Qué esperar para el 2020, el año de la ira: Análisis

Qué esperar para el 2020, el año de la ira: Análisis

Indignación, protestas y soluciones a corto plazo. Estas, algunas proyecciones de lo que puede pasar

cacerolazo

La indignación fue la gran sorpresa en este 2019, y no parece estar próxima a cesar. Más bien, se ve su tendencia a tomar fuerza.

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Santiago Saldarriaga / EL TIEMPO

Por: Gabriel Silva Luján
28 de diciembre 2019 , 08:27 p.m.

La humanidad desde sus albores se ha obsesionado con predecir el futuro, con poder anticipar las amenazas y conocer de antemano las oportunidades. No son pocas las novelas y las películas que reflejan ese anhelo: alguien se encuentra el diario del día siguiente o por algún azar logra viajar al futuro. Saber qué va a pasar, o creer que se sabe, le da certidumbre a la acción y claridad a las decisiones.

Por eso tanto los individuos como las empresas, las instituciones y los gobiernos gastan millones de millones haciendo ejercicios de simulación, de análisis probabilísticos, de escudriñamientos actuariales; con el ánimo de basar en algún método hipotéticamente racional una visión de lo que se viene.

La efectividad de los pronósticos sobre el futuro se ha reducido dramáticamente.
Hoy es ya un lugar común hablar de la velocidad de diseminación de la información y de la masificación de las reacciones colectivas. Esa realidad hace que la data de cambio de todos los procesos sociales sea mucho más alta y, por lo tanto, se incremente el grado de incertidumbre asociado a cualquier predicción. Estamos en la era de los cisnes negros.

Además, la jerarquía de las causalidades ha cambiado. Antes las cosas ocurrían desde lo local, pasaban por lo nacional y eventualmente lo externo incidía remotamente. Ahora, internet y la globalización invirtieron ese eje, para darle a la causalidad un orden donde los acontecimientos globales tienen prelación en la explicación de los acontecimientos hasta en las más remotas aldeas.

El clima humano

Nos preocupamos mucho, con toda la razón, por el cambio climático. Mucha menos atención le prestamos al clima humano, es decir el estado de ánimo de las personas, las sociedades, los grupos y las diferentes generaciones. Y si por los lados del medioambiente las cosas se ven feas, por el frente del “ecosistema social” se ven grises nubarrones en cuanto a la paz, la tranquilidad social, la estabilidad institucional y la prosperidad económica.

La inmensa mayoría de las firmas encuestadores de alcance global coinciden en que el clima de opinión en el mundo es cada vez más pesimista en todos los órdenes de la vida y que esa sensación viene incrementándose consistentemente desde hace más de una década. Una encuesta mundial realizada en junio de 2019 por IRIS, una red de firmas independientes de investigación de opinión, revela la magnitud de la frustración y ansiedad colectivas que hoy afecta a la humanidad (Global Economic Confidence 2019, IRIS, junio 2019).

La mitad de los hogares consideran que las condiciones económicas actuales son las peores que han visto en toda su vida y que a sus familias les cuesta cada día más trabajo lograr cubrir las necesidades esenciales. Por ejemplo, una cuarta parte de las personas con vivienda tienen por lo menos una cuota de su hipoteca vencida y cerca del 35 % tiene un pago de deuda atrasado. El 50 % de los hogares han limitado el consumo de alimentos este año. La sensación de inseguridad económica es abrumadora, dado que el 45 % de las familias siente que es altamente probable que en los próximos seis meses la cabeza del hogar pierda su empleo.

Y ese “estado de ánimo” generalizado ha tenido serias consecuencias sobre las actitudes hacia los gobiernos nacionales y las instituciones multilaterales. Según IRIS, “los encuestados indicaron que sus gobiernos y las instituciones globales les han fallado y que los políticos han manejado equivocadamente su país. Este sentimiento indica que existe una ausencia generalizada de confianza en la habilidad de los gobiernos nacionales y las entidades internacionales para distribuir equitativamente la riqueza”.

Hastío sistémico

El entorno de opinión descrito arriba anuncia tormentas, rayos y centellas a escala global. El sentimiento de frustración colectiva que embarga hoy a la gente es un fuerte predictor del comportamiento social y político en el 2020. Las protestas que se observaron en todos los cinco continentes, incluso en los países considerados menos vulnerables a esos movimientos en América Latina –como son Chile y Colombia– son solo el comienzo. La insatisfacción no parece ser pasajera. Es decir, creer que ganando tiempo las turbulencias cederán, es una ingenuidad.

El sentimiento de frustración colectiva que embarga hoy a
la gente es un fuerte predictor del comportamiento social y político
en el 2020

Las protestas y las marchas son esencialmente de dos tipos. Aquellas que surgen de una explosión de ira detonada por uno o varios hechos que activan, coyunturalmente, en la población un profundo sentimiento contra la injusticia; y las otras que corresponden a las asociadas con un hastío sistémico, es decir con la acumulación progresiva de la convicción de que la sociedad es estructuralmente injusta, corrupta, represiva y ambientalmente inviable.

En esta versión se llega a la certidumbre de que las instituciones y los políticos son incapaces de generar soluciones que den respuestas reales a las angustias cotidianas de los ciudadanos. Generalmente lo que ocurre es que se inician con la primera modalidad y, posteriormente, si el clima es correcto como ocurre en la actual coyuntura, se convierten en una indignación no contra una situación específica sino contra el orden establecido.

Pañitos de agua tibia

Para entender hacia dónde evolucionará la situación en Colombia, vale la pena contrastarla con Chile y Hong-Kong. En estos dos últimos casos, los gobiernos intentaron desactivar la protesta social pensando que el tiempo y las concesiones a los reclamos puntuales serían suficientes. Eso no fue así. Ni echar para atrás el incremento en el costo del transporte público en Santiago o remover la ley de extradición de los hongkoneses produjo el tan anhelado apaciguamiento.

En Chile solo se empieza a desactivar en algo la insurrección cuando el presidente Piñera abre la puerta a una reconstrucción institucional poniendo en marcha un proceso constituyente. En la antigua colonia británica pasa algo similar: se han escalado las reclamaciones hasta convertirse en una lucha popular prolongada por una democracia liberal independiente de Beijín.

El gobierno Duque está recorriendo ese camino. El incremento desproporcionado del salario mínimo y las gabelas populistas incluidas en la reforma tributaria son una respuesta ad hoc que intenta desactivar la protesta social mediante pañitos de agua tibia. La pregunta es si en el caso particular de Colombia eso será suficiente. No parecería. Esas soluciones no van al meollo del asunto.

La ira de la juventud porque que no ven futuro o sentido a la vida; la insatisfacción contra la burocracia, el Estado y la corrupción que se esconde detrás de los cacerolazos de la clase media; la convicción de que el Gobierno no solo es incapaz sino también estructuralmente indolente; la sensación de un sistema indiferente, bloqueado y elitista, no desaparecerán con un salario mínimo de un millón de pesos.
De allí que las marchas en Colombia evolucionarán, no cederán.

Y recorrerán un camino no muy distinto al de otros países. La pregunta es si la iniciativa política de un cambio estructural en el sistema, una transformación del paradigma, la asumirán las fuerzas políticas reformistas y de centroizquierda, o el establecimiento le entregará –por intransigencia– esa bandera a quienes desean no una transformación sino, más bien, una revolución.

Queda la esperanza de que haya aún la suficiente habilidad en la política colombiana para hacer ajustes sistémicos que no sacrifiquen lo esencial de los principios democráticos y de la libertad económica, impidiendo así el ascenso de las propuestas que promueven una ruptura telúrica.

La desigualdad, el tema

Las encuestas indican que el sentimiento mayoritario es crecientemente adverso a la globalización, a la libre empresa, a la propiedad privada y al minimalismo estatal. La tendencia en la opinión es hacia favorecer un mayor proteccionismo comercial, a más intervención estatal, y mayores incrementos en los impuestos a la riqueza y a las empresas. Ineludiblemente, la lucha contra la desigualdad va a ser el tema central de la discusión global y de la política doméstica el año entrante.

En ese contexto, es previsible una progresiva suplantación de la agenda del liberalismo económico, y un ascenso de los planteamientos económicos dirigistas y con un énfasis en la redistribución del ingreso. El papel del Estado se incrementará en la toma de decisiones económicas, subordinando a las fuerzas del mercado a una visión del desarrollo más ideológica y más centrada en la protección del empleo y el desarrollo autónomo.

La cuestión sobre el desenlace final de ese proceso, es decir qué tanto daño o bien le harán esas tendencias al crecimiento económico y a la estabilidad macroeconómica de largo plazo, dependerá del balance entre el populismo y la sensatez. Por lo que se ve en Argentina, en Brasil, en México y ahora en Colombia, la partida la va ganando el populismo.

Pausa en la pugna global

Para terminar, no se puede obviar el contexto geopolítico. Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, la política internacional global cambió radicalmente. El Gobierno estadounidense modificó sus prioridades estratégicas y sus métodos de acción. Para resumir, se puede decir que el mundo pasó de la competencia entre los bloques y las potencias a la confrontación abierta.

Eso, consecuencia de la diplomacia agresiva de Trump, elevó el nivel de beligerancia mucho más allá del que se había observado en la década anterior. Ese factor alimentó la incertidumbre en todos los órdenes de las relaciones internacionales.

En el 2020 se sentirá un mejoramiento de la situación con una disminución de las tensiones internacionales. Esa sensación, desafortunadamente, será escasamente una pausa generada por la campaña presidencial en los Estados Unidos.

Teniendo en cuenta que uno de los flancos más vulnerables del presidente Trump es su manejo combativo y pugnaz de las relaciones internacionales, el mandatario, en busca de su reelección, intentará suavizar esa percepción y demostrar que eso era simplemente una táctica coyuntural que favoreció a los Estados Unidos.

Una vez lograda la reelección, si esta ocurre, que hoy es el escenario más probable a pesar del juicio político a Trump, volveremos probablemente a niveles similares o superiores de confrontación estratégica por parte de todos los actores internacionales, creándose un clima de aun mayor incertidumbre a partir del final del próximo año. Todo indicaría, entonces, que el próximo año será el de la ira.

GABRIEL SILVA LUJÁN
Especial para EL TIEMPO

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