En la Guardia ‘nos alimentan como perros’, dice militar fugado

En la Guardia ‘nos alimentan como perros’, dice militar fugado

Más de 156 uniformados venezolanos han tomado la decisión de salir de las filas cansados del miedo.

Desertores de Maduro 7

Hasta el domingo 24, al menos 156 efectivos habían tomado la decisión de abandonar las fuerzas del régimen venezolano.

Foto:

Luis Robayo / AFP

Por: Gustavo A. Castillo Arenas
26 de febrero 2019 , 02:18 p.m.

Carmen Everlin Piñero Martínez es una sargento tercera de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) de Venezuela, que ayer encontró en una trocha del área metropolitana de Cúcuta su camino hacia la libertad.

Ella tiene 33 años y desde hace 12 integraba este cuerpo de seguridad, del que decidió huir vestida de civil y con un bolso al hombro, donde tenía guardado su uniforme verde oliva. Como ocurrió con los 156 efectivos, que en los últimos días han tomado la misma decisión, las escenas de represión y violencia que sacudieron el eje limítrofe y que redujeron a cenizas los sueños de cruzar la ayuda humanitaria fueron el ‘combustible’ suficiente para detonar su huida y buscar refugio en suelo colombiano.

Yo no estaba de acuerdo con muchas de las órdenes que me daban y al interior de las fuerzas armadas hay mucho descontento y miedo. Después de lo que vimos durante este fin de semana, pensé que yo no me enlisté para levantar mis armas contra el pueblo”, relató.

Esta venezolana, oriunda del estado Aragua, cuenta que la presión del gobierno chavista infringida sobre sus filas armadas es tan severa que irrumpe hasta en la privacidad de elementos tan personales como lo es un celular. “Siempre nos obligaban a poner imágenes en nuestro celular, y a repetir el lema ‘leales siempre, traidores nunca’”.

Mientras atravesaba a pie el destapado de la trocha, ella temía por la integridad de su familia. Y no es para menos, esta angustia es compartida entre los uniformados desertores, que se encuentran en la sede de Migración Colombia, de Cúcuta.

Lisandro Suárez fue uno de los primeros integrante de la GNB en enfundar sus armas y salir de las filas, en medio de los choques violentos del sábado, que se registraron en el puente internacional Simón Bolívar, ubicado entre el municipio de Villa del Rosario (Norte de Santander) y San Antonio.

La cosa estaba muy mal. Desde unos nueve años para acá, todo se puso difícil. Nos alimentan como perros, es horrible. A mí ni siquiera me alcanzaba el sueldo de 50.000 pesos colombianos mensuales que ganaba prestando este servicio”, contó.

Las escenas de violencia que redujeron a cenizas los sueños de cruzar la ayuda humanitaria fueron el ‘combustible’ suficiente para detonar su huida y buscar refugio en suelo colombiano

Suárez era el conductor de una de las tanquetas que irrumpió en las vallas del cruce fronterizo cuando se encendieron los choques. Él aprovechó ese instante para descender del automotor, emprender carrera y lanzarse en los brazos de los funcionarios de Migración Colombia, en quienes ha encontrado la ayuda para afrontar este proceso.

En este momento del relato se le nublan los ojos y recuerda que esa decisión no fue tan sencilla. Este guardia llegó ileso a Colombia, en cambio su compañero, que escucha la conversación y prefiere mantenerse en silencio, tiene el rostro magullado y el tabique de la nariz quebrado por las heridas, de las que también fueron víctimas durante las refriegas en el puente.

El mismo impulso de valentía lo tuvo Carlos, otro sargento de la GNB, de 30 años, que desertó cuando el cuerpo diplomático colombiano de San Antonio, San Cristóbal, Puerto Ayacucho y San Cristóbal del Zulia llegaban al país por el puente internacional Simón Bolívar.

El uniformado prestaba guardia en la alcabala que se erige al otro lado de este cruce fronterizo, con la insignia ‘Aquí no se habla mal de Chávez’. Denuncia que en los destacamentos, como ocurre en todo el país, abunda el hambre y escasean los medicamentos.

Su familia no ha sufrido los rigores de la crisis económica, porque hacen parte de los más de 35.000 venezolanos que diariamente cruzan la frontera para mercar productos tan elementales como arroz, aceite y harina en Cúcuta, y encontrar las medicinas para sobrevivir.

“Vivimos bajo amenaza, esa es la verdad. Muchos están buscando la forma de huir, pero sienten miedo por lo que les pueda pasar a sus familias (…) Yo no tuve tiempo de avisarles a ellos, aproveché cuando estaba muy cerca de Colombia para correr y gritar libertad”, puntualizó.

GUSTAVO A. CASTILLO ARENAS
Corresponsal de EL TIEMPO
Cúcuta

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