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Negro sobre negro: la obra maestra de Óscar Murillo
Exposición de Óscar Murillo en la Universidad Nacional

Óscar Murillo nació en La Paila, Valle del Cauca, en 1986.

Foto:

Héctor Fabio Zamora y Milton Díaz. EL TIEMPO

Negro sobre negro: la obra maestra de Óscar Murillo

Óscar Murillo nació en La Paila, Valle del Cauca, en 1986.

El artista presenta su primera exposición en Colombia, en el Museo de Arte de la Nacional. 

¡Tack! ¡Tack! Cada hachazo resulta liberador y aterrador; las astillas vuelan por el aire; las sillas se rompen y se convierten en restos inútiles. La sala se llena de polvo y de un penetrante olor a sahumerio. Murillo y su tropa lanzan golpes a diestra y siniestra, ¡tack, tack! Los fotógrafos y los videógrafos tratan de hacer sus mejores tomas. El resto mira en silencio y con algo de miedo: ¡tack!

El filo de las hachas hacen su trabajo. Hay algo de fiesta y de rito en cada destrozo. El performance de Óscar Murillo en su exposición ‘Condiciones aún por titular’, en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, es tan violento como toda la obra.
Murillo es el artista más interesante, polémico y poderoso de la última década en el arte colombiano. Ha logrado que críticos, artistas y periodistas escriban largas diatribas a favor o en contra. Más en contra. ‘Todo el mundo’, en los últimos años, ha tenido algo que decir de él. En público o en privado.

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Sin embargo, hasta ahora, ninguno de sus ‘enemigos’ más acérrimos había visto su obra en la vida real; o por lo menos no en Colombia. Murillo es una estrella internacional. Su obra se la pelean diferentes museos: puede estar en Hamburgo, en Los Ángeles o en Seúl. Ha estado presente en eventos de primer nivel como la Bienal de Venecia, pero ‘Condiciones aún por titular’ es su primera gran exposición en el país.

Un vallecaucano en Londres

Óscar Murillo no es estrictamente colombiano. Es –como él siempre insiste– de La Paila, Valle del Cauca. Se fue de su pueblo cuando tenía 11 años con su papá, “el verdadero gran artista de la familia”. Su viejo tenía 34 años y, desde niño, había sentido fascinación por la cultura británica. Era fanático de El Santo y un buen día decidió largarse de su realidad mediocre e instalarse en la vibrante ciudad de Roger Moore.

Murillo creció en Londres y en contacto íntimo con otros inmigrantes de La Paila. No perdió nunca ni el español ni sus orígenes. Estudió artes plásticas en la Universidad de Westminster y fue becado para su maestría en la RCA (Royal College of Art), el lugar de donde se gradúan las grandes estrellas del arte británico como Tracey Emin, Damien Hirst y... él. Su nombre explotó en 2013. Tenía 27 años y sus pinturas irrumpieron en las principales casas de subastas con precios de casi medio millón de dólares.

“Fue un accidente del mercado”, dice. No se dejó encandilar por la fama y continuó trabajando; solo cambiaron algunas cosas. Su nuevo estatus le permitió no tener que seguir trabajando en otros oficios, como la limpieza de oficinas en la madrugada, y dedicarse cien por ciento a su obra.

En Colombia se empezó a hablar de él con insistencia. Su lugar en el mercado internacional quedó detrás del de Fernando Botero y Doris Salcedo, y para un bloque de artistas indignados esa posición de privilegio era una afrenta.

En su ‘performance’, Murillo rompe bancas de iglesias holandesas del siglo XIX con un hacha.

Foto:

Héctor Fabio Zamora y Milton Díaz. EL TIEMPO

Murillo era un artista que ‘nadie’ conocía. Era un ‘truco del mercado’. Un ‘producto de la especulación del arte’. En el pequeño mundillo del arte colombiano lo trataban de ‘aparecido’. Y, para muchos, su éxito se explicaba por su color de piel y en que tenía un look parecido al de Jean-Michel Basquiat. Era producto de su ‘exotismo’. Nada más.
Él, por su parte, nunca dijo nada. ¿Para qué? Solo le respondió a María Belén Sáenz de Ibarra, quien, en 2014, le propuso que hicieran una exposición.

La exposición: a la altura del Reina Sofía

Sáenz de Ibarra es la directora del Museo de Arte de la Universidad Nacional y, en los últimos días, su cara solo expresa felicidad. En su boca siempre hay una línea hacia arriba. “¿Quedó buena, verdad?”. Recorrer la exposición con ella es un placer. Y no solo por todas las cosas que tiene que decir como curadora.

La exposición –sin que ella lo diga– tiene el carácter impecable de una gran puesta en escena en el Whitney Museum de Nueva York o en el Museo Reina Sofía de Madrid. Es una exposición que, en cualquier lugar del mundo, puede provocar asombro y despertar todo tipo de emociones. “El día de la inauguración vi gente llorando”, dice María Belén.

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“Para mí era muy importante esta exposición”, dice Murillo. “Son varios años de trabajo, de 2014 hasta hoy, son obras que han viajado por todo el mundo y aquí encajaron perfectamente. Es mejor que estén acá que en otro museo, ¿no?”.

En su exposición en el Museo de Arte de la Universidad Nacional muestra algunas de las 50.000 telas Eque estuvieron en pupitres de niños de diferentes partes del mundo y que ellos intervinieron.

Foto:

Héctor Fabio Zamora y Milton Díaz. EL TIEMPO


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‘Condiciones aún por titular’ es el evento artístico más importante de Colombia en el 2021. Y, posiblemente, al lado de obras como Auras anónimas, de Beatriz González, y Fragmentos, de Doris Salcedo, uno de los grandes hitos en lo que va del siglo XXI.
Murillo retrató la oscuridad. La muestra empieza con unas poderosas esculturas –ubicadas en el patio central del museo– hechas con bloques de acero y unas bancas de iglesias holandesas del siglo XIX. Hay que destacar que Murillo las compró como antigüedades, saldos de época: eran de iglesias que se convirtieron en edificios de vivienda, o que tomaron otros usos y perdieron su poder ‘sacro’. De eso se trata la muestra.

En la sala principal, las sillas mantienen su presencia en posición vertical y horizontal, pero en un ‘templo’ marcado por la oscuridad. No hay cristos, ni vírgenes ni imágenes de santos. La sala está llena de pinturas negras, cientos de pinturas negras por el piso, o colgadas de las paredes, o apiladas en andamios.

Negro sobre negro, la oscuridad sobre la oscuridad. El trabajo de años y años, una reflexión sobre la pintura y el colonialismo, sobre el racismo, sobre las instituciones, sobre la oscuridad que nos oprime.

En el piso hay restos de maíz y tierra calcinada. Hay personas que quedan abrumadas y piensan en la masacre de Bojayá, donde más de ochenta personas murieron bombardeadas por la guerrilla dentro de una iglesia, pero Murillo va más allá, “lo que sucedió en Bojayá es una manifestación de la atrocidad; lo que sucedió allá es único y desastroso. Pero hay otra violencia de siglos. La violencia de los pueblos miserables de Yucatán, donde hay iglesias monumentales de los siglos XVI, XVII y XVIII, y la gente todavía se muere de hambre, la violencia contra las mujeres que no pueden planificar, las violaciones de niños… La iglesia, la institución, tiene un peso de sometimiento desde la Colonia”.

Exposición de Óscar Murillo en la Universidad Nacional

Foto:

Héctor Fabio Zamora y Milton Díaz. EL TIEMPO

Y va todavía más allá: “Tiene que ver con el racismo, la oscuridad de la iglesia, el consumismo; las instituciones religiosas, las estructuras políticas, la opresión obrera”. En la muestra también hay varios ‘años viejos’ vestidos con ropa de dotación, pantalones azules, botas obreras y camisetas de campañas políticas en varios idiomas. “No hay nada más fuerte que un albañil sudoroso con una camiseta que dice ‘Por una mejor Cundinamarca’ ”.

Murillo, en los últimos años, hizo 250 ‘años viejos’ vestidos con ropas de obreros de todo el mundo. En La Paila, donde se radicó durante la pandemia, tomó los 250 y finalmente los quemó en un cañaduzal: un lugar que marca una simbología tremenda. El video –con todos los muñecos en el piso marcados por el fuego y la polvora, ¡pack! ¡pack!– es uno de los momentos más tensos y poderosos de la exposición. Y –por supuesto– ver uno de los jardines del museo arrasado; Murillo lo convirtió en trincheras.

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La oscuridad de la sala principal contrasta con el color de los lienzos de la sala alterna. Murillo hizo un proyecto que recorrió medio mundo. Puso telas sobre los pupitres de miles de niños que luego intervino con sus pinturas. Fueron 50.000 telas que estuvieron en los pupitres de niños de cada uno de los municipios del Valle del Cauca, de todas las provincias de la China, de reservas indígenas de California, de Corea, de Japón, de la India, de Filipinas, de Rumania, de Nepal…

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“Nunca les dijimos para qué era, simplemente se les ponían las telas, se dejaban durante seis meses y ellos las rayaban; puede ser el final de una era. Ya los niños no usan lápices ni colores: usan computadores, pero hay algo primitivo y esencial en esos rayones. Y también marcas de una cultura hegemónica, hay nacionalismo en los chinos, y en el resto la simbología del occidentalismo, grupos de música pop, marcas comerciales, redes sociales”.

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¡Tack! ¡Tack! Los hachazos fueron, de alguna manera, el exorcismo de la muestra. Me siento con Murillo en los escalones del patio del museo para hablar de su obra y de la oscuridad. Recuerda un momento en el que la sintió: en un vuelo de Tel Aviv a Turquía vio a una familia árabe llorar porque no les permitían subir el cuerpo de un familiar. Finalmente los dejaron y cuando vio la noche desde la ventana del avión, pensó en el cuerpo y en todos los conflictos de Oriente Medio. En la muerte. En una nube negra que cobija a toda la humanidad.

Aparte de la obra de Murillo en el Museo de Arte de la Nacional.

Foto:

Héctor Fabio Zamora y Milton Díaz. EL TIEMPO

Hay oscuridad, la exposición es un recordatorio del mal, pero también hay optimismo, ¿por qué no? ¡Tack! Los hachazos son un mensaje. Las instituciones pueden derribarse, el racismo, el clasismo: todas son barreras que pueden romperse. Hay que buscar otras alternativas, dice.

“Y está la naturaleza, es lo único que nos acompaña y nos da alivio. No la hemos podido ver por tanta violencia, pero ahí está”.

FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
En Twitter: @LaFeriaDelArte

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