Un delta llamado Alonso Restrepo

Un delta llamado Alonso Restrepo

Semblanza del galerista y coleccionista de arte, escrita por su hijo, el coreógrafo Álvaro Restrepo.

Un delta llamado Alonso Restrepo

Alonso Restrepo de León (Cartagena, 1927 - Bogotá, 2019), fundador de los almacenes El Paraguas Rojo, coleccionista de arte y galerista.

Foto:

cortesía de Álvaro Restrepo

Por: Álvaro Restrepo
28 de octubre 2019 , 09:29 p.m.

Estaba en Yeosu, en el extremo sur de Corea del Sur, cuando recibí la noticia de la muerte de mi padre Alonso Restrepo de León.

Durante tres semanas habíamos estado recorriendo la península coreana con mi colega Marie France Delieuvin, mi compañero Leopoldo J. Combariza y cinco bailarines de la Compañía profesional del Colegio del Cuerpo, impartiendo talleres y realizando presentaciones. A la una en punto de la tarde –hora local–, justo en el momento en que entraba a impartir nuestro último taller, recibí el mensaje de mi hermana Cecilia diciéndome que nuestro padre acababa de morir.

En medio del dolor y de la perplejidad y mientras se planeaba mi regreso anticipado, decidí proseguir con la conferencia inaugural: la centré en la relación cuerpo/tiempo –una de mis obsesiones principales–, hasta el punto de que a veces digo que quisiera cambiarle el nombre a nuestra institución por el de Colegio del Tiempo. Hablé sobre el carácter efímero y frágil de la existencia humana y de la danza (y el arte) como herramientas para esculpir ese cuerpo/tiempo que nos alberga durante nuestro fugaz tránsito por este mundo.

Mientras hablaba, pensaba, por supuesto, en el cuerpo sin vida de mi padre, un hombre que supo hacer de su tiempo (92 años) una vida larga, intensa y fascinante, que yo no dudaría en calificar como una obra de arte. Y como toda obra de arte, llena de contradicciones, claroscuros, demonios y ángeles, abismos y cimas: un periplo vital accidentado, por momentos tortuoso, pero para nada aburrido. Un aventurero sin duda, un pionero en su campo, un abridor de caminos.

Alcancé a mandarle a mi padre un mensaje, gracias a la magia instantánea del WhatsApp, cuando supe de la gravedad de su estado y de su decisión inicial de no someterse a una cirugía muy riesgosa que, a la postre, resultó siendo fatal. Cari, su inefable compañera y cómplice, alcanzó a leérselo:

“Padre mío: me siento muy triste por estar tan lejos en estos momentos. Quisiera acompañarte en esta decisión, la más íntima y definitiva. Te confieso que quisiera encontrarte con vida a mi regreso este domingo. Te quiero muchísimo y todo lo que soy y lo que hago te lo debo a ti y al amor que me inculcaste por el arte y por las cosas bellas de esta vida. No te juzgues con dureza. Viviste con intensidad y plenitud: diste y recibiste mucho amor…”.

Debo confesar que para mí y mis hermanas no fue siempre fácil ser los hijos de Alonso Restrepo, el gentleman de los míticos almacenes El Paraguas Rojo. Especialmente para mí, por ser el único hombre de la primera camada. Hasta el punto de que alguna vez le envié la Carta al padre, de Franz Kafka, ya que sentía que mucho de lo que quería decirle lo había expresado, mucho mejor, por supuesto, el gran escritor checo.

Él fue un volcán, un río o, mejor, un delta, un mar de ideas, proyectos y aventuras.


Nuestro hermano mayor, Gonzalo, autista, sordomudo, un ángel de luz, partió también hace pocos meses, a sus 66 años. Leopoldo me cuenta que saliendo del funeral de ‘Gonza’, oyó decir a mi padre: “Ya me puedo morir tranquilo”. Como si de alguna manera la muerte de su primogénito lo liberara de una obligación que él soportó responsable y amorosamente sobre sus hombros desde los 24 años, cuando concibieron con nuestra madre Judith este hijo frágil y muy dulce.

Durante mucho tiempo mi padre vio en mí el compañero de sus múltiples aficiones y una prolongación de su ser. ¡Una responsabilidad enorme!

Con mi madre y mis tres hermanas, Iliana, Cecilia y Mónica (q. e. p. d.) vivimos quizás la etapa más difícil de su vida: tenía un carácter muy fuerte y en ocasiones explosivo e impredecible que con el tiempo se fue apaciguando y suavizando.

Fueron muchas sus facetas: empresario, comerciante y modelo de ropa masculina, pescador y cazador, poeta, arquitecto,paisajista autodidacta, publicista, criador y juez de perros de raza, ganadero, galerista y apasionado coleccionista de colecciones: arte precolombino, arte colonial, arte contemporáneo, libros y documentos antiguos, armas, bastones, palmas y orquídeas.

En un momento dado convivimos con mi madre y mis hermanas en la bellísima casa/museo campestre de Loma Bonita, en la Floresta, con 50 perros, un águila, un gato montés, un oso pardo, un puma, docenas de faisanes y otras aves.

En ocasiones partía con sus jaurías de perros sabuesos a unas cacerías de varias semanas en los llanos Orientales y la sierra de La Macarena, donde convivía con los indígenas. Se sumergía en pantanos, se extraviaba en la manigua y regresaba insolado, picado por toda clase de bichos y cargado de trofeos de caza –vivos y muertos–: dantas, osos hormigueros, venados, chigüiros, monos. Se hizo colocar un sillín en el capó de su jeep Nissan, tal como lo había visto en la película Daktari, para perseguir y cazar venados a toda velocidad por las llanuras del Meta.

Para darles a ustedes un ejemplo de lo difícil que era seguirle el ritmo a mi padre, les cuento que un día cualquiera nos convocó a su habitación para una junta familiar. Nos anunció a quemarropa que quería proponerle un cambio radical de vida a la familia: nos iríamos a vivir a los Montes de María, más exactamente a Ovejas, Sucre.

Compraríamos una finquita, nos volveríamos campesinos, agricultores y ganaderos; gente sencilla. No iríamos más al colegio, pues él nos enseñaría todo lo que él sabía.
Mi padre no terminó el bachillerato. Fue un autodidacta neto y nato. A mí no me desagradó del todo la idea, pues era mi oportunidad de escapar de la tortura del Colegio San Carlos, donde languidecía desde hacía varios años. Mis hermanas ‘Ceci’ y ‘Moni’, menores que yo, supongo que no entendían bien qué implicaba esta revolución. Mi madre, una mujer dulce y abnegada, estaba dispuesta a seguir a su marido. Mi hermana Iliana, en cambio, en plena adolescencia urbana, fue quien puso el grito en el cielo y amenazó con quitarse la vida. Finalmente, él desistió. Pero de sobresalto en sobresalto, así transcurría la vida con mi padre.

Él también coleccionó matrimonios, amores e hijos. Luego de separarse de mi madre, después de 23 años de matrimonio, se casó con Paulina Lobo, ‘Pau’, con quien tuvo a nuestros tres hermanos, Lino Pastor, Ximena y Cristina. A ellos les tocaron otras etapas y otras facetas de la variopinta personalidad de mi padre que yo desconozco en profundidad. Son ellos quienes pueden dar cuenta de lo que fue su historia con el patriarca, ya entrando en su otoño.

Y luego llegó a su vida la hermosa Caridad Domínguez, ‘Cari’, a quien yo no dudaría en calificar como la mujer de su vida. El gran bolerista Sofronín Martínez se lo pronosticó en la taberna La Quemada en Cartagena: “¡Tú, Alonso, de esos ojos no vuelves a salir más nunca!”. Y así fue: hasta el final de sus días, y durante más de cuarenta años, los enormes ojos cubanos de Cari fueron su refugio y su remanso.

De esa unión nació nuestro hermano menor, Santiago Alonso, a quienes mis sobrinos llamaban el Tío Bebé por ser más joven que ellos. ‘Santi’ se crió en la Jagua, Huila. Es nuestro hermano jaguaiano, en esa etapa en que mi padre sí cumplió con ‘Cari’ su sueño de vivir durante más de nueve años una vida de paz rural, criando cabras, pájaros y árboles frutales.

Él fue un volcán, un río o, mejor, un delta, un mar de ideas, proyectos y aventuras. Sin lugar a dudas, mi padre vivió la vida que quiso y dejó en todos nosotros un rastro intenso, apasionado y de una gran riqueza y complejidad. Elegancia, estilo, carácter y un humor histriónico y agudo. Sin duda, todo un personaje: ¡un acontecimiento humano!

Buen viento, padre. ¡Buen viento y buena mar!

Un recuerdo de su faceta como poeta

“Cuando yo tenía mi tristeza
y la sacaba a pasear como si fuera un perro compañero;
cuando yo hacía versos por mi pena

y los soltaba al viento mañanero
y me los devolvía la luna de los poetas
con lágrimas de almendro;
cuando mi pena era una goleta
y visitaba islas de misterio
Y violaba con su quilla los puertos;

cuando yo me sentía que moría
porque apenas vivía en tu recuerdo
Y la tarde amarilla de tus cielos
regalaba su cobre a mis desvelos.
Cuando tanto sufría
era casi feliz…

Así tenía tu aroma de secretos
y eras la luminaria de mis noches
y eras la aparición en mis desvelos.

Pero hoy, cuando se ha muerto la nostalgia
y me aniquila esta quietud burguesa,
echo de menos a ese viejo perro
que por tu causa lo llamé tristeza”.

Alonso Restrepo de León

ÁLVARO RESTREPO
Seúl - París, 24 de octubre de 2019

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