En realidad virtual, llega a Washington drama de los inmigrantes

En realidad virtual, llega a Washington drama de los inmigrantes

El cineasta Alejandro González Iñárritu sigue impactando con ‘Carne y arena’.

Alejandro González Iñárritu

Según Iñárritu, el proyecto tardó más de cuatro años en edificarse y comenzó con entrevistas a decenas de inmigrantes.

Foto:

Chachi Ramírez

Por: Sergio Gómez Maseri
10 de agosto 2018 , 07:28 p.m.

Deben ser como las 5 de la mañana y las primeras luces del alba ya se asoman en el horizonte. Estoy parado en algún punto del desierto de Sonora, plena frontera entre el estado de Arizona y México, y un suave y frío viento hace mover un grupo de arbustos rastreros.

A lo lejos, un grupo de personas, al parecer ilegales, avanzan en mi dirección. Lo sé porque se escucha al ‘coyote’ gritándoles que apuren el paso porque la ‘migra’ puede estar cerca. Son quizá unos veinte, y entre ellos hay niños y ancianos. Se detienen por un instante y en sus rostros es posible ver el cansancio de la larga travesía.

Lo que sigue es el caos. Un helicóptero aparece de la nada y comienza a sobrevolar el grupo mientras tres camionetas de patrullas fronterizas lo rodea. De los vehículos descienden más de 10 oficiales, armados hasta los dientes, que gritan instrucciones. La luz de los vehículos lo encandila todo y el polvo que levanta la aeronave dificulta la visibilidad. El ruido es ensordecedor.

En pánico, los indocumentados comienzan a correr. No sé si alguno escapa, pero en pocos minutos ya la mayoría están en el piso, con las manos en la cabeza, suplicando por sus vidas. Detrás de mí, escucho cómo crecen los gritos de uno de los patrulleros. “De rodillas ya, de rodillas ya”, dicen sin cesar. Me doy la vuelta y está frente a mí, apuntando con su rifle.

Tal vez es solo una fracción de segundo, pero olvido que estoy en el sur de Washington en una presentación del más reciente proyecto del cineasta Alejandro González Iñárritu y me dejo caer. Suena un disparo, o eso creo, y todo se vuelve oscuro.

Luego escucho la voz de uno de los asistentes que me dice que la experiencia ha culminado y remueve con suavidad el set de gafas de realidad virtual que fueron diseñadas específicamente para Carne y arena, la obra de González Iñárritu, que en el 2017 recibió un Óscar de honor de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.
Si bien ha pasado más de un año desde entonces, la ‘experiencia’ –porque no hay otra manera de describirla–, acaba de llegar a la capital estadounidense y justo en momentos en que la polémica por la inmigración está más caldeada que nunca ante la política de cero tolerancia que viene aplicando la administración de Donald Trump.
Carne y arena, en sí misma, es revolucionaria, pues rompe con el paradigma del cine como un fenómeno colectivo y lo transforma en una experiencia individual muy profunda, que busca recrear con el mayor nivel de detalle posible lo que a diario padecen cientos de personas cuando intentan atravesar la frontera de manera ilegal.

La función dura unos seis minutos y medio. Comienza a solas, en un cuarto a prueba de sonido donde solo hay una banca de metal y hace un intenso frío, que se supone es muy similar a los centros de detención donde se lleva inicialmente a los capturados en la frontera. Un letrero indica que hay que quitarse los zapatos y esperar el sonido de una alarma antes de pasar a un siguiente recinto. Este segundo espacio es una galpón vacío, de unos 250 metros cuadrados.

En el centro hay dos personas que, tras una breve explicación, ponen las gafas virtuales y dan inicio a la experiencia. Quizá lo más impactante de la muestra es su tercera etapa, que sigue la experiencia extrasensorial del desierto en Arizona.
El proyecto, según Iñárritu, tardó más de cuatro años en edificarse y comenzó con entrevistas a decenas de inmigrantes que habían pasado por esa experiencia.

“Tuve el privilegio de reunirme con muchos centroamericanos y mexicanos y sus historias me atormentaban. Así que los invité a que colaboraran conmigo. Experimenté con realidad virtual para explorar la condición humana en un esfuerzo por romper con la dictadura del cine –donde solo somos observadores– y reclamar un espacio donde el visitante puede ponerse en los zapatos del inmigrante, habitar su piel e ingresar en sus corazones”, dice el director.

Con el apoyo de Emmanuel Lubezki, amigo y fotógrafo de cabecera en muchos de sus proyectos cinematográficos, Iñárritu utilizó imágenes en tercera dimensión de los personajes impuestas sobre fotografías del desierto de Sonora. Y a eso le sumó toda una serie de efectos especiales, como el viento y el piso de arena, para volver más real la experiencia.

La pieza del mexicano se estrenó en Cannes en mayo del año pasado y se convirtió en el primer proyecto de realidad virtual incluido en este prestigioso festival. Desde mayo se encuentra en Washington, gracias al apoyo del Emmerson Collective, donde permanecerá hasta octubre.

Una de las dificultades de la obra es que no es rentable, pues como máximo solo 60 personas pueden verlo en un día. El Collective decidió subsidiar los costos y, por lo tanto, su ingreso es gratuito, pero conseguir una boleta es casi imposible. Es por eso que se han enfocado en llevar a congresistas, medios de comunicación y personas en círculos de poder para convencerlos de que tras los debates y las polémicas en torno a lo ilegales hay personas de carne y hueso que sufren lo inimaginable.

O, como diría Iñárritu, de “carne y arena”.


SERGIO GÓMEZ MASERI
Corresponsal de EL TIEMPO - Washington
@sergom68

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