La pesadilla de los tripulantes de helicóptero secuestrado por el Eln

La pesadilla de los tripulantes de helicóptero secuestrado por el Eln

La guerrilla incineró la aeronave, robó $ 1.700 millones y secuestró por 24 días a tres personas.

AUTOPLAY
Liberación de los tripulantes del helicóptero por parte del ElnLa liberación se dio este domingo en la zona del Catatumbo, Norte de Santander.
Helicóptero derribado

Archivo particular

Por: Cristian Ávila Jiménez
05 de febrero 2019 , 03:23 p.m.

El piloto Julio Díaz despegó el helicóptero Bell 206 de matrícula HK-4327 desde Curití, en Santander, con destino a La Playa, en Norte de Santander, en una operación aérea de la empresa Aerocharter Andina para llevar 1.700 millones de pesos a la sede del Banco Agrario de ese municipio.

Ese día, un viernes 11 de enero del 2019, Díaz era acompañado por los escoltas Carlos Quiceno y Maxwel Joya García, de la empresa Brinks, de Bucaramanga. Luego de unos minutos de vuelo, las condiciones climáticas empezaron a dificultar la labor del piloto del helicóptero, por lo que se vio obligado a disminuir la altura de la aeronave ante la nubosidad que había en ese espacio aéreo.

Sobre la 1:30 de la tarde, cuenta Quiceno, el helicóptero tuvo que hacer sobrevuelos a una altura baja, y fue en Hacarí, en Norte de Santander, donde se empezaron a escuchar los disparos contra la aeronave, unos alcanzaron a impactarla, causándole daños considerables.

Tan solo cinco minutos después del ataque a bala por parte de desconocidos, el capitán Díaz tomó la decisión de realizar un aterrizaje de emergencia por los daños de gravedad que se produjeron en el helicóptero, el cual estaba empezando a derramar aceite. La maniobra fue avisada a compañeros de la empresa pese a tener dificultades con la señal.

“Vimos un pueblito, no sabíamos cómo se llamaba, aterrizamos sin problema y, en efecto, había una manguera que estaba botando todo el aceite por los impactos que le habían dado”, señala Quiceno.

Después del aterrizaje, comenta Quiceno, algunos curiosos se alcanzaron a asomar al ver con sorpresa la llegada de un helicóptero a esos terrenos, pero con rapidez se dispersaron por la llegada de varios hombres armados a donde estaba la nave pilotada por Díaz.

Helicóptero derribado

El helicóptero Bell 206 HK4327 fu9e hostigado este viernes en la tarde mientras trataba de aterrizar en una zona entre Curití y La Playa, cerca al municipio de Hacarí.

Foto:

Archivo particular

Solo habían pasado 10 minutos desde el aterrizaje de emergencia cuando los armados llegaron, tomaron los 1.700 millones de pesos y emprendieron la fuga, tomando como rehenes al capitán Díaz y a los escoltas Quiceno y Joya.

“No sabemos quiénes nos dispararon, eso fue unos kilómetros antes de aterrizar de emergencia, no sabemos si fue el mismo grupo que nos secuestró u otro. Desde ese momento, ya entrando al monte con rumbo desconocido, nos dicen que estamos en poder del Eln”, cuenta Quiceno, de 31 años.

Algunos de los guerrilleros del Eln que custodiaban tanto el dinero como a los rehenes se encargaron de prender en llamas al ya maltrecho helicóptero.

El cautiverio

24 días pasaron en cautiverio los tres tripulantes de la aeronave. La primera advertencia que les hicieron los guerrilleros del Eln fue: “no les va a pasar nada, dependiendo del comportamiento de ustedes, nosotros también nos comportaremos”.

Al otro día del ataque al helicóptero, robo y secuestro, desde un pequeño ranchito que compartían siempre, los tripulantes empezaron a sentir la presión del Ejército en la zona, los disparos hacían vibrar el monte donde permanecían y se escuchaban explosiones que parecían ser de un campo minado.

La advertencia era que si nos comportábamos mal, ellos nos amarraban

“A nosotros nos dejaban todo el día en unos ranchitos, nunca nos amarraron ni nada. Solo en la noche nos ponían candado a donde estábamos. Durante el día permanecíamos sin ataduras, pero vigilados las 24 horas”, dice Quiceno.

Cada día, en aquel rancho en una zona desconocida del Catatumbo, les servían de comer siempre desayuno, almuerzo y comida, cuyo menú por lo general era arroz y carne. Para el escolta, pese a que no aguantaron hambre, la incertidumbre de qué es lo que les iba a pasar los consumía y terminaban por acabar con sus ánimos.

La situación fue más compleja para los tres secuestrados desde el 17 de enero del 2019, cuando el Eln se atribuyó el atentado con carro bomba en la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander, en Bogotá, un hecho que acabó con la vida de 22 personas y obligó al Gobierno Nacional a levantar la mesa de diálogo con esa guerrilla.

“Siempre estábamos a la incertidumbre de lo que podría pasar. Todavía más desde que conocimos lo que pasó en Bogotá con el carro bamba en la Escuela General Santander”, señala Quiceno.

Por los recios operativos del Ejército en la zona, los tres secuestrados se sentían en peligro, pues podrían quedar en medio de una confrontación. El Eln, ante la persecución de la fuerza pública, decidió mover constantemente sus ranchos, por lo que Díaz, Quiceno y Joya estaban en constante cambio de paradero, con un total desconocimiento de dónde estaban o qué les podría llegar a ocurrir.

La libertad

Desde el viernes primero de febrero, los guerrilleros del Eln les informaron que pronto los liberarían, por lo que desde las 6 de la tarde emprendieron una caminata que duró alrededor de 9 horas.

Tras ese recorrido, Quiceno dice que les vendaron los ojos para montarlos en un carro, después llegaron a una casa y allí solo hasta la noche les quitaron los lazos de sus rostros.

Al otro día, el domingo, de nuevo les taparon los ojos y montaron a un carro, después de eso los recibió el obispo de Ocaña, Gabriel Villa.

Este país lleva muchísimo tiempo en conflicto, si seguimos intentando solucionar esto por medio de las armas el futuro seguirá siendo todavía más complicado

“Es como volver a vivir prácticamente. Este país lleva muchísimo tiempo en conflicto, si seguimos intentando solucionar esto por medio de las armas el futuro seguirá siendo todavía más complicado”, manifiesta el hombre, quien tras su secuestro fue llevado hasta el Batallón de Bucaramanga, donde se reencontró con su familia, entre ellos sus tres hijos.

Para el joven escolta, ver a su familia fue su aliciente tras “la pesadilla de estar metido en la selva sin saber de nadie”, pues saber que se está bajo el mando de una guerrilla que lleva un conflicto armado en el país de mucho tiempo no es nada fácil.

CRISTIAN ÁVILA JIMÉNEZ
Redactor de Nación

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