Una visita pendiente al lugar de la peor masacre en Caldas

Una visita pendiente al lugar de la peor masacre en Caldas

Alba Alicia Ocampo volvió 18 años después a Arboleda, el lugar donde la guerra se llevó a su esposo.

Corregimiento de Arboleda, Caldas

Alba Alicia Ocampo, esposa de policía que murió durante la toma, muestra la foto del uniformado frente a monumento en honor a los caídos.

Foto:

Jonh Jairo Bonilla

Por: MANIZALES
08 de octubre 2018 , 10:34 a.m.

Por las mismas cuatro esquinas donde hace 18 años y tres meses entraron 300 guerrilleros de los frentes 47 y 9 de las Farc, liderados por alias ‘Karina’ y alias ‘Rojas’, entró la delegación de la Gobernación de Caldas encabezada por el mandatario Guido Echeverri.

A su lado iba una mujer, la única que en ese momento lloraba de felicidad por lo que significaba esa visita. Todavía tenía lamentos pendientes.

Alba Alicia Ocampo es la esposa de Hernando Trejos Pinzón, uno de los 13 policías asesinados en la toma guerrillera del 29 de julio del 2000 en el corregimiento Arboleda.

La toma al corregimiento, del municipio de Pensilvania, en el extremo oriente de Caldas, fue una de las más cruentas protagonizadas por el frente 47. En la noche de ese 28 de julio, los guerrilleros llegaron al corregimiento, que era custodiado por apenas 27 agentes de Policía.

Mientras los soldados multimisión tocaban instrumentos, inauguraban el circo y alentaban a los niños, el rostro de Alba iba transformándose. Su sonrisa se disipó mientras recorría las calles en las que por última vez caminó su esposo.

“Nunca había venido y lo que tengo son sentimientos encontrados. Tristeza de saber que aquí murió cruelmente el papá de mis dos hijos, pero alegría de ver a su gente, sus ganas de salir adelante”, aseguró Ocampo.

Para el día de la masacre, Trejos llevaba nueve años en la Policía y tan solo dos meses de comisión en Arboleda. Manteniendo a su familia lejos del peligro, impidiéndoles la visita y callando sus temores, el uniformado perdió la vida mientras intentaba huir del fuego cruzado, los carros bomba y cilindros de gas cargadas de explosivos.

“Cuando quise venir me decía que era muy lejos, que no había médico para los niños (gemelos). Pero con el tiempo entendí que él sabía que aquí corríamos peligro, luego supe que sentía temor”, rememoró la mujer.

Los recuerdos de aquel sábado continúan intactos. La angustia, la falta de respuestas y la espera no se superan ni con 18 años de ausencias.

“A eso de las 9 y 15 de la mañana sonó el teléfono, vi que mi mamá se fue sin decir palabra a prender una vela y fue todo lo que supimos. De ahí en adelante todo fue zozobra, 36 horas en las que nadie decía nada, ni las noticias, ni los comandantes”, comentó Ocampo.

Tres días después de la toma más sangrienta que enfrentó Caldas por las Farc las familias de las otras 17 víctimas y el país se enteraron que en el pueblo había nueva ley, una que había matado a todos los policías y destruido el 80 por ciento del pueblo.

“Los primeros años fueron muy duros, perder a un ser querido, oír malas noticias y empezar procesos judiciales, todo hace parte de malos recuerdos. Pero educar a mis hijos sola desde que tenían cuatro meses, el dolor de escucharlos preguntar por él y extrañarlo son cosas que no se superan”, contó.

En la actualidad, ‘Karina’, la jefe guerrillera que aceptó cargos por esta masacre, está a punto de obtener la libertad condicional tras acogerse a la Ley de Justicia y Paz. ‘Rojas’, el otro comandante, está recluido y condenado a 18 años de cárcel.

Aunque ambos pagan a la justicia los sangrientos hechos que cometieron, no solo en Arboleda, sino en todo Caldas, Antioquia y Chocó, el perdón de quienes perdieron a uno o varios seres queridos se tardará en llegar.

“Creo que en la frase ‘reconciliación, perdón y olvido’ solo cabe reconciliación, porque perdonar es difícil y olvidar no pasará jamás. 18 familias perdieron un papá, un hermano, un esposo o un hijo y eso no lo cambia nada”, lamentó Ocampo.

Hoy Arboleda es otra, la estación de Policía, el centro de salud, la Iglesia y la plaza están en pie. Quienes se quedaron y los que regresaron reconstruyeron el pueblo y disfrutan de la tranquilidad que llegó hace ocho años y, por suerte, aún no los abandona.

Las veredas empiezan a ver soldados que pintan escuelas y hacen malabares, camuflados que ya no son presagio del terror, sino de la posibilidad de ver nuevos rostros.

Los pocos habitantes que quedan, cerca de la mitad de los que eran en aquella época, apaciguan los recuerdos con un café cargado mientras esperan que esta paz dure, que Arboleda no sea nunca más el fortín de los violentos que le cobraron el pecado de estar en un sitio estratégico y lejano en donde las visitas son escasas, pero reconfortan el alma.

LAURA USMA CARDONA
PARA EL TIEMPO

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