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‘Tejer una roca’: la retrospectiva de Olga de Amaral en Houston
Artista colombiana Olga de Amaral

Olga de Amaral tiene 89 años. Sus obras con tejidos abarcan todo tipo de materiales.

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DIEGO AMARAL. ARCHIVO DE LA ARTISTA

‘Tejer una roca’: la retrospectiva de Olga de Amaral en Houston

Olga de Amaral tiene 89 años. Sus obras con tejidos abarcan todo tipo de materiales.

El Museo de Bellas Artes le rinde un homenaje a una de las artistas colombianas más importantes.

La reciente exposición de Olga de Amaral en el Museo de Bellas Artes de Houston constituye una espléndida oportunidad para reflexionar sobre su talento y el logro de su obra.

Para nadie es un secreto que se trata de una de las figuras más notables de la plástica no solo latinoamericana sino internacional, ya que su trabajo ha sido exaltado recurrentemente por críticos y curadores de todo el mundo.

La actual exposición permite reiterar los argumentos que han llevado a concluir que su producción es simultáneamente local y universal, concreta y volátil, poderosa y sutil.

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Olga de Amaral se expresa artísticamente a través de tapices, pero el talante y las características de sus trabajos han conducido a que sean considerados frecuentemente como pinturas, como esculturas, y como instalaciones. Su obra tiene profundas raíces nacionales, pero simultáneamente hace gala de una creatividad y contenido estético de trascendencia ilímite, combinación que ha sido un viejo sueño de los artistas latinoamericanos y de la cual deviene la particularidad y definida personalidad de su producción.

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Su trabajo se inició en los años sesenta del siglo pasado, cuando, después de estudiar en los Estados Unidos, comenzó a aplicar conceptos propios de la modernidad plástica a la elaboración de tejidos en lana que hacían patente una cuidadosa observación de los materiales y las técnicas de los textiles artesanales del país.

Desde ese entonces se hizo claro que entre los principales pilares de su obra se contaría una especial atención a las peculiaridades expresivas del color, que en esta primera etapa era vivo y contrastado, pero cuya intensidad e implicaciones cambiarían a lo largo de su trayectoria, constituyéndose en un elemento fundamental de sus designios creativos.

También se hizo manifiesta desde entonces una definida inclinación por las composiciones geométricas que serían fundamentales para enriquecer el significado de sus trabajos en busca de la sublimación del placer estético, y se evidenció igualmente una señalada consideración de las distintas posibilidades estructurales del tejido, que varían frecuentemente y resultarían esenciales en el establecimiento de significativas relaciones de su producción con el espacio, en la sintonía de su obra con los ámbitos donde se presenta.

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En consecuencia, a partir de la década del setenta sus obras empiezan a desprenderse de los muros y a desplegarse y a crecer tridimensionalmente, acoplándose con la arquitectura y energizando y organizando los espacios mientras los iluminan con una luz particular a base de transparencias y reflejos.

No hay que olvidar que en la Bauhaus, la famosa escuela alemana de arquitectura y arte, los tapices eran vivamente admirados, gracias en parte a la labor de Anni Albers, quien se considera la introductora del tapiz en la modernidad artística.

El magnetismo que algunos atributos de la arquitectura han ejercido sobre Olga de Amaral se haría cada vez más evidente es estas nuevas obras, exentas, poliédricas, sin frente ni revés, que se internan en los espacios de la vida, invitando al observador a disfrutarlos desde los más diversos puntos de vista.

Son obras que también hacen manifiesta la permanente experimentación de la artista con la disposición de sus piezas, que en ocasiones penden de soportes pero que parece que se elevan, gracias a la más fuerte consistencia de sus elementos constitutivos. Nuevos materiales como el polietileno, que intensifica y diversifica la luz, y como la crin de caballo, la cual les aporta brillo y una definida fortaleza, subrayaron entonces la libertad y ambiciones de sus planteamientos.

Olga de Amaral se expresa a través de tapices, pero el talante y las características de sus trabajos han conducido a que sean considerados pinturas o instalaciones.

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KAELI DEANE. ARCHIVO DE LISSON GALLERY

Por otra parte, la artista empieza a acudir a componentes pretejidos elaborados en un taller que dirige y que permiten comprobar su convicción de que el arte es un concepto, una idea, una creación, en su caso visibilizada a través de una manualidad.

Más adelante comienza a adherir dichos componentes a un tejido base, en tanto que su producción continúa enriqueciéndose con nuevas técnicas y nuevos contenidos. Investiga sobre la calidad rústica de algunas fibras y produce trabajos con tonalidades tierra, crudas, naturales, de donde devienen imágenes orgánicas, como de hojarasca, como de follaje, claramente evocativas de la vegetación andina.

Pero son obras que también proyectan cierto aire hierático y cierta apariencia de elementos de un ceremonial, no siendo extraño que críticos y expertos como el afamado diseñador Jack Lenor Larsen y la acreditada curadora Mildred Constantine se hubieran referido a esta etapa de su producción como al resultado de ciertas contracorrientes: “Pasión contra lógica, sensibilidad contra organización y espontaneidad contra disciplina”.

En los últimos años Olga de Amaral ha intervenido más directamente en el diseño de los elementos preelaborados, comisionándolos en lino y algodón y recubriéndolos con una delgada capa de yeso sobre la cual, siguiendo la técnica empleada para cubrir marcos y altares en el período colonial, se aplica la delicada laminilla conocida como pan de oro, cuyos destellos son determinantes tanto en su aspecto como en sus sugerencias.

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La obra ‘Muro tejido 82’, de 1972, forma parte de la exposición ‘To Weave a Rock’ en Houston.

Foto:

KAELI DEANE. ARCHIVO DE LISSON GALLERY

Una argumentación de tipo cultural se cuenta, por lo tanto, en el marco teórico de su producción, y no solo como prolongación de la tradición textil tan fuertemente arraigada en el país, sino como presencia evocadora de ritos y manifestaciones artísticas de particular significación en la historia nacional. El oro, por ejemplo, no solo resulta evocativo de las iglesias barrocas neogranadinas, donde titila subrayando la mezcla de elementos aborígenes y europeos que dio origen a las sociedades latinoamericanas, sino que fue el material más propicio para la expresión artística y mítica de las culturas prehispánicas en el territorio colombiano, proveyendo iluminantes datos sobre su organización y cosmogonía.

La artista utiliza además otros colores como un azul fuerte que en ocasiones combina con el oro y como el negro, que mezcla a veces con la plata, y como otros, a veces volátiles y a veces definidos de acuerdo con los requerimientos de las formas, y con los cuales ejecuta, por ejemplo, trabajos verticales, que son como columnas, pero que cuelgan desde nudos, que parecen aludir conceptualmente a esa noción fundamental en el área del tejido, la atadura y, por consiguiente, al germen de sus obras.

Estos colores se presentan igualmente en trabajos que se extienden como instalaciones para transmitir, mediante su distribución en los recintos donde se exhiben, el sentimiento o la idea de un ámbito sagrado, de un centro ritual, haciendo evidente, al igual que con su notoria libertad formal, una clara sintonía con la actualidad artística internacional.

En la exposición de Houston, por ejemplo, figura su obra Brumas, la cual se tuvo la oportunidad de apreciar en Bogotá en el Museo de Arte Moderno como parte de la exposición ‘De la línea al espacio’, que incluyó igualmente obras de su esposo, Jim Amaral, y del joven antioqueño Ricardo Cárdenas, y en la que el hilo de sus tejidos proveía las líneas que daban origen a la tridimensionalidad.

En Brumas el espacio toma una relevancia decisiva, pues la obra se despliega inundándolo de delicadeza, color y transparencias e invitando a recorrerla en todas direcciones.

Son obras que permiten observar algunas formas, como cuadrados y rectángulos, que aparecen y desaparecen a través de los hilos, dando al espectador la inusual posibilidad de apreciar simultáneamente la obra y los varios planos que se vislumbran a través de ella. La luz sigue siendo un elemento primordial, pero ahora se trata de una luz evanescente, en perfecta sintonía con la actitud contemplativa que demanda la exposición en su totalidad.

Brumas fue calificada por el crítico norteamericano Andrew Dansby como “fascinante desde todos los ángulos. Los delicados hilos muestran un color casi extraterrestre, con formas interiores que parecen holográficas cuando uno los rodea. Aunque enmarcados de manera rectangular, invitan a dar vueltas los colores nerviosos y móviles a medida que los ojos del espectador se mueven a su alrededor. El trabajo de De Amaral ha sido llamado ‘arte alquímico’, y es fácil ver por qué. Hay una colisión de arte, matemáticas, ciencia y magia dentro de ella”.

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Algunos de sus trabajos pueden considerarse abstractos, ya que permiten reconocer su carácter geométrico y el origen intelectual de su creatividad, pero otros son alusivos al mundo, al universo, figurando la Luna y el Sol entre sus más asiduos referentes, y por ende, la inmensidad, la infinitud, como las dimensiones conceptuales de su obra. Si los unos atestiguan el carácter reflexivo de su producción, los otros certifican los extensos alcances de su imaginación.

Ambiente de la exposición ‘To Weave a Rock’ (‘Tejer una roca’), en el Museo de Bellas Artes de Houston. 

Foto:

KAELI DEANE. ARCHIVO DE LISSON GALLERY

El título de la muestra del Museo de Houston, ‘Tejer una roca’ fue, según Dansby, una tarea que la artista les dio a sus estudiantes hace 50 años. Ella misma emprendió su cometido haciendo manifiesta su admirable versatilidad al llevar a cabo su temprana obra Jardín de piedras, que aludía directamente a elementos que no tuvieron ni van a tener vida, y con la cual hacía claro su apego a la naturaleza tanto orgánica como mineral. Es más, en algunos de sus últimos trabajos se refiere a los fósiles o restos y huellas de animales conservados en las rocas, los cuales representan una combinación de lo orgánico y lo inorgánico, de la biología y la arqueología, inusualmente aplicadas a una expresión simbólica.

Pero más relevantes en este sentido son sus Estelas, piezas que aluden al rastro que deja tras de sí un cuerpo en movimiento y que en ese sentido coincide con la elusiva ubicación de los reflejos que despide su superficie iridiscente. Pero son tapices que se refieren igualmente a la piedra, aunque a ese tipo de piedras calizas de diferente tamaño que en culturas precolombinas como la maya se tallaban y reunían en altares y las cuales, en su conjunto, remiten a ámbitos sagrados e invitan al recogimiento. Son obras, por consiguiente, que orientan hacia la historia, pero que, por la variedad de sus recursos y la extensa validez de sus pronunciamientos, se hallan inmersas en los amplios dominios de la contemporaneidad.

No es extraño, por consiguiente, que el término ‘sublime’ se haya utilizado frecuentemente en relación con sus trabajos, y más aún si se considera que a pesar de su silencio y serenidad, sus obras se proponen agitar y mover el espíritu. Su producción incita a reflexionar sobre temas inevitables y provocadores como la soledad y la eternidad, al tiempo que proyecta un ánimo de grandeza, un propósito de belleza extrema capaz de llevar al espectador a un éxtasis visual propicio para la introspección.

La exposición de Olga de Amaral en el Museo de Bellas Artes de Houston, entidad que alberga el Centro Internacional para las Artes de las Américas, y el homenaje que se le rindió recientemente en el Museo Metropolitano de Nueva York son acaecimientos de verdad consagratorios y que reiteran la importancia de su obra, su gran aporte al arte del siglo XX y comienzos del XXI, y su logro en la consolidación de un trabajo que si bien conduce a un regodeo sensual, también es propicio para alimentar el intelecto.

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EDUARDO SERRANO
*Eduardo Serrano es crítico de arte y curador

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