En Santa Marta, la crisis del agua comenzó hace tiempo

En Santa Marta, la crisis del agua comenzó hace tiempo

En la ciudad, el 24 % de las viviendas no tienen alcantarillado y el 81 % está sin acueducto.

Santa Marta

Desabastecimiento d agua en Santa Marta

Foto:

Roger Urieles

Por: Felipe Marroquín*
08 de enero 2020 , 08:24 p.m.

Los perros flacos con sus pelusas bien mugrientas recorren las mismas calles, se tumban –sin ganita– sobre alguna esquina, siempre por ahí, con los ojos fundidos, las narices muy secas, las colas atadas entre sus patas despatarradas, moscas –y más moscas– mariposeando sobre sus panzas, revoloteando sobre esos culos sin raza definida, y afuera, las lenguas rosadas, delgadas y muertas buscan el chorro, inventan la manera de lamer el chorro; aunque esta mañana –bajo ese sol que no supera los 40 grados– los perros vagabundos beben del charco que de alguna manera es la única opción que han tenido sobre algún rincón de esta ciudad.

Santa Marta fue la primera ciudad en ser bautizada en Colombia. Y aquí, que a los samarios les salga agua del grifo todos los días no es lo común. Es toda una paradoja para una ciudad que está bordeada por el mar.

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En Minca, llegando a la Sierra Nevada de Santa Marta, el clima es tropical. El corregimiento reposa sobre montañas madres, imponentes, a 14 kilómetros de la Perla de América. Es una cuna que sobrepasa los mil habitantes. Se levanta de casitas disfrazadas de hostales, tiendas, bares y cafés. Un lugar que se desborda de turismo sobre sus calles angostas, quebradas y sinuosas. Los minqueros se atiborran de lenguajes, idiomas y esas cosas.

Ramón es minquero, tiene su bigotito recién peinado. Está detrás del mostrador del restaurante que atiende. Me cuenta que en Minca hay un acueducto de hace más de 35 años y que aquí siempre sufren por agua.

Llueve una vez, dos veces al mes. Este año ha sido muy veranoso.

Mientras tanto, afuera, la lluvia cae lenta:

–Por el agua siempre sufrimos. Y ese acueducto que le cuento era como para unas 15 casas, ahora hay 400.

Los minqueros se quejan porque no hay control sobre el desborde turístico que los azota. Por lo menos, al día, mil turistas ingresan al corregimiento cuando la temporada llega a su pico. Casi la misma cantidad de la población minquera que lo habita por “mucho turismo” –dice Rosalba– “mucho pueblo”.

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A Rosalba los crespos le escurren sobre su pecho. Treinta y tantos, piel canela. Es una tendera. Cuenta que para la comunidad minquera el agua se evapora cuando los viajeros empiezan a llegar: uno de los huéspedes en Minca, por ejemplo, esta tarde es un yanqui que calza y se apropia de sus sandalias.

–¿Y cuánto llevas así con tu familia?

–Toooda la vida– y se ríe, como si yo lo supiera.

Para Rosalba es caer en un hecho común. Para un turista caprichoso, el efecto es asombroso, inquietante, incomprensible; a un visitante sin ánimo de ver otra cosa que el paisaje no le importa estas cuestiones, no quiere saberlo porque el turismo está, también, para ser el muro de lugares que otros no quieren que veas.

–Siempre ha sido el mismo mecanismo: poquita agua, y hay que ponerla por sectores. Por la mañana pa’ acá, por la tarde pa’ allá. Entonces, recoja agua y tenga ahí. Cuando hay mucho turismo se supone que cierran la entrada, hay trancón de gente y todo. La capacidad de la zona no está pa’ tanto. El turismo es cada vez peor.

Lleva diez días sin agua, porque la quitan, dice, “para ponerla al otro barrio y que el turista vea que hay agua”

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–¿Usté no oyó en el noticiero que van a coger agua del río Don Diego para abastecer esta ciudá sin agua?– me pregunta ahora, exaltada, la señora Inés mientras organiza la palangana que rebosa de cocadas.

Inés lleva 30 años vendiendo cocadas entre Santa Marta y Buritaca. Las piernas flaquitas, la tez negra, el pañuelo como adorno en la cabeza, el rostro débil. Inés vive aquí en Garagoa, en una casita menuda. Lleva diez días sin agua, porque la quitan, dice, “para ponerla al otro barrio y que el turista vea que hay agua”. Incluso este año hay mucha reticencia. No cree en la política, no sabe quién tiene la culpa de todo esto –dice–, cada uno busca la forma de conseguirse el agua, y cuenta que el otro día, cuando el camión cisterna llegó al barrio, todos los vecinos hicieron la fila y se armó el brinco porque al parecer un fulano se coló y uno de los vecinos sacó una piedra, se la pegó fuerte al fulano en la cabeza y lo mató.

–Aunque el turista siempre es una ayuda pa’ uno.

–Pero es paradójico, porque venimos, y por nosotros, te quitan el agua –le digo.
Ella sonríe, casi apenada.

Colombia es una patria en el ojo del turismo en Sudamérica después de esos que llaman ‘los expertos’. En 2018, esa industria aumentó en 10,4 por ciento: vinieron 4,3 millones de extranjeros. Dobló la regla del turismo, y representa el 2,1 por ciento en el PIB. A Santa Marta le ingresaron más de 250.000 viajeros. El turismo es la única empresa mundial que nunca ha fracasado durante siglos; ahora, con los nuevos cambios en su producción, se ha fortalecido gracias a las redes para ofrecer la imagen romántica.

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En la primera ciudad de Colombia, el 24 por ciento de las viviendas todavía no tienen alcantarillado y el 81 por ciento no cuenta con el sistema pluvial. La primera ciudad de Colombia necesita 2.500 litros de agua por segundo al día, y la abastecen las plantas Mamatoco y El Roble con 1.108 litros. Carece de cerca de 1.500 litros, pero no sabe de qué manera saciarlos. La primera ciudad de Colombia tiene la montaña más alta del país y sus ríos Piedras, Manzanares y Gaira no le son suficientes.

(Además: Trágica muerte de turista argentino en Santa Marta)

En la primera ciudad de Colombia, por la desesperación, algunos vivos construyen talanqueras sobre los ríos para desviar el agua y unos pocos barrios celebran la astucia por un servicio que muchos, en otra parte, no solo desperdiciamos, sino también lo damos por obvio; pero en Santa Marta, el agua no es una obviedad, es una pena.

A la primera ciudad de Colombia le perforaron más de 50 pozos para abastecer a los locales, pero el hueco es impreciso, el fondo de la necesidad es más profundo que eso.

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Lina Barbosa es bióloga. Piel humectada, manicure impecable. Es la gerente de Fondos de Agua de Santa Marta y Ciénaga. Hablamos en su oficina. Dice que los ríos que abastecen a la ciudad disminuyen un metro cúbico por segundo y que las pérdidas en el sistema de acueducto logran que el 70 por ciento de agua se pierda entre los recovecos de la tubería que resiste bajo la ciudad.

–Está asociado a las averías en las tuberías, pero, también, a conexiones ilegales tanto antes como durante la captación de agua.

Cuenta que en los últimos meses no ha llovido en forma. Por eso, no hay captación de agua para el recurso hídrico.

–Estamos en una zona vulnerable al cambio climático. Cuando hay sequía las consecuencias sociales y económicas son gigantes para el desarrollo y bienestar de la comunidad. Pero cuando hay mucha agua estamos propensos a inundaciones. El desabastecimiento no es el único problema que tenemos. La cobertura del alcantarillado, y también pluvial, es precaria. La ciudad se inunda –me dice, y agrega que Santa Marta tiene un acuífero de fácil acceso, el cual se alimenta de los ríos Manzanares y Piedras.

La sobreexplotación del acuífero en tiempos de sequía es un descontrol. Casi el 90 por ciento de la gente se puede abastecer de agua subterránea.

Cuando a la ciudad la declaran en calamidad, “se habla de abrir nuevos pozos. Por cada un pozo, hay de dos a tres ilegales”.

Para empezar, la ciudad está sobre un acuífero, y si en unos años se encuentra sobreexplotado, Santa Marta podría hundirse. Lina pone el ejemplo de la Ciudad de México, que se hunde cada año entre 8 y 12 centímetros.

La cobertura del alcantarillado, y también pluvial, es precaria. La ciudad se inunda –me dice, y agrega que Santa Marta tiene un acuífero de fácil acceso

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–Usted sabe que en el fuego los minutos son importantísimos, porque en escasos segundos se puede quemar un continente –me advierte Nibaldo Cera, el jefe de nómina del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santa Marta, que cuenta con 38 hombres en su planta. Tienen para la operación “tres vehículos, nada má”, dice Cera.

–¿Esta estación qué zonas cubre? –pregunto.

–Toda la ciudad de Santa Marta y sus alrededores.

Entonces me asombro, hago silencio. Nibaldo se ríe:

–Es la única estación de esta ciudad. Mire que usted se está extrañando con lo que le digo. Y en caso de que no haya un hidrante por ahí alrededor, toca que vaya otra máquina para abastecer el tanque.

No sabía que la ciudad del siglo XVI tiene una estación de bomberos –una, digo– en sus casi quinientos años.

–Hay muchos incendios donde necesitamos obviamente del líquido preciado y no nos podemos abastecer de los hidrantes que existen en algunos barrios, porque llegamos donde algunos que no sirven y otros no tienen la presión, el volumen, para llenar nuestras máquinas –me cuenta el capitán Ricardo Chaín Muñoz en su oficina–. Hay que hacer todo tipo de maniobras y maravillas: a veces, nos toca coger el agua de las albercas de las casas. Hay momentos que nos quedamos con la manguera en las manos viendo el incendio.

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Al barrio Juan XXIII se llega de repente. Ariel vende ceviche. No mide más de uno sesenta, cincuentón. Vive aquí con su esposa y las hijas de su esposa. Señala que hay una alberca comunitaria en lo alto del barrio, como en tantos otros, y que la alcaldía les suministra el agua dos veces a la semana y con eso hay gente que pasa trabajos. Pero él no la usa porque hay gente que se pelea por el turno cuando llega el carrotanque.

–Yo no me meto ahí en la fila. Hay gente de mala calaña. Además, esa agua es sucia, no es de buena calidad. Esa alberca permanece abierta y todo.

Él sobrevive con su alberca, sus pimpinas, los tanques que tiene en su casa, y con el agua que le llega una vez por semana tiene para 15 días.

–Pero al vecino que se le acaba el agua antes de la semana, tiene que ir a comprar el galón o la bolsa de agua.

Aquí una bolsa de agua de 6 litros cuesta $ 3.000. Pero un galón, me dice Ariel, de ni sé cuántos litros, le cuesta “25.000 barras”. Y que compró ese galón en tres ocasiones cuando estuvo sin agua durante un mes.

–Y el recibo me llega por $ 50.000, imagínate.

Las paredes de la ciudad del Pibe se levantan con grafitis de los Vives, los Lacouture, los Mello, los Díaz Granados, los Cotes. La cosa política es, y seguirá siendo, un show, un desencanto, que con los días se disuelve. En la que ya poco se cree.

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Taganga es un rinconcito de poco más de 3.000 habitantes. Tierra de pescadores. Calles polvorientas, cachorros en la siesta, casitas de solo un piso, avisos de ‘sí hay paletas’, y los habitantes caminan con los bidones en la mano. Sobre una paralela la alberca llena: agua de todos los colores.

Sobre la calle que da al mar hay una carreta apiñada de pimpinas desocupadas con unas iniciales: SVG. Me encuentro a un hombre al que se le desborda la panza. Ordena a Pedro ponerles cabuya.

Yo compro el agua del carrotanque en Santa Marta. Me la descargan en mi casa y me la traigo en pimpinas y las vendo aquí para el comercio a mil pesos– me contesta Santander Vásquez, que tiene 300 pimpinas, pero esta mañana solo bajó, desde su casa, unas 120 cargadas de agua.

–A mí me cuesta $ 140.000 el carrotanque. Es de más o menos unos 12.200 litros – apunta con orgullo.

Veo a Santander perdiéndose cuesta arriba con su carreta.

De algún modo, ser turista es evitar mirar lo que muchos no quieren que se sepa; incluso, cuando alguien ya lo sabe, constantemente, mira muy fácil para otro lado:

–Digan whisky: ¡flash!

FELIPE MARROQUÍN
*PARA EL TIEMPO

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