Morir a más de 10.000 kilómetros de casa

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Morir a más de 10.000 kilómetros de casa

Miles de migrantes atraviesan Colombia cada año buscando el ‘sueño americano’. Muchos pierden la vida en el trayecto.

Una ola grande los dispara a todos a las turbulentas aguas del golfo de Urabá. Han pasado menos de 10 minutos desde que Mify, una mujer nacida en Angola hace 35 años, se subió con sus cuatro niños a la lancha, en la que también se malacomodaron cerca de 20 adultos y varios niños más.

Escucha gritos, chapoteos, traga agua. Alguien le habla y ese alguien la guía hasta un bidón milagroso que la mantiene a flote. En medio del alboroto escucha a uno de sus hijos llamarla. Le dice en portugués: “Mamá estoy acá, agarré tu bolso”. La persona que la llevó al bidón está con el niño. Ella, por más que intenta mantenerse cerca, los pierde de vista. Unos 20 minutos después aparece, surcando las turbulentas olas, otra ‘panga’, las lanchas con motor fuera de borda comunes en el Caribe. El lanchero acude a sus gritos y cuando se trepa en el bote descubre allí a Manazé, su hijo de seis años, el único que le quedó.

***

A la una de la mañana del 28 de enero, murieron ahogados en el mar Caribe, a más de 10.000 kilómetros de casa, 10 niños y 9 adultos angoleños y congoleños, y quizá otros cinco más de cuyos cuerpos no quedó rastro.

El naufragio es, hasta ahora, el que más migrantes muertos ha dejado en esa zona del país, aunque no es el único. En enero del 2013 fueron hallados seis cuerpos flotando en el mar cerca de las playas de Tarena, Unguía, (Chocó). En diciembre de ese año se encontraron siete más entre la desembocadura del río Atrato y el mar cerca de Turbo.

En enero del 2016 naufragó, también cerca de Unguía, una lancha que se presume llevaba 24 migrantes de Sierra Leona, Pakistán, Guinea, Somalia y Nepal. Nueve fueron rescatados con vida, cinco cuerpos fueron encontrados y otros cuatro no pudieron recuperarse, aunque se hicieron varios intentos. Y de los demás nunca hubo noticias. Los cinco cadáveres recuperados terminaron enterrados en Unguía.

La peregrinación de Mify

A la media noche del 27 de enero, Mify se montó a la sexta y última lancha que dispusieron los coyotes para pasar a un gran grupo de migrantes desde Colombia hacia Panamá. Como fue una de las últimas en subirse tuvo que entregarle su bebé de ocho meses a una de las personas que iba en la parte de atrás de la panga, ella se acomodó más adelante con los otros niños.

Las lanchas en esa zona del golfo solo se mueven en el día, el final de la tarde es poco recomendable y la noche es impensable. La marea es tan peligrosa que los lancheros más expertos se rehúsan a sortear el mar en la oscuridad. Pero los coyotes arriesgan la vida de los migrantes y hasta las suyas por el millonario negocio que les representa pasarlos al otro lado de la frontera amparados en la oscuridad.

Mify cuenta que tenía mucho miedo -no sabe nadar- y no les dieron chalecos salvavidas. El recorrido, según le dijeron “los guías” no duraría más de 45 minutos. Cada uno de ellos había pagado 150 dólares para que los llevaran a alguna playa del país centroamericano donde emprenderían un recorrido de varios días por la espesa selva del tapón del Darién. Tenía que pagar 20 dólares a los coyotes por cada día que durara caminando.

Pero vino la tragedia. El mar terminó tragándose a sus niños de 9 y cuatro años y al bebé de ocho meses.

La panga que la rescató se quedó sin gasolina unos minutos después de emprender la ruta hacia la playa y ella aterrorizada creyó que tendría que volver al agua. Sin embargo, llegó una tercera lancha. Esos dos botes, el cuarto y quinto que salieron del mismo lugar esa noche, se dieron cuenta del accidente y, después de arrimar a sus ocupantes a la playa más cercana, volvieron a rescatar a quienes cayeron al agua. Solo ocho personas sobrevivieron.

“Yo no sé Dios qué hizo para mí, o qué hice yo, pero Dios me salvó, a mí y a mi hijo”, cuenta Mify mientras aclara que su niño se llama Alberto pero por cariño le dicen Manazé.

El viaje lo empezaron hace 3 años y poco le gusta hablar de ese recorrido. Estuvo en otros países de África y finalmente llegó a Brasil el 12 de enero, pasó luego a Perú, Ecuador y finalmente a Colombia.

La mayoría de africanos llegan al continente a través de Brasil y Ecuador. Los acuerdos comerciales y administrativos entre el gobierno de Brasilia y varias naciones africanas contemplan beneficios migratorios. Ecuador, por su parte, es uno de los países con políticas migratorias más flexibles del mundo: solo exige visa a 11 nacionalidades.

Después de la tragedia, ella y los demás sobrevivientes esperaron a que alguno de sus familiares regresara vivo del mar. Pero sin noticias de ellos agarraron la trocha y decidieron seguir su camino. Dos días después la madre y su niño perdieron al grupo y regresaron a Capurganá. Estuvo unos días refugiada en distintos lugares, hasta que el párroco del corregimiento, Aurelio Moncada, se la llevó a la casa cural.

No dice cuánto dinero gastó en su recorrido, pero solo en los tiquetes para llegar a Sao Paulo pudo invertir unos 3.000 dólares (cerca de 10 millones de pesos).

Los migrantes no hablan de los coyotes, pero de la red que estaba trasladando al grupo el día del naufragio fueron capturadas 8 personas el miércoles pasado, que serán judicializadas por homicidio culposo, concierto para delinquir y tráfico de migrantes. En la audiencia, celebrada el jueves en Medellín, se supo que el lanchero estaba borracho y que los coyotes no hicieron nada por tratar de salvar a sus clientes.

Esa indolencia no es para nada inusual. Hace un par de semanas, en Estados Unidos fue ron condenados a 45 y 50 años de cárcel dos coyotes colombianos por violar y asesinar a dos cubanos cuando hacían la travesía. El esposo de Mify llegó hace una semana a Colombia. Inició el recorrido desde Brasil días después que su familia y estaba atravesando Perú a pie cuando ocurrió el accidente. Con la familia desbaratada, están definiendo cuándo emprenderán nuevamente el camino. Su sueño no es Estados Unidos. Quieren llegar a Canadá.

Migrante africana sobreviviente de naufragio en el golfo de Urabá

Mify perdió a tres de sus cuatro niños en el naufragio de una lancha en la madrugada del 28 de enero en el golfo de Urabá.

Julián Espinosa

Un número del 1 al 19

Pescadores de la región reportaron el martes 29 de enero la aparición de dos cuerpos flotando en el agua. La población ya sabía del accidente y estaba atenta para avisar a la Policía, la Armada y la Alcaldía si encontraban cuerpos u objetos del naufragio.

Un día después la alcaldesa de Acandí, Lilian Córdoba, recibió una llamada que advertía de la aparición de otro cadáver en una playa. Salieron a recogerlo y terminaron recuperando cinco más. Guardacostas de la Armada ubicaron en altamar, gracias a notificaciones de lancheros y pescadores, otros tres cuerpos. "A mí me impresionó que uno de los cuerpos que rescatamos era de un bebé, tenía todavía el pañal y unas boticas puestas", recuerda la alcaldesa.

En el transcurso de la semana hallaron los demás. Los cuerpos de las dos últimas personas, un adulto y un niño, estaban incompletos. Las altas temperaturas y la humedad aceleran el proceso descomposición, y después de la inflamación de los cadáveres, el contacto con un animal o un objeto puede terminar generando la fragmentación de los mismos. Del menor se encontró la mitad del tronco y del adulto una parte de la pelvis y un fémur, por eso no se logró identificar en ninguno de los dos casos el sexo de las víctimas. De los demás, Medicina Legal informó que se trató de seis niños y tres niñas, y cinco mujeres adultas y tres hombres.

Cada cuerpo que apareció fue llevado en lancha (el único medio de transporte entre los corregimientos y el pueblo) a la cabecera municipal. En el muelle, un coche arrastrado por caballos los trasladó, según fueron llegando, hasta el cementerio, ubicado en el extremo sur del municipio.

El olor nauseabundo lo recuerdan casi todos. En el colegio, vecino al camposanto, se cancelaron las clases dos días. Los pobladores del barrio con familiares al otro lado de Acandí les pidieron posada. Con más de 30 grados, el olor y los moscos eran insoportables.

El municipio pidió ayuda a Medicina Legal de Turbo, Antioquia, desde donde llegó un equipo de forenses para realizar las necropsias. El proceso tardó un día y medio.

El domingo 3 de febrero, sin ningún ritual ni familiares que les dieran un adiós, envueltos en bolsas negras de plástico, sin ataúdes, los 19 cuerpos fueron enterrados a metro y medio de profundidad de una tierra que no era la suya.

"A los ocho días del entierro hicimos una misa en la parroquia pidiendo por ellos y sus familiares. No la hicimos el día del entierro porque respetamos que seguramente ellos tienen otras creencias, es posible que sean musulmanes", dice Fabio Carrillo Herrera, el párroco de Acandí.

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Los montículos de tierra rojiza dan cuenta de que no han pasado muchos días desde que los cuerpos fueron depositados allí. Al lado derecho del camino central que lleva a la capilla del cementerio, se ven 19 cruces enterradas en una tierra arcillosa extremadamente seca. Cada cruz tiene un número del 1 al 19, que corresponde a los expedientes en los que dos médicos y dos auxiliares forenses consignaron información de cada uno de los cadáveres que fueron recuperados después del naufragio.

Al fondo, en el extremo izquierdo del predio que tiene un aspecto ruinoso, está el cuarto con un mesón de (concreto y baldosín) donde se arrumaron los cadáveres mientras llegaban refuerzos para hacer las necropsias.

El miércoles 13 de febrero, 17 días después del accidente, Mify se atrevió a subirse en una lancha nuevamente en Capurganá para hacer un viaje de casi 45 minutos hacia Acandí. Entró al cementerio y parada al frente de las cruces lloró y cantó. Antes de salir cogió un pedazo de arcilla que guardó después en una bolsa de plástico. Manazé llamó un rato a Sofía, una de las hermanitas.

Migrantes que murieron en naufragio en Urabá

Cruces con números del 1 al 19 identifican a los migrantes que perdieron la vida en el naufragio.

Julián Espinosa
Migrantes que murieron en naufragio en Urabá

En un cuarto con un mesón de concreto y baldosín se realizaron las necropsias.

Julián Espinosa

Muertos sin tumbas y tumbas sin nombres

En el cementerio de Acandí, cuyas llaves cuelgan de la fachada de una casa vecina para que todo el que quiera entre a rezarle a sus muertos, no hay más migrantes enterrados, tampoco los hay en el cementerio de Capurganá y Sapzurro. Sin embargo, es bien sabido que cada año muchos mueren haciendo la travesía. Pobladores de la región dicen que de cuando en cuanto llegan historias de la gente que se muere en la trocha, pero los cuerpos son abandonados o tirados al río por los ‘coyotes’.

Atravesar el Darién para llegar a Panamá puede durar días (cinco mínimo si es el recorrido completo desde Capurganá hasta la carretera Panamericana) e incluso semanas, y los migrantes se exponen a picaduras de insectos, mordeduras de serpientes y ataques de jaguares.

La selva es tan espesa que es la única región del continente donde está cortada la Panamericana, que va desde Alaska hasta Buenos Aires. Esto sin contar que los grupos de narcos hacen y deshacen en la región y tienen una guerra librada contra los coyotes que están utilizando las mismas trochas de la coca para pasar a los migrantes. Solo pocas veces los cadáveres tienen un destino distinto a perderse en el mar, hundirse en ríos o ser devorados por animales.

La alcaldesa Lilian Córdoba recuerda dos casos de los últimos cuatro años en los que se recuperaron los cuerpos. Una mujer africana que viajaba con algunos familiares fue enterrada en el cementerio. Un tiempo después vinieron por sus restos.

También perdió la vida en la trocha, selva adentro, un ciudadano cubano. Por las dificultades del terreno tuvo que ser enterrado en el mismo lugar. Los pobladores cuentan que la cruz de madera que pusieron sirvió para que años después, su familia volviera por los restos. Hace solo una semana apareció en zona rural del sector norte de Acandí el cuerpo de un hombre. Aunque se desconoce su identidad, los pobladores que lo trasladaron a Capurganá dicen que por su apariencia y las cosas que llevaba consigo podría ser cubano.

El cementerio de Turbo, custodiado desde hace 30 años por Evelio Antonio Cortez, tiene 13 bóvedas con números y sin nombres. Allí llegaron los náufragos del 2013, los de principio y fin de año. Están en el extremo opuesto a la entrada del cementerio, en las hileras inferiores de la pared conformada por columnas de cinco filas, juntos, sin lápidas.

Don Evelio dice que a los muertos sin identificar ya no se les dice NN, se llaman CNI (Cuerpos no identificados). Algunos tienen esa sigla, otros solo números en el extremo izquierdo y extremo derecho del frontis de las tumbas. Las bóvedas están rodeadas de otras simples, que tienen el mismo revoque blanco con nombres y fecha de muerte y unas cuantas con lápidas mucho más elaboradas, casi todas con foto del fallecido, una frase y fechas de nacimiento y fallecimiento.

A unas cuantas criptas está Sahak Amir Amza, una PINR (Persona identificada no reclamada). Otro migrante que perdió la vida el 25 de enero del 2013 en la zona de Urabá y que, gracias a los documentos que tenía, pudo ser identificado. Sin embargo, no ha sido reclamado por ningún familiar.

Don Evelio no sabe de qué país era, dice que solo recibió el cuerpo en un cajón y cumplió con su deber de meterlo en una bóveda, poner el nombre y esperar que algún día aparezca alguien preguntando por él.

En una de las paredes laterales del camposanto está Mireille Rosius, una haitiana que quedó a mitad de camino de su sueño americano. Mireille viajaba con sus hermanos y falleció, por una complicación de salud, el 29 de septiembre de 2016 en el hospital de Turbo. “Nous vous aimer pour toujours” (Te amaremos por siempre) reza el azulejo puesto en su bóveda. La foto de ella, está sobre un cielo azul con nubes y tiene un montaje de flores en un pastizal. Mireille nació el 28 de febrero de 1982; murió a sus 34 años. Sus hermanos la enterraron y siguieron su camino. Hoy es la única migrante muerta en la zona con una lápida que la identifica y un mensaje que la recuerda.

Evelio Cortez, sepulturero de Turbo.

Evelio Cortez, sepulturero de Turbo.

Julián Espinosa
Migrantes enterrados en Turbo, Antioquia.

En el cementerio de Turbo fueron enterrados 13 migrantes que fallecieron en dos naufragios en el 2013.

Julián Espinosa
Migrante enterrada en cementerio de Turbo, Antioquia.

La haitiana Mireille Rosius murió en Turbo por una complicación médica. Sus hermanos la enterraron y siguieron su camino hacia Norteamércia.

Valentina Obando J

Grace Mumpé, Aicha y Soraya

Grace Mumpé llegó a Brasil en el 2015, huyendo de la guerra que vive la República democrática del Congo. Su propósito era irse a Francia a estudiar periodismo, pero después de casi cuatro años, de casarse y tener dos hijos, y sufrir dificultades económicas, decidió emprender una larga ruta hacia el norte. Grace, de 21 años, atravesó Colombia de sur a norte con sus dos niñas: Aicha de dos años y Soraya de cuatro meses. Su esposo William, oriundo de Angola, se quedó en Sao Paulo.

Un par de semanas después, las noticias de Colombia y otros países anunciaron el naufragio en el que perdieron la vida varios angoleños y congoleños en el golfo de Urabá en Colombia.

Después de contactar a autoridades colombianas William viajó a Capurganá para buscar noticias de su esposa y sus niñas, pero tuvo que regresar a Brasil sin confirmar si entre los cuerpos hallados estaban su esposa y sus hijas pues un proceso de identificación con pruebas de ADN tardaría meses.

William es musulmán y dice que según creencias africanas no puede hablar de su esposa hasta después de 40 días de su muerte, por eso se reserva detalles y solo dice que está destrozado por la pérdida de su familia. “Grace traía muchos sueños”, concluye entre lágrimas Julia Fernanda, la hermana de William.

Cada día, entre 80 y 100 migrantes cruzan la frontera

El fin de semana del 17 de febrero, 720 migrantes, entre cubanos, haitianos, venezolanos, brasileros y africanos de distintas nacionalidades, llegaron al municipio panameño de Puerto Obaldía tras cruzar la frontera con Colombia en el Golfo de Urabá.

Unos días antes, guardias fronterizos del país vecino empezaron a restringir el paso de migrantes irregulares hacia su territorio, argumentando un problema de salubridad. Esa decisión, y la orden de los narcos de la zona de prohibir a los ‘coyotes’ usar las rutas en la selva “porque desde el naufragio –dicen los pobladores– el tema estaba muy caliente”, generó un represamiento de ellos en el corregimiento de Sapzurro, del lado colombiano, por varios días.

Pero las restricciones no disuadieron a los extranjeros. Solo entre el sábado 9 de febrero y el mediodía del jueves 14 partieron desde Turbo hacia Capurganá (lugar de paso para llegar al fronterizo Sapzurro) 169 migrantes. Eso sin sumar los que salieron desde Necoclí, el otro punto de partida de lanchas hacia las playas del extremo del golfo, y los que atravesaron todo Chocó.

Un par de días después de que la caravana varada en Sapzurro cruzó la frontera, llegaron nueve cubanos con la esperanza de unírseles. Cansados, después de caminar dos horas desde Capurganá hasta el corregimiento fronterizo, le apostaron a pasar a La Miel, la primera playa que hay del lado panameño. Ese día no lo lograron.

Los militares del Senafront (Servicio Nacional de Fronteras de Panamá) tenían cercado con alambre de púas el cruce fronterizo. Le dijeron al grupo que por motivos de sanidad no podían pasar, pues se habían detectado dos casos de malaria africana entre migrantes que cruzaron días antes.

Dos días después, no obstante, los nueve cubanos lograron pasar en un momento en el que no estaban los guardias del Senafront.

Son cuatro mujeres y cinco hombres. No empezaron el viaje juntos, se conocieron en la lancha que de Necoclí los llevó a Capurganá. Tres de ellos, dos hombres y una mujer, llevaban meses viviendo en Trinidad y Tobago, y obligados –afirmaron– por la falta de oportunidades, empezaron un recorrido que los llevó a Venezuela y luego a Colombia. Llegaron el 4 de febrero.

Una pareja que vendió su casa para costear el recorrido viajó desde Cuba hasta Guyana, luego pasó a Brasil, a Perú, a Ecuador y a Colombia. Salieron de La Habana el 13 de diciembre. “Yo era peluquera, pero si en Cuba la gente no tiene ni para comprar comida ni ropa, menos para hacerse cosas en el pelo o en las uñas”, dijo ella. El grupo de cuatro lleva una peregrinación de más de un año. Intentaron una vida en Uruguay, pero –dicen– el desempleo y la inseguridad los arrinconaron hasta que decidieron migrar otra vez.

Dos de las cuatro mujeres dejaron a hijos en Cuba, no los quisieron exponer al largo viaje, y prefieren confiar en que estando en Estados Unidos podrán llevárselos legalmente, además, haciendo cálculos superficiales y, sin contar lo que pueden perder porque los roban y los engañan con frecuencia, dicen que el viaje puede costar más de 5.000 dólares.

Sapzurro, Acandí (Chocó)

El corregimiento de Sapzurro el punto limítrofe entre Colombia y Panamá por la costa atlántica.

Julián Espinosa
Sapzurro, Acandí (Chocó)

El corregimiento de Sapzurro el punto limítrofe entre Colombia y Panamá por la costa atlántica.

Julián Espinosa
Migrantes en Sapzurro

Los cubanos Jorge, Yailin y Miguel esperaban unirse en Sapzurro con un grupo de más de 700 migrantes que estuvo varado varios días en el corregimiento. Sin embargo, ellos habían logrado cruzar a Panamá un par de días antes.

Julián Espinosa
Puesto de control en la frontera con Panamá

La guardia panameña ha restringido el paso hacia su país en los últimos días argumentando un problema de salubridad. Según informaron las autoridades se detectaron casos de malaria africana entre migrantes.

Julián Espinosa
Migrante en Urabá en su ruta hacia Estados Unidos

Lázaro de Jesús salió hace meses de Cuba. Vivió un tiempo en Chile, pero el endurecimiento de las condiciones migratorias en ese país lo obligaron a buscar otro destino. Va caminando hacia Estados Unidos y los callos de sus pies evidencian la travesía.

Julián Espinosa
Migrante africana en Urabá en su ruta hacia Estados Unidos

Marabell es una mujer camerunesa de unos 35 años. Salió de su país asfixiada por la guerra separatista que libra la minoría anglófona del país con la mayoría francófona.

Julián Espinosa

Desde la derogación de la ley 'pies secos, pies mojados', que regía para los cubanos que tocaran suelo estadounidense, el flujo de migrantes de la isla por territorio colombiano aumentó significativamente. Ahora, en lugar de viajar 144 kilómetros en una lancha derecho hasta la Florida, los cubanos hacen un viaje de hasta 10.000, que incluye una escala en Colombia.

La mayoría de ellos espera acogerse al programa Parole de reunificación familiar y legalizar, después de un año en EE. UU., su situación migratoria.

Según Migración Colombia entre el 2012 y el 2019 se han detectado 59.922 casos de tráfico de migrantes. El año con más reportes es 2016, con 33.891 detectados. Unos 20.000 eran haitianos y 8.000, cubanos.

¿La razón? Los haitianos reiniciaron un viaje que empezaron luego del terremoto del 2010 y que los llevó primero a Brasil. Miles de esos haitianos se quedaron sin trabajo después de participar en la construcción de escenarios deportivos para el Mundial del 2014 y los Olímpicos del 2016. Y los cubanos emprendieron esta ruta luego de conocer la intención de desparecer la ley de 'pies secos'.

Los registros dan cuenta de que unas 600 personas (sin contar a los venezolanos) se registran al mes en oficinas de Migración Colombia para obtener salvoconductos que les permitan moverse por el país por unos días; sin embargo, en la zona, los pobladores dicen que diariamente cruzan la frontera irregularmente entre 80 y 100 personas.

Marabell es una enfermera camerunesa de unos 37 años que va rumbo a Estados Unidos. Voló desde su país directamente a Ecuador y luego en un recorrido de más de 24 horas atravesó Colombia hasta llegar a Turbo.

Dice que aunque llevaba dos años sin empleo, lo que realmente la hizo huir de su país es la guerra separatista que libra la minoría anglófona del norte (cerca del 20 % de la población) con la mayoría francófona del país. “Desde el 2015 hay violencia, y todo es muy complejo; las fronteras son muy peligrosas, es muy difícil vivir en un lugar así”, asegura. Marabell dejó a sus niños, de 6 y 10 años, y si bien ha coincidido con coterráneos en la ruta, dice que va sola.

Afirma que le preocupa la plata para llegar a su destino. Dice que en Colombia todo es muy caro, que mientras con dos dólares en su país compra un tarro grande de agua, galletas y pan, aquí solo le alcanza para el agua. Le preocupa la plata, no dice cuánto ha gastado hasta llegar a Colombia, pero el tiquete entre Camerún y Ecuador le pudo costar más de 4 millones de pesos.

Después de Haití y Cuba, India, Nepal, Bangladesh, Camerún, Eritrea y Ghana son los países de origen de los migrantes que más atraviesan Colombia por el golfo de Urabá con la intención de llegar a Norteamérica. Una peregrinación que para muchos es de más de 15.000 kilómetros y en la que gastan todos sus ahorros. Y al final, toda su suerte depende de los ‘coyotes’, a los que les confían hasta la vida.

VALENTINA OBANDO JARAMILLO Y JULIÁN ESPINOSA ROJAS / ENVIADOS ESPECIALES DE EL TIEMPO (FRONTERA CON PANAMÁ)

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