El patrimonio histórico, un tesoro que hay que cuidar

El patrimonio histórico, un tesoro que hay que cuidar

Su vulnerabilidad tiene que ver con el estado de conservación: la precariedad que lo mantiene en pie

Incendio en Notre Dame 9

El incendio de la catedral de Notre Dame acabó con 1.300 vigas de roble de la cubierta.

Foto:

Francois Guillot / AFP

Por: María Isabel Turbay Varona
25 de abril 2019 , 09:11 p.m.

El caso de Notre Dame de París parece haber conmovido a la humanidad entera, pues uno de los símbolos mayores de la cristiandad y de la arquitectura de todos los tiempos sucumbió al poder inclemente del fuego y, en instantes, su aguja, la cual se elevaba al cielo, desapareció para siempre, hundiéndose entre las volutas de humo que ella misma exhalaba.

El incendio de la catedral, cumbre del estilo gótico, al parecer fue causado por obras de restauración que estaban ejecutándose en ella. Las llamas acabaron con las 1.300 vigas de roble que componían la estructura de la cubierta, un tesoro escondido que, según la datación de la madera, fue cortado doscientos años antes de la construcción de la iglesia, es decir, eran árboles del siglo IX.

Las tejas estaban hechas de una fina capa de plomo que las sellaba perfectamente contra las filtraciones de agua, lo cual se revisaba a menudo como medida de precaución contra la humedad. Paradójicamente, este factor fue uno de los inconvenientes principales a la hora de apagar el fuego, ya que el agua que se rociaba llegaba con dificultad a esta zona impermeabilizada.

Muchos bienes del patrimonio cultural de la humanidad han sufrido daños irreversibles. En septiembre del año pasado ardió en llamas el Museo Nacional de Brasil, en Río de Janeiro, con toda su colección histórica, una de las más antiguas del mundo. En Siria existían 1.000 sitios que hacían parte de la lista del patrimonio mundial de la Unesco: en 2015, más de 300 de ellos fueron arrasados a causa del conflicto armado, como el templo de Baal, en Palmira, una reliquia arquitectónica romana del siglo I a. C.

Venecia padece cada año el fenómeno del agua alta: el crecimiento de la laguna, que lo inunda todo. En el 2018, la basílica de San Marcos sufrió graves averías, pues el agua salada se filtró por el suelo hasta una altura de 90 centímetros durante 16 horas, lo que afectó las puertas de bronce, las columnas, los mármoles, la estructura de ladrillo. La humedad incontenible puso en peligro los mosaicos de estilo bizantino del suelo de la iglesia.

Los daños ocasionados por el terremoto de Nepal, en abril de 2015, afectaron para siempre la cúpula del templo budista de Swayambhunath; los daños estructurales en el museo de arte de Nueva Orleans, a causa del huracán Katrina –en agosto del 2005–, fueron incontables –más bien, irreparables–, y la lista podría ser aún más larga y exhaustiva.

Eventos como estos nos ponen a pensar de nuevo en la conservación y protección del patrimonio histórico en Colombia, ya que las ciudades de América Latina son aún más vulnerables frente a fenómenos naturales como los sismos, las erupciones de los volcanes, los deslizamientos y las inundaciones ocasionadas por lluvias intensas y prolongadas o por períodos largos de sequía. Los estragos del cambio climático también se proyectan sobre el pasado, la memoria y sus vestigios.

Los factores de orden social también influyen, y mucho, en los riesgos a los que se enfrenta la conservación patrimonial. Los cambios demográficos en las zonas urbanas, las migraciones forzadas del campo a las ciudades, el conflicto armado; en fin, una compleja suma de realidades humanas que desbordan la acción y la previsión del Estado hacen que muchas veces, el patrimonio histórico esté en medio de circunstancias dolorosas, las cuales implican también un riesgo latente en lo que tiene que ver con la tarea de preservarlo y custodiarlo.

En Colombia, ya tenemos un histórico de sucesos que han afectado nuestro patrimonio. Es el caso de la ciudad de Popayán, que en la Semana Santa de 1983 fue víctima de un terremoto de 5,6 grados en la escala Richter. El centro histórico y todos los edificios monumentales se vinieron al suelo, y aunque hoy se han recuperado físicamente, su valor histórico se vio menguado por la reconstrucción y la inclusión de nuevos materiales en la arquitectura antigua.

Otro caso emblemático y terrible es el de la iglesia doctrinera de San Andrés de Pisimbalá, una joya, también en el Cauca, devorada en 2013 por un incendio que provocaron por igual conflictos sociales y actos vandálicos no del todo esclarecidos. En marzo de 2017, un incendio, por suerte controlado, amenazó con destruir la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá, del siglo XVIII. En julio de 2018, en el santuario de Las Lajas, Ipiales, el fuego provocado por las velas votivas pudo haber sido fatal, aunque por suerte no pasó a mayores.

Estos siniestros, como el caso de Notre Dame, evidencian la necesidad de evaluar los riesgos y gestionar planes de emergencia en edificios y centros de alto valor histórico. Se trata de una acción que debe tomarse muy en serio, no solo por la vida que pueda haber en juego allí, un valor fundamental, sino también por el cúmulo de bienes culturales que hay que proteger y resguardar.

En eso consiste la cultura, la cual es una interacción entre la sociedad y su pasado. La cultura es continuidad, pervivencia, memoria que trasciende.

Pero la vulnerabilidad del patrimonio, en muchos casos, sobre todo en Colombia, tiene que ver con el estado mismo de su conservación, o más bien, de su pésima conservación, de la precariedad que lo mantiene en pie. Eso pasa por los materiales utilizados, por la estructura y aun por la deficiente catalogación que muchas veces se ha hecho de lo que hay, y ese es un criterio fundamental para acometer todas las acciones de preservación e, incluso, de restauración del acervo patrimonial de cualquier sociedad.

El patrimonio religioso en Colombia, por ejemplo, es inmensamente vulnerable; todo parecería amenazarlo. En su mayoría, son espacios con poca ventilación y estructura antigua, y cuyas características de construcción, así como sus materiales, muchas veces son tan frágiles como las colecciones que albergan en su interior. La cantidad de feligreses o turistas, las velas encendidas, la ubicación en zonas sísmicas, las lluvias intensas, entre otros factores, incrementan el riesgo de una catástrofe.

Y ese es el otro tema fundamental: ¿estamos preparados para actuar? Es claro que el primer objetivo es velar por la vida de las personas ante un evento catastrófico. Sin embargo, los protocolos de gestión de riesgos están llamados a incluir en su plan de emergencias las directrices para atender, y también salvaguardar, las edificaciones patrimoniales y las colecciones muebles. Actuar en las emergencias frente al patrimonio, para protegerlo, es vital, y eso depende de que los esfuerzos de todos los actores implicados en esa empresa se cumplan con rigor y armonía.

Casos como el de los últimos terremotos de México, en el 2017, donde los planes nunca contemplaron dos sismos consecutivos de semejantes magnitudes, nos muestran lo importante que es la existencia de un plan previo, funcional y eficaz, omnicomprensivo, realista. Allí, en cambio, reinaron el caos, la incertidumbre y la descoordinación entre las autoridades y la sociedad; eso llevó a que se perdieran, para siempre, edificaciones de gran valor.

La implementación de metodologías rigurosas en la gestión del riesgo en el patrimonio cultural puede ser, y es, crucial en el seguimiento del grado de vulnerabilidad de los bienes muebles e inmuebles, así como en la evaluación de los riesgos para la toma de decisiones ante acontecimientos potencialmente fatales.

Ese es el único camino, más allá de la retórica y los golpes de pecho, que sirve para garantizar la protección del pasado y su salvación cuando sobrevienen las tragedias.
En México, a raíz de su experiencia reciente y dolorosa, ya implementan programas de prevención de desastres en materia de patrimonio cultural, con medidas para prevenir los riesgos contra huracanes y sismos, y se han desarrollado estrategias para minimizar los peligros, algunas de ellas enfocadas en determinar la vulnerabilidad de las edificaciones más antiguas. El propósito es salvar la vida: la de la gente y, también, la de la cultura.

En París, en el Museo del Louvre, ante la crecida del río Sena en el 2016, se pusieron en práctica las actividades del protocolo de emergencias para inundaciones, y las obras fueron puestas a salvo en los pisos superiores, con un ejemplar plan de triaje.

En Colombia ha habido avances, es cierto, y el Ministerio de Cultura tiene entre sus objetivos y prioridades, cada vez más, la preservación del patrimonio cultural. Se trata, sin embargo, de una tarea ingente que le corresponde no solo al Gobierno sino a la sociedad toda, pues, muchas veces, la incuria peor no es la de la naturaleza sino la del olvido y la desidia: abandonar nuestro deber, como ciudadanos, de proteger la memoria en sus testimonios tangibles y, ojalá, perdurables.

Que lo sean verdaderamente, sobre todo perdurables, depende no solo del Estado sino de todos nosotros. Porque ese es un indicador, quizá como no hay otro, del desarrollo:

MARÍA ISABEL TURBAY VARONA
Experta en conservación de bienes culturales, profesora universitaria.

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