El documental que rescata a cinco maestros de la batería

El documental que rescata a cinco maestros de la batería

‘Los propios bateros’ se estrenó en el pasado Carnaval de las Artes de Barranquilla.

El documental que rescata a cinco maestros de la batería

Adelante, Germán Chavarriaga, Haydée Barros y Guillermo Navas. Atrás, Pedro Ojeda, Susana Ojeda y Hubert Marz.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Myriam Bautista
19 de febrero 2019 , 09:44 p.m.

No tiene mayores pretensiones que la de rendirles un emotivo homenaje de admiración a cinco hombres, todos mayores de 70 años, referencia obligatoria para bateristas de varias generaciones que quisieron, y los que quieran, estudiar este instrumento fundamental en el jazz, pero también en la música tropical, como lo muestra con lujo de toques la cinta.

La idea no podía haber sido de nadie distinto a Pedro Ojeda Acosta, nacido en Bogotá hace 42 años, que desde muy joven abrazó la música como su profesión y la batería como su instrumento.

Y tocarla bien se le convirtió en obsesión. Una obsesión que le ha sido muy bien recompensada. Hace cinco años fue reconocido como el baterista colombiano menor de 40 años más importante y con mayor futuro. Se pasea por el mundo tocando música colombiana fusionada con otros ritmos.

Su nombre ha estado vinculado de manera directa a la creación y consolidación de grupos como CieloMama, Romperrayo, Ondatrópica, Chúpate el Dedo y, en los últimos años, Los Pirañas, con los que ha obtenido muchos aplausos en tarimas de diversos continentes en donde les encanta su música, que mezcla ritmos folclóricos colombianos como la cumbia amazónica, el porro, el palenque, la puya con rock, electrónica y psicodélica.

Pedro Ojeda ha tocado también con agrupaciones como Mucho Indio, Sidestepper, Malalma, Azul Trabuco, Tumbacatre, La Mojarra eléctrica, La Revuelta,
La Tambora de Gilbert y otros grupos en los que su golpe de tambor ha sonado con fuerza.

Esa variopinta gama musical le ha permitido convertirse en uno de los profesores más cotizados en su especialidad, y hoy, no obstante su juventud, se lo considera maestro de la batería.

Músico de la Universidad Javeriana, se fue a Cuba para estudiar el son y los ritmos afrocaribes. Luego viajó a Canadá para adentrarse en las entrañas del jazz, y cuando regreso a Colombia comenzó a estudiar el sonido de congas, platillos y tambores en los ritmos tropicales, interés compartido por muy pocos, a quienes les parecía que lo hecho por Carlos Vives en La Tierra del Olvido y otros músicos que tocaban sonidos tropicales era suficiente.

Para Pedro Ojeda, no. En esa indagación se encontró con los nombres de unos bateristas que se repetían en muchos de los discos de vinilo que se amontonan en cajas en las viejas disqueras que persisten en mantenerse abierta en ciudades como Bogotá o Barranquilla y que él visita con asiduidad para siempre salir feliz con una joya.

En algunos de esos long plays, los bateristas no están identificados porque, como cuentan algunos de ellos en el documental, “no se usaba que nos dieran el crédito, y nosotros tampoco lo exigíamos”.


Estos bateristas recuerdan con nostalgia y alegría que tocaron en orquestas como las famosas de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Marcos Gilkes, Ramón Ropaín, Los Ocho de Colombia y un largo etcétera. Esos discos se convirtieron en clases musicales para el novel baterista Pedro Ojeda. Discos grabados en grandes estudios, con potentes micrófonos, en los que podía identificar rápidamente la sonoridad y el ritmo del toque.

Al primero al que conectó Pedro Ojeda fue al maestro cartagenero Guillermo Navas, octogenario ya, que desde muy joven se vino a vivir a Bogotá y se convirtió en uno de los legendarios de los años sesenta tocando hasta las cuatro de la madrugada en los griles Colombia, Miramar, Candilejas y en emisoras como Nuevo Mundo o Radio Santafe, en programas en vivo que se hacían los cinco días de la semana, con un público que los aplaudía a rabiar.

“Trabajo era lo que había en esa época. Hasta mediados de los años setenta duró esa buena y musical racha”, dice con nostalgia Haydée Barros,
cantante de la orquesta de Lucho Bermúdez y esposa de Guillermo Navas, quien se convirtió en maestro particular de Pedro Ojeda, casi desde que se estrecharon la mano por primera vez.

“Me di cuenta de que había estudiado jazz, rock, música afrocubana y brasilera, pero no sabía tocar música colombiana ni repetir esos temas con los que crecí, porque en mi casa, la tertulia política se combinó escuchando y bailando a Lucho Bermúdez, a Buitraguito, a los Ocho de Colombia. Mis padres, Alonso y Gloria Amparo, cantaban lo que les pidieran, y un amigo, el periodista Hernando Corral, tocaba el timbal, con el que me familiarice”.

Contar cómo era la escena musical de los años sesenta y ubicar a los cinco maestros en ella fue nuestro objetivo, y
lo logramos

A grabarlos

A las enseñanzas puramente musicales con el maestro Navas, el baterista Pedro Ojeda les añadió un interrogatorio permanente por los colegas de esos años, y fueron apareciendo esos nombres y apellidos que ya había identificado en los discos y de los que nadie le había hablado durante sus estudios musicales.

Sorprendido con este descubrimiento, se lo contó a su prima Susana, antropóloga de la Universidad Nacional, quien lo ánimo a seguir investigando
y le propuso que ella y su compañero austriaco, Hubert Marz, de profesión arquitecto, pero camarógrafo por opción de vida, podían grabarlos, y así surgió la idea del cortometraje.

Lo hicieron los tres, con más entusiasmo y coraje que recursos y sin pensar en retribución distinta a la de rendirles un tributo de cariño a cinco músicos hechos a pulso en una época en la cual había pocas escuelas de música y ninguna en la que se enseñara a tocar la batería.

Los cinco provienen de sagas musicales o se hicieron timbaleros oyendo cientos de veces a esos grandes referentes de la batería como Gene Krupa, Max Roach o Buddy Rich, en discos que conseguían con mucho trabajo y rayaron de tanto mover la aguja. Bateristas que permanecen en el pedestal de los mejores.

Los maestros timbaleros que ya tenían alguna referencia de ese ‘jovencito’ que tocaba con gran versatilidad la batería y ha querido emularlos, eso sí, con su sello
de denominación de origen, en los sonidos de la batería para tocar porro, merecumbé o cumbia, aceptaron gustosos sentarse a conversar con Pedro Ojeda, delante de una cámara.

Las entrevistas se mezclan. Guillermo Navas; Juancho Cuao, samario de estirpe musical que reemplazó a su hermano mayor cuando solo tenía 17 años como baterista de Lucho Bermúdez; Plinio Córdoba, chocoano de nacimiento; Wilson Viveros, el Caimán, el más joven de los cinco, de Buenaventura y también de familia de músicos, y el bogotano Germán Chavarriaga, quien fue muy activo en la escena musical de los años noventa tocando con Joe Madrid en lugares como Casa de Citas en La Candelaria o en el restaurante La Frontera en La Macarena, entran y salen de la pantalla con la misma naturalidad y frescura con que tocaron hace medio siglo y fueron artistas de renombre.

Nostalgia y música

Son entrevistas muy detalladas, en las que cada uno de los cinco ‘bateros’ cuenta su pasado virtuoso. El relato se acompaña con fotos de ellos muy jóvenes, guapos y vestidos con elegantes esmóquines que utilizaban todos los músicos y el director de las orquestas en las que trabajaron.

La charla fluye sin que Pedro Ojeda haga mayores esfuerzos. Él, relajado y fresco, como es, pregunta, y ellos se explayan contando esa vida musical que transcurrió en los grilles, en los hoteles, en las emisoras o en los estudios a donde acudían a grabar con asiduidad, porque en esos años se prensaban discos cada quince días.

Un gran acierto es que la conversación se da entre pares. Los maestros no hacen ningún esfuerzo explicando cómo era su toque, para que Pedro Ojeda lo entienda y, si es el caso, haga la traducción para quienes no son especialistas.

Entrevistador y entrevistados se emocionan a lo largo de estos cincuenta y dos minutos. Tararean entradas, salidas, se hacen guiños y no tienen ninguna controversia. Son creadores, artistas, músicos, con los mismos referentes. Esos nombres de los años sesenta del siglo pasado son los mismos de este siglo XXI, y hay algunos nuevos que los maestros ya tienen en el pedestal, en donde colocan a los mejores timbaleros, con los que se codean.

El trabajo demoró cinco años por la falta de tiempo de sus ejecutores. Si hubiera un pendiente en la cinta, señala Susana Ojeda, codirectora del cortometraje
, es que “hubiéramos querido juntarlos a todos en Bogotá para que interpretaran un tema con Pedro. Se logró solo con Guillermo Navas y con Germán Chavarriaga, toque con el cual se cierra de manera emotiva la cinta”.

“No encontramos tampoco mucho material de archivo. Salvo el que nos suministraron Juancho Cuao, Plinio Córdoba y la hija de Germán Chavarriaga.

Conseguir material sonoro en archivos nacionales es complicado. Además, no nos queríamos meter en el tema de derechos de autor”, advierte el codirector Hubert Marz.

La primera versión del documental duraba dos horas y media. Y si bien es interesante, concluyeron que era demasiado reiterativo. “En el proceso de edición llegamos a lo que es más interesante y luminoso en la vida de estos cinco músicos. Un documento interesante para todo el mundo, vivencias que todos entienden. No quisimos hacerlo ni académico ni ladrilludo”, acota Susana.

“Contar cómo era la escena musical de los años sesenta y ubicar a los cinco maestros en ella fue nuestro objetivo, y lo logramos”, dice Pedro Ojeda.


Los propios bateros es una historia inspiradora, por la pasión con la que se cuenta y cómo la cuentan esos señores mayores, de pelo blanco, que cuando se sientan en sus baterías siguen tocando con solvencia y con ángel, propio de músicos bendecidos por las musas.

Sus creadores aspiran a que esta cinta se pasee por los festivales musicales del mundo entero, y por esas fiestas locales en las que esperan emocionar a quienes siguen oyendo esos temas musicales que se bailaron hasta el amanecer hace cincuenta años y se siguen bailando hoy.

Al final de la cinta podemos afirmar, sin ninguna vergüenza ajena, que el porro y el jazz son de la familia. Los maestros dan varios ejemplos en los que el toque para interpretar esos dos ritmos, tan lejanos, es el mismo. “Sincretismo musical”, dice Pedro Ojeda. Y añade: “Los maestros Navas, Cuao, Viveros, Córdoba y Chavarriaga no son del todo conscientes de lo geniales que fueron”.

Los propios bateros descubre su genio y figura. Difícil olvidarlos. Por ello, cada vez que suenen piezas como Carmen de Bolívar o la Pollera colorá, es seguro que identificáremos esos platillos, ese bongó, esa batería, y recordáremos a esos bateristas que en el siglo pasado fueron los mejores.

MYRIAM BAUTISTA
PARA EL TIEMPO

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá:

Sal de la rutina

Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.