Así vivió Jota Mario Valencia su ruina, su fama y su éxito

Así vivió Jota Mario Valencia su ruina, su fama y su éxito

Apartes del capítulo del libro 'Su segunda oportunidad', de Gustavo Castro Caycedo.

Jota Mario Valencia narra varias experiencias de su vida.

El presentador sufrió un accidente cerebro-vascular que lo tuvo internado en una clínica de Cartagena varios días. Estuvo en la televisión durante 40 años.

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Canal RCN

Por: Gustavo Castro Caycedo
08 de junio 2019 , 10:55 p.m.

Jorge Mario Valencia Yépez, o Jota Mario Valencia, como lo conoce el país, repitió “segunda oportunidad”: la primera se le presentó luego de que accidentalmente se sacara un ojo con unas tijeras, en su casa de Medellín, y la otra, cuando logró levantarse de una dolorosa racha negativa que lo dejó en la ruina, luego de que tuvo que irse al exilio, por amenazas de muerte.

Jota Mario me expresó: “Cuando me retire, no me preocupará cómo se acuerde de mí la gente: lo que realmente me importaría es cómo se acuerden de mí mis hijos, mi esposa, mi madre y mi familia”.

Él es el personaje de televisión que más horas ha aparecido en la historia de ese medio de comunicación en Colombia; más que Pacheco, Gloria Valencia o el padre Rafael García Herreros.

Jota se inició en la televisión en 1979. Ha estado en más de 2.400 emisiones de su programa 'Muy buenos días', es decir, mucho más de 10.000 horas al aire, y tiene escritos y listos los libretos para varias telenovelas.

Jota es uno de los grandes íconos de la televisión colombiana, como fueron en el pasado su gran amigo Pacheco, Gloria Valencia de Castaño, el tele padre Rafael García Herreros, Bernardo Romero Pereiro, Hernán Castrillón, Teresa Gutiérrez, Álvaro Ruiz y Jimmy Salcedo; o como lo han sido Carlos Muñoz, Consuelo Luzardo, Jorge Barón y otros.

De su esposa, Gineth Fuentes, Jota Mario dice: “Es lo mejor que me ha pasado en la vida”. Con ella pasa los días completos, porque, además, es su asistente de dirección en TV.

Jota Mario es hiperactivo, pero en contraste, su vida es rutinaria; pasa los días yendo de su casa al canal, de allí a RCN radio, y regresa al hogar para seguir trabajando como creativo.

Tiene dos hijos, Simón y María José; a su mamá, doña Cecilia Yépez, dos hermanas y dos hermanos; ese es el grupo humano “que le marca el rumbo”. Su padre, Manuel Valencia, murió sin alcanzar a disfrutar los grandes éxitos de su hijo.

¿Cuál de sus dos segundas oportunidades fue más importante?

La segunda segunda oportunidad, que se presentó después de que lo perdí todo, todo. Era el tipo exitoso, aplaudido, reconocido, con una carrera de 25 años en los medios, pero me tocó irme del país.

¿Y cómo fue la historia de su primera segunda oportunidad?

Tuve mi primera segunda oportunidad, que fue la vida misma, en Medellín, cuando tenía nueve años: me saqué mi ojo izquierdo con unas tijeras; le ayudaba a uno de mis nueve hermanos a cortar el nudo rebelde de un zapato, cuando las tijeras saltaron y se clavaron en mi ojo izquierdo. Yo era un niño de tercero de primaria, estudiaba en el colegio que tenía el mismo nombre de mi barrio: Laureles.

Por eso usa gafas; pero si uno no sabe sobre su accidente, no lo nota.

Fuimos una familia de 10 hijos, mi padre era un agente de seguros de Suramericana y vivíamos todos de eso; modestamente, pero vivíamos. Y cuando me saqué el ojo, mi papá se endeudó hasta más no poder para costear un tratamiento a fin de tratar que yo lo recuperara, y esa endeudada nos apretó a todos; vimos cómo se afectaban en la casa cosas que eran cotidianas, como sentarnos a la mesa a comer, más o menos bien.

Tuvimos semanas de solo aguapanela con arepa. Yo sentía que ese era el precio que todos tenían que pagar en mi casa para que yo lograra mantener el 20 por ciento de la visión de mi ojo izquierdo.

Yo me daba cuenta de que había estrechez económica. De repente no había ni para un helado, no había con qué. Pero, por fortuna, tampoco es que fuera una situación gravísima, no. Mis padres eran unos superhéroes, lo solucionaban ¡todo! Y, además, teníamos una familia muy unida, muy bonita, muy digna.

Jota Mario cuenta cómo fue que nació su goma por la radio, que se inició en Medellín, cuando era un niño:

“Sí, yo era un niño normal, tenía ilusiones y sueños, pensaba en ser bacteriólogo; no como es tan común entre los niños ser bombero, médico, piloto o policía, nada de eso. Tenía un tío bacteriólogo y me llamaba la atención ser como él.

Pero precisamente el accidente del ojo me hizo descubrir los medios de comunicación: yo pasaba las horas oyendo radio, era mi compañía. Y empecé a oír todo lo que se hacía. Y dije: bueno, eso es lo que yo quiero, y tomé la decisión en ese momento, a los nueve años, de que lo mío seria la radio”.

Para Jota Mario Valencia, durante el proceso de recuperación y posaccidente de su ojo fue duro el comportamiento cruel de sus compañeros de colegio. En esa época lo llamaban pilatunas de niños, pero hoy psiquiatras, educadores y periodistas lo llaman matoneo.

“Yo volví al colegio tres meses después del accidente, tras tres cirugías en el ojo y, le repito, en el colegio yo ya no era Valencia: era el Tuerto Valencia. La burla de mis compañeros fue terrible, entonces, empecé a hacer un esfuerzo enorme para poder abrir el ojo para que no me quedara caído, y lo logré.

Cuando me llamaban tuerto, sentía una rabia interior espantosa, como si yo hubiera sido el culpable de eso. En medio de las dificultades, no dimensionaba que había otros problemas en la casa y un día dije que yo estaba aburrido en el colegio porque me decían tuerto. Entonces, mis papás tomaron la decisión de cambiarme de colegio. Allí, ellos contaron la historia de lo que me había pasado, y los nuevos compañeritos rezaban a Santa Lucía para que yo me recuperara.

Me cambiaron de colegio, pero al hacerlo, nuestra historia familiar se convirtió en algo terrible, porque nos quedamos tan pobres que mi mamá empezó a hacer unas bufandas con retazos de tela que le regalaban. Ella las metía en unas cajitas de acetato. Había ya una solución que era fabricarlas, pero quedaba otra, difícil: el mercadeo, y entonces, tres de los hermanos salíamos a las calles de Medellín a venderlas”.

Tuvimos semanas de solo aguapanela con arepa. Yo sentía que ese era el precio que todos tenían que pagar en mi casa para que yo lograra mantener el 20 por ciento de la visión de mi ojo izquierdo

‘Yo fui vendedor ambulante’

Así fue el capítulo de Jota Mario Valencia vendiendo en las calles de Medellín:
“Sí señor, yo fui vendedor ambulante en las calles de Medellín; tenía 10 años y medio, y salía a vender las bellas bufandas que hacía mi mamá. Iba a los bancos y les ofrecía a las cajeras, porque tenían plata, y les decía que esas bufandas eran americanas; pero siempre tenía la conciencia de que yo no estaba diciendo mentiras, aunque ellos quisieran entender otra cosa. Lo decía y las vendía, decía americanas ¿y acaso, Medellín y Colombia no están en América?”.

La Navidad en familia es parte muy importante de sus recuerdos:

“Lo que más recuerdo de mi infancia, aparte de mi tragedia, lo amable, lo bello, son las Navidades, porque eran muy especiales. Imagínese, 10 hermanos, una casa llena con regalos pobres: los tenis y el bluyín para el colegio. Una vez me dieron un regalo que era un cartón en el que venían pegados un martillo, un alicate y un destornillador de plástico, ese fue el regalo más fabuloso.

Mi mamá hacía unas comidas especiales, ponía la mesa muy bonita, preparaba un pernil que demoraba haciendo seis o siete días. Nosotros teníamos una fe enorme en la Navidad. Yo sigo creyendo en el Niño Dios; una vez alguien de un noticiero me preguntó que cuándo me había enterado de que el Niño Dios no era el que traía los regalos. Y yo le respondí: ¡Usted qué me está diciendo! A la edad que yo tengo sé que es el Niño Dios y sé dónde nació.

Yo sufrí en carne propia lo que siente la gente que es humillada porque es pobre, la gente que le toca hacer las filas inhumanas y estar a merced de funcionarios prepotentes; conozco la tragedia de esa gente que a las diez de la noche está esperando que le den una ficha para que lo atiendan a la 5 de la tarde del otro día. Yo entiendo lo que padecen quienes no tienen y también conozco la rabia que tienen que sentir, así hablen con amor”.

Yo fui vendedor ambulante en las calles de Medellín; tenía 10 años y medio, y salía a vender las bellas bufandas que hacía mi mamá.

Amenazas de muerte y exilio en los Estados Unidos

En 1999, cuando trabajaba con Caracol, recibió severas amenazas contra él y su familia, lo que lo obligó a irse a los Estados Unidos; regresó a Bogotá un año después para vincularse al canal RCN como director y conductor de 'Muy buenos días', que alterna con 'El tren de la tarde' en RCN Radio.

“Ese año empecé a recibir en mi casa una serie de llamadas amenazantes. Yo estaba muy bien profesionalmente, tenía un trabajo estable haciendo lo que quería, estaba en un momento de transición en mi matrimonio, nos separamos por las buenas; aunque fue una situación compleja para nosotros y para los niños.

En esa época empezaron las llamadas: me decían la dirección donde vivía, dónde estudiaban mis hijos, qué hacía yo… Sabían todo. Yo puse eso en conocimiento de la Policía, me reuní con el general Rosso José Serrano, y su consejo fue: ‘Lo mejor que puedes hacer es irte del país’, para mí fue devastador. ¿Cómo me iba a ir si yo no sabía nada distinto a lo que hacía aquí?

En un proceso inmediato, de vida o muerte, empecé a esconder a los hijos, vendí todo lo que tenía, en lo que me iban dando, no en su verdadero valor, ferié el carro y la casa, todo; y me fui para los Estados Unidos con la ayuda de la embajada y de José Fernando Castro, que era el defensor del Pueblo.

Una vez allá, yo no hallaba qué hacer, aparte de unas cositas para Univisión, hasta que el presidente Pastrana habló con el presidente de Telemundo y me abrieron las puertas allí.

Cuando fui a dar a Telemundo ya me había gastado gran parte del dinero de lo que había vendido aquí, porque prácticamente no tenía ingresos y debía pagar el proceso de separación, los colegios, la manutención y todo lo de mis hijos, incluyendo su cuidado, y claro, todo lo que me costaba vivir a mí en los Estados Unidos.

Pero un día dije: tengo que regresar a Colombia. Y, sin pensarlo mucho, llegué a Bogotá, y me quedé en la casa de un hermano. Me llevaban y traían en un carro del DAS, me prestaron dinero para poder vivir. Lo poco que me entraba era para sostener a mis hijos, que residían en los Estados Unidos”.

En esa época empezaron las llamadas: me decían la dirección donde vivía, dónde estudiaban mis hijos, qué hacía yo… Sabían todo

RCN: mi segunda, segunda oportunidad

Después de mucho tiempo de inactividad, Jota Mario persistió en algo que quería desde hace tiempo: entrar a trabajar con RCN, y lo logró luego de un acuerdo con Carlos Julio Ardila.

“Había pasado siete meses sin recibir un centavo; estaba endeudado hasta el cogote, sabía que mis hijos podrían sufrir si no los podía sostener. Hice gestiones con RCN Televisión, pero había un pacto entre esta empresa y Caracol de que si alguien salía de una de las dos, no podía entrar a la otra. Pero un tiempo después de que se cumplieron los términos pude entrar a RCN y esa fue mi segunda, segunda oportunidad.

En 2006, afortunadamente pude traer a mis hijos otra vez a Colombia. María José y Simón llegaron muy entusiasmados; entraron al colegio en el que habían estudiado, pero esta vez se convirtió en una tragedia, algunos de sus compañeros decidieron matonearlos inmisericordemente.

¿Y cuál era el pecado de mis hijos? Pues que eran los hijos de Jota Mario. Si les iba bien: ‘Claro, como son los hijos de Jota Mario, eso es que les ayudan’. Si les iba mal: ‘Claro, ¿qué más se podía esperar de los hijos de Jota Mario?. Si eran simpáticos: ‘Pues son chistositos, porque son hijos de Jota Mario’. Y si serios: ‘No ven que ellos son los hijos de Jota Mario y se creen de mejor familia’. Fue un verdadero calvario.

Después de aguantar hasta donde les fue posible, un día me dijeron: ‘Papá, no hay nada que hacer’, y salieron del país, con mucho dolor en sus corazones; volvieron a los Estados Unidos, donde no son los hijos de nadie, les han dejado ser ellos mismos, han sido excelentes estudiantes, simpáticos, amables y no porque sean hijos de alguien, sino porque fueron ellos. Les dieron las becas, no por ser hijos de Jota Mario, porque eran buenos. Mi hijo se graduó con honores en Cine y está en San Francisco haciendo una especialización. Mi hija es una de las mejores estudiantes en Psicología en su universidad: yo no puedo pedirle más a la vida”.

****

El 11 de febrero de 2014, cuando casi terminábamos este extenso diálogo con Jota Mario, en su casa, a las 8:30 de la noche sonó el teléfono: lo llamaban para informarle que su gran amigo, Pacheco, acababa de morir.

Pasaron casi dos horas antes de que pudiera hacerle las últimas preguntas, porque de varios medios de comunicación querían hablar con él sobre esa triste noticia que lo hizo llorar. Finalmente me habló sobre su otra segunda oportunidad, que le dio éxito, fama y reconocimiento, y expresó:

“Tengo muchos sueños, el más importante es retirarme de la televisión, no de los medios públicos. Retirarme y vivir tranquilo, sin el atafago de la televisión que es tan tensionante; vivir unos años tranquilos, pero tengo que trabajar, con gusto”.

GUSTAVO CASTRO CAYCEDO

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