‘Mi discurso critica la falsa creencia de que la tierra es nuestra’

‘Mi discurso critica la falsa creencia de que la tierra es nuestra’

EL TIEMPO habló con Rubén Martín de Lucas, artista que cuestiona la relación hombre-planeta.

Rubén Martín de Lucas

‘Mi discurso critica la falsa creencia de que la tierra es nuestra’.

Foto:

Cortesía Rubén Martín de Lucas

Por: Orlando Restrepo Escobar
10 de noviembre 2019 , 09:33 p.m.

Rubén Martín de Lucas, artista visual de 41 años nacido en Madrid, le apostó este año a performances (video y fotografía) en los que interviene el paisaje de manera simbólica: ocupa un espacio de 100 metros cuadrados, traza alguna forma geométrica en esa porción de territorio, crea un ‘microestado’, con bandera incluida, que dura apenas 24 horas y cuyo único habitante es el propio artista.

En la 14.ª edición de Art Madrid, la feria de arte más longeva en España, paralela a Arco, los asistentes fueron recibidos por una gran instalación de video con 12 pantallas. En cada una de ellas, De Lucas, el artista invitado a esta edición, exponía estos performances de la serie ‘Repúblicas mínimas’, que hace parte de su proyecto ‘Stupid Borders’.

La idea de De Lucas, según sus palabras, es demostrar “la naturaleza artificial de las fronteras y la incapacidad del hombre para vivir sin ellas”, cuestionando, a la vez, nociones como país, nación, nacionalismo, “conceptos que aun careciendo de solidez objetiva, son fuente de tensión continua”. EL TIEMPO habló con el artista sobre este y otros de sus proyectos que buscan polemizar sobre la relación del hombre con la naturaleza, la ‘antropización’ del planeta y la consecuente disminución del territorio natural.

El hilo conductor de su obra tiene que ver con su estrecha relación con la naturaleza, ¿de dónde viene ese vínculo?

De los veranos de la infancia en el pueblo de mis abuelos. De un campamento en la Sierra de Gredos (sistema montañoso entre Salamanca, Cáceres, Ávila, Madrid y Toledo) y el descubrimiento de la magia de la montaña. De los múltiples viajes que hice por el mundo. En todas las aproximaciones que hice a una naturaleza más pura, menos sometida; la grandiosidad de esta me hizo sentir pequeño, pero a la vez más real y más conectado que nunca con el mundo. Sigue siendo así.

¿De qué manera se refleja esa relación en sus obras?

A veces hay una parte física, como en las acciones en el paisaje, pero es en realidad en la parte conceptual donde se revisa esa relación, la del hombre con el territorio que habita. Cuestionándola, reestudiándola.

Su trabajo tiene que ver con el comportamiento del hombre en cuanto a especie y las relaciones con el territorio y la naturaleza...

Así es. Mi discurso critica duramente nuestro antropocentrismo, la falsa creencia de que la tierra es nuestra, también el distanciamiento que vivimos respecto a la naturaleza; un concepto del que nos hemos distanciado como si ya no formáramos parte de ella. Nos hemos dibujado en lo alto de una pirámide, y nuestra relación con el resto de seres –vivos e inertes– es de sometimiento.

Como especie, debemos ser sinceros con nosotros mismos: al 99,9 % del resto de las especies les iría mejor sin nosotros. No lo estamos haciendo bien. Es un hecho terrible que tenemos que afrontar. Como artista visual, mi capacidad para narrar un discurso es lenta. Así que voy por capítulos, de manera que cada proyecto gira en torno a un tema concreto. A veces hablo de las fronteras, en otras, del concepto de nación, de la superpoblación, de agricultura natural, de la antropización del territorio, de la falta de espacio para la vida salvaje, de la ilusión de que la tierra nos pertenece, etc.

Sus proyectos más actuales en ese sentido son ‘Stupid Borders’ y ‘Repúblicas mínimas’. ¿A qué apuntan?

Toda nación es una construcción mental presente solo en el imaginario colectivo. No es un ente físico, real, objetivo. Dibujar líneas artificiales y escupir a quien nació al otro lado por haber nacido al otro lado me parece una aberración.

Como especie, debemos ser sinceros con nosotros mismos: al 99,9 % del resto de las especies les iría mejor sin nosotros. No lo estamos haciendo bien

¿Cree que los conceptos de país o nación son obsoletos?

Las naciones pueden tener sentido como entes administrativos. Pero debemos tener presente que son entes ficticios, limitados por líneas artificiales. Cuando los organismos de poder nos instan a empuñar un arma y disparar a quien nació al otro lado por el simple hecho de haber nacido al otro lado pierden todo el crédito. La vida es siempre más importante que una idea abstracta.

¿Cuál es su opinión acerca del nacionalismo exacerbado y la xenofobia en el mundo, especialmente en Europa?


Son síntomas de nuestra inmadurez. También de lo fácilmente manipulables que podemos llegar a ser cuando no ejercemos el pensamiento crítico. Es fundamental ejercer ese pensamiento crítico. Debemos evitar el comportamiento mimético. Si hacemos lo mismo que hace el vecino, solo porque él lo hace, nos convertimos en ovejas manejables. Debemos cuestionarlo todo. El poder, las fronteras, nuestro comportamiento, nuestros modelos de consumo, las ideologías, la religión, todo. Y, luego, aplicar una regla muy sencilla: el sentido común.

Si propone eliminar esos conceptos, ¿qué los reemplazaría?

No propongo eliminarlos. Pueden ser útiles. Lo importante es ser conscientes de su naturaleza artificial. De que la vida y el respeto a la misma están muy por encima de esas construcciones.

¿Qué opina del brexit?

El brexit me entristece. Creo que tras un siglo XX sembrado de odio y de guerras, Europa ha conseguido algo encomiable. Veo en Europa un gran ejemplo de convivencia, de avance hacia una dilución de fronteras, de estabilidad, de paz común. Es un principio, algo digno de elogio. No entiendo los movimientos centrífugos que quieren romper este milagro.

Rubén Martín de Lucas

‘Mi discurso critica la falsa creencia de que la tierra es nuestra’.

Foto:

Cortesía Rubén Martín de Lucas

En su proyecto ‘La traza vacía’ da cuenta de la reducción del espacio para la vida salvaje. ¿Se considera un ecologista, un activista ambiental?

No me considero nada. A menudo me veo obligado a llamarme artista para que el interlocutor pueda situarme. Pero tampoco necesito esa etiqueta. En cuanto a ‘La traza vacía’, es un proyecto muy potente. Pone de manifiesto el poco espacio que estamos dejando a la vida salvaje. Para el proyecto elegí 18 territorios al azar dentro de la península ibérica. Con unos algoritmos que me daban unas coordenadas aleatorias. Imprimí la vista aérea de esas coordenadas y tapé con pintura negra la huella del hombre. El resultado fue brutal, un 80 % negro. Apenas queda espacio para la vida salvaje. A veces pienso que debería desarrollar este experimento a escala global. Ya llegará el día.

Uno de sus proyectos más comentados es ‘El jardín de Fukuoka’, creador de un sistema de explotación agrario no intervencionista. ¿Cómo fue ese acercamiento con el agricultor, biólogo y filósofo japonés?

Me hubiera encantado conocer a Masanobu Fukuoka. Pero cuando llegué a su obra a través del libro La revolución de una brizna de paja, él ya había fallecido. Mi proyecto ‘El jardín de Fukuoka’ es un homenaje a su trabajo, tanto como precursor de la agricultura natural, como por su filosofía vital. Un hombre consecuente, con un mensaje y con una manera de vivir que es todo un modelo de referencia.

Usted también defiende la tesis de que ‘la naturaleza dejada sola está en perfecto equilibrio’...

Coincido plenamente. A menudo la humanidad se pregunta ¿qué puedo hacer para evitar la degeneración del medioambiente?, cuando la pregunta acertada es ¿qué tenemos que dejar de hacer? La naturaleza tiene un poder regenerador brutal. La vida siempre se abre paso. Solo tenemos que dejar espacio para que la naturaleza opere.

¿Cree que la sociedad de consumo ha llegado a un punto de no retorno?

A largo plazo solo hay una solución, totalmente evidente, y se llama equilibrio. ¿Cuánto vamos a tardar en aprenderlo a nivel de especie? No lo sé. Pero, o llegamos a ese equilibrio o nos descalabraremos por el camino.

Usted es ingeniero civil, pero desde 2003 se ha dedicado a la producción artística. ¿Qué lo llevó a decidirse por el arte?

Los últimos años en la universidad, antes de licenciarme, intuía que la ingeniería no era mi camino. No sabía mucho de arte, por entonces solo pintaba murales, pero el instinto me empujaba hacia ese terreno ignoto. Cuando pensaba en la posibilidad de lanzarme al arte sentía luz y libertad. El viaje de varios meses por India me reafirmó. Decidir cada día dónde quería estar el siguiente fue algo que me enganchó. Aprendí a vivir con la incertidumbre. Me enamoré de ella, algo importante cuando uno decide embarcarse en el arte.

Se ha enfocado más en expresiones y lenguajes propios de un artista visual. ¿A qué se debe esa preferencia?

Mis proyectos nacen de una idea. El lenguaje y la obra responden a esa idea. Es decir, primero parto de un concepto del que quiero hablar. Luego, en mis libretas voy anotando ideas, realizando croquis y dando vueltas para ver cómo traducir esos conceptos en algo visual. No estoy atado a ningún lenguaje. Me siento libre. En mi trabajo manda la idea, el lenguaje debe adaptarse a ella. Vengo de la pintura y del arte urbano. He aprendido a manejar la fotografía y el video.

Quizás las acciones en el paisaje son las obras que más me gustan, porque tienen un carácter poético y metafórico muy potente. Para proyectos futuros estoy pensando también en introducir textos y piezas sonoras. Me importa la narrativa y el discurso. El lenguaje es una aventura.

Ha desarrollado proyectos en Brasil, Panamá, México y Colombia. ¿Qué ha hecho en Colombia?

Todos esos proyectos en esos países fueron realizados con mi colectivo Boa Mistura. Soy uno de los cinco fundadores que en 2001 dio forma a este conocido colectivo de arte urbano que ha trabajado por todo el mundo. A principio de 2015, ya con mi segundo hijo en camino, decidí apearme de ese cohete y dejar de dar vueltas al globo para ver crecer a mis hijos. Ellos siguen trabajando. En 2016 estuvieron en Colombia, pintando un mural enorme en el suelo de la plaza de La Hoja, en Bogotá, con la palabra ‘vida’, y realizando murales participativos en Buenaventura. Unas intervenciones maravillosas.

¿Algún proyecto futuro en Colombia?

Aún no. Pero démosle tiempo. Me encantaría.

ORLANDO RESTREPO ESCOBAR
EDITOR REDACCIÓN DOMINGO
EL TIEMPO

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