Los rostros de Mocoa un año después de la tragedia
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Los rostros de Mocoa un año después de la tragedia

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Se cumplen 12 meses de la avalancha que afectó a 17 barrios y dejó más de 22 mil damnificados. 

126 familias siguen viviendo en zona de riesgo en Mocoa

Óscar Otaya recuerda, con mucha nitidez, la noche del 31 de marzo del 2017. Gente peleando contra fuertes corrientes de agua, conocidos siendo ahogados por una ola de lodo, el ‘boom-boom’ de las piedras golpeando todo a su paso, árboles derrumbados llevándose a personas...

Alertado por un vecino sobre la creciente de la quebrada Taruca, salió de su casa esa noche, en el barrio Los Pinos, de Mocoa. Junto a su esposa, Norelly Rojas, se montaron en la moto que tenían, pero la avalancha los arrastró hasta el sector de San Miguel, donde el alud los fue encerrando hasta hacerles creer que no tendrían escapatoria.

Se resguardaron con más personas en una casa de dos pisos a esperar la muerte inminente. De pronto, un palo se atravesó a 500 metros de distancia de donde estaban y desvió el derrumbe.

Un milagro, pensaron. Pero todo lo que han vivido en el último año está muy alejado de bondades.

Óscar y Norelly hacen parte de las 126 familias que aún viven en zonas identificadas como riesgosas por la Alcaldía de Mocoa, tras la avalancha que golpeó al municipio entre el 31 de marzo y el 1 de abril del 2017, dejando 333 muertos, 398 heridos, 76 desaparecidos y 22.310 damnificados.

De esas familias, según las autoridades, son muy pocas las que realmente se vieron afectadas. La gran mayoría, agregan, han llegado desde sectores aledaños para ocupar los predios y vivir en arriendo, en préstamo.

Rosa Erazo Tenía una casa de dos pisos, en el barrio San Miguel, y perdió todo lo que había en el primero, donde trabajaba su hijo, quien días antes había adecuado el lugar para tener un negocio de internet y juegos de video. El último año ha vivido con subsidio de arriendo y va a su casa, dos veces a la semana, para enseñarle a 25 mujeres a tejer sombreros y bolsos.

"Hace un año pensamos que nos íbamos a morir. Ahora, yo perdí el miedo y cuando llueve solo le pido al Señor que sea lo que él quiera".

Los barrios Altos del Bosque, Los Pinos, Laureles y San Miguel fueron los más afectados por la avalancha. En los tres primeros hay muchas rocas y una que otra estructura abandonada, cayéndose de a poco, con pequeños brotes de maleza. Son pocas las casas que están ocupadas.

En San Miguel es diferente. Fue el menos golpeado de los cuatro barrios más perjudicados, por eso varias viviendas están en pie. Allí es donde hay más familias.

Hoy, los Otaya Rojas viven en una pequeña morada en San Miguel, entre la Taruca y el río Sangoyaco, dos de las fuentes que se desbordaron hace un año.

La casa es de un piso y no tiene mayores daños, a excepción de la falta de electricidad, mal que aqueja a todo el sector. Su ‘nuevo’ hogar es prestado, no pagan arriendo. Se lo cuidan a una señora que no sabía qué hacer con él.

Se sienten contentos, “porque Dios nos dio la oportunidad de seguir viviendo”. Tristes también, ya que “el Estado ha sido indolente e injusto. Nos tiene olvidados”.

Lo que tienen ha sido donado por particulares o lo han conseguido mendigando: ropa de segunda, un comedor de madera, un juego de sillas forradas con piel sintética roja, una vitrina en la que venden crema dental, jabón y cojines de shampoo, una moto y un radio eléctrico, que lo cargan cada vez que salen de casa.

Saben que viven en zona de riesgo, pero no tienen a donde ir. “Como éramos arrendatarios solo nos dieron subsidio por tres meses, entonces paila. Los protegidos son los propietarios”, manifestó Óscar.

Jairo Fernando Calderón vivía en el barrio Los Pinos. Perdió a su mamá, su padrastro, sus dos hermanas y sus dos sobrinos. También a una tía, dos primos y el esposo de su tía. La casa en la que vivía desapareció por la avalancha. En el último año ha vivido con una tía, hermana de su madre, quien tiene su custodia.

"Me gusta estar solo, llorar sin que nadie me mire. He hablado con mi mamá en sueños, le he pedido perdón por las veces que me porté mal y le he dicho que la amo mucho".

Con trabajos ocasionales (arreglos de construcción, de pintura, aseo de casas), se ganan la vida. Son beneficiarios del Sisbén, “del estrato más bajo”, y les llega un tanque de gas. Pero, para que aguante todo el mes, a veces, cocinan en una hornilla con leña, al aire libre.

A la pregunta de “¿cómo son sus noches?”, Óscar y Norelly se miran. Se les dibuja una sonrisa nerviosa. “Durísimas. Escuchamos saltos y risas en los tejados, y como si se movieran las cosas”, respondió ella. “Llegamos, entramos y cerramos todo. A los niños de por aquí les da ‘mal viento’ y deben llevarlos a donde un pastor que se atreva a ungirlos y a orar por ellos”, agregó él.

Más allá de esos eventos, para la pareja lo más difícil del último año ha sido la indiferencia. “Nos dijeron que venían ayudas, pero pavimentan calles y demás, y los arrendatarios, en el olvido”, dijeron.

Una madre solitaria

Zayra Gómez vive en el barrio San Miguel, en plena zona de riesgo de Mocoa. Se mantiene en el lugar porque, dice, no tiene a dónde ir y para asegurar la educación de sus hijos. Perdió todo lo material que tenía en su casa, pero conservó la vivienda. Su única compañía son sus pequeños, de 6 y 11 años.

"Cada vez que llueve es tenaz. Mis hijos me dicen que tienen miedo y yo me asustó mucho. No tengo a dónde irme con mis hijos".

Diagonal a los Otaya Rojas vive Zayra Dayana Gómez con sus dos hijos, una niña, de 6 años, y un niño, de 11.

Su vivienda, propia, es de dos pisos, pero ahora solo utiliza el segundo. Hasta que la avalancha la dejó sin nada vivía en la parte inferior y sus papás en la parte superior. “Por seguridad, es mejor estar en la parte de arriba”, afirmó.

Ese día no perdió familiares, aunque hace cinco meses su padre falleció: era diabético y el lodo infectó las heridas que tenía por una amputación. “Es lo que más me ha dolido”.

Permanece en San Miguel porque no ha podido recibir ayudas. Contó que la razón de esto, según le dijeron las autoridades, es que solo tenía un contador para dos apartamentos (por la división de su casa). “Que tengo que esperar, me dicen”.

Mientras que su mamá se fue a una finca, en el corregimiento Santa Helena, de Puerto Asís, ella regresó a su hogar para tener fija la educación de sus pequeños. “Estamos peligro, pero hay que correr el riesgo para sacar adelante a mis hijos”, resaltó.

Para subsistir, esta madre, de 26 años, recorre Mocoa de lado a lado vendiendo ropa por catálogo, que trae de Cali, Medellín y Bogotá.

Tampoco duerme bien. Sus noches son iluminadas por velas y con un uso muy moderado de su celular, pues hasta el día siguiente puede salir a recargarlo. Siempre siente miedo. El temor de que pase algo es latente. Solo le queda encomendarse a Dios, para que los cuide y los proteja.

A estrenar casa

Dentro del plan de reconstrucción de Mocoa, el Gobierno construirá 1.461 viviendas nuevas para los damnificados. Éstas se dividen en 1.209 urbanas y 252 rurales.

Las primeras 100 de las urbanas se entregarán el próximo domingo 1 de abril y en mayo próximo se adjudicarán 200 más. La proyección es que en septiembre del 2019 se otorgue la última de las casas y que en julio de 2020 la reconstrucción de la ciudad haya finalizado.

“A la población hay que entenderla. Ccuando termine el proceso de la reconstrucción, sabemos que valorarán el esfuerzo”, señaló Carlos Iván Márquez, director de la Unidad de Gestión del Riesgo.

La familia de Concepción Rosa María Erazo será una de las primeras en estrenar casa. Esta mujer, de 61 años, tuvo que dejar su vivienda, en San Miguel. Pero la depresión la hizo volver para abrir un taller.

Gracias a su manejo de la iraca (un tipo de palma) y sus conocimientos para tejer, encontró una forma de ayudar a la comunidad.

Patrocinada por una pareja, enseña a confeccionar sombreros y bolsos a 25 mujeres, con la idea que puedan vivir de eso.

Las clases las da junto a una hermana y dos hijas, de 3 a 6 p.m., los martes y los miércoles. Cada una recibe 40.000 pesos como pago.

“Yo perdí el miedo y cuando llueve solo le pido al Señor que sea lo que él quiera (...) Con lo que ganó le compro medicinas y pañales a mi mamita, quien tiene 101 añitos”reconoció Rosa María, quien solo espera poder disfrutar su “casita” nueva.

Realizarán demoliciones

José Antonio Castro, alcalde de Mocoa, dejó claro que las personas que vivan en las zonas de riesgo tendrán que salir de allí. Agregó que si en la zona no hay servicios públicos es porque no puede estimular los asentamientos en el sector: “El río ya nos dijo que no quiere que vivamos ahí”.

Las casa que siguen en pie serán demolidas y las tierras se entregarán a Corpoamazonia, para ser utilizadas en proyectos de conservación y preservación de especies.

Castro no es ajeno a la situación de los arrendatarios. Para ellos, contó, se hará una feria de vivienda y serán incluidos en el programa ‘Mi Casa Ya’. Además, serán los primeros en ser tenidos en cuenta para las casas que sean donadas por privados.

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