Arenas Betancourt: el judío errante en busca de un museo

Arenas Betancourt: el judío errante en busca de un museo

La familia del artista colombiano ha intentado organizar en un sitio su legado. Falleció en 1995.

Arenas

Arenas es el escultor del ‘Bolívar desnudo’, en el parque principal de Pereira.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya*
07 de noviembre 2019 , 08:02 p.m.

En el 2002, por iniciativa del expresidente Alfonso López Michelsen y con el apoyo de la bancada antioqueña en Cámara y Senado, el Congreso de la República aprobó la Ley 748 de honores a la vida y obra del escultor Rodrigo Arenas Betancourt, autor de los más importantes monumentos públicos en el país (Lanceros del Pantano de Vargas y Bolívar desnudo, entre muchos otros).

La viuda del maestro Arenas, María Helena Quintero, y sus dos hijos estaban felices. No era para menos. La nueva ley incluía cuantiosos recursos económicos tanto con el aporte inicial de 1.800 millones de pesos como a través de la emisión de una estampilla conmemorativa que permitiría recaudar treinta mil millones más.

En esta forma –pensaban– harían por fin realidad el sueño de hacer un museo en honor, claro está, a su esposo y padre,
pero también a ese gran artista nacional y latinoamericano, preservando su obra, su legado, sus libros y manuscritos, sus bocetos y esculturas, que ellos tenían orgullosos en su casa de Caldas, Antioquia, pero en condiciones inadecuadas.

Por fortuna, el municipio de Sabaneta ofreció un lote amplio, “muy hermoso”, para construir el museo o, mejor, el Centro Cultural Rodrigo Arenas Betancourt. Todo parecía marchar sobre ruedas, pero…

Honores, pero sin plata

Ningún gobernador de Antioquia presentó el proyecto requerido a la Asamblea para la emisión de la estampilla, al tiempo que el Ministerio de Cultura dijo siempre no tener dinero para hacer el cuantioso aporte aprobado, ¡que superaba el monto de su presupuesto anual!

Pasaban los años sin que la norma en cuestión se aplicara. Por fortuna, en 2010, tras casi una larga década de espera, la señora Quintero vio la posibilidad de sacar adelante su proyecto cuando Juan Manuel Santos, quien había firmado esa ley como ministro de Hacienda, asumió la Presidencia de la República.

De inmediato, le escribió una carta al primer mandatario con los detalles pertinentes, confiada en su acogida por estar allí estampada la firma presidencial, y se sentó otra vez a esperar.

De acuerdo con los trámites oficiales, la oficina jurídica de Presidencia estudió la ley, pero la remitió de inmediato, para las consultas de rigor, al Ministerio de Cultura, donde le respondieron, al margen ya de la escasez de presupuesto, que por ser una simple ley de honores no había que cumplirla ni por tanto dar los enormes recursos solicitados.

El alto gobierno, como era de esperarse, acogió dicho concepto, enterrando de una vez por todas las medidas económicas contempladas en las disposiciones legales.

Ante esto, sin embargo, la familia de Arenas no se dio por vencida. María Helena, conocedora de ser Pereira la ciudad más cercana a los afectos del artista por encima de su tierra natal, fue hasta allí a promover, con el apoyo de personalidades locales, la creación del museo Rodrigo Arenas Betancourt con todas sus obras en bronce, yeso y papel, incluso realizando muchas de ellas que apenas están en dibujo o fotografía.

La acogida fue extraordinaria, tanto que se pensó en un lugar abierto, nada menos que en el parque Olaya Herrera, para exhibir varias esculturas de gran formato (como se hizo con las de Fernando Botero en el parque Berrío de Medellín), y acondicionar en la hermosa Estación del Ferrocarril, que por algún tiempo fue sede de la Biblioteca Pública Municipal, el edificio del museo, hecho obviamente con todas las especificaciones técnicas.

está todo este legado artístico, de valor incalculable, almacenado en bodegas, en pésimas condiciones porque no tenemos la técnica, ni el manejo ni los recursos para preservarlo

De nuevo, por desgracia, la mala fortuna se atravesó. Ahora se tendrá en ese sitio, según las últimas noticias, una escuela de gastronomía, perdiendo así la perla del Otún, centro por excelencia del Eje Cafetero que ahora es Patrimonio Cultural de la Humanidad por declaratoria de la Unesco, la posibilidad de ofrecer a propios y extraños un centro artístico de primera categoría, único en el mundo.

“Arenas es un judío errante con su museo”, sostiene María Helena Quintero, quien fuera su inseparable compañera durante veinte años, hasta la muerte del artista en 1995.

Llamado de alerta

“Ahí está todo este legado artístico, de valor incalculable, almacenado en bodegas, en pésimas condiciones porque no tenemos la técnica, ni los conocimientos, ni el manejo ni los recursos para preservarlo”, comenta la viuda, quien anota que la propia directora del Museo Nacional lanzó un llamado de alerta al ver que importantes documentos comienzan a desaparecer, devorados por los hongos, por la humedad, por la desidia del Estado y hasta del sector privado en el marco de su responsabilidad social con la cultura.

Ahí está ese legado, en su casa del municipio de Caldas, donde Arenas Betancourt tenía su taller, que ahora es sede, gracias al esfuerzo familiar, de la fundación que lleva su nombre, la cual busca a toda costa preservar un patrimonio cultural de los colombianos, de todos nosotros.

Sobre el museo, no le queda sino una luz de esperanza: Pereira, en cuyo parque principal se levanta el soberbio Bolívar desnudo,
la obra que el maestro consideraba más bella, más interesante y la que más quería; donde hay cinco esculturas suyas (que incluyen el Monumento a los Fundadores, el Cristo sin cruz y el Cristo-Prometeo en la Universidad Tecnológica, así como su único mural, en el edificio del Seguro Social), el mayor número después de Medellín, y donde –asegura María Helena, emocionada– las gentes vibran cuando escuchan el nombre del artista, cuando se le rinden homenajes y cuando las contemplan, dando vueltas a su alrededor.

Por ello, con sobrados méritos, Rodrigo Arenas Betancourt fue protagonista del reciente sesquicentenario de la fundación de Pereira, con una amplia exposición en la sede del Concejo Municipal, antigua residencia del poeta Luis Carlos González, mientras el Bolívar desnudo, que ya celebró su cincuentenario, sería restaurado al igual que el Monumento a los Fundadores, donde la figura de Prometeo se alza sobre los relieves laterales que reviven la proeza de los colonizadores antioqueños.

La alcaldía, además, tiene a su consideración un proyecto, también de la fundación, para el parque del barrio Cuba, cuya realización daría a numerosas familias humildes, de un vasto sector popular, tener la dicha de pasearse en torno a La nueva vida, una escultura monumental que representa a una pareja con su hijo en las formas alegóricas, plagadas de símbolos, características del artista.Entretanto, el judío errante sigue en busca del museo, de su museo, donde pueda finalmente descansar en paz.

JORGE EMILIO SIERRA MONTOYA
Para EL TIEMPO
​*Escritor y periodista. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana
de la Lengua

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