Viaje al corazón del ballet ruso

Viaje al corazón del ballet ruso

EL TIEMPO visitó los principales escenarios de este arte, como antesala a la ‘Gala del ballet ruso’.

Ballet ruso

Kirill Safin y Oksana Bondareva, dos de los bailarines que estarán en Bogotá.

Foto:

Cortesía del artista

Por: Yhonatan Loaiza Grisales - Moscú*
01 de junio 2019 , 11:10 p.m.

Está por empezar el verano en Rusia, la temperatura se aleja de los fríos glaciales y la oscuridad de la noche solo domina la ciudad durante unas cuantas horas. Durante el día, unas pequeñas semillas que salen de los álamos de la ciudad de Moscú rasgan la atmósfera haciendo un pequeño baile aéreo, que termina cuando se estrellan en el suelo, o contra la cara de algún transeúnte. 

Mientras estas pequeñas partículas hacen su corto recorrido, en la plazoleta cercana al Teatro Bolshoi una pequeña niña intenta una posición de ballet frente a las fotos de grandes leyendas que han pasado por ese escenario. Aunque pierde el equilibrio, anima a su madre para que no decaiga en esa corta sesión fotográfica. Este espontáneo homenaje es una muestra de la importancia que este arte tiene en la vida de Rusia, pues además de sus estilizadas construcciones zaristas, de las imponentes edificaciones soviéticas, de los martillos y de las hoces, el torrente de la historia rusa también está compuesto por la devoción al ballet.

Ese inmenso edificio que decora las fotos de la pequeña bailarina es uno de los símbolos más importantes de esta disciplina. Detrás de su fachada, sostenida por ocho inmensas columnas de un blanco impoluto, hay una construcción que bien podría ser un palacio, pero cuya sala interior está reservada para una actividad artística casi diaria, que se divide en conciertos de música clásica y espectáculos de ópera y de ballet. El último domingo de mayo, el turno para el ballet es con 'La leyenda del beso', como homenaje al fallecido compositor Arif Malikov.

En el techo, diez ángeles que rodean una inmensa lámpara con decorados dorados vigilan desde su palco celestial a los más de 2.100 asistentes a la función de esta noche. Es un número que se repite durante todo el año, pues las funciones del Bolshoi usualmente tienen lleno total y están agotadas durante meses. Sus bailarines, esos seres que parecen haber evolucionado un paso más allá que el resto de los humanos, han tenido que superar años de estudio y continúan con entrenamientos diarios para ganarse un lugar en ese codiciado escenario.

Justamente uno de sus primeros bailarines (esta es la categoría superior junto a la de prima ballerina), Alexander Volchkov, cambiará el escenario del Bolshoi por el del Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá este martes 4 junio, como parte de la gala ‘Grandes estrellas del ballet ruso’. Para Volchkov, que lleva 20 años bailando en este templo de la cultura, este tipo de presentaciones son una oportunidad para poder llevar el arte del ballet a todos los escenarios del mundo (en Colombia, se presentará junto a primeros bailarines de otros teatros de Rusia).

El artista cuenta que entró a este mundo por un deseo materno –su madre quería ser bailarina pero como no pudo, le heredó su deseo a su hijo–. En su promoción se graduaron 30 bailarines, solo cinco entraron al Bolshoi y él es el único que alcanzó el peldaño más alto en este teatro.

Esa posición requiere un férreo entrenamiento diario, que este domingo lo lleva a las 10 de la mañana a una de las salas de ensayo del Bolshoi. Es un gran salón repleto de espejos gigantes, cuyo piso está levemente inclinado, y en el que se forman por hileras los integrantes del ballet para realizar este perentoria rutina.

Ballet ruso

Alexander Volchkov, primer bailarín del Bolshoi. 

Foto:

Cortesía del artista

“Es como precalentar un carro, es algo que tenemos que hacer todos los días. Si no lo hacemos, no tenemos el cuerpo totalmente caliente y en el escenario podríamos resultar con una lesión gravísima, de tendones o algo por el estilo”, asegura Volchkov.

Durante el ensayo, el bailarín está en el centro del salón, bañado por los pocos rayos de sol que logran colarse por el techo y saltando lateralmente impulsado por su pie derecho. A medida que avanza la jornada, él y sus compañeros van abandonando capas de sus atuendos, mientras practican las diferentes posiciones del ballet. En ellas se puede ver la flexibilidad del ascenso del cuerpo, la elegancia del descenso con la mano extendida, la flexibilidad de los giros y la fuerza de sus pies de apoyo, que bien podrían tener la firmeza de un riel ruso.

Es una coreografía en la que brillan la magia y la belleza de la repetición. Hay un encanto innegable, y eso que solo están calentando. Este es el requisito para afrontar cada noche de función, pues la presión es alta, ya que se enfrentan a un público exigente que conoce los clásicos del repertorio.

“El teatro más difícil para bailar es este, que es el teatro de casa. Siempre doy lo mejor de mí, pero hay partes donde uno puede cometer un error y siempre se van a acordar porque ellos me están viendo todo el año. Es mi público y por eso realmente me preocupo mucho para que todo salga bien”, explica Volchkov.

Tras el entrenamiento, y haciendo un rápido recorrido por estas dos décadas de carrera, Volchkov evoca su papel favorito, como Iván, el terrible, en la pieza el primer monarca ruso en adoptar el título de zar. Además, recuerda lo que sintió antes de subirse por primera vez al escenario del Bolshoi.

“Hay una expresión en ruso:Nel’zya ob’yat’ neob’yatnoe, que quiere decir ‘Algo que no se puede abrazar’... Es una sensación grandísima y además tenía una gran responsabilidad”, recuerda el bailarín.

***

El teatro más difícil para bailar es el Bolshoi, que es el teatro de casa.

Además de la cortina musical que crean las notas que interpreta la orquesta que está en el foso, en el escenario también hay una pequeña sinfonía. No todo el mundo la puede escuchar, solo quienes tienen un privilegiado asiento en la tras escena del Teatro Alexandrinsky, que en este momento está presentando la versión del clásico 'El lago de los cisnes', del Ballet Tchaikovsky.

Los sonidos de esta sinfonía privada nacen cuando las zapatillas de las bailarinas tocan el maderamen del escenario. Son unas efímeras notas, que se ahogan en pocos segundos, pero generan un complemento prodigioso a los movimientos de esos preciosos cisnes humanos, que dan la sensación de estar hechas de cristal.

Al lado del escenario de este teatro de San Petersburgo, el más antiguo de Rusia, el primer bailarín Sergey Kononenko revolea su mano derecha, como si estuviera dirigiendo la orquesta. Kononenko está por ingresar de nuevo a escena para seguir con su interpretación del príncipe Siegfried, el enamorado de la princesa Odette en esta historia de amor, tal vez el ballet más popular de la historia.

Kononenko se define como una persona emocional y eso se siente en su interpretación: su rostro exhibe del dolor del rechazo o el éxtasis del amor correspondido. “El ballet es un arte sobre sentimientos. Es mucho más que técnica, hay emociones que los artistas puedan darle al público con su alma. Esto es muy importante para nosotros, porque hay muchos bailarines con buena técnica, con buena extensión, pero que no demuestran los sentimientos”, dice el artista, que también estará en la Gala de Ballet en Bogotá.

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Tras bambalinas de 'El lago de los cisnes'.

Foto:

Cortesía del artista

Esta declaración es una de las teorías sobre por qué los bailarines rusos son tan apreciados en el mundo. Antes de su función de El lago de los cisnes, Kononenko compartía una de las mesas del restaurante Teatro junto a Igor Kolb, primer bailarín del Teatro Mariinsky, y Kirill Safin e Ivan Sitnikov, primeros bailarines que estuvieron varios años en el Mariinsky y ahora tienen carreras en solitario.

Estos tres intérpretes, que complementan el elenco que se presentará en el Jorge Eliécer Gaitán, también lanzan sus hipótesis sobre la calidad del ballet de su país. “Igor dice que es algo que tiene que ver con el alma rusa, Kirill dice que con la escuela. Y yo digo que es una síntesis, una combinación de la escuela y del alma”, asegura Sitnikov.

San Petersburgo, que queda al noroeste de Moscú, es otra de los epicentros del ballet mundial, pues tiene academias como la Vaganova, una de las más importantes de este arte, y teatros como el Alexandrinsky y el Mariinsky. Por este último, han pasado bailarines históricos como Mikhail Baryshnikov, Rudolf Nureyev, Anna Pavlova y Natalia Makarova.

También es una ciudad llena de escuelas de ballet. Kirill Safin, por ejemplo, creó una junto a su hermana gemelo Igor, quien también bailó en el Mariinsky pero debió retirarse debido a una lesión. Una de las alumnas de Igor es una niña de once años, que en una de sus sesiones está sentada con sus pies estirados lateralmente; lentamente los empieza a elevar hasta llevarlos detrás de su cabeza. Es un esfuerzo que sugiere que su cuerpo no está hecho de carne y huesos, sino de un material más maleable.

Ballet ruso

La bailarina Anastasia Lomachenkova, solista del Mikhailovsky, durante la escena de ‘La muerte del cisne’. 

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Cortesía del artista

Los Kirill trabajan con niños de cinco años hacia adelante, no solo para fortalecer y cuidar sus cuerpos, sino para ayudarlos a entrar a las academias. “Cuando yo era estudiante necesitaba clases extras, ahora en nuestra escuela tenemos estudiantes de la Academia Vaganova, que trabajan individualmente para sus metas, para mejorar su técnica … Incluso vienen de otras ciudades de Rusia y de otros países”, dice Igor Kirill.

Según el artista, los bailarines suelen llamar a los grandes teatros profesionales ‘cementerios de talentos’, porque no todos los estudiantes que se gradúan de las academias pueden abrirse camino en ellos y tener suficiente fortaleza para ser exitosos. “De diez estudiantes que se gradúan, solo uno se puede convertir en un primer bailarín o una prima ballerina. Tienes que soportar mucho para conseguir tu objetivo”, complementa.

Los bailarines han encontrado espacios más allá de esos escenarios, como estas galas que usualmente son protagonizadas por artistas formados en diferentes escuelas, lo que les plantea el reto de sincronizar sus estilos para cada presentación. “Es una mezcla de culturas, este dialecto entre diferentes artistas en un placer para nosotros como bailarines”, afirma Kirill Safin.

Puede ser que la fortaleza del ballet de este país venga de la disciplinada rutina de preparación de sus bailarines, que les permite estirarse hasta llegar a ángulos inconcebibles, o de la expresividad de sus rostros, o del alma rusa… Pero en realidad es un secreto, es algo que no se puede abrazar.

Detalles de la gala

En la gala ‘Grandes estrellas del ballet ruso’, que también contará con las ‘prima ballerinas’ Anastasia Lomachenkova y Oksana Bondareva, se interpretarán pasajes de ballets clásicos como ‘El lago de los cisnes’, ‘El corsario’, ‘El cascanueces’, ‘Don Quijote’ y ‘La sílfide’, entre otros. Única función: 4 de junio, a las 8 p. m., en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán. Carrera 7 n.° 22-47, Bogotá. Boletas desde 70.000 hasta 140.000 pesos. Informes: 810-4609.

Yhonatan Loaiza Grisales
Cultura y Entretenimiento
En Twitter: @YhoLoaiza
*Por invitación de la Fundación Escenarios de Vida

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