreros, trabajadores con otro tipo de oportunidades: la oportunidad de trabajar con uniforme y hacerlo una prenda de vestir cotidiana, de mostrar la opresión con símbolos como cadenas, candados, la forma de peinarse. Así se mostraba la inconformidad, y no necesariamente tenía que ser agradable para todo el mundo. También viene de la Guerra Fría, de una recesión grandísima, de las protestas. Después de la guerra de Vietnam, la gente ya no quería estar en el ejército ni sentirse utilizada por el sistema. Cuando esto llega a Medellín, llegó también una oportunidad de ser diferente, porque digamos que la parte hippie y armoniosa ya se había vivido con unas bandas y corrientes como Pink Floyd, el nadaísmo, pero que dejaban ese olor a sándalo y a incienso durante todo el día... Se necesitaba un movimiento mucho más fuerte que el simple olor a rosas y los vestidos de hongos Amanita muscaria. Éramos un grupo grande los que empezamos a oír el rock pesado, y empezamos a necesitar otras maneras de decir la vuelta. El amor no estaba funcionando. Lo único que se veía en Medellín era miseria, desesperanza, asesinatos; solo se veían problemas.

¿En qué momento cogió la batería?

Desde muy niño, tal vez a los ocho años, y me ha acompañado toda la vida.

¿Qué ollas de la casa dañó? ¿O le dieron batería?

Tenía tapas, canecas plásticas y un palo. Más que la batería era tambor, y esto viene de mi familia paterna, pues mis tíos tenían un conjunto vallenato, algo muy raro en Medellín en esa época. La caja me llamaba mucho la atención y el güiro, que era lo único que me dejaban tocar. Más adelante, cuando ya estaba frente a una batería, yo no sabía tocarla. Yo decía: “Ese pedal, eso debe ser pa’ darle, y este plato debe ser para que uno le pegue”... La batería tiene muchos elementos, y yo no tenía conocimiento de nada. Para mí el redoblan era un tambor, todo era un tambor. Los platillos me sonaban igual, fuera un hi-hat, un ride o un crash.

¿El personaje en Rodrigo D. coincidencialmente tocaba la batería o cómo fue?

La historia es muy simple. Es un tipo que intentó suicidarse desde un edificio que quedaba diagonal a la gorda de Botero, y la crónica salió en el periódico El Colombiano. Esa crónica llamó el interés de Víctor y de Ramón, quienes hicieron una historia para cine en la que a este tipo lo salvaba la empleada doméstica del piso de oficinas. Yo no iba a ser Rodrigo D., yo simplemente fui a acompañar a un amigo. Más adelante, ellos me preguntaron por las baquetas, pues yo tenía unos palos hechos en una carpintería, no con marca ni punta. Me preguntaron que qué tocaba. Yo les dije que punk y finalmente los invité a un ensayo. Empecé a hacer ensayos como un amigo de Rodrigo D., y con el pasar del tiempo, Juan Guillermo Arredondo, Víctor Gaviria, Ramón Correa y yo nos volvimos muy amigos. Empezamos una comunión confesándonos nuestros talentos, y el mío era saber mucho de música, el de Ramón era la poesía, el de Guillermo era la palabra y el de Víctor, toda la filosofía. Empezamos a unir todas esas cosas, y el guion fue cambiando, y un día me presentaron al protagonista de Rodrigo D., pero yo cuando lo vi me dije: “No, él no es el protagonista. El protagonista soy yo”. Después de casi un año de ensayos, en medio de una sesión de maquillaje, Víctor decidió que yo iba a ser el protagonista, por lo tanto, el guion cambió. Ahí entraron el punk, el metal y la búsqueda de una batería de Rodrigo Alonso.

Qué pasó con el otro actor?

Ramón desafortunadamente no pudo estar en la película, aunque participó mucho en el guion. Posteriormente estuvo en la cárcel y unos años después... se fue.

¿Cómo metieron el punk? Es que siento que el proyecto dio un vuelco de 180 grados.

Yo le daba clases de punk a Víctor los sábados. Nos reuníamos en una casa y yo le ponía discos, casetes; le decía: “Este es inglés; este bajista tal”, etc. Yo sabía muchísimo, y me encantaba encontrar cosas sobre las bandas y las historias alrededor de las canciones, y esas memorias las fui perdiendo con los años. Seguramente a Víctor le vendí muchas mentiras porque yo no sabía mucho inglés, pues solo lo estudié en el colegio hasta cuarto de primaria. Imagínate la precariedad de la información que le pude haber dado a Víctor.

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¿El contexto de violencia y juventud de Rodrigo D. llega después de involucrarse con Víctor?

Llega un poco por la información que Ramón aportaba. También, por la historia del barrio y de lo que estaba pasando en Medellín, que no era una época de sicarios, sino de ‘pistolocos’: la gente robaba motos; después, las motos se usaban para robar. Eran los tiempos de ‘Medellín y su moda’, es decir, la tendencia era vestir bien, entonces mira que la parte textil era también muy importante. Lo que pasa es que la gente no piensa sino en un núcleo, pero había que estrenar, había que tener buenos ‘pisos’ (zapatos)...

Se le robaban a uno los tenis... Ahora también, pero en esa época era bestial.

La moda era muy importante: el corte de pelo, el perfume. Y todo eso era algo que conocía mejor Ramón. Rodrigo D. siempre existió, pero lo que no había llegado era el ‘no futuro’. Nosotros llegamos a completar esa parte del no futuro.

Usted siempre ha vivido sus propias causas individualmente. Pero después se adhirió al punk, que es un movimiento. ¿Cómo lo vio después?

Yo pienso que causé mucho resquemor porque la gente no es feliz viendo individuos, la gente es feliz viéndote en un grupo, dentro de un gremio. La música que se hizo y las cosas que se dijeron fueron lo suficientemente sinceras. Cuando llegué a la televisión, un medio tan visible, seguramente fue muy extraño: ‘Un punk que detesta el sistema llega a la televisión... entonces ya no es punk’. Pero yo lo debato poniendo ejemplos de otros punk que no son punk estrictamente: Charles Bukowski, por ejemplo, y otros nadaístas y anarquistas que, sin la indumentaria o el rótulo de PUNK, son mucho más punk que los que se disfrazan.

Pero a mí no me importó, porque mi intención no era ser un sacerdote o un político. Yo nunca he pretendido que nadie me siga. La música está ahí, salió adelante, seguimos tocando y cuando nos volvemos a ver sabemos que no hemos cambiado nada, solo tenemos más edad. Es como cuando se embaraza la que más le gusta al barrio, ¿cierto? Todo el mundo la empieza a detestar. ¿Y la vida de ella no importa?

Gracias, Ramiro, por tomarse el tiempo. Le mando un gran abrazo y espero conocerlo personalmente muy pronto.

Quedamos conectados, hermano, y, ¡claro, cerveciamos!

ALEJANDRO MARÍN
*
Director de la emisora La X, conductor de ‘El pódcast’ en Canal Trece y autor del libro ‘Historia secreta de la música’ (2019).

Escuche el pódcast de esta entrevista en la web de La X: www.laxmasmusica.com. Y vea el programa de televisión de Alejandro Marín, #ElPodcast, todos los lunes, a las 10 de la noche, por el Canal Trece.

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