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El esplendor del palacio de Adrián Gaitán en NC-Arte
Exposición del artista plástico Adrián Gaitán en NC-Arte en Bogotá

Exposición del artista plástico Adrián Gaitán en NC-Arte en Bogotá

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NC-Arte

El esplendor del palacio de Adrián Gaitán en NC-Arte

Exposición del artista plástico Adrián Gaitán en NC-Arte en Bogotá

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Su exposición es un potente viaje a la nostalgia y a la verdad de nuestras mentiras.

Hay un magnífico espejo de marco dorado; pisos geométricamente impecables; papel de colgadura francés, una delicada lámpara de techo y un piano que merecería la música, las notas y los dedos de Chopin o de Rajmáninov. Pero nada es lo que parece.

El grandioso palacio que creó el artista caleño Adrián Gaitán en NC- Arte (carrera 5.ª n.º 26B-76) no es Versalles, la residencia de verano de los zares o el hogar de una familia de la aristocracia en los años 40. Gaitán juega con los sentidos y con la historia. Su exposición ‘Nobleza obliga’ es un viaje por la nostalgia.

El piso –una espectacular cuadrícula que evoca sin esfuerzo los salones de baile de la realeza– realmente es de tierra arcillosa. Sus mosaicos y sus figuras geométricas están ensambladas con picas de arado y pueden ser una trampa mortal para unos tacones Jimmy Choo o Christian Louboutin. El exquisito papel de colgadura está hecho de tela de costal. La tapa del piano son unos colchones mugrientos y sus teclas están hechas con los lomos de unos pesados y anacrónicos libros de texto. La mentira y la ironía se manifiestan de todas las formas: el interior de este glorioso palazzo tiene la forma de una trampa de arena en un campo de golf.

(Además: Met de Nueva York dedica muestra a grandes mujeres de la fotografía)

Adrián Gaitán –escribe Julia Buenaventura, curadora de la muestra– ha construido una gran mentira con verdades, pero ¿de qué otra cosa están hechas las relaciones sociales?”.

El espejo ofrece una visión que da pie a varias lecturas.

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El punto de partida de Gaitán es la idea de “la elegancia” y “el buen gusto” en nuestra memoria colectiva. La manera como las imágenes de los palacios y los salones aristocráticos europeos se instalaron y se acomodaron en nuestra realidad y en nuestro subconsciente. “Mi abuela era campesina –dice Gaitán–, pero trataba de darle un orden especial a su casa y amaba sus muebles; creo que a veces ni siquiera sabía para que servían, y el bifé –ese clásico anacrónico de todas las casas– lo usaba para guardar los platos sucios”.

La exposición puede leerse como un homenaje a toda una época. Tiene el look sepia de los años de Jorge Eliécer Gaitán y atrapa muy bien los sueños y las aspiraciones de la clase obrera; los anhelos burgueses de un asalariado. Hay una pieza en el segundo piso que puede ser la piedra de Rosetta de toda la muestra: una pica que tiene en cada punta los que, sin duda, podrían ser los ‘zapatos domingueros’ de un trabajador; cordones baratos, costuras toscas, cuero cuarteado y un orgulloso color cobrizo para un traje vinotinto.

La exposición tiene otros detalles. El borde del salón está sembrado con el estilo de un jardín barroco francés. Las plantas, sin embargo, no son ‘plantas nobles’ o naranjos de Versalles: son ‘kalanchoes’, esa maleza extraña e indestructible que crece entre la humedad de los tejados. Su bifé –que compró en un mercado de las pulgas y luego rompió con un hacha– está suspendido en el aire en una especie de explosión eterna. El espejo con marco dorado tiene incrustado un horno de barro y es una de las piezas más inquietantes de la muestra. Gaitán lo rodeó con latas de conserva y con el efecto del espejo toma la forma del indeseable coronavirus o de una mina submarina.

La lámpara de bolsas de té.

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La lámpara de techo merece un capítulo aparte. Su luz acaricia el interior del palazzo con la calidez del fuego y parece estar hecha de cristales tintineantes, pero de cerca se descubre su material: más de 500 bolsitas de té usadas que filtran la luz de los bombillos. “Es la pieza más íntima de la muestra –confiesa Gaitán–, la mayor parte de bolsas salieron de las tardes de la cuarentena. Vienen de las charlas con el té que me tomaba con mi novia y más adelante con los amigos que pasaban por la casa o por el taller”.

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(No deje de leer: La fotógrafa Dora Franco y su mirada de las naturalezas muertas)

En el segundo piso –en lo que podría ser ‘el ático’ del palazzo– hay varias piezas individuales que remarcan el juego de Gaitán entre los materiales nobles y los materiales despreciados y olvidados. Su inteligente juego dialéctico en el que la basura se convierte en obras de arte.

Hay varios paisajes hechos con cartón y tierra, enmarcados –por ejemplo– en el cajón de un escritorio abandonado; la pica con los zapatos domingueros y una pieza que seguramente terminará en un museo: un colchón destripado por la mitad que podría ser una poderosa pintura abstracta. El colchón tiene como base y como marco puertas viejas y ensambladas.

La exposición es una invitación a afinar la mirada; hay una historia que no se cuenta, una historia que está lista para desencadenarse en el cerebro de cada uno. Es un precioso viaje a la melancolía: un viaje al cordón umbilical de nuestro pasado campesino y nuestros eternos anhelos de tener “buen gusto”.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
En Twitter: @LaFeriaDelArte

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