‘El Vicepresidente’, retrato del poder en la penumbra

‘El Vicepresidente’, retrato del poder en la penumbra

La película denuncia los procedimientos de la más alabada democracia del mundo, en Estados Unidos.

‘El Vicepresidente’, retrato del poder en la penumbra

El film y la actuación estelar de Christian Bale no dejan duda de que la democracia es un sistema político envilecido.

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Films

Por: Lucero Martínez Ksab
11 de febrero 2019 , 11:20 a.m.

Hacer el papel de una persona común y corriente es un trabajo realmente difícil porque, la mayoría de las veces son grises, sin frases brillantes, sin encanto personal, carecen de rasgos distintivos como padecer una minusvalía o tener un temperamento vistoso; no poseen mayor sustancia para elaborar un personaje.

Radica, ahí, el talento del actor Christian Bale al crear, con poco material destacable un personaje que vive para adentro, hermético, que solo emana un intenso y frío cálculo mental, ambición y dominación política con un inquebrantable amor familiar, dándole vida a Richard -Dick- Cheney, en la película El Vicepresidente, alusiva a quien fuera el segundo al mando del gobierno norteamericano de George W. Bush en 2001.

La cinta muestra que, por muy trivial que una persona sea, tratará de conseguir las cosas que quiere aun cuando no demuestre un gran talento. Podrá observar a los demás, fijarse cómo alcanzan lo anhelado, copiar los trucos, ponerlos en práctica hasta superar al modelo a punta de codicia y de cierta capacidad maniobrera que se perfecciona a medida que se consiguen los resultados, como el vicepresidente Cheney. Un tipo común y corriente que se aferró al amor que sentía por su esposa y a la ambición de ella por una vida mejor para salir del alcoholismo, edificar su familia, su economía y que un día, aprovechó una llamada telefónica, como quien lanza un anzuelo, para conseguir el poder político que años atrás se le fue de las manos.

Sabiéndose imprescindible, se alzó en la penumbra con el poder total del Ejecutivo durante la presidencia de George W. Bush, usurpándole el mando desde el inicio del gobierno hasta desatar el envío de tropas estadounidenses a Irak porque, con su soterrada habilidad financiera, calculó el dinero que esa invasión le produciría a sus negocios particulares.

Bale, para lograr esa personificación enturbió la mirada vaya uno a saber con qué pensamientos para que sus ojos no tuvieran luz ni mostraran cavilaciones, recogió sobre sí uno de sus hombros, redujo al mínimo los gestos del rostro, engordó varios kilos y la boca la fue modificando de tal forma que, con los años de su personaje, se transformó en una línea oblicua quedándole en el semblante la denuncia involuntaria de asuntos deshonrosos.

La película muestra cómo al Pentágono llegan jóvenes recién graduados de la universidad, inexpertos, con ansias de trabajar y aún con el proceso psicológico de consolidar una identidad, de manera que el centro del poder político de Estados Unidos se convierte en la fuente inagotable de características personales a imitar, de estilos para nadar entre ríos infestados de caimanes, de formas para quitarse de encima a quien entorpezca el alcance de un propósito.

Una máquina de distorsión moral. Allá llegó Dick, y antes, John F. Kennedy, Richard Nixon, Jimmy Carter, George Bush, padre, su hijo, los poderosos Clinton, el carismático Obama y el ahora tétrico Donald Trump, los unos se van convirtiendo en los modelos de los otros y cada quien, a su vez -con contadas excepciones- va colocando una piedra más de vileza en el edificio del poder político norteamericano.

Las imágenes muestran una sociedad civil que recibe medidas más nefastas que buenas provenientes de funcionarios públicos egoístas, igual que en la Antigua Roma, con muy escaso deseo sincero de servir al pueblo, nada ha cambiado desde entonces; políticos sin corazón, como Dick.

La película denuncia los procedimientos de la más alabada democracia del mundo. Donde hay tanto dinero, prestigio, ambición por dar órdenes, deseos de sobresalir, de favorecer a la propia familia, lujos que son ofensivos se concluye que el fin último no es el pueblo. ¿Qué se podrá esperar de los otros países? ¿Y, si el filósofo Platón tuvo razón al no estar de acuerdo con que los dirigentes ganasen sueldo y que solo los pensadores fuesen los gobernantes? ¿Qué haremos con esta democracia donde los pobres son quienes la sufren y los políticos los que la gozan?

El film y la actuación estelar de Christian Bale no dejan duda de que la democracia es un sistema político envilecido, precisamente, a partir de uno de sus principios: que cualquiera puede ser gobernante. Así tenga la frialdad de un depredador y, depredadores los hay en todas partes del mundo.
luceromartinezkasab@hotmail.com

LUCERO MARTÍNEZ KSAB
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla

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