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Las fabulosas criaturas de barro de Cecilia Ordóñez
Obras de la artista Cecilia Ordóñez

'En el principio', obra de la artista Cecilia Ordóñez.

Foto:

Cortesía de la artista

Las fabulosas criaturas de barro de Cecilia Ordóñez

'En el principio', obra de la artista Cecilia Ordóñez.

La galería Salón Comunal presenta un redescubrimiento fantástico: ‘De lo impredecible a lo visible’.

En la sala con suelo de piedra de la galería Salón Comunal solo faltan los sonidos misteriosos de las criaturas de Lovecraft. Las tres esculturas principales de la muestra de Cecilia Ordóñez tienen una inquietante vitalidad. Parecen criaturas vivas; tienen el tamaño de una persona y podrían estar en el fondo del mar o, en cualquier instante, estirar un tentáculo para envolver al que se atreva a despertarlas de su sueño de barro.

Cecilia Ordóñez está eufórica. La exposición ‘De lo impredecible a lo visible’ ha despertado buenos y generosos comentarios y –de paso– la ha puesto de nuevo en el panorama del arte nacional. Su obra está en varias colecciones internacionales, y en el mundo de la cerámica es una verdadera celebridad. En los años ochenta tuvo un premio en un Salón Nacional; pero por algún tipo de tara –¿por qué haces solo cerámica?, le decían algunos colegas– su obra no ha tenido el brillo que se merece.

(Además: La pintura de las murallas y otros despropósitos contra el patrimonio)

Su maestra fue otra leyenda de la cerámica en Colombia y una artista que, sin duda, también merece una revisión de su legado: Beatriz Daza. Ordóñez la conoció en los años 60 en la Universidad Nacional. Daza era profesora de cerámica y ella era una estudiante sin rumbo fijo en la Universidad de los Andes. Tomó un curso libre de Daza porque no quería ser ni odontóloga, ni psicóloga ni ningún tipo de ‘oga’, y porque había descubierto la obra de Daza en una exposición en el antiguo Museo de Arte Moderno, dentro de la propia Universidad Nacional. “Fue impresionante –recuerda–, sentí que algo me explotaba por dentro”. Daza, como ella, era de Pamplona y esa fue su excusa para acercarse. La maestra la miró con ternura y le dijo que se inscribiera en su curso.

La mañana quedó destinada para sus clases electivas en los Andes, y en las tardes se iba a la Nacional. El primer ejercicio que hizo con Daza fue revelador: hacer un cilindro. Fue su primer encuentro con la arcilla y su sensualidad. “Beatriz todo el tiempo nos pedía que reflexionáramos sobre lo que hacíamos”; pronto instaló su taller en el patio de su casa. Su papá entró en una furia llena de desconcierto: “¿Qué es esa perdedera de tiempo?”. Cecilia no dio su brazo a torcer. Pronto abandonó los Andes y se metió de lleno en la carrera de cerámica, que más tarde se fusionaría con Artes Plásticas.

Y sucedió lo impensable: Daza murió en un accidente automovilístico en Cali en 1968. El reemplazo de la maestra fue un profesor que, recuerda Cecilia, quería enseñarles a hacer lámparas y pocillos. Su papá también había muerto y, con la herencia, decidió ir a París en busca de nuevos profesores, pero su gran visión fue, definitivamente, la monumental Victoria de Samotracia en el Louvre.

La artista Cecilia Ordóñez.

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Cortesía de la artista

Regresó a Bogotá y empezó una carrera como docente en la Nacional. Los salones se convirtieron en su campo de experimentación con la arcilla, los talcos, el óxido de zinc, el óxido de plomo, la soda cáustica, las cucharadas de colorante y toda la alquimia que rodea el misterio de la cerámica.

Era la última en salir de la universidad. Se quedaba enclaustrada hasta la medianoche, cuando por fin el horno renunciaba a su calor y no era un peligro de fuego en el campus. El decano de Arquitectura, Arturo Robledo, la veía en las noches. Se interesó por su obra y la animó a que se fuera a hacer una especialización. Su siguiente paso fue la Universidad de Iowa (Estados Unidos).

Se especializó y volvió a Colombia con la idea de un horno de gas descomunal. Su hambre descomunal de romper todos los moldes no cambió en mucho la mirada del grueso de artistas, “¿por qué no haces otra cosa?”. El mundo del arte despreciaba la cerámica; la veía como algo menor. Los únicos que siempre fueron generosos con ella fueron otros maestros indiscutibles: Santiago Cárdenas y Manuel Hernández. Ella, en un mayor momento de rebeldía, empezó a crear piezas gigantes en una casa que compró cerca del estadio El Campín. “Las hice así de grandes para que me vieran”, dice.

‘Mujer de pie con la cabeza en una nube'.

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Cortesía de la artista

Esas piezas monumentales están en su finca en Tenjo, el lugar donde se retiró para trabajar en silencio y tener espacio para el horno de sus sueños. Su patio tiene el poder de un museo al aire libre. Detrás de un agave gigante está su homenaje a Beatriz Daza: casi 20 cilindros monumentales a los que solo les falta agitarse para estar vivos; está su Mujer de pie con la cabeza en una nube, una escultura –su propio autorretrato– que podría estar al lado de un Giacometti e iniciar un diálogo de gigantes. “Ya no hago cerámicas tan grandes”, dice. “No tengo tanta fuerza, y transportar el gas hasta acá se ha vuelto un poco difícil”.
Pero sus ganas de trabajar se mantienen intactas. En Salón Comunal (transversal 27A n.º 53B-25) hay varias esculturas de tamaño mediano –casi 1,50 m de altura– y varias piezas pequeñas, inspiradas en el mar, que revelan su eterna y delicada sabiduría con el barro.


FERNANDO GÓMEZ ECHEVERRI
EDITOR DE CULTURA
En Twiitter: @LaFeriaDelArte

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