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¿Hasta dónde llegan coleccionistas y fanáticos por un recuerdo?
James Bond: Goldfinger - Sean Connery

Sean Connery protagonizó 'Goldfinger', que hace parte de la saga de 'James Bond'.

Foto:

United Artists

¿Hasta dónde llegan coleccionistas y fanáticos por un recuerdo?

¿Cuánto pagaría por un beso de Marilyn Monroe o el Aston Martin de James Bond?

Pagar 200.000 dólares por un autógrafo de Marilyn Monroe, reconstruir en tamaño real una nave de The Mandalorian o perseguir por el mundo los zapatos de rubí perdidos que usó Dorothy en El mago de Oz. ¿Hasta dónde llega un fanático o un coleccionista por tener la firma de su actor favorito, un vestido que usó o un objeto que apareció en la película o saga que idolatra? Parece que bastante lejos.

Ayaal Fyodorov lideró recientemente en Rusia la construcción de una réplica de la Razor Crest, la nave del cazador de recompensas Din Djarin (Pedro Pascal), que ahora forma parte del gélido paisaje de Yakutsk, una remota ciudad de Siberia. La recreación de los detalles de la nave –que incluyen un asiento para Baby Yoda, el tierno copiloto de Djarin– es tan meticulosa que la producción original podría envidiar sus terminados.

Fue tanta la devoción de los fanáticos de Star Wars –la saga de la cual se deriva The Mandalorian, una producción de Disney Plus– que no les importó invertir 15.000 dólares y tres meses de sus vidas a la reproducción de la nave. “Estábamos muy motivados en construirla, es como si estuviéramos en la serie”, le dijo Ayaal Fyodorov a la AFP cuando trasladaron el mastodonte de un taller al sitio donde reposa para la posteridad.

(Además: El 'auto fantástico' y objetos de películas con millonarios precios)

Para un fanático que sigue con religiosidad a sus ídolos, pagar una suma astronómica de dinero –si se tiene– puede ser lo de menos. Da fe de eso el anónimo –y millonario, cómo no– dueño del Aston Martin DB5 que Sean Connery condujo como James Bond en la película Goldfinger y por el que pagó en el 2019 la suma de 6’500.000 dólares –unos 44.200 millones de pesos al cambio actual–.

Pero si se trata de fetiches, ¿cuántos no han caído en la tentación etílica del Vesper Martini del 007? El glorioso vodka martini que el agente británico no deja de pedir “agitado, no revuelto” (“shaken, not stirred”) forma parte de la carta de miles de bares en todo el mundo que ofrecen la experiencia de este coctel con su marca particular que, desde la obra literaria de Ian Fleming, intercambia la cáscara de limón por una aceituna.

Audrey Hepburn.

Foto:

123RF

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Marilyn Monroe o Audrey Hepburn encabezan la lista de divas de Hollywood para los que quieren conservar un pendiente, un collar, un autógrafo o un vestido de las actrices. Su belleza y sensualidad se engalanaron con diseños de alta costura, como el Givenchy negro que Hepburn usó en la escena inicial y para el afiche promocional de Breakfast at Tiffany’s, la comedia romántica de Blake Edwards, en 1961.

El vestido causó revuelo por la raja lateral que llegaba hasta una parte muy alta del muslo de la actriz, detalle que fue ‘corregido’ por la casa de modas en un par de réplicas posteriores. El modelo original lo adquirió un fanático suyo en una subasta de Christie’s en el 2006 por un millón de dólares y es considerado una de las prendas más icónicas del cine en el siglo XX.

A la par brilla Marilyn Monroe parada sobre las rejillas del metro, con un vestido de color marfil, tipo coctel, que se eleva con el aire para dejar a la vista sus piernas. Aquella escena de The Seven Year Itch (Billy Wilder, 1955) la encumbró como un ícono sexual de la cultura pop. Desde el 2011, la prenda es propiedad de un coleccionista que pagó la estruendosa suma de 5,6 millones de dólares. Ni hablar del precio por los autógrafos de la actriz –con la boca de Marilyn incluida–, que pueden conseguirse en 200.000 dólares y cuya firma es considerada una de las diez más caras de la historia, en un ambiguo listado que va de Shakespeare a Lincoln, pasando por Mohamed Alí, John Lennon y Neil Armstrong.

***

Alrededor de ese fetichismo se cuentan historias increíbles no solamente por los exorbitantes precios que se pagan, sino por lo que hacen los fanáticos con tal de conservar un objeto. Una de las más famosas es la que ronda los zapatos que usó Judy Garland en El mago de Oz. Inicialmente se fabricaron seis pares de zapatos con rubíes –un aditamento que se adicionó al calzado para resaltar las bondades del Technicolor, que se estrenaba con la película de 1939–. A mediados de los 70, un ilustre desconocido llamado Ken Warner localizó los zapatos en algún escaparate de la Metro y los vendió por unos dólares. A partir de ahí rodaron por el mundo hasta que en los 80 se convirtieron en objetos de colección, se expusieron en el Instituto Smithsoniano, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, el parque de atracciones Disney y el Judy Garland Museum. El último par del que se tiene certeza fue robado de allí en el 2005, se ofreció una recompensa de un millón de dólares y finalmente fue recuperado por el FBI –sí, el FBI– en el 2018. Hoy reposan en el nuevo Museo de la Academia en Los Ángeles.

Harrison Ford en el inolvidable papel del arqueólogo Indiana Jones.

Foto:

Walt Disney

(Lo invitamos a leer: ¿Cuánto pagaría por el sombrero de Indiana Jones?)

Los props cinematográficos –como se llaman esos objetos que se inmortalizan por su aparición en alguna escena de un filme– son muy apetecidos por fanáticos y coleccionistas. En estos días, el sombrero de Indiana Jones en El templo de la perdición (1984) saldrá a subasta con un precio estimado de entre 150.000 y 250.000 dólares (unos 920 millones de pesos como estimado máximo). El sombrero fue fabricado a la medida de la cabeza de Harrison Ford por el experto londinense Herbert Johnson un año antes del inicio del rodaje.

Y hay más fetiches y dólares en juego: la varita mágica de Harry Potter en su última película, el sable de luz de Darth Vader en El imperio contraataca, la espada de Tom Cruise en El último samurái y el carrito de golf que condujo Brad Pitt en Érase una vez en Hollywood, ¿cuál es el suyo? En Colombia, ¿por qué no?, se podría subastar un flotador de El paseo, el vestido rojo de Natalia Reyes en Pájaros de verano o un ladrillo de la casa de La estrategia del caracol.

SOFÍA GÓMEZ G.
Cultura

*Con AFP

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