Delis, la mujer que sobrevivió con su hija al bombazo

Delis, la mujer que sobrevivió con su hija al bombazo

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Delis es una de las lideresas que han luchado por los derechos de las víctimas.

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Delis, la mujer que sobrevivió con su hija al bombazo

Tras el doloroso hecho se convirtió en una de las lideresas que han luchado por los derechos de las víctimas y para que tragedias como la de aquel 2 de mayo no se repitan.

Por: HEIDI TAMAYO ORTIZ

La explosión la aturdió, y perdió el conocimiento. No sabe cuánto tiempo pasó desde el estallido del cilindro bomba que lanzaron las Farc y el momento en el que abrió los ojos de nuevo. Pudieron ser segundos, pudieron ser minutos. Delis Palacios solo recuerda que no sentía el cuerpo y que la mano izquierda era lo único que podía mover. A duras penas, con los oídos afectados por el fuerte ruido, escuchaba el caos que había alrededor.

Decenas de personas que conoció desde siempre, amigos, vecinos y familiares, yacían en el suelo, cubiertos de sangre, algunos entre los escombros. Era difícil saber quiénes estaban vivos. Lo que más le importaba era encontrar a su hija de 7 años, con quien llegó a la iglesia del pueblo para resguardarse de las balas que iban de un lado a otro durante un enfrentamiento entre las Farc y los paramilitares, que ese 2 de mayo de 2002 ya llevaba casi 24 horas.

Esos días fueron de terror para los habitantes de Bellavista, el casco urbano de Bojayá, Chocó. Delis estaba sola con su hija en la casa de dos pisos donde vivían, pues el padre de la niña había salido del municipio a hacer unos trabajos y aún no había regresado. Entonces, la tensión y el temor convivían con las familias, cuyos seres queridos no volvían tras haber salido a trabajar o hacer diligencias. Parecía que el río, el único medio para entrar y salir del pueblo, estaba paralizado.

En medio del terror por la explosión y tendida en el piso, Delis logró ver a su indefensa hija. Con la única mano que le funcionaba logró sacarla de los escombros y arrastrarla hacia ella. La puso sobre su pecho. La niña sangraba mucho por la nariz y los oídos. Así estuvieron por un tiempo indefinido, hasta que alguien dijo que se iban a llevar a la pequeña para ponerla a salvo. La madre siguió allí tirada, rodeada de cuerpos desmembrados.

“Esta masacre la denominamos el etnocidio de nuestro pueblo negro, que exterminaron en un instante. Y lo más grave de todo, además de que la pipeta acabó con la vida de un centenar de personas y nos dejó a muchos con el cuerpo y el alma destruidos, es que no hayamos tenido la oportunidad de salvar más vidas; muchas personas se desangraron esperando atención, estuvieron horas en agonía, y no llegó ninguna respuesta del Estado”, insiste Delis.

Perro en la iglesia en la que las Farc lanzó bomba en Bojayá

Un perro olfatea escombros de la iglesia San Pablo Apóstol, en la que se refugiaban 600 personas y hacia donde se lanzó la pipeta bomba.

Archivo EL TIEMPO
Viejo Bellavista / Bojayá

Viejo Bellavista, abandonado tras la masacre que ocurrió el 2 de mayo del 2002.

Jaiver Nieto / CEET
Nuevo Bellavista / Bojayá

Panorama del nuevo Bellavista.

Jaiver Nieto / CEET

Tampoco llegó respuesta, agrega, semanas antes, cuando la Defensoría del Pueblo, la Diócesis de Quibdó y la misma comunidad alertaron sobre la presencia de grupos armados ilegales, que podría desembocar en una tragedia. Ese territorio ya padecía confinamiento y falta de alimentos debido a esta situación. Paradójicamente, considera Delis, tuvieron que voltear los ojos hacia Bojayá cuando ya era demasiado tarde.

Tarde también llegaron las primeras ayudas posteriores a la tragedia. Delis estuvo a punto de morir desangrada si no hubiese sido por una mujer del pueblo y un médico que estaba allí de visita, que la sacaron de la iglesia para llevarla a Vigía del Fuerte, el vecino municipio antioqueño que queda cruzando el río Atrato, a menos de 10 minutos en bote. Muchos no tuvieron la misma suerte y fallecieron en el lugar, agonizando y desangrados.

En Vigía del Fuerte, Delis estuvo poco tiempo, la gravedad de las heridas obligó a que, con otras 15 personas, la trasladaran en helicóptero a Medellín. Los lesionados de menor gravedad fueron llevados a Quibdó. Después se enteró de que su niña fue encontrada parada en un andén, en medio de la confusión, y que terminó con su abuela y otros familiares. Para Delis, todo fue un milagro: haber sobrevivido con su única hija a los múltiples peligros a los que se enfrentaron los dos primeros días de mayo de 2002.

Ambos días, las balas sonaban afuera y, algunas veces, las vieron pasar como bolas de llama fugaces. Por eso, estar en el segundo piso de la casa era riesgoso. Pero bajar al primero no era una opción porque en ese momento, el río estaba en su máxima altura y gran parte del pueblo se encontraba inundado. Delis se vio obligada a salir en piyama, sin nada al hombro, para buscar refugio donde una tía. El camino no era corto, tuvo que pasar mucho tiempo metida en el agua y, en varias ocasiones, su hija casi se ahoga.

Casi todos empezaron a buscar la iglesia y la casa de unas religiosas misioneras de la zona, dos de los pocos lugares que el agua no había visitado. Allí se resguardaron desde el primero de mayo. No pudieron dormir por el ruido de los estallidos, y al amanecer estaban desesperados porque no tenían comida, especialmente para los niños. Eran las 10:30 de la mañana, aproximadamente, cuando contra el techo de la parroquia explotó la pipeta y dejó a Delis con heridas mortales.

Después de eso se generó una crisis humanitaria, Bojayá era un pueblo que estaba acostumbrado a ver morir a las personas de forma natural, pero una situación como la que nos tocó nadie espera en la vida tener que vivirla, menos en un pueblo que se había caracterizado por ser un territorio de paz”, cuenta esta chocoana que lleva en el cuerpo las cicatrices del bombazo.

Ella acababa de cumplir 25 años. Llegó a Bellavista tiempo atrás para terminar su bachillerato y, tras graduarse, estaba estudiando ética y formación religiosa, pero al tiempo mantenía una labor social enfocada en que otras personas pudieran terminar el colegio, sobre todo las de comunidades más alejadas, donde difícilmente había una escuela, y si la había, solo brindaba educación hasta quinto de primaria. Para obtener el sustento y ayudar a su familia, también criaba animales.

Todo eso se esfumó en segundos. Luego de la explosión tuvo que dejar su tierra y estar cinco meses en Medellín, un sitio ajeno a sus costumbres y tradiciones. Durante ese tiempo solo vio a su madre y a dos hermanos, y debió someterse a varias cirugías y terapias. Aunque su familia se había desplazado a Quibdó, la capital chocoana, no podía vivir allí porque las condiciones del ranchito que levantaron eran perjudiciales para su estado de salud, pues aún tenía muchas heridas abiertas que se infectaban con facilidad.

Adicionalmente, su alma estaba rota. Dice que pertenecía a la familia que más personas perdió en la masacre, 43 en total, entre las cuales había varios niños. Pasados los cinco meses en la capital antioqueña, Delis volvió a Quibdó, pero allí no pudo quedarse por su mal estado de salud. Y Bojayá no era una opción; se negaba a enfrentar la realidad, ni siquiera quiso ver las listas de personas fallecidas. Sin embargo, cinco años después, por recomendación de su sicólogo, regresó a su pueblo.

Allí conoció a otras personas que, como ella, estaban empezando a organizarse para exigir sus derechos, en especial de quienes se desplazaron por la masacre y no habían querido retornar a Bojayá.

“En Quibdó creamos el Subcomité Dos de Mayo, porque en Bojayá crearon el Comité Dos de Mayo; el de nosotros era para saber cómo restablecer los derechos de las personas que no quisimos retornar. Después lo transformamos en la Asociación de Desplazados Dos de Mayo (Adom) y generamos la lucha por nuestros derechos y para visibilizar la situación de Bojayá”, expresa Delis.

En ese tiempo también se interesó por los derechos de las comunidades afros, pues no era consciente de que era negra hasta que tuvo que ir a otras ciudades donde la miraban diferente. Fue así como desde 2006, empezó a formar parte de una organización para este fin y a trabajar por los derechos de las víctimas, los desplazados y los negros.

En esos procesos también promovieron la reubicación de Bellavista, que hoy queda a unos 10 minutos en lancha del pueblo viejo, donde ocurrió la masacre. Pero, en 2012, mientras se movía entre el liderazgo de estas exigencias, fue víctima de amenazas de paramilitares y no pudo volver a Chocó. A su hija tuvo que enviarla a Bogotá a terminar el bachillerato y luego, fuera del país a estudiar medicina.

Bojayá, 15 años de la masacre

El Cristo mutilado de Bojayá, que fue encontrado luego de la explosión dentro de la iglesia, se convirtió en un ícono de la tragedia del 2002.

Luis Acosta / AFP
Bojayá, 15 años de la masacre

Así quedó la iglesia de Bellavista en la que explotó la pipeta con la que se perpetró la masacre.

Luis Acosta / AFP
Entrega de restos en Bojayá

Un grupo de familiares ingresa este lunes a la antigua iglesia de Bojayá (Colombia), lugar donde ocurrió la masacre en 2002 con los restos de las víctimas de la masacre de Bojayá.

EFE/LUIS EDUARDO NORIEGA A.

Tres años después, durante las negociaciones entre el Gobierno y las Farc en La Habana, la comunidad bojayaseña logró consolidar más sus solicitudes, a lo que se sumó que el grupo guerrillero quiso pedirles perdón y asumir su responsabilidad en la masacre. Los habitantes también exigieron que se brindara atención a las personas que, como Delis, quedaron con lesiones, pues muchas de ellas empezaron a morir años después, principalmente de cáncer.

Hoy van 17 personas que sobrevivieron, como yo, y murieron luego. Eso nos prendió las alarmas, y creemos que esa pipeta tenía algo que causa estas muertes. Buscamos la manera de que el Estado respondiera con tratamiento físico y emocional”, anota.

Y es que las secuelas no son fáciles de erradicar; su hija, por ejemplo, aún tiene muchos problemas emocionales y con frecuencia se desmaya, tras sentir que algo le presiona el pecho con fuerza.

Una de las exigencias más importantes, cuenta Delis, es la identificación y entrega de la mayoría de restos de sus seres queridos, que podrán ser sepultados como se debe, tras hacer un ritual que les permita a las almas descansar en paz. La entrega de los cuerpos se hizo el 11 de noviembre, y el sepelio será el 18.

Por fin podrán cerrar la herida que los acompañó durante 17 años por tener que dejar los restos en una fosa común, ante la imposibilidad de enterrar cada cadáver de manera individual los días posteriores a la masacre. No obstante, aún sigue la lucha para que las personas desaparecidas ­­ sean halladas e identificadas.

Delis se siente agradecida por haber sobrevivido con su hija, quien le dio un nieto, hoy de 4 años. Y dice que seguirá luchando para que los derechos de las comunidades de Bojayá sean garantizados y no se repitan hechos horrorosos como el que ella tuvo que vivir.

Por: Heidi Tamayo Ortiz
Redacción EL TIEMPO MEDELLÍN

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