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Así es la vida en Punta Gallinas, el punto más al norte de Suramérica
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Punta GallinasPunta Gallinas
Lugares extremos para vivir en Colombia

Juan Diego Buitrago Cano / EL TIEMPO

Así es la vida en Punta Gallinas, el punto más al norte de Suramérica

Veinticinco familias viven día a día un reto de supervivencia en este desierto guajiro.  

Una manada de chivos camina desorientada sobre las dunas de arena que surcan el horizonte en Punta Gallinas. Buscan agua o algún otro rezago de vida que alivie su paso por el inclemente desierto. 

El sol quema y a lo lejos solo se escuchan las hojas de un espinoso trupillo danzar con el viento. Pedro Robles se sienta en la arena y apunta su mirada hacia un cielo sin nubes.

“No siempre fue así. Kakalia tü wüinkat süpüla shiyoolojuin. (Los días fueron pasando, y el agua se fue secando)”, dice Pedro en wayuunaiki mientras agarra una lagartija con sus manos. Luego se sube en una motocicleta azul oxidada y emprende el camino de regreso a casa. Un grupo de cincuenta chivos lo acompaña.

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El paisaje del punto más al norte de Suramérica parece descrito en una vieja epopeya sobre el fin del mundo. Pedro pasará por desoladas planicies cobrizas que se esfuman en el horizonte. Cruzará por terrenos plagados de cactus muertos y se perderá en un bosque de secas ramas blancas que afloran del suelo. Al llegar a casa solo encontrará oscuridad. El panel solar que reposa en su techo no tiene baterías desde hace días y deberá viajar durante siete horas hasta el municipio de Uribia para conseguirlas.

Un breve mapa de Punta Gallinas diría que se encuentra a 1.217 kilómetros al norte de Bogotá y a 10.100 kilómetros de las gélidas montañas del punto más extremo al sur del continente: la Patagonia, en Argentina. También señalaría que su temperatura promedio es de 35 grados centígrados, que limita con el mar Caribe y que sus sesenta habitantes sobreviven diez meses al año sin una sola gota de agua lluvia.

Pero a Pedro ninguna de esas fastuosas descripciones le interesa. Este hombre de mejillas rojizas y no más de un metro cincuenta de estatura asegura que después de vivir sesenta años en el desierto pocas cosas lo sorprenden.

“Uno no se preocupa mucho por las carencias y falta de alimento porque siempre vuelve a nacer algo. Siempre tenemos. Algún día va a llover. Si no pasa, buscaremos una forma de solucionarlo”, dice entrecruzando los brazos.

Punta Gallinas

Foto:

Archivo Particular

Su casa, como la de otras veinticuatro familias que residen en el terreno de 100 hectáreas que abarca Punta Gallinas, es un inestable rancho con paredes recubiertas por un amasijo de barro mezclado con algas marinas; el techo fue construido de un centenar de ramas de madera extraídas del ‘corazón’ cactus; el piso es una plancha de arena dorada que vive de constante pelea con el viento y la cocina es un fogón de leña empotrado en el suelo.

Afuera, una mesa de dos metros de largo cubierta por un mantel de patrones carnavalescos será el epicentro de una cena iluminada con velas en la que su esposa, hijos y nietos comerán los escasos mariscos que dejó la boga día. 

Ya no sale nada en las redes

“Antes pescábamos 300 kilos al día, ahora, si mucho llegamos a los 30 kilos. Hay semanas en las que vamos a bogar y regresamos sin nada” 

En el pueblo aún no se explican cómo se esfumó del mar la vasta población de peces que llenaba sus barrigas desde hace siglos.

“Antes pescábamos 300 kilos al día, ahora, si mucho llegamos a los 30 kilos. Hay semanas en las que vamos a bogar, regresamos sin nada y nos toca seguir comprando gasolina para volver a pescar al día siguiente”, se queja Emilio Arens mientras limpia la sal que adhirió la brisa marina a su rostro.

El pescador agrega que cuando se quedan sin dinero para comprar combustible les toca llevar a vender los chivos a Uribia. Un ejemplar de buen tamaño puede ser vendido hasta en 70 mil pesos.

Emilio es un hombre de espalda ancha, brazos gruesos y mirada altiva. Camina por los pasillos de la casa de su suegro Pedro con cierto desespero. Lleva más de media hora buscando agua en alguno de los veinte recipientes que existen en la vivienda.

Examinó los dos tanques de 200 litros en el patio. Revisó las pequeñas vasijas arrumadas en una esquina del cuarto. Caminó en la penumbra hasta el bebedero de los chivos y no encontró nada. Ni una sola gota de agua.

“Nos toca ir mañana a buscar agua en el pozo de la familia. Por esta época no va a llover. El cielo está sin nubes”, le advierte Pedro a su nuero.

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En esta región del país el cielo no se deja caer con frecuencia. El mapa de pronósticos del Ideam señala que en el desierto de Punta Gallinas no alcanza a llover más de 50 días ni caen 500 milímetros de agua en un año.

Pocos logran sobrevivir a la inclemencia de la sequía. En los meses donde el sol arrecia con fuerza los chivos se mueren de hambre. Los cultivos de patilla, ñame y frijol perecen en menos de tres días y crecen los precios de las provisiones importadas cada semana por los Arens desde Uribia.

Playa de Punta Gallinas.

Foto:

Natalia Noguera Álvarez

La misión es titánica. A las cinco de la mañana Tonny Arens se sube a la vieja Toyota de su familia y emprende su camino hasta Uribia, el municipio que surte de víveres a toda la Alta Guajira. Una hora después cruzará -a 130 kilómetros por hora- por las desérticas planicies de Bahia Honda que sirvieron en la década de los 80 como pista de aterrizaje para las avionetas que traficaban droga hacia Estados Unidos.

Tras dos horas de recorrido, hará un giro a la izquierda en el sector de Chihot y seguirá por un confuso camino desértico que sólo conocen los habitantes del pueblo. Luego tomará la vía Uribia-Puerto Bolívar para llegar a su destino final antes de que su reloj marque las 11 de la mañana.

En sus manos lleva un listado de provisiones escrito por sus hermanos que usa como guía de compra. Entre las peticiones se destacan 10 garrafones de agua, harina, azúcar, arroz, maíz, aceite, hielo y verduras. En la parte de atrás del carro reposa en una nevera de icopor la docena de pescados que le compró el día anterior a Emilio y que serán vendidos en la plaza de mercado de Uribia.

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“No siempre fue así. Antes salábamos los pescados y los íbamos a vender a Venezuela porque nos quedaba más cerca. Desde allí también llegaban camiones cargados a los que comprábamos víveres y vendíamos pescado. Todo cambió con la crisis en ese país, ahora son ellos los que vienen acá a comprarnos la comida que nosotros traemos cada tres días de Uribia”, comenta la líder Luz Milla Arens mientras se sirve un frío vaso de limonada. Toma un sorbo. Levanta la cabeza, y agrega: “Aquí la vida es muy costosa, cuando el hostal tiene muchos turistas nos gastamos cuatro millones de pesos comprando el mercado”.

Luz Mila es una matrona wayúu de cabello largo y pómulos pronunciados. Sus manos ayudaron a construir el primer salón de la escuela del pueblo y su nombre está pintado con grandes letras amarillas en el letrero del hostal de su familia. El más visitado en toda Punta Gallinas.

“El carrito nos ha ayudado. Nuestros abuelos caminaban varios días para vender sus productos. Por algo dicen que estamos en el fin del mundo”, comenta Luz Mila.

“No siempre fue así. Antes salábamos los pescados y los íbamos a vender a Venezuela porque nos quedaba más cerca”

Los abuelos recuerdan que por aquellos días en los que este territorio solo era poblado por dos familias, los viajeros en burro se demoraban hasta tres días en llegar a Uribia. Cuando los agarraba la noche hacían un campamento en medio del desierto y dormían arropados bajo un cielo plagado de estrellas. Otros tomaban la ruta marítima y remaban aguas abajo durante siete días para llegar a la bahía de Riohacha.

La guardia del pozo

Cuenta una vieja leyenda que fueron los ancestros wayúu de Punta Gallinas quienes les revelaron en un sueño a sus hijos dónde se ubicaba el pozo de agua que salvaría sus vidas. El lugar milagroso era un terreno curvo y rocoso en las riberas de un sector conocido como Bahía Hondita.

“Icheerü wanoula jee aneerü wakuwaipa, (bebamos de sus aguas cada día) con moderación, les dijeron los abuelos a nuestros padres en el sueño”, dice Luz Mila. Veinticinco familias cavaron sus pozos de ocho metros de profundidad en la tierra prometida. Todas están siendo amenazadas por la sal.

La mala noticia llegó con los vientos secos de marzo. De un momento a otro, el agua de los pozos comenzó a saber a mar, a crustáceo, a pez mal lavado. El mal que se ha prolongado durante varios meses ha causado la muerte de los chivos que beben el líquido y enfermando de diarrea a varios niños. La situación también provocó graves peleas y el robo de agua de los pozos que aún no aún no han sido contaminados por la sal.

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Cruz Manuel Arias cuida desde hace ocho años el hoyo de su familia como a su propia vida. La guardia comienza a las seis de la mañana. El pozo que vigila está tapado por un bloque de cemento con un orificio de 40 centímetros de diámetro por donde saca los 50 litros de agua que consumen en su rancho todos los días.

Es un hombre hermético. Una caperuza negra esconde su rostro. Tiene los brazos y piernas cubiertos por prendas oscuras porque según él esa es la mejor forma de protegerse del inclemente sol de las dos de la tarde. Mira al suelo. Luego agarra con su mano derecha una llave dorada que le cuelga del cuello y agrega: “Duermo con ella todos los días. Es la que abre el candado de la puerta del pozo. De ella depende la vida de mi familia”.

Cruz Manuel no es el único que hace guardia. El pozo 8 es protegido por un sigiloso septuagenario que va cada hora a recoger agua y el hoyo 16 es vigilado por un grupo de mujeres de mirada temerosa. Nadie se siente a salvo.

“Si se acaba el agua de los pozos se acaba también nuestras vidas”, dijo una de las mujeres del hoyo 16 cuando procuraba no desperdiciar el líquido que caía en una de sus doce galonetas. La joven contó que uno de los niños de su familia se enfermó hace un tiempo porque bebió agua salada y les tocó emprender una travesía para llevarlo hasta el centro hospitalario más cercano, ubicado en el corregimiento de Nazareth, a cuatro horas en carro de allí.

Punta Gallinas es un cabo ubicado al extremo norte de Colombia. Es un sitio con pocos visitantes.

Foto:

Ana María García / Archivo EL TIEMPO

Pedro y Emilio son de los pocos que aún no beben agua salada de su pozo. Según ellos, el problema se debería a que desde hace cinco años el cielo no se deja caer con contundencia: “Aquí solo llega el sereno. Si tuviéramos buenos aguaceros los cultivos florecerían y el líquido nos duraría todo el año”.

Pero la lluvia no siempre ha sido una bendición. Hace cinco años, entre octubre y noviembre, caían aguaceros torrenciales que derribaron las casas de barro, destrozaron cultivos y dejaron al pueblo en un limbo.

Cuentan los abuelos que para salir de Punta Gallinas tocaba tomar una lancha hasta Puerto Bolívar y de ahí movilizarse en un carro hasta Uribia. El recorrido de no más de 120 kilómetros se convertía en un viaje costoso de por lo menos 10 horas.

La esperanza del pueblo está puesta en la compra de una planta desalinizadora de 20 millones de pesos, con capacidad de dos mil litros, que sería importada desde España y que podría salvar de morir de sed a más de 25 familias. Pero la ayuda aún no llega y el Estado tampoco hace presencia.

La escuela más al norte de Suramérica

La primera vez que la profesora Yael Arens les explicó a sus estudiantes de la escuela Aula Bahía Hondita 2 que vivían en el punto más al norte de Suramérica, ninguno pudo contener su sorpresa. Era una noticia increíble.

“¿Jamalu’ulu tü? (¿qué significa eso?)”, le dijeron con una mirada que solo reflejaba asombro. Para saciar su sed de conocimiento la profesora los llevó hasta el corroído faro, en lo más alto del continente, y les mostró cuál es su punto en el mapa del mundo.

El faro de Punta Gallinas es un viejo cubo de tres metros cuadrados abandonado por el tiempo y el Estado. Sus paredes amarillas, cubiertas de grafitis hechos por turistas, cuentan la historia de la época en la que el narcotráfico invadió la cultura wayúu, produjo riquezas desmesuradas y separó familias.

El último guardián murió hace diez años. Pedro Robles recuerda que en 1969 la Armada Nacional le pidió a su padre que los ayudara en la construcción de la edificación. El faro era un endeble rancho de madera amenazado por la fuerza de la brisa en el que vivió durante seis años con su familia.

“Todo se acabó cuando llegó esa gente que venía a traficar con drogas. La Policía vino y se llevó a mi papá preso. Luego hubo más guardianes pero con los años el faro quedó en manos de todos, lo cuidamos todos”, comenta Pedro mientras escama el mero que acaba de pescar. Cuando termine, acompañará a su nieta Yoasly a la escuela. En el recorrido tendrán que cruzar durante media hora por caminos desérticos plagados de saltamontes, cactus y tua tuas.

“Todo se acabó cuando llegó esa gente que venía a traficar con drogas”

Yoasly es una de los 65 estudiantes de Aula Bahía Hondita 2. El centro educativo que fue construido por miembros de la comunidad y reabierto en el 2014, brinda atención desde preescolar hasta quinto de primaria.

Cuando los menores se gradúan algunos migran a ciudades como a Uribia o Maicao para continuar con sus estudios. La mayoría, por la falta de recursos, se quedan acompañando las labores de pesca o artesanías de sus padres en el pueblo.

La escuela cuenta con cinco salones de paredes de barro pintadas en tonos azulados y un comedor en donde dos migrantes venezolanas sirven el desayuno a los estudiantes. El servicio de almuerzos fue cancelado hace cuatro años, sin explicación alguna, por la Gobernación de La Guajira.

“Lo más grave es que la única comida del día de muchos niños es la que les brindamos aquí en la escuela y que de nuestro pozo está empezando a salir agua salada”, dice la profesora.

Bahía Hondita, entre Punta Gallinas y Punta Aguja.

Foto:

Andrés Hurtado García

La brisa que abanica a la escuela llega con tanta fuerza que el calor del desierto ni se siente.

Yoasly limpia la tierra dorada que el viento impregnó en su falda mientras presta atención a lo que dicen las profesoras. Es la primera en la fila para recibir los útiles escolares que fueron donados por personas de diferentes lugares del país a los alumnos de la institución. Su alegría no podría ser mayor.

“Cuando sea grande quiero ser maestra”, expresa la niña con cierto entusiasmo. Para ella y sus compañeros los útiles representan la oportunidad de poder seguir adelante con sus sueños.

Por ahora, la profesora Yael está buscando que la Secretaría de Educación de La Guajira les autorice poder dar clases de bachillerato y así evitar que se vean truncados los sueños de los menores de Punta Gallinas que no pueden continuar con sus estudios por falta de recursos.

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Vivir del turismo

Las majestuosas dunas de Taroa permanecieron ocultas hasta un día de agosto del 2.000. Ese año, en una de sus expediciones por tierras guajiras el profesor bogotano Francisco Huérfano se topó con brillantes murallas de arena de sesenta metros de altura que se alargaban por más de cuatro kilómetros hacia oriente.

Con el tiempo, el docente llevó a sus amigos, sus amigos llevaron a más viajeros y el lugar dejó de ser un secreto para convertirse en uno de los paraísos turísticos de Colombia.

Según cifras de la Policía de Turismo de la Guajira, el año pasado, 8.000 personas llegaron a disfrutar de los paisajes y playas doradas del punto más al norte de Sur América.

La industria también cambió el estilo de vida de los habitantes de Punta Gallinas.

Las familias empezaron diversificar sus ingresos económicos y a construir hostales en los patios de sus casas. Las ganancias les permitieron a algunos cambiar sus techos de paja por zinc, comprar paneles solares y hasta adquirir una antena televisiva de Directv.

“El turismo ha traído desarrollo y empleo a la comunidad. Las mujeres pueden vender sus artesanías, chinchorros, mochilas. El turista se siente seguro porque la comunidad siempre está en paz”, manifestó la profesora Yael Arens.

“El turismo ha traído desarrollo y empleo a la comunidad”

El año pasado Punta Gallinas un grupo de médicos de la fundación Zebras que conoció la zona gracias a un viaje turístico, realizó dos brigadas de salud en la que atendieron a más de 700 familias de la Alta Guajira y se terminó evacuando a cuatro niños que tenían serios problemas de desnutrición.

Pedro Robles también está comenzando a adecuar su rancho para recibir turistas. En la parte de atrás de su casa se ubican dos habitaciones de paredes grises equipadas con colchones de tonos carnavalescos, un comedor tipo restaurante y una zona de baños públicos.

Aunque Pedro sabe que está lejos de hacerle competencia al hospedaje Luz Mila, el más grande de la zona, busca diversificar sus ingresos debido a que los peces están desapareciendo y toca seguir sobreviviendo.

JULIÁN VIVAS BANGUERA
Para EL TIEMPO

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