Llorente: el Wall Street de la coca quiere volverse turístico

Llorente: el Wall Street de la coca quiere volverse turístico

Un puente sobre el río Mira, que une a Nariño con Esmeraldas, en Ecuador, transformaría su economía.

Llorente: el Wall Street de la coca quiere volverse turístico

La construcción del puente sobre el río Mira, que acercará a Colombia con Ecuador, es una de las esperanzas de Llorente para dejar la coca y abrazar el turismo.

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Salud Hernández Mora / EL TIEMPO

Por: Salud Hernández Mora
30 de enero 2019 , 09:12 a.m.

Es un excelente termómetro para medir el negocio cocalero. Si alguien quiere conocer cómo andan los cultivos, saber si la base de coca se mueve a buen precio y si las fumigaciones arrecian en Nariño, que recorra la calle principal de Llorente de punta a punta.

La única asfaltada del bullicioso corregimiento de Tumaco cuenta con 44 almacenes de ropa y calzado, 34 salones de belleza, 33 restaurantes y locales de jugos, 32 talleres, 30 misceláneas, 24 almacenes de celulares y accesorios, 23 droguerías, 22 supermercados, 12 ferreterías, 10 almacenes de muebles, 9 de agroveterinarias, 7 joyerías, 7 bares, una iglesia católica y 5 cristianas, 6 famas, 5 casinos y apuestas, 5 panaderías, 2 billares, 2 estaciones de gasolina, además de 2 colegios, hoteles y otros locales. No existe en la Colombia rural una explosión de pujanza parecida.

Como, además de calle, que carece de andenes en varios tramos, es también Panamericana que une a Pasto con Tumaco, a toda hora se forman trancones y la mezcla de vehículos con viandantes que intentan caminar sin que los atropellen ofrece la imagen de una población potente.

A vista de pájaro, uno diría que recobró la bonanza de los viejos tiempos. Y, en efecto, su economía ha mejorado de manera ostensible en los años recientes porque pudieron cultivar la mata de coca sin restricciones. Pero cuando hablas con comerciantes y otros lugareños, compruebas que la situación no es como aparenta, que las intensivas campañas de erradicación de Policía y Ejército en toda la zona los están golpeando. Las ventas se están desplomando.

“Aunque somos bastantes droguerías, siempre hubo negocio para todos, pero ahora está malo por la erradicación en muchas partes”, cuenta un droguero. “Como todos esperábamos que eso sucediera, hay gente que guardó dinero para resistir”.

Situada a escasos 45 minutos de Tumaco y a cinco horas de Pasto por la Panamericana, su nombre original era San Carlos, pero lo rebautizaron Llorente en honor a un ingeniero que construyó una estación del ferrocarril cuando todavía creían que el tren sería el mejor sistema de transporte.

De pequeña localidad con centenar y medio de familias campesinas, pasó a convertirse en epicentro cocalero a principios de siglo. Fueron las fumigaciones aéreas con glifosato que arrasaron miles de hectáreas en Putumayo lo que obligó a cultivadores y narcos a buscar a dónde trastearse para comenzar de nuevo. Hallaron en Llorente su tierra prometida, su “Putumayito”, como lo apodaron, y se generó tal boom que enseguida creció en tamaño, población, violencia y fama. Desapareció la calma, y se instaló la bulla cada fin de semana.

Fuentes de la Infantería de Marina señalaban en el 2005 que desde las costas del Pacífico cercanas, por la maraña de ríos y manglares, y por la adyacente frontera ecuatoriana, sacaban cada mes unas 50 toneladas de cocaína con destino a Estados Unidos y Europa.

Llorente: el Wall Street de la coca quiere volverse turístico

El Ejército desmanteló una de tantas refinerías clandestinas que hay en zona rural de Llorente para los laboratorios de coca.

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Salud Hernández Mora / EL TIEMPO

“Llorente era una belleza; nadie lo ponía en el mapa, pero comenzó a correr la plata y llegaron todas las plagas: narcos, violencia, cultura del dinero fácil, libertinaje; aquí reinan los duros, la prostitución y el aguardiente. Era una población de dos mil habitantes, pero creció de una manera inimaginable. Antes era de negros y ahora, usted solo mira blancos”, me dijo para un reportaje en el 2005 Ángel, un nativo de la localidad.

“Es un lugar perfecto porque tienen toda la cadena de producción y exportación en pocos kilómetros”, explicaba el entonces coronel Óscar Naranjo en la entrevista que le hice con el mismo motivo. “La frontera está a tiro de piedra. Llorente es el punto de conexión de las trochas con Ecuador, y ya tenían los canales que antes utilizaban los contrabandistas y los que explotaban de forma ilegal la madera”.

Muchos niños abandonaban la escuela para unirse a la legión de raspachines, y no había otras miras que ganar plata rápido y despilfarrarla en trago y prostitutas. Casi nadie invertía. De ahí que lo único llamativo era la cantidad de bares y burdeles. Pero el dinero corría con alegría, y el futuro parecía asegurado.

Hasta que sufrieron la gran debacle. El primer mazazo lo recibieron en el 2008, un calco de lo ocurrido antes con el Putumayo. Una intensiva campaña de fumigación aérea arrasó con la bonanza. Tumaco se había erigido en el mayor productor de coca y Llorente, en su buque insignia. La crisis provocó el primer éxodo masivo.

El segundo ocurrió en el 2010 y fue una estampida mayor. Las inundaciones del río Mira, las más catastróficas que recuerdan, anegaron caseríos y cultivos de sus márgenes. Coincidió, además, con la pudrición del cogollo, plaga que arruinó grandes extensiones de palma africana de las fincas en el corregimiento. Debieron esperar cuatro años, hasta el 2014, para ver la luz al final del túnel. En cuatro años cultivaron a mansalva y contribuyeron a mantener a Tumaco a la cabeza del nefasto ranquin de producción cocalera.

Al menos en esta ocasión aprendieron la lección, y tanto la población que echó raíces como la flotante resolvieron no desaprovechar los años de cosechas abundantes y pingües beneficios. De ahí que, al margen de la explosión comercial de la calle principal, con comercios modernos y bien presentados, resulte notoria la proliferación de casas nuevas o reformadas. Incluso, abrieron un colegio bilingüe que denota el creciente interés de los padres por la educación de sus hijos. El director declinó hablar con este diario, pero sí lo hizo un grupo de docentes de la Institución Educativa de Llorente, situada en la acera de enfrente. El centro es amplio y cuenta con un terreno grande para hacer deporte.

“Ya hay estudiantes nacidos en Llorente que están en la universidad; nosotros fomentamos mucho la necesidad del estudio, y los padres ya no son como antes, ahora se preocupan por que sean profesionales. Antes, solo era tener coca, una camioneta y una pistola”, comenta un profesor que, al igual que sus compañeros, pide no dar su nombre. “Hay 952 alumnos de bachiller, y, a diferencia de otros lugares, aquí los estudiantes son calmados, manejables. No tenemos problemas de consumo de drogas ni violencia. Y como en Llorente no tienen parques ni nada, se quedan en el colegio para ensayar la banda o el grupo de teatro o jugar fútbol”.

Pero si quieren rumbear en una discoteca, deben acudir a la zona de tolerancia y compartir el espacio con adultos y prostitutas, venezolanas en su mayoría. “No hay más donde ir”, me dice un muchacho.

Los profesores quisieran que sus estudiantes tuvieran otros lugares de esparcimiento y que Llorente gozara de una imagen diferente. Que desde fuera se contemplara un pueblo de gentes trabajadoras que solo pretenden progresar, un territorio con enorme potencial turístico y agroindustrial. Pero más de uno es consciente de que es difícil que hoy en día se pueda lograr.

“Le quitan la coca a Llorente y el pueblo se acaba”, admite un empresario local. “Aquí, las bombas primero surten a los coqueros (para los laboratorios de base de coca) y luego a la gente”, arguye un motorista cuando le pregunto por la razón de que haya venta de gasolina en botellas, a precio más alto que en las estaciones de servicio.

“Y como no siempre tienen suficiente para todos, después del 20 de cada mes se acaba con frecuencia y hay que ir a la reventa. En esta zona el galón, por ser de frontera, cuesta 6.900 y en la calle lo ponen a 12.000 o 14.000. Ha llegado a subir a 20.000”. Para abaratar costos y garantizar el suministro a los laboratorios de base de coca, hay bandas dedicadas a romper el oleoducto, instalar una tubería y trasladar el crudo a piscinas para refinarlo y venderlo.

Un día de los que anduve por Llorente, el Ejército desmanteló una refinería artesanal a tan solo un kilómetro del pueblo. Técnicos de Ecopetrol detectaron una disminución en el fluido, identificaron el punto exacto del tubo que corre junto a la Panamericana y hallaron la válvula para robar el petróleo. Luego, los militares siguieron el rastro de la tubería hasta dar con la refinería.

Pese a la economía ilícita, la delincuencia en el casco urbano es insignificante. “Ya no hay el ‘ladronismo’ de cuando se fueron las Farc”, explica un lugareño. Recuenta que al desaparecer los que imponían el orden con su ley, tan brutal como expedita, llegó la delincuencia.

“Por suerte volvió la guerrilla y se compuso algo. Aquí, el que roba sabe que le advierten una vez. A la segunda, se va o se muere. Y si se va y vuelve, se muere también”, explica un transportador. Aprueba, como muchos, que ejerza un cierto control la ‘Óliver Sinisterra’ de alias Guacho, el guerrillero que salió de la zona de reinserción de las Farc en La Playa, vereda de Llorente, para reiniciar su andadura criminal.

La prefieren a la Policía, no solo porque existan una tradicional animadversión y desconfianza hacia los uniformados, máxime con tantos equipos de patrulleros erradicando matas de coca. También por considerar que de nada sirve detenerlos si enseguida un juez los deja libres.

No obstante el dinero que mueve el pueblo, y a sus cerca de 7.000 habitantes en el casco urbano, más otros 15.000 en las veredas, no se aprecia la mano del Estado. El hospital es un precario y avejentado centro de salud, incrustado en la calle de los burdeles, con médico rural y una ambulancia para remitir a Tumaco a cualquier paciente que requiera algo más allá de una curación urgente. Los indígenas awás, que cultivan coca en sus resguardos, cuentan con un hospital algo mejor dotado, pero de uso exclusivo de su comunidad.

El agua es de aljibe, las casas tienen pozos sépticos, las calles son destapadas, salvo la principal, y no hay perspectiva de que vayan a pavimentarlas. Si el colegio cuenta con instalaciones aceptables, es debido al esfuerzo que hacen padres y profesores por mejorarlo. “Existe un antiguo proyecto de volver Llorente municipio porque los alcaldes de Tumaco nunca nos paran bolas”, se queja un comerciante. “La única obra que hizo el anterior fue la casa de su madre”.

Profesores y otros lugareños, hastiados de la coca y la violencia que esta genera, sueñan con una alternativa real que permita seguir avanzando. La construcción del puente fronterizo sobre el Mira, que unirá por carretera a Nariño con el ecuatoriano Esmeraldas, podría alejar la coca de Llorente y acercar el turismo.

SALUD HERNÁDEZ MORA
Especial para EL TIEMPO

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