La profesora que enseña a soñar a través de la lectura

La profesora que enseña a soñar a través de la lectura

Lina Antonella Solano ya completa 15 años enseñando a leer a niños pobres de Riohacha. Serie. 

Lectura

La dedicación en cada una de las sesiones hace que los niños, el principal botín de la líder, queden atrapados en el hábito de la lectura.

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Eliana Mejía

Por: ELIANA MEJÍA
11 de septiembre 2018 , 10:34 a.m.

Bajo la sombra de un viejo árbol de trupillo, ubicado enfrente de lo que sería la terraza de un cambuche, recubierto cuidadosamente en su fachada con almanaques viejos de publicidad, está el punto donde cada 15 días, sin falta, se reúne Linda Antonella Solano con un grupo de niños para enseñarles a través de la lectura a soñar y escapar de la dura realidad en la que viven.

Para iniciar la actividad, Linda recorre cada una de las viviendas, invitando y motivando a los menores, en su mayoría inmigrantes venezolanos y de la etnia wayú que habitan en Villa del Sur, un deprimido barrio de invasión que surge en la periferia de Riohacha desde hace más de un año y que es habitado por unas 800 familias.

Durante dos horas, los menores escuchan con atención y participan de las lecturas junto con Linda, una poeta y sicóloga que dedica parte de su tiempo libre a fomentar la lectura en comunidades pobres, buscando que estos menores transformen su vida, su mente y su corazón.

La lectura es un proceso en el cual el menor puede navegar, sumergirse, cambiar los entornos y ser un poco más feliz. Los rostros de los niños, cuando leen algo o realizan algún dibujo son diferentes. Cambian sus niveles de creencia y pueden descubrir que hay otro camino”, señala Solano.

Los niños llegan poco a poco, unos con silla, la cual comparten con otro compañero y el resto se obtiene gracias a la colaboración de los vecinos. El número de asistentes varía de acuerdo a la jornada. “Normalmente asisten unos 20 menores y cuando hay obsequios, pueden llegar hasta 100”, agrega.

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Los niños son los más beneficiados con las jornadas que se realizan en el afán de promocionar la lectura en Riohacha y La Guajira.

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Eliana Mejía

Entre los pequeños que asisten a la cita de cada 15 días está Samuel Uriana, de 7 años, quien llegó acompañado de su hermano y su silla, que ambos comparten. “Me gusta escuchar a la profesora leer los cuentos”, dice tímidamente.

EL TIEMPO la acompañó en esta actividad en la que les compartió la lectura del libro Juégatela por el Putchipu, La Confianza y la Paz, de un colectivo de la Corporación Pezcarte, la cual dirige y que forma parte de la estrategia ‘Una nueva historia’, que lidera la oficina del Alto Consejero de Paz.

Al finalizar las actividades de lectura, los menores reciben un refrigerio que muchas veces sirve de gancho para atraer a esta población que no asiste al colegio y con altos niveles de pobreza.

Nos parece importante estas actividades, ya que los menores no tienen a dónde ir, ni un lugar dónde jugar”, sostiene Juan González, uno de los migrantes venezolanos que comparte la vivienda con su hermana y familia. En total, cinco adultos y tres menores habitan en un pequeño cambuche.

Luisa Torres, de unos 8 años de edad, asegura que le gusta participar de estos encuentros para leer y escuchar las historias que le relatan.

Ella es una de los pocos menores que asisten a la escuela y lo hace en la zona rural, en el Centro etnoeducativo Madre Verónica, a unos dos kilómetros de su casa.
Para ello, debe caminar unos 10 minutos hasta la carretera y esperar el transporte escolar.

Linda ha extendido su plan de lectura a otros sectores de Riohacha. Es el caso del barrio Las Marías, donde se reúne con unos 20 menores.

Así mismo en el 2017 realizó, durante dos meses, procesos de inmersión en la lectura con la población venezolana en situación de calle y que se albergaba en el Parque de la India, en pleno centro de la ciudad y en frente del Comando de Policía de La Guajira.

Gracias a este trabajo, logró que padres e hijos participarán y disiparán un poco sus penas, soñando y regresándole esperanza y ánimos de continuar en la lucha diaria.
La acompañan en este proceso su hijo Sebastián, de 4 años, quien ha crecido escuchando las historias y los personajes de los cuentos que leen los niños.


También hacen parte de este equipo Johan Yair Torres y Ketty Assis, quienes desde los 9 años forman parte de los semilleros del club de lectura y actualmente están a punto de graduarse en la universidad.

Junto a ellos, siempre está la maleta de cuentos del programa ‘La paz se toma la palabra’, del Banco de la República, que tienen en calidad de préstamo.

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Los niños son los más beneficiados con las jornadas que se realizan en el afán de promocionar la lectura en Riohacha y La Guajira.

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Eliana Mejía

Linda no recibe apoyo financiero de ninguna entidad, organización o el Gobierno para desarrollar estas actividades. Para andar con sus libros por estos sectores, considerados por algunos como inseguros, solo tiene el apoyo de sus amigos, quienes le consiguen los refrigerios.

Un cuento largo

Linda Antonella, quien también es poeta y consejera de cultura de la Alcaldía de Riohacha, asegura que desde los 5 años inició su amor por la literatura, luego de perdérsele a su abuela en un centro comercial para ingresar a una casa con muchos cuentos.

En el colegio continuó con las expediciones literarias cuando su curso era llevado a la Biblioteca del Banco de la República.

Fue en el bachillerato cuando entró en contacto directo con las comunidades como vigía de salud, llevando con ella un cuento a los niños para entretenerlos, mientras conversaba con sus padres.

Unos 15 años lleva promocionando la lectura en las comunidades indígenas y entre los habitantes de la comuna 10 y en el barrio La Loma de la capital guajira, llegando a conformar un semillero en los clubes de lectura, quienes en ocasiones la acompañan. Muchos de estos procesos los desarrolló con Pastoral Social y Comfaguajira.

Esa titánica labor de motivar a los niños a que se entusiasmen con la lectoescritura la aplica en su trabajo como docente orientadora de la Institución Educativa Isabel María Cuesta González.

Aunque una vez tuvo diferencias con una rectora que no veía importante que una sicóloga se pusiera a hacerle un programa de lectura a los niños con problemas de aprendizaje, pero Linda siguió trabajando, pues tenía claro que la lectura es la única posibilidad que tienen estos niños de soñar y no dejar de reir nunca.

Consejera de las comunidades

Una de las experiencias más fuertes que le ha tocado sortear a Linda Antonella Solano es conocer las tristes historias que viven los niños que asisten a su taller de lectura.

Recuerda que en una ocasión una menor le comentó de forma natural que su mamá se iba a tomar un veneno. Por eso, no dudo en buscar a la mujer y ayudarla a evitar que tomara la fatal decisión de acabar con su vida. 

La mayoría de estas personas viven en cambuches hechos con cartones, mallas o telas de cerramiento, zinc y madera, en barrios de invasiones con calles polvorientas y desoladas. Su sustento lo logran luego de largas caminatas por las calles vendiendo tinto, dulces, frutas y agua. El diario que logran realizar no supera los 20 mil pesos, por lo que a veces les toca pedir ayuda.

Pero gracias a los talleres de Linda, se logró que padres e hijos participarán y disiparán un poco sus penas y se olvidarán de todas las tristezas que arrastran. “Estos talleres fueron como un bálsamo que permitió que muchos volvieran a sonreírle a la vida, pese a lo difícil situación que atraviesan”, contó.

ELIANA MEJÍA 
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
RIOHACHA

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