Gloria Zea: aliento del arte colombiano durante medio siglo

Gloria Zea: aliento del arte colombiano durante medio siglo

Así fue la importante labor desarrollada por esta gran gestora cultural, que falleció esta semana.

Gloria Zea

Gloria Zea (1935-2019) en su casa del barrio La Merced, que fue la de su papá, Germán Zea.

Foto:

Filiberto Pinzón / EL TIEMPO

Por: Eduardo Serrano
16 de marzo 2019 , 09:59 p.m.

La primera vez que oí hablar de Gloria Zea estaba en Nueva York. Pasaba por Park Avenue con un amigo y él me dijo: “en esa exclusiva casa —entre tantos edificios— vive una señora colombiana que se llama Gloria Zea, dicen que es muy rica y muy bonita”. Tuve que esperar hasta 1970, cuando ya era directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, para conocerla y comprobar que mi amigo no había exagerado. Gloria era, ciertamente, de una extraordinaria belleza. Elegante, fresca y proyectando siempre esa energía entre seductora y exigente que le permitió llevar a cabo tantas obras importantes para el desarrollo cultural del país.

Los méritos de Gloria Zea en todas las áreas de la cultura son innumerables ya que, como directora del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), tuvo a su cargo los más diversos programas y realizaciones, desde el rescate de Ciudad Perdida, la restauración de numerosos edificios y monumentos, la edición de libros de autores nacionales, el fortalecimiento de las orquestas del país y la creación de los Salones Regionales hasta la fundación de la Ópera de Colombia.

Marta Traba la había designado como su sucesora en la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo), entidad que había pasado por varios infortunios desde su fundación, la mayoría de carácter económico. Gloria logró estabilizar su funcionamiento y con el apoyo de su esposo, Andrés Uribe Campuzano, se embarcó en la aventura de sacar adelante la idea de dotar a Bogotá de una entidad que promoviera, interpretara y conservara el arte contemporáneo.

Entre todos sus logros el que más la enorgullecía era, precisamente, la consolidación y construcción del MamBo. Y con razón, porque hoy es claro que la entidad, bajo su dirección, significó también la consolidación y actualización de la escena artística nacional, a la que, con Gloria, finalmente llegó el arte con todas las arandelas que lo mueven internacionalmente. Puede decirse, sin exagerar, que Gloria Zea fue clave en la colocación de cada ladrillo de ese edificio.

Debo confesar que yo pensaba, como la mayoría de los artistas e intelectuales de la época, que Gloria era una señora con dinero —lo cual es importante para la dirección de un museo—, pero que no sabía nada de arte. Para mi sorpresa, ella y su marido eran socios del International Council del Museo de Arte Moderno de Nueva York, eran invitados a sus más exclusivas inauguraciones, hablaban con los curadores y tenían mayor acceso a sus colecciones que el de los demás mortales. Estaban más compenetrados con el arte moderno de lo que la gente creía.

Y con Gloria, con el International Council, con las obras de Calder y Picasso (las primeras pinturas y esculturas de importancia que trajo al país), y con la curiosidad que la nueva directora había despertado en la sociedad bogotana, se instauró un nuevo entusiasmo por el arte, el cual puede decirse que perdura todavía.

Gloria fue el motor para el gran vuelco que se dio en el devenir y la apreciación de la plástica desde los años setenta en Colombia. Gracias en gran parte a su dinamismo, el arte nacional dejó de ser provinciano y local para volverse más ambicioso y seguro. Gloria supo ampliar la escena artística del país, le enseñó a mirar internacionalmente, a codearse con los grandes maestros del mundo. Era como si atrás hubieran quedado largos años de ostracismo, de mirar para adentro, y que Gloria con su entusiasmo, y con el Museo de Arte Moderno como bandera, los hubiera hecho desaparecer.

La llegada de Gloria Zea a la dirección del Museo de Arte Moderno trajo consigo una etapa de novedosas ejecutorias. Bajo su batuta y con su ejemplo, no solo el MamBo, sino todas las instituciones de su género dieron un paso formidable en su consolidación y profesionalismo. Se crearon las curadurías, se formaron muchas de las personas que hoy trabajan en esa y otras áreas de la museología y, en general, de la plástica a nivel nacional. El museo fue también la primera entidad de su tipo en contar con una biblioteca y una hemeroteca especializadas, con una sala de cine, con una de proyectos, con importantes intercambios con los más prestigiosos museos del mundo y con numerosas iniciativas encaminadas al enriquecimiento de su acervo.

Hoy es claro que la entidad, bajo su dirección, significó también la consolidación y actualización de la escena artística nacional

Una visión muy clara

Puede decirse que la vida cultural colombiana de los últimos cincuenta años está ligada íntimamente con Gloria Zea a través de, principalmente, las actividades del MamBo (y estoy seguro que también de la Ópera de Colombia), puesto que la entidad, si bien no nació, sí creció de su mano, fortaleciéndose al ritmo que el arte del país iba deslindándose del provincianismo heredado de años anteriores. La institución ha acompañado y promovido la consolidación de numerosos artistas tanto modernos como contemporáneos, ha llevado a cabo numerosas publicaciones que han clarificado y dado una concatenación a la historia del arte nacional, ha estado atenta a las tendencias y prácticas artísticas que han ido surgiendo con las nuevas inquietudes creativas; y sus exposiciones, tanto colectivas como individuales, tanto nacionales como extranjeras, y tanto de artistas consagrados como de nuevas figuras, han sido importantes protagonistas de la vida cultural del país.

Su colección, sin haber contado con los fondos de otras instituciones nacionales, constituye parte importante del patrimonio cultural colombiano y permite por sí sola el estudio del acontecer artístico nacional, así como de buena parte de la escena artística internacional del último siglo. En todos estos sentidos la labor del MamBo ha sido ejemplar, fructífera y encomiable.

Consciente de la importancia de la colección en cualquier museo, Gloria puso como prioridad desde el primer momento el incremento y selección de la misma, puesto que entendía también que con ella se entrelazan algunas de las principales funciones de estas instituciones: investigar, preservar, interpretar y exhibir las obras. Cuando ella llegó al museo, la colección sumaba 29 obras de artistas colombianos y 36 de artistas de otros países, todas de los años sesenta. Al retirarse Gloria del museo su número pasaba de 2.000, contándose entre ellas obras de gran importancia para la historia de la plástica nacional e internacional.

Empecé a trabajar con ella prácticamente desde 1970, pero solo me vinculé oficialmente con el museo en 1974, cuando ‘secuestraron’ a Gloria y fui nombrado curador en propiedad. Desde ese momento entablamos una amistad cómplice que nos permitió todo tipo de aventuras para mantener el museo no solo físicamente sino intelectualmente vigente. En los viajes que hicimos me llamó siempre la atención tanto sus conocimientos de la historia del arte como su ojo perspicaz para descubrir belleza, originalidad, humor y otros atributos en las exposiciones que visitábamos.

Gloria fue siempre extremadamente amable con los artistas, inclusive con aquellos que disentían rabiosamente de su manera de actuar, pero, pensando precisamente en la colección, decidió llevar a cabo en el museo cuatro tipos de exposiciones nacionales e internacionales: retrospectivas de grandes maestros, exposiciones individuales de artistas en plena actividad creativa, exposiciones colectivas que ilustraran acerca de algún postulado curatorial que podía ser de tipo histórico, técnico o temático, y exposiciones colectivas para presentar los trabajos de artistas jóvenes que empezaran a sobresalir. Y como la ausencia de recursos obligaba a la institución a pedir en donación las obras, optamos por irlas solicitando a aquellos artistas que se iban exponiendo como una especie de retribución por el respaldo que significaba exponer en el Museo.

Un episodio que la retrata

Consciente igualmente de que una colección museológica debe no solo propiciar un disfrute visual, sino despertar curiosidad, impulsar a reflexiones y transmitir conocimientos, fue objetivo de Gloria, desde el primer momento, otorgarle coherencia e incrementar la incipiente colección con que contaba la entidad. Lo cual no fue fácil desde el principio pues las obras que habían sido recopiladas por Marta Traba fueron objeto de un episodio que retrata a Gloria Zea, de pies a cabeza. Por alguna razón, las obras se encontraban en el Museo de la Universidad Nacional, donde, en el marco de una protesta estudiantil, se habían roto los vidrios del museo. Y como las directivas de la universidad no se comprometieron a reemplazarlos inmediatamente, Gloria, con la ayuda de Andrés Uribe Campuzano, Andrés Uribe Crane, Ramón de la Torre y otros amigos de la institución, sacó las 60 obras que conformaban la colección por encima de la pared posterior del edificio mientras al frente del mismo se desarrollaba un violento choque entre universitario y policías. Así era Gloria, osada y dispuesta a hacer cualquier cosa para defender el encargo que le habían hecho a nombre de la sociedad colombiana.

Es conveniente precisar que en ese momento se entendía como moderno el arte producido con una sensibilidad y ánimo experimental, con el deseo de encontrar nuevos puntos de vista, nuevas ideas, materiales y funciones, en oposición al arte académico, el cual representaba la tradición y cuyo principal objetivo era la imitación de la naturaleza. Se encontró que esa actitud se iniciaba en Colombia con la obra de Andrés de Santa María, lo que propició el entusiasmo de Gloria, quien de inmediato organizó una exposición del maestro y dispuso que, si el modernismo en Colombia se iniciaba con Santa María, con él tenía que iniciarse también la colección del entonces llamado MAM.

Gloria fue siempre extremadamente amable con los artistas, inclusive con aquellos que disentían rabiosamente de su manera de actuar

Decidió Gloria que la colección del Museo debía reunir un acervo representativo del arte moderno de Colombia y, en lo posible, también del arte moderno internacional. Le parecía que ese propósito no solo concordaba con los objetivos de un museo denominado, precisamente, “de arte moderno”, sino que, dado el interés de la institución en las expresiones artísticas contemporáneas, representaba una aventura no solo congruente, sino posible y emocionante. Y así ha sido hasta el presente.

EDUARDO SERRANO
Especial para EL TIEMPO

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