El colombiano que retrató la guerra de Corea en 600 fotos

El colombiano que retrató la guerra de Corea en 600 fotos

Gilberto Díaz Posee el mayor registro visual del papel de Colombia en este conflicto internacional.

Gilberto Díaz

Gilberto hizo parte del quinto relevo del Batallón Colombia, una fuerza enviada por el presidente Laureano Gómez para apoyar a Corea del Sur.

Foto:

César Melgarejo / EL TIEMPO

29 de septiembre 2018 , 10:09 p.m.

Preguntaron quiénes querían combatir en una guerra al otro lado del mundo y, sin saber muy bien la razón –aunque dice que la muerte de su madre lo pudo haber impulsado– Gilberto Díaz levantó la mano. Entre 30 presentes, fue uno de los cinco que se ofrecieron. Tenía 19 años, era cabo segundo en la Escuela de Infantería de Usaquén, en Bogotá, y, a partir de ese momento, uno de los miembros del Batallón Colombia en la guerra de Corea.

Sesenta y seis años después, Gilberto se ha convertido en el propietario del mayor registro fotográfico de ese conflicto, la única confrontación bélica internacional en la que ha participado Colombia. Tiene más de 600 fotografías en pequeñas filminas Kodachrome a color, que fue tomando durante los 14 meses que estuvo en esa guerra.

Nunca había tenido una cámara cuando se embarcó, en febrero de 1952, hacia el primer episodio oficial de la Guerra Fría. En la península asiática se libraba desde hacía casi dos años un enfrentamiento entre las dos Coreas, separadas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial por el paralelo 38; la del norte, comunista, era apoyada por China e indirectamente por la Unión Soviética, y la del sur, capitalista, era respaldada por Estados Unidos y las Naciones Unidas.

Este organismo internacional fue el que solicitó, después del inicio de la confrontación, refuerzos a varios países en favor de Corea del Sur. Colombia, bajo la presidencia de Laureano Gómez, fue el único país suramericano que accedió.

Viaje al otro lado del mundo

Quizá era porque no llevaban armas, pero Gilberto no sentía como si estuviera yendo a la guerra. Hizo parte del quinto relevo de tropas colombianas en Corea. Fueron 30 días de viaje a bordo de una embarcación Sylvester Antolak estadounidense.

De Cartagena salieron despedidos como héroes 140 soldados. Atravesaron el canal de Panamá y llegaron a Hawái 15 días después. Desde allí, Gilberto envió una postal avisándole a su familia a dónde iba, cuando se sintió lo suficientemente lejos para que no pudieran detenerlo.

Pasaron tres días como turistas en Honolulu y partieron hacia el puerto de Yokohama, en Japón. En Tokio, compró la cámara Kodak con la que registró los sucesos históricos de los siguientes meses.

Puede que la primera señal de que este no era un viaje recreativo fue ver los trazadores de las ametralladoras al desembarcar en Pusan, hoy llamado Busan, sur de Corea: uno de cada cuatro disparos rompía la noche con una estela roja que indicaba el punto de tiro.

Fue más claro cuando le entregaron su fusil M1, su “compañero”. “Ahí se acababa la felicidad del viaje”, dice. Será la única vez, durante varias horas de entrevista, que mencionó la palabra ‘felicidad’.

En Tokio, compró la cámara Kodak con la que registró los sucesos históricos de los siguientes meses

Por un pedacito de tierra

“¿Qué es la línea? Una guerra de posiciones –dice Gilberto–. Es defender con la vida su pedacito de tierra”. Cuando llegó a Corea el conflicto –iniciado con una arremetida del país del Norte que hizo retroceder al del Sur casi hasta a la costa de la península– había llegado a un punto de equilibrio cerca del paralelo 38. Allí se libraba una guerra de trincheras, la lucha por mantener un espacio.

Tras la bienvenida a los nuevos soldados, el coronel Alberto Ruiz Novoa, comandante del Batallón Colombia, les dijo que pasaban “a la línea”. En un principio, Gilberto hizo parte de las patrullas de escucha: misiones de exploración en el territorio enemigo, más allá de la línea, en la noche. Entrenó el oído para sentir hasta el paso de un ratón y, también, disparó cuando tuvo que hacerlo.

“A mí me preguntan: ‘¿Usted mató a muchos?’ Les contesto fácil: Usted está en la guerra, tiene un arma y una posición que defender. Si un enemigo intenta pasar, ¿qué hace? No puede pararse a hablar con él”, dice el veterano.

Pero su especialidad fueron los morteros 81 y 120 usados por el bando de las Naciones Unidas. Su posición solía ser en los puestos de observación adelantados, más allá de la trinchera, en terreno de nadie, desde donde daba las instrucciones para abrir fuego contra los enemigos.

En todos esos momentos –mientras operaba el mortero, cavaba la trinchera; posaba junto a un tanque o se afeitaba en la línea– Gilberto tomaba fotografías. A veces le pedía a un compañero que lo hiciera, otras veces usaba el automático de la cámara.

No tenía una razón clara para hacerlo. De alguna forma sabía –aunque es difícil saberlo mientras se vive– que lo que estaba experimentando era parte de la historia.

Solo hay un episodio del que no tiene ninguna fotografía: la batalla de Old Baldy, o el Viejo Calvo, en referencia a la montaña del occidente de Corea, cuya vegetación fue devastada por el fuego constante.

La noche del 23 de marzo de 1953, los chinos, aliados de Corea del Norte, aprovecharon un relevo entre dos compañías colombianas para lanzar un ataque sorpresa. El grupo de Gilberto, el que entraba, quedó atrapado junto al que salía. Él ni siquiera alcanzó a llegar a su posición en el mortero, pasó toda la noche disparando con su fusil M1 a cada sombra que veía.

“Ahí uno cae en la cuenta del tamaño de la población de China. En un momento veíamos que no teníamos con qué dispararles”, recuerda.

En la madrugada, aún en la trinchera y en medio de la oscuridad, palpó entre los cadáveres un bigote. Lo reconoció. Era el único soldado de su compañía que no iba afeitado. Las reglas de la guerra indican que no deben recogerse muertos o heridos durante el combate, por el riesgo de convertirse en uno de ellos, pero Gilberto estiró la mano y empujó el cuerpo hacia el búnker en el que se protegía. Lo mantuvo allí hasta el otro día.

El final de la batalla, al amanecer, no fue menos sangriento. Cada fuerza creyó que la otra había conquistado la colina, así que ambas bombardearon la tierra de nadie. Soldados de los dos bandos cayeron entre la mezcla del fuego amigo y enemigo.

En todos esos momentos - posaba junto a un tanque o se afeitaba en la línea– Gilberto tomaba fotografías. A veces le pedía a un compañero que lo hiciera, otras veces usaba el automático de la cámara

Las formas de la memoria

La batalla de Old Baldy -referenciada años después en la obra ‘Monte calvo’ de Jairo Aníbal Niño- diezmó las fuerzas colombianas e hizo que el quinto relevo se quedara dos meses más de lo previsto en Corea. De ese tiempo, Gilberto pasó ocho días en Tokio, durante un receso que tenían las fuerzas para recuperar el ánimo. Allí tuvo oportunidad de comprar varios de los recuerdos que aún exhibe en su casa.

“Uno compraba pensando que regresaría a Colombia. Nadie decía: ‘Yo no compro porque aquí me matan’”, dice.

Partieron de Corea, rumbo a Colombia, en la primavera de 1953. Faltaban varios de los que habían hecho el mismo viaje de ida. También había uno de más: un niño coreano de unos cinco años. Había llegado al campamento cerca de la línea en busca de comida y fue adoptado por un soldado de apellido Gayón, que trabajaba en la cocina.

Subió al barco, con él en la tula. Cruzaron de vuelta el Pacífico y pasaron el canal de Panamá. Durante los tres días que estuvieron en Cartagena, Gayón alquiló un garaje y cobró la entrada a los curiosos que querían ver a un coreano de verdad.

Lo crió como un hijo el resto de la vida. El gobierno coreano se enteró tiempo después, pero para entonces el niño solo hablaba español y estaba asentado en Colombia, donde se casó, tuvo hijos y murió hace unos años.

Con Gilberto también venían los cuatro compañeros que levantaron la mano en la Escuela de Infantería. Con los meses, se volvió común ver a otros de los que regresaron en los bares de la avenida Caracas, en Bogotá, borrachos, y gritando que eran coreanos. “Era psicosis de guerra. Nunca nos adaptaron para volver a nuestra vida”, dice Gilberto. De alguna forma, nunca lo hizo. Su vida fue definida por esa experiencia. A veces, incluso, se confunde y habla en presente, como si siguiera en la guerra. Sobre todo cuando mira y se centra en las fotos.

“Lo bonito de tener estas filminas es poder recordar lo que pasó, es como volver a estar presente”, dice. Aunque ahora son más que una extensión de su memoria. Son una ventana, quizá la única con tanto detalle, a la cotidianidad de esos días en la guerra de Corea. Una que permanecerá cuando los cerca de 750 veteranos del Batallón Colombia que sobreviven hoy, todos mayores de 80 años, ya no puedan contar esta historia.

JUAN MANUEL FLÓREZ
Para EL TIEMPO
En Twitter: @juanduermevela

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