Una reflexión acerca del cuerpo y el tiempo

Una reflexión acerca del cuerpo y el tiempo

El bailarín Álvaro Restrepo escribe sobre la vejez y la muerte como lecciones de la pandemia.

performance

El japonés Kazuo Ono, en 1988. Pasó las últimas dos décadas de su vida en silla de ruedas, dando clases y creando ‘performances’. Murió en 2010, a los 103 años.

Foto:

Archivo Particular

Por: Álvaro Restrepo
13 de mayo 2020 , 11:34 p.m.

“Tengo un niño inconcluso bebiendo lluvia adentro de mis sueños se ríe como se ríen los años un anciano azul ronda la sombra azul del tiempo” Anónimo.

Este texto lo escribí en el año 2000 para una conferencia sobre primera infancia y educación del cuerpo. Veinte años han pasado y, en plena crisis sanitaria, la maestra ‘pandemia’ nos obliga a reflexionar sobre el tiempo, la vejez, la enfermedad y la muerte.

Rescaté del olvido esta charla a raíz de un artículo que la antropóloga Ligia Echeverri, exvicerrectora de la Universidad Nacional, publicó recientemente en El Espectador.

Sigue siendo crítica la situación de los ancianos en nuestro país y en el mundo, y hoy, en medio de la pandemia, se hace aún más angustiosa. A veces actuamos como si la vejez fuera algo que le sucede a los otros. Se hace urgente replantear esta percepción.

Unos desplazados más

Alguna vez le pregunté a Juan Manuel Urrutia, exdirector nacional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), qué porcentaje –nada despreciable– del presupuesto de la dependencia a su cargo está destinado a atender a los ancianos colombianos.

Para mi sorpresa y desconcierto, Juan Manuel me respondió que este segmento de la población no es competencia del ICBF y que es la Red de Solidaridad Social la que vela por los problemas de la mal llamada tercera edad.

Mi hermana menor, Mónica Restrepo Hernández (q. e. p. d.), trabajaba en la Red y era la responsable nacional del creciente drama de los desplazados por la violencia y me explicaba que, efectivamente, el tema de la tercera edad pasó a ser, en 1998, una de las prioridades de esta institución, la cual tiene como misiones principales la atención a las poblaciones más vulnerables, a los damnificados por los desastres naturales y la guerra, así como la atención a las comunidades desplazadas.

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Desde que tuve conocimiento de esta insólita política, caí en cuenta de que el anciano en la sociedad del capitalismo salvaje es, en efecto, un desplazado, un damnificado por un desastre natural, y una víctima de las múltiples guerras que vivimos, entre ellas la económica.

El hecho de que Bienestar Familiar no incluya en sus políticas de búsqueda del ‘estar bien’ a estos seres humanos, que son parte integral de las estructuras sociales y familiares y que, por encontrarse en el ocaso de sus vidas, son considerados piezas gastadas e inútiles de la maquinaria social y económica, es preocupante y plantea serios interrogantes sobre la razón de ser de nuestros modelos y núcleos sociales, y la función vital de cada uno de sus miembros.

El anciano, visto como un ente discapacitado y dependiente, es sujeto de la solidaridad, la compasión, la lástima y, en muchos casos, de la indolencia y el abandono, y no es merecedor de la atención integral que el Estado y la sociedad deben brindar a todos sus ciudadanos en todas las etapas de su existencia, como un proceso único e ininterrumpido ‘desde la cuna hasta la tumba’.

El anciano en la sociedad del capitalismo salvaje es, en efecto, un desplazado, un damnificado por un desastre natural

La gran mayoría de las también mal llamadas sociedades primitivas consideran a los ancianos como seres sagrados, dignos de la mayor consideración y respeto, por ser los portadores de la memoria colectiva, de las tradiciones y de la experiencia cultural y política.

Además de ser reverenciados y venerados, son los oráculos y los pilares de la sociedad y tienen como función social el cuidado de la educación de los niños, ya que son los encargados de transmitirles la savia y la médula de los flujos vitales y espirituales de su esencia como comunidad.

El grado de civilización de un pueblo se mide, en mi concepto, por el respeto y la atención que presta a sus ancianos y a sus niños. Infortunadamente, nuestra sociedad empieza a ver al viejo como un estorbo y como un ser inútil cuando su ciclo productivo económico llega a su fin.

Este se va convirtiendo en un trasto inservible que, en el mejor de los casos, encuentra o se le asigna un cuarto de san Alejo en el hogar, donde espera sus últimas horas, muchas veces aislado de las decisiones de los más jóvenes que, en su prepotencia y ceguera, no comprenden –o no quieren aceptar– que ellos también llegarán un día al estado de indefensión y de fragilidad que trae consigo el ciclo vital.

Los ancianos que tienen menos suerte son enviados a instituciones especializadas en su cuidado, las cuales, en el fondo, no son otra cosa que auténticos morideros, en el sentido literal del término.

El viejo que es confinado en un universo exclusivo ‘para viejos’, viendo morir todos los días a sus congéneres y contemporáneos, envejece más rápido y pierde la ilusión, la esperanza y las ganas de vivir. Todos tenemos derecho a la ilusión y a la esperanza hasta el último momento de nuestros días.

Muchas veces he fantaseado con dos proyectos que no me parecen imposibles de implementar como experiencias piloto en el país. El primero de ellos, no es ni mucho menos un invento mío, y es algo que existe en muchos otros países; se trata del Programa de Adopción de Ancianos.

El de adopción de niños del ICBF es reconocido en el mundo entero como uno de los más rigurosos y mejor organizados que existen. Este programa para adoptar ancianos consistiría en rodear a un anciano en sus últimos años de vida con el cariño y el calor de una familia que lo asuma, lo acoja, lo atienda y lo acompañe en su proceso de desprendimiento de la vida.

El segundo es un poco más osado: se trata de ‘guarderías-ancianatos’. Espacios independientes a los que asisten los niños y los ancianos separadamente, pero que están comunicados en su diseño arquitectónico y funcional, para permitir el encuentro en varios momentos del día.

Siempre he sostenido que las personas que tuvimos cuando niños una hermosa relación con un abuelo o con un anciano somos diferentes a quienes no tuvieron este privilegio. Estos dos extremos de la existencia humana, en los que la autenticidad, la espontaneidad, la imaginación, la fantasía, la irreverencia y la capacidad lúdica están en su estado de expresión manifiesta, se complementan de manera espléndida.

Además (Así se vive la vejez en Bogotá)

El niño le aporta al anciano su alegría, su inocencia, su vigor, su dimensión y su noción de futuro, mientras que el viejo le ofrece al nuevo su bagaje de sueños y de experiencias, su sabiduría, sus hallazgos y conclusiones, sus consejos y sus balances... sus horas de vuelo.

Este intercambio de tiempos y de percepciones elevaría el nivel de la calidad de la vida de estos dos estadios de la existencia. El viejo que muere rodeado de niños y por ende de vida es solo comparable al niño que desde pequeño comprende la finitud de la existencia y que, al interiorizar su límite, aprenderá a apreciar y a aprovechar cada momento de su vida como si fuera el último.

En el Palenque de San Basilio, cuando un moribundo se apresta a partir, llaman a un grupo de ancianas vitales y parranderas que se autodenominan Las Alegres Ambulancias, para que el viajero se vaya entre tambores, ron, cantos y la alegría de la vida.

La vejez como conquista

Nuestra sociedad, si verdaderamente quiere cambiar y progresar, tiene que dejar de percibir a sus mayores como viejos. Debe cambiar incluso el denominativo: no se es viejo, se es antiguo, se es añoso, se es veterano, se es vivido, se es mayor. Pero el apelativo de viejo se constituye en otro achaque adicional y le añade al deterioro natural una connotación trágica accesoria.

Lo que vamos perdiendo en juventud y vitalidad –y esto lo afirma con cierta autoridad el cuerpo de un bailarín en la mitad de su vida– lo vamos ganando en fuerza, verdad y presencia escénica, en sutileza y precisión del gesto y del impulso.

Dominique Dupuy, un bailarín francés de más de 80 años, que todavía sigue danzando y que, a diferencia de Rudolph Nureyev, de Alicia Alonso o de Martha Graham, sí supo adecuar su danza a los cambios de su cuerpo, escribió un bello libro que con solo el título lo dice todo: Edad del cuerpo: madurez de la danza.

A este respecto, el caso extremo de otro bailarín, el japonés Kazuo Ohno, quien a sus noventa y tantos años todavía aparece en la escena, ha logrado hacer de su ‘decrepitud y de su decadencia’ una estética depuradísima y muy sofisticada que aún pone de pie a públicos del mundo entero.

Nuestra sociedad, si verdaderamente quiere cambiar y progresar, tiene que dejar de percibir a sus mayores como viejos

En el caso de la música contemporánea, el gran John Cage, partenaire de vida de otro gran cuerpo portento, Merce Cunningham, antes de morir nos llenó a todos de coraje y esperanza al afirmar que el periodo más productivo y fecundo de su creación fue entre los 60 y los 80 años.

La vejez como una conquista y no como una tragedia. La muerte como un renacimiento y no como una catástrofe. El fin del cuerpo no como un final, sino como una finalidad: el cuerpo como vehículo prodigioso de nuestro tránsito por este mundo.

Yukio Mishima, antes de suicidarse, decidió esculpirse un bello cadáver a través del fisicoculturismo. Este caso, también extremo, nos ayuda a comprender que el niño debe –desde que puede– empezar a esculpir, con fervorosa esperanza, al viejo maravilloso que dará cuenta a sus semejantes y a sí mismo de lo que fueron sus días.

ÁLVARO RESTREPO HERNÁNDEZ 
Para EL TIEMPO

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