Ernesto Jiménez, un gigante de la arquitectura

Ernesto Jiménez, un gigante de la arquitectura

Son más de 200 los proyectos construidos por este arquitecto, fallecido a los 87 años.

Ernesto Jimenez, arquitecto

Ernesto Jimenez (1931-2019) falleció el pasado 4 de febrero.

Foto:

Cortesía Gabriel Aponte / ‘El Espectador’

Por: Miguel Silva
16 de febrero 2019 , 09:47 p.m.

Cuando estábamos en primaria y jugábamos en la carrera cuarta con carros de balineras y a las guerras con trompos de eucalipto, lo veíamos pasar en su Fiat 1500, color vino tinto. Llevaba siempre las ventanas abiertas, aun en días de lluvia, y fumaba. Pasaba frente a nosotros, saludaba con la mano y sonreía. Ernesto el ‘Negro’ Jiménez siempre sonreía.

Como era amigo de mi padre en la doble condición de arquitecto y ajedrecista que ambos compartían –Silva Chereau y el Negro Jiménez se encontraban una noche a la semana con los demás compañeros del club de ajedrez Adela, que habían ayudado a crear–, Ernesto era de la familia. Como uno de esos tíos que son más tíos que los tíos, porque son solo simpatía y no alardean de jurisdicción alguna. A eso se sumaba que teníamos una especie de cariño heredado, y bien administrado, con Ángela, Jorge Alberto y Mauricio, sus hijos.

Con el paso de los años fui conociendo al gigante que había detrás de ese amigo sonriente de mi padre, que tenía una mirada siempre interesada en el otro. Porque Ernesto Jiménez era, hasta el día que murió, hace unas semanas, una especie de hombre del Renacimiento y, tanto para mí como para muchos otros, un gigante. Uno de esos que ya casi no existen.

Hace relativamente poco nos sentamos a hablar, en una reunión promovida por su hijo Mauricio, sobre el último de sus sueños. Y como los sueños suelen describir mejor a los hombres que su biografía, cuento el cuento del último sueño de Ernesto Jiménez.

Resulta que Ernesto se enamoró de Barichara hace años. Allí, con su hija Ángela, también arquitecta, construyó primero una casa y luego, un hotel. Pero con el paso de los años se obsesionó por crear algo que lograra impactar toda la región, a través de generar empleo, contacto con la naturaleza, educación, capacitación, turismo y ciencia: un renacentista en Barichara.

Así que compró 25 hectáreas en la carretera que va de Barichara a San Gil y empezó a dibujar. Ernesto Jiménez dibujaba como los arquitectos de antes, con estilógrafo, tinta negra y trazos fáciles. Dibujó casas, dibujó lagos, con tinta china azul, y jardines y árboles, con tinta china verde, y de pronto apareció su sueño.

“Imagínate –me dijo– una especie de parque público que exalte la convivencia, la solidaridad y la equidad. Allí tendremos instituciones culturales y de servicios que hagan accesibles a los habitantes de la región y a los visitantes o residentes la educación, el deporte, las ciencias, las artes y la tecnología”.

Compró 25 hectáreas en la carretera que va de Barichara a San Gil y empezó a dibujar. Ernesto Jiménez dibujaba como los arquitectos de antes, con estilógrafo, tinta negra y trazos fáciles

Le preocupaba la educación de la primera infancia y quería que allí se resolvieran los problemas de los modelos existentes. Quería que los avances de la telemedicina pudieran ser utilizados en Montechico, para beneficio de miles de personas, y pensaba construir vivienda, sin duda su mayor destreza, para que los residentes ayudaran a que el sistema fuera sostenible. Un centro comercial aprovecharía el flujo importante de tránsito terrestre de la vía; y todo ello estaría acompañado de talleres, ya existentes, sobre objetos reciclados, de tierra y artesanales, de carpintería, textiles y papel, que hoy por hoy ya generan ingresos para la gente de la región. El proyecto incluye además (a riesgo de decir incluía) espacios deportivos y hogares infantiles para apoyar a las madres trabajadoras.

Ernesto encontró en Barichara, con Montechico, en el final del camino, la posibilidad de crear y desarrollar una alternativa al caos urbano; de construir una comunidad diversa en un mundo rural, en torno de unos servicios básicos de salud, educación, cultura y comercio local. En síntesis, un lugar de convivencia pacífica, de ayuda mutua, donde se cerraran las brechas y fuera posible construir la paz entre ciudadanos en el territorio, la paz verdadera.

Nada de ello se entiende –es más, sería apenas una quijotada– de no conocer la trayectoria de Ernesto Jiménez. Ayuda a entenderlo todo si uno piensa que todo arquitecto talentoso (y, sí, exitoso) debería tener un sueño similar.

Al ‘Negro’ Jiménez lo marcaron mucho sus dos universidades: la de los Andes, y la de Illinois. Luego de pasar por el Liceo Francés y de ser parte de la primera promoción de la facultad de Arquitectura de los Andes, Ernesto viajó a la Universidad de Illinois, que entonces era el campus más grande de Estados Unidos, donde se graduó de arquitecto en 1954.

A su paso por los Andes, varios profesores lo marcaron profundamente. Decía:

“Nuestros profesores de taller fueron Dicken Castro, quien nos enseñó a ver la belleza del mundo y de la vida, y Álvaro Ortega, notable arquitecto e inventor titulado en Harvard, quienes dividieron el taller en dos secciones, la primera de las cuales, Diseño Básico, nos puso en contacto con los elementos que conforman el espacio, línea, forma, volumen, color etc., manejadas en abstracto.

“Y una segunda sección con ejercicios que aplicaban el diseño en todas sus escalas. Diseñamos una silla, la carátula de un disco, una escenografía, una casa, una ciudad.

“Todo esto enmarcado dentro de la utopía propuesta por el movimiento moderno en cuanto al poder del diseño para producir cambio y su capacidad para mejorar las condiciones de vida de la sociedad.

“Paralelamente recibíamos de Roberto Rodríguez Silva y Carlos Arbeláez, actuando al alimón apoyados en el texto ‘Historia de la vivienda humana’, de Viollet-le-Duc, una aproximación a la historia de la Arquitectura. Leíamos también a Lewis Mumford, a Bruno Zevi y a Giedion.

Jorge Gaitán, quien venía de Yale, nos hablaba de las utopías del movimiento moderno, del poder de la ciencia y la tecnología como herramienta para, a través de la planificación, democratizar avances en beneficios colectivos, tomando como ejemplos realizaciones norteamericanas en grandes obras civiles como la planificación del valle de Tennessee.

“Simultáneamente recibíamos con los ingenieros las matemáticas, humanidades e idiomas comunes al ciclo básico de estudios.

En resumen, los estudios en Uniandes presentaron una visión global y amplia de la cultura universal y, en particular, una visión de las diversas áreas y niveles de intervención en las actividades de diseño”.

Chicago terminó de definir el tipo de arquitecto que sería, un arquitecto profundamente humano.

Allí entendió con Vitruvio que la arquitectura debe ser útil, durable y bella. Con la Bauhaus, que el diseño hace posibles nuevas formas de vida y organización social y es una herramienta para democratizar avances en tecnología y ciencias sociales. De Mies van der Rohe, que menos es más y que el conocimiento de las posibilidades y limitaciones de los materiales permite elevar su utilización a un nivel de expresión poética. De Frank Lloyd Wright, que la naturaleza es la parte visible de Dios y que se hace necesaria una simbiosis entre arquitectura y naturaleza. De Alvar Aalto, que la arquitectura no debe distanciarse del lugar y la cultura donde se ubica.

Quizá eso resume su arquitectura, y eso explica el proyecto en Santander
.

De sus edificios, quería particularmente a Campoalegre. Lo explicaba así:

“Por la interacción entre el proyecto y el tejido urbano, y el manejo de diferentes tipos de vivienda dentro de un conjunto. Por la relación entre condiciones económicas limitadas y un nivel alto de calidad ambiental y el protagonismo de las condiciones del lugar y la naturaleza dentro del proyecto”.

Chicago terminó de definir el tipo de arquitecto que sería, un arquitecto profundamente humano

Admiraba a Salmona:

“Considero que es quien está buscando con mayor profundidad una trascendencia en el manejo de la espacialidad, la significación y la técnica de una arquitectura con acento local”.

De regreso al país, Ernesto fue profesor en la facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional. Fue socio de la firma de Arquitectos Jiménez & Cortés Bo-shell Ltda., la cual diseñó buena parte de las casas de El Chicó, pero además muchos edificios de vivienda, algunos de los cuales recibieron importantes distinciones. Fueron finalistas en la Bienal Iberoamericana de Arquitectura, y el edificio Avenida 82 recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 1996.

Amaba la docencia. Desde 1960 estuvo vinculado a la Universidad de los Andes, como profesor, y fue decano de la facultad de Arquitectura y miembro del Consejo Directivo de la universidad. Fue además profesor invitado en las universidades de Montreal, Pratt y San Francisco de Quito, y miembro activo de la Sociedad Colombiana de Arquitectos.

Pero amaba, sobre todo, la arquitectura.

“A mí me gusta la arquitectura”, decía. “Me gusta vivir, recorrer, observar, estudiar, diseñar, construir arquitectura. Me gusta conversar, me gusta discutir sobre arquitectura”.

Lo estoy viendo, al gran Ernesto Jiménez, sentado un jueves en casa de mi padre, rodeado de los amigos de Adela, fumando un cigarrillo, con un whisky al lado, discutiendo si, para esa apertura, sería mejor usar la defensa siciliana o la variante clásica de la nimzoindia. Y pensando, quizás, en cómo hacer que el siguiente edificio se entendiera con su entorno para hacer más felices a sus habitantes.

MIGUEL SILVA
Especial para EL TIEMPO

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