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‘Imagen regional’: una inquietante visión del país
Hogar, obra de Carlos Zuñiga

La obra de Carlos Zuñiga habla de la terrible normalización de la guerra en el país.

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Cortesía Banco de la República

‘Imagen regional’: una inquietante visión del país

La obra de Carlos Zuñiga habla de la terrible normalización de la guerra en el país.

La exposición en el Museo Urrutia ofrece un completo panorama de las artes plásticas en Colombia.

En el segundo piso del Museo de Arte Urrutia, del Banco de la República, se oyen unos gritos desgarradores. Y por un instante, el miedo y el terror se roban el protagonismo de obras tan impactantes como la de Carmenza Banguera o el terrible bagre de Richard Harrison Bravo. Son gritos que no paran; gritos aterradores y atronadores; gritos sin pausa, gritos de horror y agonía. ¿Cómo ver una pintura, un dibujo, ¡cómo ver nada!, con ese ruido de fondo? Los gritos no tienen el surround de una película de Coppola: son gritos demasiado colombianos; tienen la calidad del sonido de un video casero: son reales.

Hogar, la obra de Carlos Zúñiga, no tiene ninguna sutileza para llamar la atención; es imposible ignorarla y no llegar hasta ella. Es un carpetazo genial sobre la violencia colombiana y es parte de una robusta exposición que demuestra que Colombia es un país de artistas.

‘Imagen regional, territorios guardianes’ tiene la ambición de un Salón Nacional de Artistas. El Banco de la República hizo una convocatoria en la que participaron más de 600 artistas de todo el país; no exigieron diplomas ni masters en el exterior; solo que fueran artistas. Y las 90 obras que llegaron al Museo Urrutia tienen el poder de cada rincón del país; son obras que hablan del paisaje y de la destrucción de la naturaleza como las pinturas de tierra del nariñense Yober Arbey Melo; obras que hablan de las masacres en el Cauca, como los collares hechos con vainas de fusil de Aldiber Jaideber Talaga. Obras como los dibujos de recibos de caja del barranquillero Luis Mendoza, que hablan del día a día de millones de personas que tienen como única opción de crédito los préstamos ‘gota a gota’ o ‘pagadiario’.

(Además: Una tonelada de ‘perico’ y 503 alias: la nueva obra de Camilo Restrepo)

La muestra tiene algo de sublime y otro tanto de apabullante. La sala, en términos prácticos, no tiene el suficiente espacio para tantas obras, pero los curadores se las arreglaron para acomodar cada propuesta en un lugar preciso. Hay que recorrerla con cuidado –con miedo incluso de tropezarse– y tener todos los sentidos alerta para descubrir el poder y la belleza de cada pieza; ¿cómo escapar de la sutileza con los materiales de Sonnia Yepez y sus esculturas de cera de sus bombillas neón?, ¿o cómo ignorar la calidad pictórica de Pablo Daza y Tomás Martínez?, ¿o los retratos de Manuel José Páez, ‘Bocese’, y el monumental dibujo de José Ismael Manco Parra? Y sobre todo: ¿cómo ignorar unos gritos desesperados que piden auxilio?

José Ismael Manco Parra, además de artista, es agricultor y se ha empeñado en documentar la vida campesina y la importancia del páramo.

Foto:

Cortesía Banco de la República

Hogar, de Carlos Zúñiga, ofrece dos lecturas rápidas; la primera –la que tuve– fue después de toparme con el origen de los gritos: una esquina de tablones de un rancho típico. Primero pensé en violencia intrafamiliar; luego, en masacres y ‘casas de pique’. Me alejé y vi la pieza en su conjunto real. La esquina era solo una parte del todo. Zúñiga proyecta con una animación el resto de la casa y la figura de un niño jugando de espaldas a los gritos y el horror; en ese momento se decantan los ruidos: fusiles, gritos, cilindros bomba. “Pero uno se acostumbra”, dice Zúñiga.

Carlos Zúñiga tiene 31 años, y su tesis de artes plásticas fue una de las mejores del país. Nació en Rioblanco, Tolima, en pleno cañón de Las Hermosas, el lugar donde tuvo origen la guerrilla y el escenario sangriento de buena parte del conflicto colombiano. “Cuando era niño”, recuerda Zúñiga, “cayó un cilindro bomba en el patio de mi casa, por suerte no nos pasó nada; ese día solo estaba mi padrastro”. Su familia, tras ese episodio, fue parte de la interminable legión de desplazados que produce el país. Para entrar o salir del pueblo pagaban hasta tres “peajes” y todos creían que era “normal”.

En el colegio, con sus amigos de 11 años, veían los cadáveres de los guerrilleros en la plaza principal y trataban de descifrar por dónde habían entrado las balas del Ejército en sus cuerpos. Y, por supuesto, era algo “normal”. En otra ocasión vio la muerte de un policía de 18 años, también por un cilindro bomba, a solo 15 metros de su casa. Y por eso, en su obra, el niño no se inmuta ante el ruido de los fusiles y las bombas. Su niñez se movía entre la guerra y los videojuegos. Y –justamente por los videojuegos– llegó al arte.En Ibagué entró al Sena para estudiar modelado y texturizado para 3D. En la práctica se dio cuenta de que tenía algunas falencias y que necesitaba mejorar sus habilidades como dibujante. Buscó varias carreras. Se topó con Artes Plásticas en la Universidad del Tolima, y en ese momento empezó a armar su rompecabezas artístico y vital y supo de inmediato que necesitaba hablar de su experiencia y ser parte del cuerpo de artistas que han hablado de la violencia en Colombia, con la diferencia esencial de haberla vivo en carne propia.

Y ese “en carne propia” permea –aparentemente– gran parte de la exposición. Otra obra notable es Cuerpo, piel, tiempo, historia, de Carmenza Banguera, de Cali. Son tres cuadros en los que aparecen tres mujeres afros con peinados típicos del Pacífico, pero hechos con fique: son afros rubias. Banguera tiene en este momento una gran exposición en la Universidad de Chicago, y su obra y su magnífico “humor negro” nacen de su propia biografía y de toda una colección de vivencias personales de discriminación, sexualización o exotización de los afros.

Con la comida no se juega, obra de Manuel Barón

Foto:

Cortesía Banco de la República

Hay mucho más: son 90 obras, 90 visiones de un país que se narra de punta a punta, desde la belleza del páramo y su oso de anteojos con el dibujo de José Ismael Manco hasta la violencia del bagre del Magdalena de Richard Harrison Bravo que tiene en sus entrañas una camisa blanca ensangrentada. Y hay una obra de Manuel Barón que cierra con un swing impresionante la muestra: Con la comida no se juega. Barón es de Tunja y, hace unos años, durante el paro de los paperos, creó una pieza sensacional: un video en el que un campesino juega al golf con sus papas y un azadón. Toda la exposición es un hoyo en uno. Vale la pena verla con calma.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
En Twitter: @LaFeriaDelArte

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