Las razones de Pasto para defender al rey español

Las razones de Pasto para defender al rey español

La ciudad fue leal a la corona de España a cambio de tener la misma importancia de otras regiones.

Simón Bolívar

Simón Bolívar

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Archivo EL TIEMPO

Por: Édgar Bastidas Urresty*
28 de junio 2019 , 07:32 p.m.

La posición de Pasto en la independencia, cuando se cumple el bicentenario de la gesta libertadora, ha sido muy controvertida y ha dado lugar a interpretaciones. La historia oficial estima que la ciudad se equivocó al oponerse a la independencia en defensa de la monarquía española, de la autonomía regional.

La clase dirigente realista de Pasto, representada en el cabildo, tenía privilegios económicos, sociales y políticos muy poderosos que defender, que temía perder por la revolución de la emancipación. Para ello se apoyó en la Iglesia, que detentaba el poder terrenal y espiritual, en la clase indígenas, poseedora de pequeñas propiedades comunales, a la que controlaba, explotaba y sojuzgaba.

Don Tomás de Santacruz, abogado, el más notable de los dirigentes civiles y militares de Pasto, defensor de la monarquía en su testamento, legó inmensos bienes: ricas y extensas haciendas situadas en la sabana de Túquerres, en Yacuanquer y otros lugares. Era propietario de la hacienda de Bomboná, escenario de la sangrienta batalla de 1822 por la independencia, que enfrentó a Bolívar y sus ejércitos contra el coronel español Basilio García, sus batallones y las milicias de Pasto. En ella, el Libertador triunfó, pese a las grandes pérdidas militares que tuvo, como el general venezolano Pedro León Torres.

En el libro Haciendas de los jesuitas en el Nuevo Reino de Granada: siglo XVIII, Germán Colmenares enumera las haciendas y la riqueza de la compañía en la Nueva Granada y en lo que hoy es Nariño.

La Iglesia tenía representación en el cabildo y participaba de las grandes decisiones. En un cabildo abierto el 16 de septiembre de 1811, con motivo de los oficios enviados a ese organismo por los militares independentistas Antonio Baraya y Joaquín Caycedo y Cuero durante la campaña libertadora, para evitar la confrontación armada con Pasto, participaron jerarcas de los predicadores, los agustinos y los mercedarios.

Finalmente, se impuso la voluntad de don Tomás de Santacruz de afrontar la guerra, con las consecuencias que se conocen para la causa republicana. Es decir, se dio una alianza entre el poder civil y militar, representado por la clase dirigente, los terratenientes –en defensa de sus grandes privilegios–, y el religioso, con su poder temporal y espiritual.

Jacob Burckhardt, pensador suizo (1818-1897), en su libro Reflexiones sobre la historia universal, habla de tres poderes sobre los que se sustenta una sociedad: el Estado, la religión y la cultura; los dos primeros, estables, y la cultura es “el movimiento, el espíritu en libertad”. El ejemplo más directo de la intervención de la Iglesia en política durante la independencia fue el del obispo de Popayán, Salvador Jiménez de Enciso, “que empuñó en una mano la cruz y en la otra un fusil”, como legionario de Cristo.

Una proclama del obispo español Salvador Jiménez de Enciso, opuesto a la independencia, a Bolívar y Santander, decía: “Los insurgentes son herejes y cismáticos detestables. Los que defienden la monarquía combaten por Dios, y si mueren, vuelan en derechura al cielo”.

Después de la batalla de Boyacá, el obispo Jiménez, bajo la consigna de que la independencia iba a causar males irremediables, utilizó las excomuniones a diestra y siniestra, como amenaza y medio de persuasión, pero se vio obligado a huir precipitadamente a Pasto, en compañía de los coroneles Sebastián de la Calzada y Basilio García, ante la inminente caída del bastión realista de Popayán.

A las guerras les dio el carácter de “santas” y aprovechó su estadía en Pasto para fortalecer militarmente el paso casi inexpugnable del Juanambú, con dinero de su propio bolsillo, según lo confiesa públicamente, e impedir que los independentistas llegaran a Pasto.

Agustín Agualongo

Agustín Agualongo, el más recordado opositor a la independencia, por Gerardo Guerrero Cortés.

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Gerardo Guerrero Cortés

Pasto en el siglo XIX

Pasto era un retazo de España arrinconado entre unos riscos de los Andes. Pero no de la España borbónica sino de aquella de Felipe II, con un recio sentido de la contrarreforma. Hacia 1800, tenía 36.000 habitantes, 2.450 eran blancos, 12.000 mestizos, 21.000 indios y 21.000 vecinos, de los alrededores, que hoy se llaman corregimientos y que conservan los nombres originales: Pejendino, Obonuco, Mapachico, Mocondino, Jongovito, entre otros.

La ciudad tenía unas 100 manzanas, estaba construida en forma de cuadrícula, de acuerdo al modelo español colonial. La economía dependía de la producción de ganado, papa, maíz y cebada. De las llanuras y laderas de los ríos Guáitara, Juanambú y Patía recibía arroz, fríjol, café y panela, y hacía intercambio de productos manufacturados con Quito, dada la lejanía de Santafé de Bogotá, Popayán y Cali.
Pasto fue leal a España por razones ideológicas, políticas, económicas y religiosas, y a cambio de esa lealtad le pedía al rey que le diera la misma importancia que la Corona concedía a Popayán y Quito, ciudades rivales.

Cuando Pasto defendía su territorio de los intentos de invasión, ocupación y liberación de la campaña libertadora y había logrado algunos triunfos, le pedía a España ser sede del Gobierno, tener un instituto de estudios superiores, un seminario, una sede episcopal y una casa de moneda. Pedía la exención del pago de alcabalas, la libertad de estancos de aguardiente, tabaco y que a los indios se los exonerara de pagar tributo.

Los insurgentes son herejes y cismáticos detestables. Los que defienden la monarquía combaten por Dios, y si mueren, vuelan en derechura al cielo

La lealtad y las demandas no fueron correspondidas y pues la ciudad sufrió la más grande frustración de su historia por la destrucción debida a la guerra prolongada, y de su economía. Quedó aislada y señalada como la ciudad que no supo comprender la importancia y la necesidad de la independencia. Estas razones, más las de tipo geográfico que hacían de Pasto un lugar de defensas naturales, explican las dificultades que encontraron Nariño, Bolívar y otros próceres para liberarla y someterla a la república.

Contrario a lo que se cree, también hubo en Pasto antecedentes e intentos independentistas, que desmienten que fuera una sociedad totalmente realista. En el siglo XVI, don Gonzalo Rodríguez, pastuso rebelde, inició un movimiento independentista contra las autoridades españolas, con lazos en Popayán, Cali y Quito, para atentar contra el gobernador de Popayán. Como el plan fracasó, huyó a Mocoa y regresó años después.

En 1564 protagonizó una nueva rebelión, para la que había intentado conseguir armas en Quito, pero al ser descubierto, fue detenido, ejecutado, descuartizado y sus miembros exhibidos en lugares públicos para escarmiento.

Los sindaguas, un pueblo guerrero de origen caribe que, en el siglo XVI, ocupaba buena parte del valle del río Patía, la zona limitada por los ríos Cuembí y Telembí, en Barbacoas, y que hablaba el malla de la familia chibcha, pusieron resistencia a la dominación y expansión española, en los siglos XVI y XVII, para preservar sus dominios y evitar su extinción.

Fue una lucha implacable de persecución y declaratoria a muerte a los reductos españoles, dónde quiera que se encontraran, y que incluía la destrucción de iglesias y casas. Atacaron a la comunidad indígena de los Abades, supuestos aliados de los españoles y explotadores del oro, obligándolos a dejar su territorio.

Su rebelión terminó hacia 1635, cuando fueron dominados y los caciques principales sometidos a un juicio, condenados a muerte, azotados, decapitados y sus cabezas exhibidas en las provincias.

En 1800, se identificaba con el nombre los Clavijos a los hermanos cobradores de impuestos de la Corona española en Túquerres, Guaitarilla y otras zonas. Los Clavijos fueron asesinados por el pueblo enardecido, a pesar de que se habían refugiado en la Iglesia, pero las autoridades tomaron medidas contra los cabecillas de la rebelión, que acabaron detenidos, procesados, decapitados y escarmentados.

Pérdidas de los patriotas

La represión empeoró cuando el rey Fernando VII dispuso la reconquista de las colonias declaradas independientes de España y comisionó esa tarea a Pablo Morillo. En 1816, los próceres de la independencia Camilo Torres, Caldas, Jorge Tadeo Lozano, Antonio Villavicencio, José María Carbonell y Policarpa Salavarrieta fueron ejecutados por órdenes del Pacificador Morillo, quien ya había ahogado en sangre la resistencia militar y civil de Cartagena.

La independencia tuvo un enorme costo para la causa republicana. Bolívar sufrió atentados, en Kingston, Jamaica, por orden de Morillo, lo mismo que en la noche septembrina, que, de consumarse, habría sido un golpe letal para la independencia.
Nariño, traductor de los derechos del hombre y precursor de la independencia, luego de su derrota en Pasto en 1814, sufrió prisión y destierro, que afectaron gravemente su salud y anticiparon su muerte.

En el siglo XX, se destaca la posición republicana de Sergio Elías Ortiz, opuesta a la antibolivariana de José Rafael Sañudo, conocida por la polémica que los dos historiadores pastusos sostuvieron en la revista Ilustración Nariñense, a raíz de la publicación, en 1925, del libro Estudios sobre la vida de Bolívar, de Sañudo.

En su obra, acusa a Bolívar de haber sido un mal militar, de traicionar a Miranda, de falsificar documentos diplomáticos, de haber sido un hombre de pasiones mundanas y le aplica la doctrina de la expiación, inspirado en Bossuet, según la cual Bolívar debía pagar los pecados de sus antepasados.

Sergio Elías Ortiz, declara a Bolívar héroe de América. Con pruebas, niega que hubiera traicionado a Miranda; que recurrió al decreto de guerra a muerte para salvar la república y acusa a los españoles de cometer crímenes abominables, como la ejecución de Caldas, Camilo Torres, Pombo y Jorge Tadeo Lozano.

Señala a Boves, Morillo, Morales, Monteverde y Sámano de ejercer violencia excesiva contra los patriotas. Destaca que en la batalla de Ayacucho (1824), militares pastusos de alta graduación pelearon en la división del general Córdoba y que una banda de músicos de Pasto tocó La Guaneña, bambuco guerrero compuesto para animar las tropas.

En el libro Fernando VII, un rey deseado y detestado, publicado el año pasado en España, Emilio Parra, escritor español, afirma que Fernando VII, cautivo de Napoleón en Francia, vivió un exilio dorado durante seis años, ajeno a las ejecuciones de sus súbditos por el ejército francés y felicitando a Napoleón por cada victoria de sus ejércitos en España.

A Bolívar se lo acusa de haber tratado mal a Pasto durante la guerra de la independencia, pero se olvida que luego de las sangrientas batallas de Genoy (1821) y de Bomboná (1822), en las que el ejército patriota tuvo grandes pérdidas, en la capitulación de Pasto, el Libertador ejerció la diplomacia y dio garantías a la dirigencia local, a los militares, la Iglesia y la población civil de que se respetarían sus derechos.

El movimiento antirrepublicano en Pasto se explica porque se había creado un clima propicio para la contrarrevolución, que iba contra la marcha de la historia propiciada por la revolución americana de la independencia contra el colonialismo británico, entre 1775 y 1783; y por la revolución francesa de 1789.

Estas revoluciones fundaron un nuevo orden social y fueron determinantes en la caída de la monarquía española en América, después de tres siglos de dominación.

ÉDGAR BASTIDAS URRESTY*​Miembro de la Academia Colombiana de Historia y autor de ‘Bolívar y la libertad de Pasto’ (Ediciones Testimonio, 2018), ‘Curas y obispos belicistas’ y ‘Las guerras de Pasto’, entre otros.

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