El bailarín al que el ballet clásico no le quita el currulao

El bailarín al que el ballet clásico no le quita el currulao

Fernando Montaño habla de su vida como solista del Royal Ballet de Londres.

Fernando Montaño, bailarín colombiano

Fernando Montaño es uno de los pocos bailarines negros del Royal Ballet. Él mismo pinta sus baletas del color de su piel.

Foto:

Andrea Moreno / Archivo EL TIEMPO

Por: Simón Granja Matias
03 de febrero 2019 , 04:35 p.m.

Los músculos de la espalda de Fernando Montaño resaltan aún más por las gotas de sudor que emergen de su piel negra. El movimiento de sus extremidades sigue el ritmo de los violines de ‘Las cuatro estaciones’ de Antonio Vivaldi mientras se eleva por los aires, parece flotar, cae con una aparente suavidad que hace crujir las tablas del viejo escenario del teatro Colón, se vuelve a elevar y vuelve a caer. “Es libertad”, dice al explicar qué significa para él bailar. “En ese momento dejas de ser tú, eres simplemente libre”.

El solista colombiano del Royal Ballet, en Londres, una de las compañías de danza clásica más importante del mundo, se limpia el sudor mientras habla en su camerino. No hay nada allí sino paredes blancas y dos espejos contrapuestos que reflejan la imagen del bailarín infinitamente. Recién se acaba de bajar de la tarima en donde estaba ensayando la ópera bufa (cómica) ‘Viaje barroco’, que se presenta en el Teatro Colón hasta hoy.

Primavera

Es la primera vez que Fernando baila en una ópera, y lo hace en la cuarta ocasión que se presenta en el teatro bogotano. En estos momentos, él es el máximo exponente de Colombia en el mundo del ballet. Ha sido homenajeado en Inglaterra por su trabajo, y su hoja de vida está llena de logros. Estar en el Colón es uno más. Se siente emocionado por estar ahí, en un teatro tan icónico e importante, no solo en su país sino en toda América Latina, y, más aun, con una obra como esta, que tiene tanto significado. ‘Viaje barroco’ es, en palabras de Fernando, una crítica a lo que está ocurriendo con los migrantes en el Mediterráneo, pero en general con todos los migrantes. Él se siente particularmente identificado con esa historia, pues desde los 5 años no vive en la tierra donde nació, Buenaventura, y desde los 14 no lo hace en su país, Colombia.

Incluso, su distancia en tiempo pero no en sentimiento con su tierra ha generado que su acento se difumine y se mezcle con el inglés y el italiano. Habla español con suavidad, pero como él lo define: “Es un acento de ninguna parte”. De ahí que ni siquiera le guste escuchar su propia voz. Dice que los bailarines de ballet no hablan, no cantan. Sin embargo, en esta obra tiene algunos diálogos y un monólogo.

“No sé si hacerlo en español o en italiano porque toda la obra es en italiano, pero estoy en Colombia… No sé”, dice un tanto incómodo ante la idea de tener que expresarse con palabras y no solo con el cuerpo. Pero la idea de traer esta ópera a Colombia fue suya. La primera vez que participó en ella fue porque Angelo Smimmo y Piergiorgio del Nunzio, los directores, lo invitaron. Fue a Italia y en un pequeño teatro se presentaron.

Luego, y como evidencia de la filosofía de vida de Fernando de aprovechar las oportunidades que se presenten, decidió pedirle al Teatro Colón que les permitiera presentarse en ese recinto y produjeran la obra. Aceptaron; y ahí está él, sentado en su camerino debajo del escenario, sonriente porque esta es una cosa más que logra dentro de su año sabático.

Desde septiembre del año pasado, el bailarín colombiano no baila en el Royal Ballet porque decidió que quería terminar de escribir su autobiografía, que estará próximamente en las librerías, concluir la grabación de una película en la que él participa y hacer talleres de danza en varias ciudades de Colombia, pero, principalmente y más que todo, dedicar tiempo para él y su familia.

Es la primera vez que Fernando baila en una ópera, y lo hace en la cuarta ocasión que se presenta en el teatro bogotano. En estos momentos, él es el máximo exponente de Colombia en el mundo del ballet

Verano

Fernando decidió tomarse un año sabático para dejar un poco esa amante que se llama soledad, pero no ha sido fácil, no es fácil dejar la soledad. Hacía 19 años que no pasaba una Navidad en Colombia. Y esta ocasión fue muy emotiva para él: “Solo faltó mi mamá, pero seguro que por ahí estaría”, dice conmovido el bailarín. Su madre, Gloria Montaño, falleció mientras él bailaba ‘El pájaro de fuego’ en Londres. Cambia de tema: “Pero ver a mis sobrinos, a mi papá… inclusive fui a Buenaventura y estuve allí tres días”, añade emocionado.

En Buenaventura se metió al mar. Su padre nunca lo había dejado, así que hacerlo fue retar un pasado difícil. “Probar las bebidas del Pacífico... –y aclara con mucho énfasis– Yo no bebo, solo de vez en cuando una copa de vino, pero las señoras de la plaza en el malecón me dieron a probar esas bebidas que son increíbles; me regalaron una que se llama el ‘arrancagallo’; no podía de la risa. Tiene un sabor exquisito, parece un Baileys con cacao”.

A los cinco años y medio Fernando se fue con su familia de Buenaventura a Cali, según dice, porque sus padres estaban buscando mejores oportunidades y porque ocurrió “un pequeño altercado”. “No lo voy a contar, eso está en el libro”, asegura. Pero, ahora que volvió a su tierra de origen, recordó muchas cosas más. Por ejemplo, al peludo, que era un rejo de cuero que tiene dos tiritas... “con eso nos amenazaban cuando te portabas mal: ‘Si te portas mal, voy a ir a coger el peludo’, nos decían”, y se ríe.

Recuerda también el faro y el sonido del tren que pasaba cerca de su casa. Pero algo que le pareció en particular muy lindo y curioso es que en Buenaventura todos son familia, se saludan los unos a los otros. El bailarín pone acento bonavarense: “Primooo… ¿qué más, tía? Todos somos familia así no nos conozcamos”.

Hace tres años, Fernando bailó en la Universidad del Pacífico, evento que recuerda con mucho cariño porque bailó currulao y lo fusionó con el ballet clásico. “Cuando escucharon su música se emocionaron mucho”, dice.

El currulao no lo aprendió estudiándolo ni practicándolo, sino simplemente porque recuerda cómo lo bailaba su papá. En fiestas sacaba su pañuelo y se movía con cadencia, cuenta el bailarín. “Cuando yo bailo, creo que me veo diferente a otros bailarines, independientemente de que haga ballet clásico. Yo llevo esta música en la sangre, en mis raíces, y lo muestro. El ballet clásico no opaca el currulao que me fluye por dentro. Mucha gente me dice que yo brillo en el escenario, me dicen que parezco una pantera, que soy muy exótico por como me muevo... Aunque no interprete el papel principal, enseguida que aparezco en el escenario llamo la atención del público”, dice orgulloso.

Otoño

La vida de un bailarín de ballet es muy solitaria, y lo es aún más para Fernando, quien cuenta que por las cosas que ha tenido que pasar a lo largo de su historia es muy selectivo con la gente que se junta. Tiene pocos amigos y aun menos dentro del mismo Royal Ballet.

“La vida de un bailarín es tal cual como en la película del ‘Cisne negro’: hay mucha presión, mucho estrés y mucha envidia”, cuenta. “Somos muy pocos los que logramos llegar a este nivel. Pero yo considero que si sabes qué es lo que tienes y conoces tu talento, lo que vales, no tienes que quitar a nadie con los codos para avanzar. Cada uno tiene su luz propia y por eso vas a llegar a donde vas a llegar sin hacerle mal a nadie. Pero no todo el mundo, creo, tiene ese pensamiento”.

Incluso, una de las razones de Fernando para tomarse un tiempo es por el estrés al que estaba sometido; se le estaba cayendo el pelo y sufrió una parálisis de medio lado de la cara.

“Yo soy un bailarín muy exótico. A mí me gusta experimentar muchas cosas, pero muchas personas cuando ven que estás haciendo cosas distintas, es como si te estuvieras desviando del camino del ballet clásico. Yo no lo veo así, creo que es importante, como artista y ser humano, probar otras cosas; eso te enriquece para después mostrarlo en el ballet”.

Además, dice, “uno solo tiene una vida; no sé si haya otra, pero esta es la que estamos viviendo, y yo considero que si la vida les da a las personas oportunidades, no hay que dejarlas pasar delante de sus ojos, hay que aprovecharlas y agarrarlas, y si va bien, pues bien, y si no, pues a aprender. Pero nunca quedarse con la duda de qué hubiera pasado...”

Invierno

¿Qué hubiera pasado si Fernando y su familia no se hubieran ido de Buenaventura a Cali y él no hubiera empezado a bailar salsa? ¿Si su profesora no hubiera identificado su talento? ¿Si no se hubiera ido a Cuba a seguir con la danza? ¿Si no hubiera logrado entrar al Royal Ballet de Londres? Fernando cuenta que cuando llegaron a Cali vivieron en el barrio Agua Blanca, históricamente rodeado de violencia.

Si sabes qué es lo que tienes y conoces tu talento, lo que vales, no tienes que quitar a nadie con los codos para avanzar

“Nos tocaba meternos debajo de la cama cuando empezaban las balaceras porque podía entrar una bala perdida”, recuerda. Sus padres decidieron meterlo en clases de fútbol y danza para que no estuviera solo en la calle y terminara metido en lo común del barrio: las drogas y las pandillas. “Por mi personalidad y el ballet es que no terminé metido en esas cosas, y tampoco en el fútbol, porque yo no nací para que me dieran patadas. Yo nací para sentirme libre, siempre”, concluye.

SIMÓN GRANJA MATIAS
Redacción Domingo
En Twitter: @simongrma

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