Beatriz González, una artista sin miedo

Beatriz González, una artista sin miedo

En el Museo Miguel Urrutia del Banco de la República se muestra parte de su ácrata obra.

Beatriz González

La artista Beatriz González ha marcado el desarrollo de la plástica nacional.

Foto:

Claudia Rubio

Por: Myriam Bautista
18 de noviembre 2020 , 11:17 p. m.

Ha pintado muy a su aire. Sin importarle las tendencias artísticas ni mucho menos las del mercado y tampoco las de la crítica.

Su interés predominante ha estado centrado en ser vocera de una sociedad en la que los derechos humanos, comenzando por el de la vida, no valen nada.

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Beatriz González, la ‘Maestra’, como se le nombró pocos años después de que comenzó su carrera, puede que no sea la pintora colombiana más reconocida ni nacional ni internacionalmente, pero lo que no admite discusión alguna es que es la más provocadora, la que más aportes ha hecho desde los años sesenta hasta hoy al arte nacional y la que no ha dejado un solo día de reflexionar sobre los sempiternos conflictos políticos y sociales.

Reflexión que ha dado origen a obras muy colombianas, que han causado uno que otro debate, hilaridad y escandalizado a diversos sectores que consideran que las artistas locales no tienen derecho a ser críticas.

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Muy de la tierra

En los años setenta el eximio pintor Luis Caballero, le escribió una carta en la que le decía, entre otras cosas: "Usted es la única pintora en Colombia que ha sido capaz de pintar colombiano". Frase que tomó la crítica de arte Marta Traba, en su libro Los Muebles de Beatriz González.

"Caballero sabe perfectamente el riesgo que corre al emitir este juicio: yo quiero acompañarlo en ese riesgo, asumiéndolo para tratar de verificarlo con el análisis crítico, a fin de que tal afirmación no quede como una frase improbable, sino como el resultado convincente de una investigación".

Investigación que Marta Traba adelantó y documentó para ese libro y posteriormente cada vez que Beatriz González inauguraba una exposición o presentaba sus obras siempre contó con sus agudas y versadas críticas en las que le dio un espaldarazo por su mordacidad e ironía, así como por la calidad de su pintura. Y, claro, por su contribución rotunda a la construcción de memoria de este país absurdo, injusto y violento.

Inicios

Después de cursar dos años de arquitectura en la universidad Nacional, Beatriz desertó y se devolvió a su tierra: a Bucaramanga. Trabajó como decoradora de vitrinas y haciendo coreografías para desfiles de modas. No eran esas actividades lo suyo.
Se devolvió a la capital y lo primero que hizo fue matricularse en la Universidad de América al curso que sobre el Renacimiento Italiano dictó Marta Traba. Si tenía dudas sobre la carrera que quería hacer las superó con esas iluminadoras lecciones.

Entró a estudiar Bellas Artes a la universidad de Los Andes, en una época dorada de esa facultad, en la que tuvo como maestro a Antonio Roda y de compañero a Luis Caballero, que se convertiría en uno de sus mejores amigos.

Su inserción en el mundo del arte de la capital se dio en esos años sesenta
. No hay museo importante de la capital ni departamento de educación museal en el que su nombre no aparezca.

Una de sus máximas, que repiten quienes han sido sus alumnos, dice que: "Se debe concebir el museo y las exposiciones como un espacio de transmisión de conocimiento y de ver al público como un interlocutor activo".

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En sus primeros trabajos además de pinceles, esmaltes, oleos, trementina aguada, lienzos, utilizó pinzas de cirugía y lupas potentes con las que diseccionó cuadros de grandes pintores como La Rendición de Breda del español Diego Velásquez o La Encajera del holandés Johannes Vermeer de Delft para hacer versiones muy suyas en las que entregaba partes de esos cuadros, por ejemplo, la Encajera que apareció en el recordado almanaque de cigarrillos Pielroja. Encajeras hizo muchas.

Haría un proceso similar con obras de Picasso, Davinci, Rafael Sanzio, Manet y algunos otros grandes representantes del arte universal.

La maestra Beatriz González realizó ocho matrices que repite para cubrir los 8.957 nichos que hay en los cuatro columbarios.

La maestra Beatriz González realizó ocho matrices que repite para cubrir los 8.957 nichos que hay en los cuatro columbarios.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Debut

Marta Traba la escogió, sin graduarse, para hacer una muestra individual en el Museo de Arte Moderno de Bogotá "Mambo" y ella con ganas de presentar una obra muy criolla se puso en la tarea de revisar la prensa nacional a ver con que se topaba. Encontró una mala fotografía de una pareja de suicidas, que apareció en este periódico y en El Espectador, que la conmovió y procedió a hacer su versión.

Se trataba de un jardinero y de una empleada del servicio doméstico que muy enamorados, pero pasando una situación económica difícil decidieron quitarse la vida, pero antes, se acicalaron y con un ramo de flores se fotografiaron.

Con "Los suicidas del Sisga", una de sus obras icónicas, participaría en el XVII Salón Nacional de Artistas, que en un primer momento fue rechazado por algunos jurados que encontraron que su trabajo era una mala copia de las pinturas que hacía el joven y prometedor artista antioqueño Fernando Botero, luego la aceptaron y le otorgaron el segundo lugar.

Serían, a partir de entonces, los periódicos nacionales una de sus principales fuentes de inspiración y los inicios de un nutrido archivo de acontecimientos sociales y políticos.

Archivo que contiene cientos de notas de prensa, folletos, invitaciones, catálogos, afiches y libros relacionados con el arte y la historia del país. Sucesos no solo para pintarlos sino para investigarlos y escribirlos.

"Divido mi tiempo. Mitad pintó y mitad escribo", ha dicho en varias oportunidades.

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Galería de próceres

Como Beatriz González también es historiadora se sumergió años más adelante en los archivos nacionales buscando los rostros de próceres y patriotas para pintarlos en dos series que título como Apuntes para la Historia Extensa de Colombia. El periodista e historiador Arturo Abella levantó su voz para quejarse de los retratos de Beatriz porque los consideraba una burla, una mofa a estos prohombres.

Documentaría Beatriz, décadas después, la corta vida de La Pola, acompañada con la iconografía que buscó con empeño, para el libro Policarpa 200 que publicó el Museo Nacional.

Uno de los muchos libros que ha escrito sobre pintores colombianos refundidos en el recuerdo de escasas personas, así como la detallada investigación "El arte colombiano del XIX", siglo en el que es experta y su agudo ensayo sobre la Historia de la Caricatura en el país.

Muebles y cortinas

Vendría su etapa pop o kitsch o simplemente jocosa, en la que utilizó un lenguaje artístico muy original. En muebles de metal comprados en el pasaje Rivas de Bogotá o mandados hacer a carpinteros del barrio donde vive, en bandejas de aluminio o en tambores pintó imágenes de santos, soldados, animales, cantantes y cuantas figuras se le atravesaron.

'Usted es la única pintora en Colombia que ha sido capaz de pintar colombiano'

También pintó a esas personas que salían en la crónica social, las familias "bien" de la capital, o a quienes aparecían en la crónica roja de los periódicos o a los políticos, tan mediáticos ellos toda la vida. Sus cortinas o carpas de circo con la familia presidencial, para esos años la de Julio César Turbay Ayala, hacen parte de esta galería con la que gozó la pintora e hizo (hace) gozar a quienes tienen la oportunidad de verlas. Retrató a esos personajes de la vida nacional que tanto daño hicieron en la vida pública y que en privado eran los mejores animadores de fiestas y asiduos de las parrandas vallenatas.

Y no dejo de lado a personajes internacionales como Jackelin Kennedy, en su divertido Jackie Oasis, en la que dibujó a la ex primera dama norteamericana en un camello, ya siendo la esposa del millonario griego Onasis.

No más risas

Vendría la toma y contratoma del Palacio de Justicia, hace 35 años, y a partir de esos días cambió la risa por las lágrimas y su paleta de colores fue menos festiva.
Beatriz González decidió no volver a hacer humor con sus piezas, sino que se puso en la piel de quienes estaban sufriendo, las víctimas.

De esa época son famosos sus Papagayos. Belisario Betancur en desfiles militares acompañado por los generales del Ejército y la Policía, directos responsables de la respuesta militar a la toma de los guerrilleros del Eme 19, con los resultados por todos conocidos.

Dibujó, también, una serie de mujeres llorando por sus hijos, por sus esposos, por sus padres, en esa etapa, que no acaba, de la violencia paramilitar o de asaltos guerrilleras, los que por el Acuerdo de Paz ya quedaron en el pasado, como la toma de la base militar de Las Delicias en 1996, en la que más de sesenta militares fueron secuestrados por la guerrilla.

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Otras miradas

Las tempranas exposiciones de Beatriz González en Argentina y Brasil no le dejaron buen sabor porque le pareció que su obra no era muy entendida por extranjeros. Sabor que se hizo dulce cuando presentó su trabajo en Nueva York, invitada por la reconocida crítica de arte Carolina Ponce de León, curadora del Museo del Barrio.

En esa oportunidad tuvo muy buena recepción, reseña en el periódico New York Times y críticos internacionales comenzaron a seguir su trayectoria y ya son varios especialistas internacionales que son su sombra. Vendrían otras exposiciones en países europeos fundamentalmente, que confirmarían la buena nueva: su trabajo era comprendido y admirado en el exterior.

El ahora

Ya en el siglo XXI, una de las obras más importantes de la Maestra es la de los Columbarios del Cementerio Central de Bogotá, en donde intervino ocho mil y pico de criptas vacías, con las figuras de civiles o soldados cargando cadáveres en bolsas de plástico negras, en redes o en hamacas y que son el retrato más cabal de lo que ha sucedido a lo largo y ancho del país. Decenas de muertos que no tienen derecho a un entierro con sus dolientes, sino que son llevados por los asesinos que los abandonan en ríos o a la vera de los caminos.

Caminar por entre esas bóvedas es andar por el sendero de las huellas del crimen sin castigo que abundan a lo ancho y largo del país. Auras Anónimas tituló la Maestra este impresionante trabajo.

Otra de sus obras recientes fue la pintura de la reclamante de tierras Yolanda Izquierdo, asesinada en Montería a la luz del día, cuya fotografía encontró en este periódico, del periodista Alvaro Sierra. El retrato que hizo Beatriz González se publicó en una hoja suelta y unas 400 personas llegaron a la Galería de Alonso Garcés en el centro de la ciudad para que la artista se las firmara y muchas le hicieron altar a la imagen de la lideresa, de las primeras asesinadas.

La artista colombiana Beatriz González nació en Bucaramanga.

La artista colombiana Beatriz González nació en Bucaramanga.

Foto:

Claudia Rubio. EL TIEMPO

El cometido de Beatriz de volver a la víctima un icono se hizo realidad.
Hablar de todas las obras de la Maestra en una página es tarea imposible, pero este breve repaso y el lucido escrito por Fernando Gómez Echeverri, el domingo 8 de noviembre en este periódico, constituyen un homenaje para quien no ha dejado un solo día, en sus sesenta años de trabajo, de entregar sus creaciones para contrarrestar las acciones violentas de esos grupos a los que no le interesa ni la paz ni la convivencia armónica.

Buen cumpleaños y larga vida a la audaz pintora, o como la nombró el colega y escritor Fernando Quiroz: la imprescindible Beatriz González Arana.

MYRIAM BAUTISTA
Para  EL TIEMPO

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