No me mame gallo y dígame cuál es el origen de esa expresión

No me mame gallo y dígame cuál es el origen de esa expresión

Una exploración, según costumbre del autor, en diccionarios y lexicones para descubrir la expresión.

mamargallo

Una de las versiones sobre el origen de la expresión ‘mamar gallo’ se relaciona con los gallos finos y las galleras.

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Andrea Moreno. EL TIEMPO

Por: Juan Gossaín
18 de junio 2020 , 12:54 a.m.

Como esta pandemia va para largo, les propongo que una vez más cambiemos de tema, antes de que el virus termine de enloquecernos. Y les advierto que no estoy mamando gallo.

A propósito, y ahora que lo menciono, quiero pedirles a los lectores que hagan la obra de caridad de ayudarme a resolver un problema que me está agobiando hace un millón de años, desde los tiempos de la escuela secundaria.

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Fue por ese entonces cuando descubrí la existencia de un libro fascinante, Biografía de las palabras, escrito por el sacerdote bogotano Efraín Gaitán Orjuela, que dedicó su apostolado a luchar por la supervivencia del lenguaje y la supervivencia de las gentes más pobres del Chocó.

A partir de ahí, y hasta el sol de hoy, han sido vanos todos los esfuerzos que hago para encontrarle una explicación satisfactoria a ese misterio.

Para que lo sepan, eso es lo que me tiene así de cabezón como soy, y, además, con un aire de persona abstraída que vive en las nubes.

Para no darle más vueltas, dígame usted de dónde viene la expresión mamar gallo. ¿Cuál es su origen genuino e indiscutible? ¿Qué diablos tiene que ver el pobre gallo en todo esto?

En Colombia, y a lo largo de la vasta y variada región que cubre el mar Caribe, son poquísimos los dichos y locuciones más populares que ese.

Al principio se le consideraba una vulgaridad, pero con el paso del tiempo el uso permanente hizo que se volviera normal. Hasta las monjitas lo repiten.

Sin embargo, la gran paradoja consiste en que, a pesar de eso, esta es la fecha en que investigadores y lingüistas no han podido ponerse de acuerdo sobre sus orígenes. Qué ironía. El destino es así de travieso. Y se ríe de nosotros. Mejor dicho, nos mama gallo.

Lo que se sabe a ciencia cierta, a estas horas de la vida, es que nació en la región norteña entre Colombia y Venezuela, es decir, por los lados de La Guajira y Maracaibo.

Al principio se le consideraba una vulgaridad, pero con el paso del tiempo el uso permanente hizo que se volviera normal

De allí se propagó por todo el territorio de ambos países y luego, como un reguero de pólvora, por islas y bosques, por puertos y caminos, por aldeas perdidas y grandes ciudades, por el Caribe entero. Ya hoy se emplea en el lenguaje cotidiano de Panamá, Cuba, República Dominicana, Puerto Rico.

Ni el diccionario

Si no quieren terminar de enloquecerme, no me vuelvan a repetir lo que significa “mamar gallo”. Yo sé de sobra, como todos ustedes, que significa muchas cosas variadas: hacer bromas o burlarse del otro, no darle mucha seriedad a la vida, pero también se refiere a incumplir un compromiso, dilatarlo, darle largas al asunto, engañar al prójimo o al acreedor que va a cobrar todos los lunes y le salen con una disculpa diferente.

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Lo que estoy buscando, como un desesperado, es el origen, la etimología, su procedencia. Lo que quiero saber es de dónde proviene, cuál es su raíz. Lo que quiero saber, vuelvo y digo, es qué tiene que ver el gallo en todo esto. Cuál es la vela que carga en este entierro.

Cómo será el asunto, que no lo aclara ni el propio diccionario oficial de la Real Academia, el maestro de maestros. Se limita a registrar que “mamar gallo” es una expresión coloquial de Venezuela y Colombia usada para definir la tomadura de pelo. Nada más.

Entre lingüistas, investigadores serios y simples curiosos no existe consenso sobre el auténtico origen de esa expresión. Eso ha permitido que, desde hace más de cien años, hayan surgido mentiras, leyendas, invenciones sobre su procedencia. Una mitología completa.

Desde las galleras

Varios de los tratadistas más juiciosos, tanto colombianos como venezolanos, coinciden en que la expresión “mamar gallo” nació en las galleras. Eran unos redondeles de palma, palos, madera y graderías, que ya están casi extinguidos.

Los domingos y días festivos, se congregaban allí los galleros de la región que echaban a pelear sus animales: el giro contra el colorado, el pinto contra el cenizo o el chino contra el morado.

Mario Alario di Filippo, el gran lingüista que escribió nuestro formidable Lexicón de colombianismos, sostiene que todo empezó con la costumbre que tenían los galleros de reanimar a sus animales, en medio de la riña, chupándoles o mamándoles las heridas de cabeza y pescuezo para evitar que la sangre los cegara.

Ángel Rosenblat, el respetado filólogo venezolano, aunque comparte la tesis de la gallera como cuna de esa expresión, dice que no se debe a la acción de chuparle la sangre al gallo.

Explica que en las galleras era frecuente ver a uno de los contrincantes que, por debilidad del pico o por una herida, no podía picar al enemigo con fuerza y se dedicaba a pasarle la cabeza por el cuerpo. Entonces el público decía que ese animal “estaba mamando”.

La teoría sexual

Pero ahí vuelve a surgir mi incertidumbre: ¿qué tiene que ver en todo ese cuento la broma, la burla, hacer chanzas a costillas ajenas, incumplir los compromisos, dilatar una promesa o darle largas al asunto?

Por allá en el siglo diecinueve, la expresión fue proscrita del lenguaje utilizado entre la gente decente y de buenas costumbres. La desterraron porque no faltó quien le encontrara a la palabra gallo una alusión al sexo femenino.

Si la hipótesis de la gallera ya era discutible, menos aún había relación alguna entre la intimidad erótica y tomar el pelo. Pero, a partir de ahí, la gente delicada proscribió por vulgar la mamadera de gallo. Con el paso del tiempo, no obstante, volvió a ser familiar.

No faltó quien le encontrara a la palabra gallo una alusión al sexo femenino.

Esas son las teorías que se manejan hasta hoy. Y aquí estamos, esperando que surja, por fin, una explicación convincente.

Ayúdenme a encontrarla, por favor, antes de que me enloquezca por completo.

‘Estoy mamado’

Como éramos pocos, parió la abuela. Así decían los españoles antiguos para indicar con ironía que le estaban surgiendo más complicaciones a un problema.

Bueno, como si fuera poco con la búsqueda de la mamadera de gallo, ahora me gustaría saber por qué motivo en todo el país comenzó a imponerse una nueva acepción del verbo mamarse, así, en forma reflexiva. ¿Qué tiene que ver todo eso con mamar? Hasta ahora, nadie ha podido explicarlo satisfactoriamente.

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El Diccionario de colombianismos, obra encomiable del Instituto Caro y Cuervo, registra varios de sus sentidos: experimentar cansancio luego de un esfuerzo físico o mental, sentir aburrimiento o hastío, tener que soportar a alguien o a algo, retractarse de un compromiso adquirido o de un negocio ya pactado. Perfecto. ¿Pero qué tiene que ver todo eso con mamar?

¿De dónde salió ese significado? Bueno, ahí les dejo esa otra tarea porque ya yo estoy mamado. Averígüelo Vargas (otro día les cuento quién era ese Vargas).

¿Beber cabello?

Ya sabemos que entre nosotros mamar gallo y tomar el pelo son sinónimos en varios de sus sentidos, como el hacer chanzas o incumplir lo prometido.

No faltarán los despistados que crean que tomar el pelo es lo mismo que beber el cabello, como si con eso pudiera hacerse un jugo. Es obvio que, en este caso específico, tomar no equivale a beber sino a coger. Pero, entonces, ¿cómo le cogen el pelo a un calvo como yo? Tiene más pelo un espejo.

Aquí están otra vez las inquietudes, asaltándome a mano armada: si el gallo no tenía nada que ver hace un momento, ¿ahora qué pitos toca el pelo? Y en lugar del pelo, ¿por qué no tomar la uña o el pie? ¿O un vinito?

Yo recuerdo que hace unos años, en este mismo periódico, el profesor Fernando Ávila desentrañó el enigma al explicar que en la época medieval los caballeros tenían la costumbre de retar a duelo al adversario tocándole la cabeza, y el otro se veía obligado a batirse con él. Era una costumbre terrible y temible.

De la cabeza a la barba

Con el paso del tiempo, y mientras crecían el progreso y la modernidad, la gente empezó a burlarse de ese curioso hábito, tocándole el pelo a un amigo para hacerle creer que lo estaba desafiando cuando en realidad no era más que un juego. Entonces, el mundo vio nacer la expresión “tomar el pelo” como señal de broma.

Al ver que les habían convertido su tradición en una burla, los aguerridos caballeros de espada y escudo cambiaron la señal: le tocaban al enemigo la barba peluda en vez de la cabeza.

El mundo vio nacer la expresión “tomar el pelo” como señal de broma.

Aquí era donde quería llegar. Resulta que cuando yo era niño, allá en las calles inolvidables de San Bernardo del Viento, en medio de los partidos de béisbol con una bolita de caucho, se armaban unas discusiones tremendas y los muchachos más agresivos tenían la costumbre de tocarle la barba al otro, a veces untándose los dedos con saliva, para desafiarlo a darse trompadas. Si no aceptaba, viviría para siempre con el estigma de cobarde colgado al cuello.

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¿De dónde, por dónde y cómo habrá llegado esa costumbre de la Europa medieval, romántica y caballeresca, a los pueblos lejanos del Caribe colombiano? A lo mejor somos descendientes de un noble ancestro germánico, galés o anglosajón.

Miro el reloj y veo que ya va siendo hora de despedirnos, aunque nos queda por desentrañar la historia de otros modismos y locuciones que también usa la gente para hablar de bromas, chanzas, incumplimientos.

Ahí están, por ejemplo, las expresiones “poner cebo” o “poner pereque”, que han ido desapareciendo desde los tiempos en que se usaban para significar lo mismo que mamar gallo o tomar el pelo. Pero ya ese será tema de otro día.

A modo de epílogo

No quiero irme sin hacerles ver a ustedes lo que son los designios del destino en relación con el lenguaje, aunque se trate de nombres propios, de lo cual ya hemos hablado antes.

Recuerden que les conté que en San Bernardo del Viento vivía la señora Flor Espinosa, a la que sus vecinos, ingeniosamente, apodaban doña Rosa.

Pues miren lo que acaba de pasar ahora. Por estos días apareció en la prensa un grupo de cineastas españoles que están en Colombia promoviendo una película sobre ese hombre inolvidable que fue Héctor Abad Gómez.

El actor protagonista, también español, nació predestinado al cine. Se llama Javier Cámara. Y no es un seudónimo.

JUAN GOSSAÍN
ANÁLISIS
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