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Salúdame a fulano, qué se ha hecho zutano, dónde andará mengano
Perico de los palotes

Perico de los palotes hace referencia a quien tocaba el tambor con dos palos o baquetas para atrapar la atención de los habitantes y advertirles que había noticias importantes.

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Getty Images

Salúdame a fulano, qué se ha hecho zutano, dónde andará mengano

Perico de los palotes hace referencia a quien tocaba el tambor con dos palos o baquetas para atrapar la atención de los habitantes y advertirles que había noticias importantes.

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El escritor explora el origen de las expresiones populares que han perdurado en la historia.

Anda circulando en las redes sociales un interesante texto de la escritora española Isabel Martínez Cordero, que también es periodista, y en esta ocasión se ocupa de averiguar si realmente existieron fulano, mengano y zutano, tres personajes tan célebres y renombrados. Ella cree que no.

Yo, por el contrario, creo que sí, y que no solo existieron sino que existen todavía. Están, con distintos nombres, en todas partes del mundo, en todas las culturas, en todas las lenguas. Y, además, los mencionan de manera constante, cada vez que un ser humano quiere referirse a otro, pero sin nombrarlo, por ironía o porque se le olvidó el nombre.

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Me imagino que ustedes, naturalmente, y tal como me ocurre a mí también, se habrán preguntado más de mil veces en la vida quién diablos es ese fulano y de dónde salieron sus parientes y derivados: su hermano fulano de tal, su hijo fulanito, su primo perencejo, su sobrino mengano.

Todos los investigadores del idioma castellano, en sus trabajos académicos, han concluido que tales personajes nunca existieron en la vida real. Son ingeniosas invenciones, muy antiguas, de los primeros españoles que hablaron nuestro idioma, incluso desde la época en que su propio territorio estuvo ocupado por los conquistadores árabes. Imagínense ustedes que desde entonces han pasado ya más de mil trescientos años.

Precisamente por eso, se ha logrado establecer que la palabra fulano se deriva directamente del término árabe fulan, que en su lengua original significaba “cualquiera” o “cualquier persona”. Desde entonces, en nuestro idioma, ese vocablo se usa para referirse a alguien de quien no se sabe el nombre, o no lo recuerdan en el momento, pero también es un recurso que se utiliza para esconder algo, para fingir o para disimularlo, con tono de desprecio o con espíritu peyorativo.

Mengano y zutano

Lo más curioso de estas aventuras a lo largo de nuestra lengua es que las otras expresiones que hemos venido mencionando también son hijas de su padre árabe, ya que de allí pasaron al español y luego se explayaron por toda la América Latina.

Mengano tiene ese mismo origen, puesto que proviene del vocablo árabe mankan. Significa “quien sea” y, como una verdadera curiosidad, hay que anotar que en todos los países de habla española siempre va de segunda, detrás de fulano. La gente siempre dice “fulano y mengano”, pero jamás he oído a alguien que diga “mengano y fulano”.

En cuanto a su pariente zutano, lo más probable es que, como lo observa Isabel Marín, tenga un origen distinto a las otras dos y más bien, como tantos términos del idioma español, proceda del vocablo latino scitanus, que quiere decir “el que sabemos”.

Pero es que, en tiempos más recientes, a fulano, zutano y mengano el pueblo que habla castellano les fue agregando varios términos más y eso ha hecho mucho más difícil investigar los orígenes. Ese es, precisamente, el caso de vocablos como perencejo, menganejo o fulanejo.

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¿Y la fulana esa?

Esos casos que acabo de mencionar se unen a otro moderno, perengano, que es muy usado en España, pero no tanto en la América hispana.
Los investigadores y rastreadores no han encontrado en el castellano antiguo huellas de ninguno de ellos. Tal como parece indicarlo el propio sonido de esos términos, se trata, más bien, de formas aún más despectivas para referirse a la persona que no se quiere mencionar, y que proceden de las palabras originales, de las cuales son derivaciones.

Tanto la señora Marín como Alfred López, otro lingüista que ha estado investigando estos temas en los últimos años, se detienen en el análisis de una curiosidad que ha aparecido también en tiempos recientes. Es la variante femenina de esas mismas palabras, es decir, fulana, zutana y mengana.

Lo malo es que hoy la gente, sobre todo en la propia España, suele usar la primera de ellas (fulana) con cierto aire de picardía, de astucia y de desprecio, para calificar de prostituta a una mujer que no se quiere mencionar por su nombre. Suelen referirse a ella como “la fulana esa”.

Otro hallazgo bien interesante, y más que nada curioso, es que las investigaciones más serias parecen indicar que en la antigüedad del idioma, en sus primeros años, cuando todavía andaba gateando, la palabra fulano era un calificativo tan individual y concreto que no tenía plural.

Por eso, para cuando se necesitara aludir a dos personas en vez de una sola, inventaron la segunda, a fin de referirse a fulano y zutano. Y luego la tercera, y fue así como nació mengano. Pero, después de todo, la gente como que se aburrió de seguir rompiéndose la cabeza para conseguir nombres nuevos y vino la pluralización de los anteriores.

La palabra fulano se deriva directamente del término árabe fulan, que en su lengua original significaba cualquiera o cualquier persona

Para quienes suelen escribir esos términos con mayúscula inicial, este es el momento propicio para advertirles que lo correcto es hacerlo con minúscula, salvo en un solo caso, que es la excepción: cuando inventen, en su escrito, un personaje imaginario. Por ejemplo: “Llegamos a la tienda de don Fulano López y nos brindó un aguardiente”.

La verdad histórica es que, con el paso de los años, ese fulano se volvió tan popular y tan mencionado en la lengua castellana, que terminó convertido hasta en el título de libros, ensayos, crónicas y titulares de prensa. Recuerdo, por ejemplo, la novela Yo soy fulana de tal, del comediante y humorista español Álvaro de Laiglesia, que se hizo célebre entre los hablantes del español a mediados del siglo veinte.

Perico de los palotes

A estas alturas del partido es bueno advertirles a los lectores –si es que acaso tengo algún lector– que los vocablos fulano, zutano y mengano no deben confundirse con otras expresiones similares, como es el caso de perico de los palotes, un célebre pero misterioso personaje al que todo el mundo menciona, pero pocos lo conocen, cuando quieren decir que alguien es un pobre diablo, persona sin importancia, un ser anónimo, un indeterminado, un fulano cualquiera.

No resisto las ganas de contarles el origen tan sorprendente y hasta cómico de ese nombre.
Resulta que, según quedó constancia en varios libros y documentos, por allá en el siglo quince no había en España, ni en ninguna parte del mundo, emisoras de radio, periódicos, televisión y menos aún redes sociales ni computadores. Entonces, para poder divulgar sus decretos y mandatos, y lograr que la gente se enterara, los gobernantes acudían a los servicios del pregonero, que era un locutor de gran voz, y leía en las esquinas del pueblo esas normas nuevas.

Pero, para atrapar la atención de los ciudadanos, y advertirles que había noticias importantes, primero llegaba el de los palotes, o sea, el que golpeaba el tambor con los dos palitos, o palillos, y la gente se apresuraba a ir para ver de qué se trataba. A ese hombrecito lo llamaban “el de los palotes”. Perico, a su vez, era una palabra genérica usada para referirse a cualquiera que no valiera la pena. Como quien dice: fulano de los palotes.

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El gringo Doe

Recuerdo perfectamente que cuando yo era niño, y debió ser por esa misma época, en San Bernardo del Viento también había un pregonero que divulgaba los decretos del alcalde parándose en las esquinas. Pero no teníamos el redoble previo del perico de los palotes.

Ustedes se preguntarán, como me lo pregunté yo con insistencia, si en otros idiomas, como es el caso del inglés, existe también la costumbre de usar el término fulano, u otro que se le parezca y que lo reemplace.

Pues bien, en el inglés que se habla en los Estados Unidos existe el famoso John Doe, un personaje imaginario que es el equivalente de nuestro fulano, que vendría siendo algo así como Juan Nadie.

En los procesos judiciales, cuando, por ejemplo, se quiere mantener el anonimato de un testigo, o cuando se desconoce el nombre verdadero de alguien, lo identifican así. Si se trata de una mujer, entonces se refieren a Jane Doe, es decir, doña Juana Nadie. Hasta los propios demandantes se identifican así cuando quieren ocultar su identidad.

Fulano llega a Colombia

En el caso específico de nuestra Colombia, el uso de fulano y mengano se inició con los primeros conquistadores y colonizadores españoles que llegaron a esta tierra, especialmente los que procedían de Castilla.

Ellos trajeron, además, otras variedades de esos mismos términos, pero no pegaron mucho y han ido desapareciendo del habla cotidiana. Tal fue el caso de menganejo y perencejo. Esta última era una manera de referirse a una persona cualquiera por cuanto el apellido Pérez, desde entonces, ya era muy popular y repetido entre la gente.

Al difundirse en Colombia aquellas expresiones, el nuevo país les fue imprimiendo sus propias variaciones. De esa manera, como lo dice el profesor Alario di Filippo, apareció entre nosotros el fulanejo, como forma aún más despectiva de fulano.

Y de esa manera llegamos al fulanismo, que es la manera de referirse a una actividad que se vuelve muy personalista, dominada por unos pocos individuos. Por ejemplo: “En este pueblo el comercio se volvió un fulanismo. Lo tienen acaparado dos familias”.

Llegamos ya al final de este apasionante viaje a través de fulano, zutano y mengano. Los hemos recorrido como si fueran un territorio. Hemos navegado a través de ellos como si fueran un mar.

Esa es la idea, precisamente. Lo que yo me propongo con estas crónicas, cada vez que recurro a temas como este, es que comprendamos mejor el lenguaje que usamos diariamente, de dónde proceden las palabras que empleamos, qué significan los dichos que repetimos, quién tuvo la ocurrencia de inventarlos y por qué motivo.

Y he terminado yo mismo por entender que la biografía del vocabulario es como una novela de misterio y emociones. Recorriéndola, se llena uno de asombro, pero también de regocijo. A propósito, y ahora que lo menciono, ¿saben ustedes cuál es el sorprendente origen de regocijo? El día menos pensado hablamos de eso, porque ahora se me acabó el espacio.



JUAN GOSSAIN 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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