Agustín Agualongo, pesadilla de los patriotas durante la Independencia

Agustín Agualongo, pesadilla de los patriotas durante la Independencia

Empujado por su lealtad y su amor al rey, el nariñense se enlistó, en 1811, en el ejército realista.

Agustín Agualongo

Pintura idealizada de Agualongo, un óleo del artista Gerardo Guerrero Cortés.

Foto:

Gerardo Guerrero Cortés

Por: Guillermo Segovia Mora
02 de abril 2019 , 08:14 p.m.

Nos acercamos a la conmemoración de los 200 años de la Batalla de Boyacá (7 de Agosto de 1819), que consolidó la liberación de gran parte de la Nueva Granada del Imperio español, gesta patria más o menos conocida a pesar de haberse prescindido de la historia en los programas escolares.

En cambio es ignorado, apenas referido o malentendido en forma generalizada: se dice que la emancipación de las colonias no fue un deseo unánime y que, incluso, en algunos lugares del país como Santa Marta y Pasto, los súbditos de la Corona cerraron filas en su defensa.

Pasto, aislada, hispanista, monárquica y clerical, no obstante algunos destellos independentistas, resistió a las tropas de la primera república, y hasta casi un lustro después de la gesta de Boyacá, los intentos por colocarla bajo la égida patriota.

De tal actitud hay explicaciones variadas, desde la obcecación, por ignorancia; la defensa de un statu quo llevadero, el temor al cambio brusco que ofrecía la independencia, la indignación ante las afrentas de los ejércitos patriotas, hasta las más recientes sobre los movimientos sociales y sus repertorios de negociación de condiciones vitales.

La insurrección realista

En esa actitud contrarrevolucionaria emergió la figura de Agustín Agualongo Cisneros (1780-1824), de oficios varios y aficionado a la pintura, héroe legendario para los pastusos que, vinculado a las milicias al servicio de la monarquía, se convirtió, al frente de contingentes de negros patianos, mestizos e indígenas, en una barrera más complicada que el vertiginoso paso por las montañas que surca el río Juanambú y la agreste geografía que perfila a su paso el sur del país. De esa manera desató la iracundia de los mandos patriotas y retrasó varios años la consolidación de la independencia y la avanzada para liberar a Ecuador y Perú. “Pasto es la puerta del sur, y si no la tenemos expedita, estamos siempre cortados; por consiguiente, es necesidad que no haya un solo enemigo nuestro en esa garganta”, analizó Bolívar, con su olfato estratégico.

Sin otra causa que la lealtad y el amor a su majestad Fernando VII, la defensa de su libertad y el apego a los suyos, Agualongo se enlistó en las filas realistas en 1811 para repeler los intentos de los independentistas de Quito de poner a Pasto bajo su designio y de los patriotas que atacaban desde el norte.

En 1812 derrotó, junto con los negros patianos, las tropas de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca, lo que llevó al fusilamiento de los patriotas Joaquín de Caicedo y Cuero y Alejandro Macaulay. En mayo de 1814 celebró la derrota y cautiverio del general Antonio Nariño en Los Ejidos de Pasto. Con el grado de sargento participó en la recuperación realista de Popayán y la avanzada al norte en 1815, en la cual fueron derrotados en el río Palo, no obstante bravura demostrada por Agualongo, por lo que al regreso a Pasto fue ascendido a teniente.

Tras la “reconquista” española del norte de la Nueva Granada, queda a órdenes de Juan Sámano y en junio de 1816 sobresale en la Batalla de La Cuchilla del Tambo, al derrotar a los republicanos cerca de Popayán. Por un par de años sobreviene una relativa calma en la que retorna a su oficio de pintor, alterada por noticias de Santafé sobre las andanzas de un “tal Bolívar” y la llegada despavorida de españoles en busca de refugio.

Mientras el ejército patriota, tras la victoria de Boyacá, avanzaba hacia el sur expulsando a los realistas, Agualongo, al mando de Melchor Aymerich, participó en los combates que definían la suerte del Ecuador. En 1820 fue nombrado jefe civil y militar de Cuenca. En los primeros meses de 1822 regresó al mando de su tropa a Pasto, donde ya regían autoridades republicanas tras la capitulación de los españoles, luego de la sangrienta y empatada Batalla de Bomboná, en la cual, aunque no participó Agualongo, la leyenda lo puso a darle látigo a Bolívar.

La población de Pasto se sintió traicionada. En octubre de 1822, el coronel español Benito Boves dirigió un primer levantamiento contra las autoridades republicanas, nombró a Agualongo segundo jefe de las Milicias del Rey, pero fueron aplastados en forma cruel y sin contemplaciones por el general Sucre, con el epílogo nefasto de la ‘Navidad sangrienta’ y la conscripción engañosa de 1.500 hombres que serían artífices, con su valor y las notas de La Guaneña, de la victoria del general Córdoba en la Batalla de Ayacucho, que determinó la liberación formal del Perú. Bolívar siempre reconoció la hombría de los pastusos, pero advertido de su tozudez deseó “desaparecer de la tierra a esa raza infame”.

Agustín Agualongo 2

Retrato de Agustín Agualongo hecho por el ilustrador Raúl Díaz del Castillo.

Foto:

Raúl Díaz del Castillo

Súbdito irreductible

La brega indómita de Agualongo no cesó. A mediados de 1823, junto con Estanislao Merchancano y al mando de cientos de indígenas y mestizos desarrapados y mal armados, derrotó al general Juan José Flores, restablecieron el gobierno realista en Pasto, engrosaron su ejército y embistieron hacia Quito para buscar revertir lo inevitable. Para entonces ya ostentaba el grado de coronel.

Desesperado con los pastusos (“Son los demonios más demonios salidos de los infiernos”), Bolívar condujo la tropa que con toda ventaja en la Batalla de Ibarra dio cuenta de más de 600 insubordinados.

Agualongo logró escapar, juntó a algunos de sus hombres, en huida e intentó sitiar de nuevo a Pasto, pero fue repelido, no sin antes poner en apuros en distintos sitios a Solom, Flórez y al general José María Cordoba. Tras rechazar una oferta de perdón del presidente Santander y varias escaramuzas, el 1.º de junio de 1824, navegó con su gente por el río Telembí para ocupar Barbacoas, en busca de hacerse al oro que se resguardaba con destino al ejército de Bolívar en Ecuador, y llegar al puerto de Tumaco, para procurar apoyo en el Perú. Lo confrontó la tropa al mando del coronel Tomás Cipriano Mosquera, quien en los fuegos cruzados recibió el balazo en la quijada que le valió el remoquete de ‘mascachochas’.

Se retiró a El Castigo, en preparación de un nuevo ataque, y allí fue capturado con 87 de sus hombres por el coronel José María Obando, antiguo compañero de armas, ahora en el bando republicano, quien lo condujo a Popayán, donde fue juzgado en consejo de guerra y condenado a muerte. Se le ofreció indulto a cambio de abjurar, pero el 13 de julio de 1824, junto a tres de sus oficiales, vistiendo el uniforme realista, sin permitir que lo vendaran, fue fusilado después de exclamar: “¡Viva el Rey!”. Murió sin saber de su ascenso por cédula real a general de brigada de los Ejércitos del Rey.

Pasto aún expresa división frente al legado de la Independencia y la valoración de Agualongo. Para algunos, trasciende el dolor por la desmedida represión a la resistencia realista; reivindican aun la monarquía, repudian la emancipación y consideran al adalid un vengador virtuoso por su lealtad y valentía.

En lo que se refleja también la inconformidad por la forma como se mantuvo en el olvido la región durante siglos. Con ánimo de polemizar, recientes escritos cuestionan su carrera militar, reseñada por connotados historiadores pastusos, y ven en ella un afán por crear un mito identitario. Pero un importante sector de la sociedad nariñense comprende las situaciones en su contexto histórico, sopesa en este el papel anacrónico del miliciano realista y dimensiona en su grandeza la gesta de la Independencia.

GUILLERMO SEGOVIA MORA
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